lunes 5 de enero de 2009

Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)
El agravamiento de la crisis ya forma parte del paisaje cotidiano. Los informativos invariablemente incluyen el desmoronamiento de algún banco, el desplome de las Bolsas y anuncios de masivos despidos. La intensidad del temblor está a la vista, pero sus causas permanecen en la oscuridad. Las explicaciones neoliberales y keynesianas que ocupan la primera plana, no aportan respuestas significativas.
Desenfreno
Cuándo los bancos comenzaron a desmoronarse los neoliberales se quedaron afónicos y sólo atinaron exigir la protección del estado. Archivaron sus doctrinas de libre competencia y reclamaron el socorro del sistema financiero. Argumentaron que las entidades privadas bombean el dinero requerido por toda la sociedad y deben ser preservadas con los fondos públicos. (1)
Pero si el corazón del capitalismo requiere ese sostén carecen de sentido todas las alabanzas al riesgo y a la competencia, como pilares de una nueva era de ese sistema. La consistencia de esos cimientos se verifica en los momentos críticos y en las áreas estratégicas. Es incongruente postular que las privatizaciones y las desregulaciones son sólo aptas para la prosperidad. Lo importante es registrar su viabilidad en los momentos revulsivos y es evidente que no lograron pasar la prueba.
Los neoliberales desconocieron todas las advertencias del estallido. Ignoraron el descontrol del endeudamiento, los apalancamientos y los colapsos bancarios registrados en numerosos países. Cuando era evidente que estas eclosiones conducían a un vendaval en el centro del sistema reforzaron las supersticiones mercantiles. Asignaron un impacto pasajero a esas conmociones y atribuyeron su irrupción a las rémoras de una “cultura populista”. Esta ceguera expresó los intereses de una elite que ha rivalizado por acaparar los lucros del negocio financiero.
Los neoliberales descubren ahora el costado adverso de esa exacerbada competencia y explican el desmoronamiento de las entidades por la codicia de los banqueros. Pero olvidan cuán absurdo es reclamar moderación en una actividad tan competitiva. La rivalidad que rige al capitalismo exige mayor fiereza en las finanzas. Todos los sermones en boga para restaurar la “ética de los negocios” omiten esa compulsión. (2)
Los economistas ortodoxos han detectado repentinamente las adversas consecuencias de la predisposición al riesgo. Se olvidan de los elogios que propinaron a esa postura, en desmedro del conservadurismo empresario. En el auge enaltecieron las virtudes del aventurero y en la crisis resaltan las ventajas de la cautela. Pero siempre ignoran que los grandes estallidos financieros no obedecen a una u otra conducta individual.
Lo que determina la marcha ascendente o descendente de la acumulación son las propias contradicciones del sistema y no las inclinaciones psicológicas de cada capitalista. Todos los protagonistas de este régimen están forzados a valorizar su inversión con medidas que afectan a sus competidores y no pueden impedir los desequilibrios sistémicos que genera esa actitud.
Algunos economistas galardonados atribuyen la crisis actual a los sofisticados mecanismos de intermediación que alumbraron las finanzas. Destacan que “el mercado no valúa adecuadamente a esos títulos complejos” (3). ¿Pero dónde ha quedado la infinita sabiduría de la oferta y la demanda, en comparación al estrecho horizonte humano de los funcionarios? Si ahora descubren la inoperancia de ese principio en la órbita financiera: ¿Por qué razón esa misma norma debería gobernar al resto de la economía?
La crisis en curso sepulta el mito que asignó a los banqueros (y a sus matemáticos) la cualidad de percibir y gestionar en forma rentable, las señales de riesgo que transmite el mercado. En realidad esos administradores subvaloran las amenazas de colapsos, puesto que participan en un juego que obliga a subir siempre la apuesta. La regla del beneficio creciente les impide evaluar los riesgos involucrados en los préstamos que manejan. Y cuándo esas fallas se corroboran descargan sus traumáticas consecuencias sobre el resto de la sociedad.
Falta de confianza
Algunos neoliberales atribuyen las causas inmediatas del tsunami a los desaciertos de la política monetaria. Estiman que la reducción de las tasas de interés administradas por la Reserva Federal obligó a las entidades a inflar el otorgamiento de préstamos (4). Consideran que la masiva concesión de créditos hipotecarios de baja calidad (subprime) reprodujo la pauta establecida por el gobierno norteamericano, en el manejo de las entidades semi-públicas del sector (Fannie y Freddie) (5).Con este razonamiento exculpan a los bancos de la burbuja inmobiliaria.
Pero en realidad, la objetada disminución de las tasas apuntó a reactivar la economía y a permitir la oleada de préstamos que enriqueció a los financistas. Por eso no cuestionaron en ese momento una política monetaria que, además, no los obligaba a implementar créditos de ninguna índole.
Por otra parte, la caprichosa división de responsabilidades entre funcionarios y banqueros omite la estrecha vinculación que mantienen ambos grupos. Los personajes que llegan a la conducción de la FED o el Tesoro desarrollan su carrera previa en los grandes los bancos y suelen retomar esos cargos cuándo se retiran de la actividad oficial. Lejos de sufrir los rigores de cierta política monetaria, los financistas participan activamente en la fijación de esas orientaciones, a través de distintos comités gubernamentales.
Ante la falta de argumentos los neoliberales recurren a las creencias. Han convertido la confianza en un término mágico, que explica el estallido, la continuidad o la superación de la crisis. Suponen que el desplome financiero irrumpió por la pérdida de esa cualidad y se disipará con su reestablecimiento. El estado de ánimo de los empresarios es visto como la llave maestra del ciclo económico.
Pero en los hechos ambos procesos están conectados por una causalidad inversa. Los capitalistas invierten cuándo avizoran ganancias y sustraen capital en los períodos opuestos. Por esta razón mientras la crisis continúe deteriorando los beneficios, ninguna exhortación transformará la desazón en optimismo. Todas las divagaciones sobre la confianza solamente retratan los diálogos que mantiene la clase dominante con sí misma, en la búsqueda de una luz al final del túnel.
Los voceros más experimentados de las finanzas reconocen que “el capitalismo se encuentra acorralado” por la gravedad del descalabro. Igualmente apuestan a una crisis corta y manejable, que sería coronada con el reestablecimiento pleno de la “economía de mercado” (6). Pero esta expectativa contradice los sombríos diagnósticos que enuncian y choca con cierta pérdida de consenso neoliberal entre las clases dominantes. Hay mucho deseo y poco realismo en la esperanza de un temblor irrelevante o benigno. (7)
Especulación y desregulación
Los keynesianos han desplazado a sus adversarios del escenario mediático. Se atribuyen el mérito de presagiar la crisis, mediante reiterados cuestionamientos a la desregulación financiera. Pero en su mayoría acompañaron las prioridades de la elite bancaria y sólo expusieron objeciones en los últimos años.
Cuándo el establishment aplaudía los atropellos sociales inaugurados por Reagan y Thatcher, Stiglitz presidía el Banco Mundial, Soros se enriquecía especulando contra las monedas europeas y Jeffery Sachs instrumentaba el ajuste de las economías periféricas. Este mismo cambio de bando se registra actualmente en sentido inverso. Greenspan modera el fervor neoliberal y Feldstein promueve el gasto el gasto público. Pero esta flexibilidad para olfatear hacia dónde sopla el viento no es sinónimo de lucidez para caracterizar la crisis.
Una explicación que comparten las dos vertientes de la economía convencional asocia el colapso actual con las “exageradas bonificaciones a los directivos” (8). Este premio a la especulación es condenado, con el mismo vigor que se cuestionan los fraudes perpetrados por personajes como Bernard Madoff. Esas conductas son invariablemente presentadas como excepciones y no como expresiones de la actividad bancaria imperante.
La estafa de Madoff por 50.000 millones de dólares contra poderosas entidades (Santander, BBVA, HSBC, Paribas), a través de una simple pirámide ha sido un episodio más del negocio financiero. Prometía altos rendimientos por inversiones inexistentes, que disfrazaba con la llegada de nuevos clientes. Con esa maniobra extendió a las fortunas de las elites los engaños que caracterizan a la intermediación. Su malversación cayó en desgracia, porque franqueó la permisiva frontera que separa las actividades toleradas de los desbordes ilegales.
En el ambiente de impunidad neoliberal de los últimos años se han consumado todo tipo de fraudes. Sus principales artífices fueron los bancos y las empresas constructoras que montaron la burbuja inmobiliaria. Estos desfalcos se coronaron con los 140.000 millones de dólares que concedió Bush a sus banqueros predilectos, mediante una oscura maniobra de exención impositiva.
Este generalizado reinado de la estafa no debería ocultar que el propio capitalismo genera periódicamente oleadas de especulación para extender el crédito. Esta expansión requiere financistas con habilidades para inventar sofisticados instrumentos de endeudamiento. Cómo estos individuos obtienen ganancias proporcionales a las calesitas que logran montar, siempre tienden a violar las reglas vigentes.
Algunos keynesianos -como Krugman y Samuelson- explican el exceso de especulación por la ausencia de regulaciones y esperan enmendar esta carencia con normas más estrictas (9). Pero estas reglas abundan, en la selva legislativa que manejan los distintos lobbys de banqueros en la trastienda del poder. Esa estructura -y no la abstracta ausencia de reglamentaciones- ha precipitado la crisis. Algunas normas han tendido a delegar en los propios banqueros el manejo consensuado de la operatoria (acuerdos de Basilea) y otras han incentivado una gestión más estrecha con las autoridades (a través de la independencia de los bancos centrales). Pero las entidades nunca han operado en el vacío.
La fantasía de evitar la repetición del crujido financiero con nuevas disposiciones legales ha recobrado fuerza. Pero estas conmociones son inherentes al capitalismo y no existe ninguna forma de impedir su reiteración. El propio sistema genera periódicamente presiones para valorizar el capital y crea anticuerpos para esterilizar las regulaciones precedentes. Esta reacción se verificó, por ejemplo, en el debut del neoliberalismo y volverá a registrarse cuando el capitalismo necesite recomponer la tasa de beneficio.
Si todo el desmadre en curso obedeciera a una falta de supervisión, no habría tanto temor por la evolución futura de las finanzas. Ya existe un amplio consenso para modificar el funcionamiento de los bancos, verificar las operaciones bursátiles y acotar el alcance de las actividades más riesgosas. Pero es obvio que estas iniciativas sólo introducirían correctivos menores.
Los keynesianos idealizan las regulaciones que establecen los estados capitalistas para ordenar el funcionamiento de los mercados financieros. Suponen que estas normas definen la dinámica del negocio bancario, omitiendo que lo esencial es la garantía que aporta el poder público a los distintos papeles en circulación. Lo que permite comercializar estos títulos es la percepción de solidez en el aval estatal. Con este respaldo fluyen las monedas, se colocan los bonos públicos y se intercambian los documentos privados. Cuándo esas garantías fallan las reglamentación pierden relevancia y las crisis asumen la gravedad que se observa en la coyuntura actual.
Los economistas heterodoxos desconocen por completo este problema. Como son cultores del capitalismo y del estado suponen que basta con establecer regulaciones óptimas para favorecer el bien común. El salvataje de los bancos ha refutado categóricamente esa presunción. Pero, además, se abrió una crisis que ha puesto en duda la capacidad del estado para proteger todos los títulos en circulación. Esta vulnerabilidad no depende de una u otra regulación, sino de la propia gravedad y evolución del crack financiero.
Pero lo más llamativo de los últimos meses ha sido el reverencial temor que exhiben todos los keynesianos frente a los financistas. Krugman y Stiglitz han propiciado el salvataje de los bancos sin reparar en costos, ni demandar penalidades. Constatan la “trampa de liquidez” que propagan los bancos -al recibir auxilios estatales que atesoran sin reactivar el crédito-pero no demandan ningún correctivo.
Las estrellas del pensamiento económico actual también notan el escaso impacto que tienen las decrecientes tasas de interés sobre la mejora de la inversión o el consumo. Saben que los bancos aprovechan la baratura de los fondos disponibles para compensar quebrantos, reconvertir su operatoria o adquirir otras entidades. Este bloqueo se podría revertir con medidas de expropiación, pero los nuevos mimados del establishment han archivado cualquier estrategia de eutanasia del rentista.
Los keynesianos pretenden disuadir la especulación sin obstruir la rivalidad por la ganancia. En las crisis enfatizan el primer objetivo y en la prosperidad apuntalan el segundo propósito. Pero siempre ignoran que ambas metas son periódicamente socavadas por la propia reproducción capitalista.
Coordinación y reactivación
Muchos keynesianos atribuyen la propagación global de la crisis a la “escasa coordinación que mantienen los gobiernos”. Especialmente Krugman y Stiglitz resaltan esta carencia (10). Advierten contra la expansión no consensuada del gasto público, las devaluaciones inconsultas y el proteccionismo comercial.
Su reclamo de sincronización refleja el carácter internacionalizado de la crisis. Cómo el temblor sacude a la principal economía del planeta, el contagio hacia Europa y Japón ha sido tan acelerado, como el fracasado desacople de la semiperiferia emergente. Ni siquiera Suiza o el Golfo Pérsico han podido sustraerse de un tsunami financiero, que ya frenó a la locomotora china y amenaza reproducir las conmociones padecidas por América Latina y el Sudeste Asiático.
Este alcance planetario induce a los heterodoxos a buscar remedios en la coordinación. Por eso objetan el salvataje a costa del vecino que predominó al comienzo de la crisis. Especialmente en Europa la brutal disputa entre países por preservar los depósitos bancarios conducía al hundimiento colectivo. El mismo efecto tendía a generar la simultánea política de aumentar (Banco Central Europeo) y reducir (Reserva Federal) las tasas de interés.
Todos los keynesianos aplauden ahora la generalizada adopción del modelo inglés de capitalización bancaria como correctivo de la crisis. Las diferencias de aplicación que separan a los franceses (ingerencia estatal en los directorios) de los norteamericanos (no interferencia en esa gestión) y la presión británico-estadounidense para mantener el libre movimiento de capitales en Nueva York y Londres, no alteran esta búsqueda de una respuesta común al descalabro financiero.
En las propuestas en debate los economistas heterodoxos reivindican las iniciativas tendientes a disminuir la gravitación de los paraísos fiscales, reducir el protagonismo de las calificadoras de riesgo e introducir mecanismos de alerta bancaria. También avalan el recorte de retribuciones a los ejecutivos y la modificación de las normas de funcionamiento bancario global (Basilea II). Pero ninguno de estos cambios es sustancial y su aplicación exige un piso (todavía incierto) del desplome financiero.
El diseño de un “nuevo Bretton Woods” que pregona Stiglitz es más ambicioso, pero flota en el aire (11). Definir un nuevo prestamista internacional de última instancia y establecer los criterios de otra moneda (canasta, multilateral, Bancor) requieren cierta estabilización de la tormenta financiera. Y este compromiso, a su vez, presupone un desenlace de las relaciones de fuerza entre las potencias, que aparecería sobre el final y no en el debut de la crisis.
La indefinición que impera en torno al dólar y el euro es un nítido síntoma de este carácter inicial del temblor. El billete estadounidense se transformó en el refugio espontáneo de todas las clases dominantes del planeta. Pero el descomunal déficit fiscal y comercial norteamericano pone en duda la continuidad de esa tendencia.
El euro también ha brindado protección a los capitales que abandonan las divisas de los países europeos más amenazados (Polonia, Dinamarca, Suecia, Islandia). Pero no se sabe cómo responderá este signo al descalabro de los convenios presupuestarios de Maastrich. Más peligroso aún es el desbordante endeudamiento que registran varios países del Viejo Continente (Italia, Grecia, España).
Todas las convocatorias angelicales a la “coordinación internacional” disfrazan las duras reglas de realpolitik, que imperan en los encuentros oficiales. En la cumbre de noviembre pasado que reunió a 20 presidentes, Estados Unidos exigió un compromiso general con su rescate financiero. Pretende garantizar especialmente la continuada afluencia hacia el Norte de los fondos acumulados por Asia y los países exportadores de petróleo.
Con esta finalidad el “Grupo de 7″ fue ampliado a China, Rusia, Brasil, India y Arabia Saudita. La presencia de otros países es un formalismo diplomático, ya que Argentina, Indonesia, México o Turquía figuran en lista de lisiados y no de proveedores de dinero. En las próximas cumbres, Obama intentará continuar esta política de atracción de capitales hacia Estados Unidos.
Todos los mensajes keynesianos para “reformar al FMI” con una “nueva arquitectura financiera” han quedado supeditados a esta prioridad de reconstrucción de los bancos maltrechos. Con la finalidad de relanzar al Fondo como administrador de ese socorro, ya se discute la concesión de atribuciones a los nuevos contribuyentes de capital. Esas iniciativas podrían empalmar también, con el traspaso de acciones de los bancos más quebrados a sus mecenas de Asia o el Mundo Árabe. Pero en cualquier caso el FMI continuará actuando como representante de los acreedores contra los pueblos de la periferia.
Este rol -que no perturba a Stiglitz, ni a Krugman- desmiente las fantasías que exhiben algunos presidentes latinoamericanos en un giro benevolente del FMI. Las expectativas en “préstamos sin condiciones para los más necesitados” han quedado desactivadas por los recientes créditos otorgados a Ucrania o Hungría (y negociados con Islandia y Pakistán). Estos acuerdos incluyen todas las exigencias de ajuste neoliberal.
Los keynesianos viven como un triunfo la aplicación actual de sus orientaciones. Suponen que esta implementación confirma la superioridad de su programa. Pero este giro solo ilustra la afinidad que mantienen con sus adversarios. El FMI y todos los gobiernos conservadores han abrazado las propuestas de reactivación, porque en la crisis las clases dominantes recurren al gasto público para frenar la recesión.
Obama se apresta a lanzar el mayor plan de infraestructura de los últimos 50 años (136.000 millones de dólares). Este mismo tipo de erogaciones instrumentarán los presidentes neoliberales de Europa (170.000 millones de euros) y el mandatario derechista de Japón (255.000 millones de dólares). El propósito común de estas iniciativas es auxiliar a los banqueros e industriales afectados por la debacle financiera.
Los keynesianos aplauden este socorro pero advierten contra su eventual fracaso, si las decisiones se aplican en forma tardía, con instrumentos inadecuados o con dosis reducidas. La obviedad de estos razonamientos salta a la vista. Si las medidas dan resultado confirmarán su conveniencia y si fallan demostrarán su insuficiencia.
Pero la severidad de la crisis induce a los popes de la heterodoxia a reclamar también mayores impuestos a ricos y menores gastos militares (Stiglitz) o el bombeo directo de más dinero oficial, traspasando la intermediación bancaria (Krugman). En comparación a las iniciativas que debaten otros economistas del mismo círculo, estas propuestas sobresalen por su cautela. (12)
Todos los keynesianos esperan el resurgimiento del capitalismo con políticas anticíclicas. Desconocen las limitaciones de estas orientaciones y su escaso impacto fuera de ciertas condiciones. Para comprender lo que está sucediendo hay que recurrir a otras teorías.
Notas:
1) Wolf Martin, “E hora de um resgate abrangente no mercado”, Financial Times-Folha de Sao Paulo, octubre 2008.
2) “Estamos asistiendo al olvido peligroso de los cimientos morales (del capitalismo). El respeto de la palabra empeñada, la santidad de los contratos, el valor del ahorro y… la renuncia a la ganancia instantánea”, Grondona Mariano “El capitalismo, la democracia y la integridad”, La Nación, 21-12-08.
3) Selten Reinhard. “Crear una regulación que no pueda evitarse”, Clarín, 23-11-08.
4) Marx Daniel “La crisis terminó, vendrán más ajustes”, Ámbito Financiero, 19-3-08.
5) Edwars Sebastián, “No temerle al pragmatismo”, Clarín, 26-10-08.
6) The Economist- La Nación, “El capitalismo está acorralado, pero aún sirve”, 18-10-08.
7) Los teóricos de la derecha transmiten este mensaje tranquilizador, afirmando que “un capítulo se cierra…pero son tonterías las tesis del otro es mundo posible y del fin del imperialismo o el capitalismo”, Jorge Castañeda, La Nación, 24-12-08.
Phelps Edmund, “Los bancos deberán buscar un nuevo rol”, Clarín, 23-11-08.
9) “Hubo un sistema financiero paralelo, sin las regulaciones tradicionales”, Krugman Paul “El gobierno argentino está haciendo un poco mejor las cosas”, Clarín, 16-12-2008. Krugman Paul, “No llores por mi, Estados Unidos”, New York Times- La República, 18-10.08. Krugman Paul, “Bancos: iliquidez o insolvencia”, New York Times-Clarín, 29-12-07. Krugman Paul, Planes de estímulo débiles y con serios errores”, New York Times-Clarín, 31-1-08. Krguman Paul, “La economía real también necesita un gran rescate”, New York Times-La Nación, 18-10-08. Samuelson Paul, “Mercado no es igual a capitalismo sin regulación”, Clarín, 23-11-08.
10) Krugman Paul “La riesgosa negativa de Alemania”, New York Times-La Nación 17-12-08. Stiglitz Joseph, “Ahora todos somos keynesianos, incluso la derecha”, 10-12-08.
11) Stiglitz Joseph, “El dólar ya no sirve como reserva”, Clarín, 23-11-08.
12) Reich planteó aplicarle la ley de quiebras a los bancos para implementar su reorganización bajo protección judicial (capítulo 11) y Roubini sugirió paralizar las ejecuciones hipotecarias. Reich Robert, “El rescate equivocado”, New York Times-Clarín, 12-12-08. Roubini Nouriel, “La recesión llegó a EEUU y podría durara hasta 2009″, Clarín, 25-1-08.
Argenpres
Enero 6, 2009
Publicado por
marianike |
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