Historia de un diálogo inconcluso
Según documentos recientemente desclasificados, todos los presidentes que convivieron con Fidel Castro tantearon algún tipo de acercamiento. Carter fue el que llegó más lejos, pero el conflicto en Angola frustró el intento.

Por David Brooks *
Desde Nueva York
Desde tiempos de John F. Kennedy hasta Bill Clinton, los presidentes de Estados Unidos exploraron secretamente la posibilidad de normalizar las relaciones bilaterales con Cuba, según documentos oficiales recién desclasificados y presentados por primera vez.
La organización independiente National Security Archive, en Washington, presentó hoy una serie de documentos oficiales del gobierno estadounidense, hasta ahora secretos, que revelan desde una entrevista secreta entre un asesor de Kennedy con el Che Guevara, hasta los intentos de Kissinger por abrir un diálogo sobre la normalización de relaciones con representantes de Fidel Castro.
Estos documentos, argumenta el director del proyecto sobre Cuba del Archive, Peter Kornbluh, podrían servir de guía para el gobierno de Barack Obama. “La historia demuestra que presidentes desde Kennedy hasta Clinton consideraron el diálogo tanto posible como preferible a una continuación de la hostilidad y agresión en la política estadounidense hacia Cuba. Este rico historial desclasificado del pasado ofrece un mapa a seguir en el futuro para el nuevo gobierno estadounidense”, declaró hoy.
De hecho, una directiva secreta emitida en marzo de 1977, poco después de que Jimmy Carter asumió la presidencia, marca la primera y única vez en que un presidente ordenó la normalización de las relaciones con el gobierno de Castro. “He concluido que deberíamos lograr la normalización de nuestras relaciones con Cuba”, afirma la directiva presidencial NSC-6.
Carter dio instrucciones para impulsar “un proceso que llevará a restablecer las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba”. Las negociaciones brindaron resultados como el establecimiento de las secciones de interés diplomático en Washington y La Habana, y hubo hasta un diálogo secreto con Castro, pero el esfuerzo se descarriló por la demanda estadounidense del retiro de tropas cubanas de Africa antes de que Carter estuviera dispuesto a considerar suspender el bloqueo económico de la isla.
Un par de años antes, en 1975, un asesor de alto nivel del entonces secretario de Estado Henry Kissinger elaboró un informe secreto titulado “Normalizando relaciones con Cuba”, que afirmaba que “nuestro interés es lograr poner el asunto de Cuba detrás y no prolongarlo de manera indefinida”. Agrega que “si hay un beneficio para nosotros en un fin del estado del ‘antagonismo perpetuo’, reside en sacar a Cuba de la agenda doméstica e interamericana, en sacar el simbolismo de un tema intrínsecamente trivial”.
Al inicio de ese mismo año, el 11 de enero de 1975, el secretario asistente de Estado, William Rogers, y representantes del gobierno cubano se reúnen en secreto por primera vez en una cafetería pública en el aeropuerto LaGuardia, en Nueva York, donde el estadounidense entrega un documento aprobado por Kissinger a Ramón Sánchez Parodi, representante de Castro. “Estamos reuniéndonos aquí para explorar las posibilidades de una relación más normal entre nuestros dos países”, y agrega que “Estados Unidos puede y está dispuesto a progresar sobre tales temas, aun con naciones socialistas con las que tenemos un desacuerdo ideológico fundamental”, dice el documento sin título ni firma.
Pero estos intentos comenzaron desde casi el principio. Entre los documentos revelados hoy, hay un informe de una reunión con el Che Guevara en agosto de 1961. El asesor presidencial de Kennedy, Richard Goodwin, cuenta de su conversación informal con Guevara en Montevideo, Uruguay, donde dice que se tocaron, entre otros puntos, el deseo de Cuba de establecer un modus vivendi con Estados Unidos. Guevara también informó que aunque Castro estaba dispuesto a hacer algunas concesiones para lograr ese objetivo, era innegociable el sistema político cubano.
Guevara también sugirió que una negociación podría arrancar sobre temas secundarios para encubrir una conversación sobre los asuntos principales. Esta reunión, según el Archive, marcó el primer diálogo de alto nivel entre representantes de ambos países desde que se rompieron las relaciones diplomáticas, el 3 de enero de 1961.
“Es un hecho poco conocido que desde cuando el gobierno de Eisenhower rompió relaciones con Cuba, el 3 de enero de 1961, cada presidente ha participado en alguna forma de diálogo con Fidel Castro, a excepción de George W. Bush”, escribe Kornbluh con William LeoGrande, en el amplio artículo “Hablando con Castro”, en el numero más reciente de la revista Cigar Aficionado.
El artículo está basado en esta documentación hasta hoy secreta y un proyecto de investigación del Archive sobre los diálogos secretos entre ambos países a lo largo de los últimos 50 años, desde Kennedy, pasando por Carter y Kissinger durante el gobierno de Gerald Ford, hasta Bill Clinton, donde está, entre otros, el esfuerzo ya conocido de Gabriel García Márquez de promover un diálogo hacia la normalización de relaciones.
El artículo ofrece la historia de negociaciones tanto abiertas, sobre temas como migración, a los intentos secretos, frecuentemente a través de intermediarios, de buscar alguna manera de proceder hacia una mayor normalización. De hecho, cuenta que al mismo tiempo que Kennedy autorizaba actividades hostiles, también daba luz verde a la exploración de una reacomodación diplomática. Los principales intentos hacia ese objetivo fueron promovidos primero por asesores de Kennedy, y se repitieron en tiempos de Carter, Ford y Clinton.
Aunque todos fracasaron, Kornbluh y LeoGrande argumentan que esta historia cobra nueva relevancia en esta coyuntura, ya que el ahora presidente Barack Obama afirmó durante su campaña que estaba dispuesto a reunirse con Raúl Castro “sin precondiciones”.
Lo repitió en un debate contra su ahora secretaria de Estado, Hillary Clinton, que criticó esa postura, y en el cual Obama dijo que con preparación previa era factible, ya que “es importante para Estados Unidos no sólo hablar con sus amigos, sino también con sus enemigos. De hecho, ahí es donde la diplomacia hace la mayor diferencia”.
Los autores señalan que Carter fue el más parecido a Obama en su visión diplomática de buscar una solución pacífica a los asuntos internacionales, incluida Cuba. “Sentía entonces, igual que hoy, que la mejor manera de promover un cambio en el régimen comunista de Cuba era abrir el comercio, las visitas y las relaciones diplomáticas”, comenta a los autores en una entrevista. Carter indicó que viendo hacia atrás, “ya sabiendo lo que sé desde que dejé la Casa Blanca, yo debí haber procedido y debí haber sido más flexible en el manejo con Cuba y en el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas”.
Los autores indican que esta historia de intentos y diálogos entre Washington y La Habana, muchos de ellos secretos hasta ahora, es una guía para el nuevo gobierno en una coyuntura que tal vez es la más prometedora en estos últimos 50 años para dejar atrás una política fracasada y repudiada por la comunidad internacional y voltear esta página de la historia.
* De La Jornada de México. Especial para Página/12.
Enero 24, 2009
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Por Luis Bruschtein
Sectores que aquí en Argentina trataron de obstaculizar los juicios por violaciones a los derechos humanos se mostraron sin embargo complacidos con la decisión de Barack Obama de prohibir la tortura y cerrar la cárcel de Guantánamo. Aplauden cuando Obama anuncia que abrirá la mano con sus adversarios y se rasgan las vestiduras porque la presidenta Cristina Fernández se reunió con Fidel y se convirtió de hecho en transmisora de un mensaje de distensión entre Cuba y Washington. Primero dijeron que el viaje de la Presidenta se había postergado porque había caído en un tremendo pozo depresivo y luego que lo había postergado como gesto desafiante hacia Washington. Mientras encomiaban que Obama hablara de desideologizar las relaciones internacionales, se enfurecían porque la mandataria argentina visitaba Cuba y Venezuela. Y varios dirigentes opositores, quizá inducidos al error por los medios, cuestionaron que Cristina Fernández estuviera en Cuba “en vez” de asistir a la asunción de Obama.
Ningún presidente del planeta asistió a la ceremonia frente al Capitolio porque ninguno fue invitado; el viaje fue postergado por una lipotimia porque nadie que cae en un pozo depresivo se sobrepone en cinco días; y la visita coincidió por esa circunstancia con la asunción de Obama porque estaba prevista para una semana antes.
El discurso de los medios, plano y simplificador y cada vez más abiertamente ideologizado desde el 2003, quedó en falsa escuadra con el cambio abrupto que se produjo en los Estados Unidos. Aceptaron y aplaudieron las políticas conservadoras y guerreristas de las administraciones norteamericanas anteriores y por inercia siguieron aplaudiendo las ideas, contrapuestas, del nuevo presidente Barack Obama. Es como aplaudir el progresismo del papa Juan XXIII y seguir aplaudiendo al actual papa Benedicto XVI. Claro que en este caso, los católicos deben obediencia al Papa, lo cual no debería ocurrir con los presidentes norteamericanos.
Los que justificaron la tortura y los secuestros porque aquí había “una guerra” y se vieron respaldados con la justificación de la tortura y los secuestros cometidos por la administración Bush en su guerra contra el terrorismo, deberían ser críticos con la decisión de Obama, como lo son aquí con los juicios por violaciones a los derechos humanos. Pero lo aplauden porque es el nuevo presidente de los Estados Unidos. Ninguno se atrevió a decir esta boca es mía. Y lo mismo se podría afirmar sobre las políticas económicas anunciadas por Obama que no siguen la letra dura de las recetas neoliberales.
Cuando fue el juicio a empresarios venezolanos acusados por el valijero Antonini Wilson de ser agentes de Chávez, hubo políticos aquí que hablaron maravillas de la “independencia” de la Justicia en un país “serio” como Estados Unidos. En ese momento, el presidente Bush afrontaba tremenda crisis por la manipulación política de los fiscales, y los tribunales de Miami ya eran famosos por su caza de brujas, anticomunistas y “antipopulistas”. Esos mismos ahora dicen que la elección de Obama es una demostración de la vitalidad de la democracia norteamericana. Pero si se apoya a Obama, necesariamente habría que ser crítico de Bush. Una cosa o la otra. Las dos son contrapuestas a no ser que se piense que todo lo que venga de Estados Unidos, o del nuevo Papa, siempre es bueno.
Obama fue elegido porque criticó todo lo que ellos respaldaron y asumieron como verdades consagradas, como ejemplo civilizador y democrático y ahora resulta que todo eso pertenece a un período nefasto. Ese desfasaje quedó en evidencia con el viaje de la Presidenta argentina a Cuba. Estados Unidos hostigó y acosó a Cuba con un planteo de derechos humanos esencialmente hipócrita porque las mismas fuerzas norteamericanas estaban torturando en territorio cubano y secuestrando a personas en todo el mundo. En oposición a ese planteo, los gobiernos latinoamericanos acordaron una estrategia de integración de Cuba. El viaje de Cristina Fernández fue parte de esa política y del acuerdo de diferentes gobernantes latinoamericanos que anunciaron visitas a la isla como una acción concreta para romper ese aislamiento. Antes que la mandataria argentina, ya habían estado Lula, Rafael Correa y Martín Torrijos y durante el año harán lo mismo otros presidentes, entre ellos la chilena Michelle Bachelet y el mexicano Felipe Calderón, dos mimados por buena parte de los analistas políticos locales.
Frente a las propuestas de integración surgidas de los nuevos gobiernos latinoamericanos, que sintonizan más con las ideas de Obama, la gran mayoría de los medios argentinos se enroló en la estrategia de Bush y trató de forzar el caso de la doctora Hilda Molina para instalarlo como el eje de la visita. Hubo primeras planas y editoriales, análisis intrincados y verdades inciertas para instalar un tema que forzara al gobierno argentino a encuadrarse en esa estrategia. No hubo una sola línea que vinculara el viaje con esa especie de acuerdo integrador entre gobernantes latinoamericanos para normalizar una situación anómala, como era la de un país de la región que no tenía interlocutores locales y que sufre el asedio de la nación más poderosa del planeta.
En los últimos meses habían pasado dos o tres cosas que cambiaron el escenario sobre el que se había montado el discurso de Bush. En primer lugar, en el estado de Florida perdieron los residentes cubanos más recalcitrantes ante el voto de los jóvenes que optaron por Obama. Es una generación que se aleja de las posiciones trogloditas de la anterior y se propone una relación diferente con Cuba. En segundo lugar, Obama ganó las elecciones planteando el diálogo y la desideologización de las relaciones internacionales. Y en tercer lugar, en la última reunión del Grupo Río se concretó la incorporación de Cuba, aprobada incluso por gobiernos que son aliados de Washington como el de México y El Salvador. Los analistas locales subestimaron ese proceso porque el gobierno argentino era uno de sus principales protagonistas y se aferraron al viejo enfoque, empujando a la oposición a una catarata de declaraciones en el mismo tono desencajado de una nueva realidad que va más allá del gobierno argentino. Arrastrada por el envión del simplismo mediático, la oposición apareció así como analfabeta respecto de la nueva geopolítica. La lógica de polarización entre oposición y oficialismo y el peso decisivo de los medios genera así posicionamientos forzados de agrupaciones políticas que se contradicen con su tradición histórica. Después de todo Raúl Alfonsín visitó Cuba en 1986, con Guerra Fría y con Reagan en la Casa Blanca. Los grandes medios descuartizaron al mandatario radical por esa visita, que ahora se podría calificar como visionaria. Sin embargo, dirigentes de las diferentes variantes del radicalismo, incluyendo al cobismo, se sumaron a ese cuestionamiento del viaje de la Presidenta a Cuba para ejercer un oposicionismo condicionado por los medios que termina por cederle otro espacio de realismo progresista al Gobierno.
Fidel, que desde su retiro sigue los movimientos de la actualidad internacional con la obsesión de un entomólogo, se montó rápidamente sobre el flamante escenario. Escuchó el discurso de Obama y aprovechó la presencia de Cristina Fernández para hacer política con las herramientas de esa nueva realidad. Lanzó una sonda de prueba hacia Washington, rodeado por el renovado contexto regional de Cuba simbolizado por la Presidenta argentina y abrió la puerta para un cambio en las relaciones entre los dos países. Es difícil saber lo que hará Obama en el futuro pero todos sus planteos presuponen, por lo menos, un punto de partida mejor.
Página 12
Enero 24, 2009
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