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Razas

razaslunes 26 de octubre de 2009


Tomás Buch (RIO NEGRO ON LINE)

La prensa regional nos relata un acontecimiento bochornoso: un equipo de fútbol popular y local, otro equipo de fútbol popular y local pero de otro pueblo, un partido indiferente -supongo que con una hinchada por cada uno de los equipos-. Pero uno de éstos tenía dos jugadores africanos. Y se desató una agresión -por suerte sólo verbal- en la cual se llegó a llamar “esclavos” a los africanos. Seguramente pocos de los espectadores eran arios escandinavos, y no faltará el miembro de ambientes más excelsos que a su vez llame “negros de m?” a los espectadores agresores…

 

Nicolás Guillén, el gran poeta cubano, en uno de sus poemas dice: “Soy hijo y nieto de esclavos: que se avergüence el amo”.

La sabiduría popular inventó el concepto de la escalera del gallinero, donde cada cual ocupa un escalón y defeca sobre los que están más abajo: pero con eso toma venganza, a su vez, de las deyecciones que recibe de los que están un escalón más arriba. Los racistas más rabiosos del sur de los Estados Unidos son los blancos pobres, que eran tan miserables y explotados como los negros, pero se complacían en lincharlos aunque sólo los diferenciaba el color de la piel, un rasgo genético menor aunque muy visible. Ahora hay negros de clase media que maltratan y desprecian a los mexicanos.

La primera dama actual de Estados Unidos es bisnieta de esclavos. Eso no significa que se haya superado el racismo contra los negros en ese país. Es curioso: los blancos deberían sentirse culpables de haber esclavizado a los negros, pero en vez de eso los odian.

Dentro de cada especie hay una natural diversidad genética, que forma la base de la evolución y cuya pérdida es un grave peligro para la vida sobre la tierra. Los biólogos dan una definición precisa de qué es una raza, y la mayoría afirma que en la especie humana no existen razas; la distribución de las diferencias genéticas dentro de un grupo “racial” -por ejemplo, los bantúes o los japoneses- es mayor que las encontradas entre los grupos como tales; por ejemplo, entre dos bantúes o entre dos japoneses puede haber más diferencias genéticas que entre un japonés y un bantú. Otros plantean el asunto en otros términos: si admitimos que existen diferentes razas humanas -como es evidente que no vacilamos en admitir diferentes razas de perros o de vacunos- el que el bantú y el japonés pertenezcan a razas diferentes no significa la superioridad de una sobre la otra ni mucho menos el derecho a su dominación.

De todos modos, ¿qué significa superioridad? No cabe duda de que los mansos arawak-taino exterminados por los españoles en la isla que hoy alberga a Haití y la República Dominicana eran moralmente superiores a éstos, aunque es evidente que los españoles “blancos” superaban a aquéllos tecnológicamente y tenían anticuerpos de los que los indios carecían. Éstos sólo debían defenderse de que los comieran los caribes del norte de la isla… Ahora, en cambio, no pudieron defenderse de la cruz y de la espada ni de la viruela y sus restos quedaron para solaz de los arqueólogos, blancos.

Algunos de los ejemplos que hemos citado más arriba muestran que, razas o no razas, a lo largo de la historia unos pueblos siempre han esclavizado a otros cuando pudieron. En los últimos siglos, con el nacimiento de las explotaciones de café y azúcar en gran escala, las víctimas fueron los africanos subsaharianos, cazados como ganado en su patria y traídos por la fuerza a trabajar para los terratenientes blancos. En el Imperio Romano, los esclavos eran mayormente germanos… y cuando se dio vuelta la historia esos mismos germanos -godos, teutones, alanos, francos- decidieron que la raza superior eran ellos, lo que los habilitaba para esclavizar a los demás -incluso a grupos de su propia “raza” blanca como los judíos o los gitanos- sólo porque tenían costumbres diferentes.

En tiempos prehistóricos, los pueblos tenían pocos contactos entre sí, porque las largas distancias eran difíciles de sortear. Se produjo, pues, un relativo aislamiento de las diferentes poblaciones, lo que, como enseña la biología evolutiva, puede conducir al desarrollo de características diferenciadas y hasta a la formación de nuevas especies, que ya no pueden producir descendencia fértil. Eso no ocurrió con la especie humana: nosotros la hemos nombrado “homo sapiens”, aunque no es la sabiduría lo que nos caracteriza, aunque sí el lenguaje y la capacidad intelectual y tecnológica. La única otra especie conocida del género homo fue el hombre de Neanderthal, homo neanderthalensis, extinguido hace algunas decenas de miles de años por razones que aún no se conocen bien. Todos los humanos pueden producir descendencia fértil, lo que demuestra que pertenecemos todos a una misma especie, y que a lo largo de los siglos y a medida en que las interacciones intergrupales fueron posibilitadas por las tecnologías del transporte, las sangres se han ido mezclando. De modo que en pocos casos se puede hablar de razas “puras” aun admitiendo su existencia teórica. Somos todos mestizos. Es un hecho poco conocido el que en los siglos XVII en la mayoría de las ciudades del interior argentino había hasta un 40% de negros, traídos como esclavos porque los indios eran demasiado débiles para soportar la brutal explotación a la que los sometía la “raza superior”. En Argentina, esos negros desaparecieron de la vista aunque no de los genes, y aun no está claro por qué en Uruguay se suele ver negros uruguayos por la calle, mientras que en la Argentina la población nativa fue aniquilada por las guerras, a las que se los enviaba como carne de cañón preferencial, especialmente en la Guerra del Paraguay; a eso se sumó la fiebre amarilla. Por supuesto, en Brasil, donde recién se abolió la esclavitud en 1888, todo el mundo tiene un poco de café en la sangre, como dicen, aunque no por eso la sociedad brasileña es menos racista. Y en Liberia, país creado por los EE.UU. para “repatriar” (o sea, sacarse de encima) a los ex esclavos del Norte presuntamente antiesclavista, éstos se instalaron prontamente como clase dominante y empezaron a oprimir a los nativos de la zona…

De modo que seguramente los que agredían a los jugadores africanos tenían ellos mismos cantidades variables de sangre africana, así como tendrían sangre mapuche, tehuelche, italiana, siriolibanesa, española y muy probablemente, judía. O sea: aunque haya razas de antigua data, producidas por el aislamiento de épocas pasadas, la mezcla es cada vez más marcada -y los jugadores africanos agredidos a su vez probablemente procedían de grupos étnicos diferentes-, una categoría culturalmente más eficaz que la de raza. Por otra parte, en cada grupo racial hubo guerras internas como el reciente y monstruoso conflicto de Ruanda. Y vamos a ver qué sucederá ahora con los cada vez más numerosos inmigrantes africanos que se incorporan a nuestra sociedad.

No hay frase más injusta que aquella que dice que “el hombre es el lobo del hombre”. Es terriblemente injusta con los lobos, que buscan su sustento como se lo indica su biología carnívora, pero que, entre ellos, son afectuosos, juguetones, protectores… todo los que nosotros no somos. Nuestra “especie sabia” ha sido considerada por algunos misántropos como un cáncer del que ha enfermado el planeta, y que invade y destruye todo por una malformación moral, la codicia. No quiero entrar en temas teológicos, pero es claro que el Dios occidental ha entregado la tierra a nuestra merced -a la de los occidentales, que han procurado llevar a ese Dios, con sus deficiencias morales evidentes, a todas partes, que han conducido a una explotación sin misericordia- tanto de la naturaleza como del resto de los grupos humanos y que ahora se dan el lujo de seguir considerándose superiores, en algún sentido que escapa totalmente a la clasificación de sapiens que nos hemos autoatribuido.

En realidad, la mejor metáfora que se puede aplicar a nuestra especie y a sus putativas “razas” es la de monos con navaja. Que usamos contra los otros monos con navaja, con los que no tienen navaja, y contra la naturaleza que no es “sapiens” pero se las ha arreglado por miles de millones de años a vivir sin nosotros y que volverá a hacerlo si nos hacemos demasiado los locos. No hay mayor estupidez que sentir orgullo por el color de mi piel o de pertenecer a una “raza” determinada, exista ésta o no.

Tomás Buch es químico, generalista.

ARGENPRESS

26/10/2009 - Posted by | General, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , ,

2 comentarios »

  1. qisiera q me digan cuantas y cuales son las razas humanas q ay en todo el mundo. por fabor q lo necesito para el miercoles si me podrian ayudar. GRACIAS

    Comentario por eli | 09/08/2010


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