Escenario poselectoral – Los italianos no quieren títeres por Pedro Brieguer
El escenario político italiano, después de las recientes elecciones, deja más incógnitas que certezas respecto al rumbo que tomará su futuro gobierno, en principio, de coalición. La Unión Europea, y en especial Alemania, miran cautelosos ante la posibilidad de algún cambio que profundice la crisis en el viejo continente.
El panorama político italiano se complica después de las elecciones. La posibilidad de formar un gobierno estable es muy poco probable y en la Unión Europea suenan las alarmas porque la falta de gobernabilidad en Italia es mucho más preocupante que la griega. Italia es parte del G8 –el club de los poderosos países desarrollados- y la incertidumbre o la posibilidad de una salida del euro como respuesta a la crisis podría profundizar la crisis europea. El experimento de colocar a un “técnico” como Mario Monti al frente del país por más de un año sirvió para poco y no logró adhesión popular. Al momento de votar menos del 10 por ciento apoyó al primer ministro que proponía profundizar los planes de ajuste mientras que Beppe Grillo y su movimiento “5 stelle” (5 estrellas) superó el 25 por ciento de los votos.
Por otra parte, los dos principales partidos perdieron casi 9 millones de votos y Grillo no es la primera fuerza política en la Cámara de diputados sólo porque el Partido Democrático de centro izquierda y el Pueblo de la Libertad de Berlusconi formaron coaliciones que les permitieron obtener más votos y más escaños. Aunque Grillo es presentado como la “antipolítica”, en realidad su discurso poco tiene que ver con un nihilismo antisistema. Sus reivindicaciones giran en torno de la legalidad, la moralidad, la sobriedad de la política y las cuestiones sociales, consignas básicas que –en principio- casi todos los partidos podrían aceptar si es que no fuera que durante años hicieron lo contrario a lo que pregonan.
“Italia es parte del G8 –el club de los poderosos países desarrollados- y la incertidumbre o la posibilidad de una salida del euro como respuesta a la crisis podría profundizar la crisis europea.”
Ahora comienza la aritmética de las alianzas posibles, sea para gobernar por un tiempo y llevar adelante algunas reformas que incluyan el sistema electoral, sea para pregonar la “estabilidad” que pretenden los famosos “mercados” que no necesitan del voto para imponer su voluntad. Es verdad que desde el punto de vista de la participación institucional en el parlamento el movimiento de Grillo es una incógnita. Nadie sabe cómo actuarán sus más de cien diputados sin experiencia parlamentaria, si negociarán al mejor estilo de los partidos tradicionales o se dedicarán a entorpecer cualquier acuerdo pensando que una pronta convocatoria electoral de aquí a seis meses los convertirá en la primera fuerza política en las dos cámaras con posibilidades reales de gobernar.
En Alemania miran con desconfianza hacia todo aquello que no se cuadre ante sus imposiciones. En Grecia le temen a Syriza –la coalición de izquierda radical- y en Italia al “éxito de dos payasos”, como dijo despectivamente el líder socialdemócrata alemán, Peer Steinbrück, por Berlusconi y Grillo. Los alemanes no saben muy bien qué hacer frente a los insumisos, pero parece que los italianos no quieren títeres.
TELAM
CONDENARON A INTEGRANTE DEL PRO POR DELITOS DE LESA HUMANIDAD
Julio Cirino, miembro de la Fundación Pensar, integrada por todos los referentes del Partido Propuesta Republicana (PRO), fue condenado a 6 años de prisión en una causa por delitos de lesa humanidad.
El integrante de la Fundación Pensar recibió sentencia por la causa de la contraofensiva de Montoneros, en un fallo de la Sala II de la Cámara Federal de Apelaciones, integrada por los jueces Horario Rolando Cattani, Martín Irurzun y Eduardo Farah. Cirino fue condenado a la pena de 6 años de prisión e inhabilitación especial por el término de 10 años “por ser integrante de una asociación ilícita destinada a cometer delitos cuya acción contribuyó a poner en peligro la vigencia de la Constitución Nacional, integrada por más de diez individuos, con una organización militar o de tipo militar, que disponía de armas de guerra o explosivos de gran poder ofensivo, que operaba en más de una de las jurisdicciones políticas del país y estaba compuesta por uno o más oficiales o suboficiales de las Fuerzas Armadas o de Seguridad”.
La actuación del represor Julio Cirino durante la última dictadura cívico-militar se hizo pública por la desclasificación de archivos que realizó el Departamento de Estado de Estados Unidos, en los que Cirino se ufanaba ante diplomáticos de ese país de haber visitado por los menos tres Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio y les advertía que los desaparecidos “no van a aparecer”.
El integrante de la Fundación Pensar fue agente civil de las Fuerzas Armadas y operó bajo el pseudónimo de “Jorge Contreras”. Ingresó en 1977 a las Fuerzas Armadas para desempeñarse en el Batallón 601 de Inteligencia. Desde allí, fue el enlace con la Embajada de Estados Unidos durante la dictadura. La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación informó en la causa que “Jorge Contreras” era en realidad el “Gordo” Cirino, quien dirigió durante la dictadura el Grupo de Tareas 7 de la Central de Reunión de Información (CRI) del 601.
El represor cesó sus actividades en el Ejército en 1986, pero en 1993, en su condición de agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), fue designado con rango de Secretario en la Embajada argentina en Washington, para luego ser dado de baja del servicio exterior en 1998.
Hasta hace pocos años fue uno de los referentes de la Fundación Pensar en materia de “Seguridad y Terrorismo”. Como integrante de esa Fundación, participó en un seminario sobre “Delincuencia, minoridad y violencia en Mar del Plata”, en un panel de “Seguridad” junto a Eugenio Burzaco y Juan Carlos Blumberg, y en otro sobre “Áreas urbanas fuera de control: la experiencia de Río de Janeiro”, junto a Germán Garavano, Fiscal General porteño. Además, desde esa institución recibió al embajador de Colombia.
La Fundación Pensar es un brazo político del partido PRO y tiene como presidente honorario al Jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri. Además, está integrada por Esteban Bullrich, Sergio Bergman, Gabriela Michetti, Luciano Miguens, Horacio Rodríguez Larreta, Pablo Walter y Federico Pinedo, entre otros. Ya pasaron 5 años desde que se conoció la noticia de Cirino. Sin embargo, ni la Fundación ni ninguno de sus integrantes se refirió al tema.
El de Cirino no es el único caso. El PRO tiene más funcionarios denunciados por delitos de lesa humanidad. De manera consecuente, ese Partido hace silencio sobre cada una de las acusaciones, sin aportar a la justicia ni solidarizarse con las víctimas.
H.I.J.O.S. Capital
Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio
Comunicado de prensa (21/2/2013).
Dilemas de la oposición – Hernán Brienza
La mayoría de los medios de comunicación opositores plantean el escenario político del 2013 como un tablero en el cual es el gobierno nacional quien se juega el todo por el todo. En la especulación que hacen los principales analistas políticos, estas elecciones legislativas de medio término pondrían en juego la legitimidad del kirchnerismo –confirmaría o mermaría el histórico 55 por ciento en el 2011- de cara a los próximos dos años de gestión. Es más, los más osados elucubran planes jamás enunciados por Cristina Fernández de Kirchner respecto de una supuesta reforma constitucional para asegurar la re-reelección presidencial. La estrategia de plantear estas elecciones como fundamentales para el gobierno responde a una necesidad política por parte de la oposición, de tapar sus propias deficiencias por un lado, pero también, y he aquí, el principal objetivo de los factores reales de poder, de quitarle gobernabilidad a la administración actual.
Mi opinión personal es que las legislativas de este año no son fundamentales para el gobierno nacional pero sí son definitorias para los sectores ligados a la oposición. Es sabido que las elecciones de medio término tienen resultados más laxos que las presidenciales. La razón es sencilla: en los comicios por cargos ejecutivos quien gana se lleva todo el premio, por lo tanto suelen presentarse pocas opciones, polarizadas, y los votantes suelen apostar al seguro ganador o en contra de la opción aborrecida. En las elecciones legislativas, con sistema electoral de representación proporcional, en cambio, el resultado suele ser más descentralizado; la razón es sencilla: el votante suele “darse el lujo” de emitir sufragios menos “responsables” y se permiten licencias estéticas e ideológicas para componer parlamentos más pluralistas. Pese a todo esto, y salvo que ocurra algún imponderable, el gobierno nacional no parece que fuera a sufrir ningún sobresalto electoral y seguirá obteniendo una mayoría abrumadora de votos respecto de las demás opciones políticas.
Por esa razón la pelota política está en la cancha de la oposición. Primero, porque las elecciones legislativas, generalmente, favorecen a las opciones contestatarias. Segundo, porque otra vez los jugadores opositores se encuentran atrapados en el mismo dilema de siempre: si forman coaliciones disuelven sus propias ambiciones sectoriales; mientras que si van separados para definir quién será el jefe de la oposición en el período 2014-2015 pierden fuerza frente al complejo de unidad que plantea el kirchnerismo. Además, las supuestas posiciones ideológicas irreconciliables elevan el costo de la unificación opositora como lo demostró el tristemente célebre Grupo A.
“La estrategia de plantear estas elecciones como fundamentales para el gobierno responde a una necesidad política por parte de la oposición, de tapar sus propias deficiencias por un lado, pero también, y he aquí, el principal objetivo de los factores reales de poder, de quitarle gobernabilidad a la administración actual.”
En este marco, Hermes Binner se diluye entre los problemas de corrupción que acosan al socialismo santafesino a través de la Maldita Policía, su propia edad y los “tuits” inentendibles. Mauricio Macri queda anegado entre la pérdida de su buena imagen por culpa de su mala gestión y de su falta de proyección nacional. José Manuel De la Sota no puede perforar su clientela cordobesista y, ahora deberá enfrentar elecciones en las que no será apoyado por el kirchnerismo. Elisa Carrió amenaza con volver al ruedo para ver si puede levantar el 2 por ciento de las últimas elecciones. Por último, Francisco de Narváez, decae en imagen tras demostrar que sólo “sabe hacer un guiso” si la olla está vacía, la hornalla apagada y el libro de recetas macrobióticas que desaprueba los guisantes. Respecto del Colorado resulta llamativo que para construir un hecho político deba recurrir a una solicitada paga, la crispadora consigna “Ella o vos”, y no a una entrevista cualquiera o una simple operación de prensa. La constante sangría de sus diputados habla de su actual soledad política y de su falta de oportunidad para irrumpir en escena. Por último, el radicalismo continúa con su maraña hasta ahora insalvable y Hugo Moyano está tratando de conseguir avales para presentar su flamante partido en al menos una provincia argentina.
Es por estas debilidades estructurales que estas elecciones son decisivas para la oposición. El gobierno nacional sólo debe seguir gobernando, perdón por el galimatías. Los partidos opositores, en cambio, tienen que demostrar si todavía tienen sentido sus propias existencias, en términos figurativos, claro. Es decir, a qué sectores de la sociedad representan en términos reales. Porque, hasta ahora, ningúna una opción política parece haber podido acaparar el descontento de los sectores caceroleros.
TELAM
Cuatro lecciones – Atilio A. Boron *(Aplastante victoria de Rafael Correa)
La aplastante victoria de Rafael Correa, con un porcentaje de votos y una diferencia entre él y su más inmediato contendiente que ya hubieran querido tener Obama, Hollande y Rajoy, deja algunas lecciones que es bueno recapitular. Primero, y lo más obvio, la ratificación del mandato popular para seguir por el camino trazado pero, como dijo Correa en su conferencia de prensa, avanzando más rápida y profundamente. Sabe el reelecto presidente que los próximos cuatro años serán cruciales para asegurar la irreversibilidad de las reformas que, al cabo de diez años de gestión, habrán concluido con la refundación de un Ecuador mejor, más justo y más sustentable. En la conferencia de prensa ya aludida dijo textualmente: “O cambiamos ahora al país o no lo cambiamos más”. El proyecto de crear un orden social basado en el socialismo del sumak kawsay, el “buen vivir” de nuestros pueblos originarios, exige actuar con rapidez y determinación. Pero esto también lo saben la derecha vernácula y el imperialismo, y por eso se puede predecir que van a redoblar sus esfuerzos para evitar la consolidación del proceso de la “Revolución Ciudadana”. Segunda lección: que si un gobierno obedece al mandato popular y produce políticas públicas que benefician a las grandes mayorías nacionales –que al fin y al cabo de eso se trata la democracia–, la lealtad del electorado puede darse por segura. La manipulación de las oligarquías mediáticas, la conspiración de las clases dominantes y las estratagemas del imperialismo se estrellan contra el muro de la fidelidad popular. Tercero, y como corolario de lo anterior, el aplastante triunfo de Correa demuestra que la conformista tesis tan común en el pensamiento político convencional, a saber: que “el poder desgasta”, sólo es válida en democracia cuando el poder se ejerce en beneficio de las minorías adineradas o cuando los procesos de transformación social pierden espesor, titubean y terminan por detenerse. Cuando en cambio se gobierna teniendo a la vista el bienestar de las víctimas del sistema, pasa lo que ocurrió ayer en Ecuador: si en la presidencial de 2009 Correa ganó en la primera vuelta con el 51 por ciento de los votos, ayer lo hizo, con el recuento existente al momento de escribir esta nota (un 25 por ciento de los votos escrutados), con el 57 por ciento. En lugar de “desgaste”, consolidación y acrecentamiento del poder residencial. Cuarto y último: con esta elección se supera la parálisis decisional generada por una Asamblea Nacional que se opuso con intransigencia a algunas de las más importantes iniciativas propuestas por Correa. Si bien hay pocas cifras disponibles al respecto, no caben dudas de que Alianza País tendrá la mayoría absoluta de los asambleístas y con chances de alcanzar una representación parlamentaria que le permita contar con una mayoría calificada de dos tercios.
Conclusión: los tiempos han cambiado. La ratificación plebiscitaria de un presidente que precipitó un formidable proceso de cambios sociales y económicos dentro del Ecuador, que protagoniza la integración latinoamericana, que incorporó su país al ALBA, que puso fin a la presencia estadounidense en la base de Manta, que realizó una ejemplar auditoría de la deuda externa reduciendo significativamente su monto, que le otorga asilo a Julian Assange y que retira al Ecuador del Ciadi, no es algo que se vea todos los días. ¡Felicitaciones Rafael Correa, salud Ecuador!
* Director PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
Página12
El acuerdo – Luis Bruschtein
16–02–2013 / Al igual que el atentado, las tramas de encubrimiento y complicidad en el caso AMIA nunca fueron develadas. Quizás en esos trasfondos haya más explicaciones a tanta incertidumbre sobre un hecho tan ominoso.
Un atentado tremendo, que implicó la adquisición y el acopio de gran cantidad de explosivo, más inteligencia, más infraestructura, lo que implica la participación de numerosas personas, y nadie sabe nada.
Y después, la trama del encubrimiento. El ocultamiento o la alteración de pruebas y la forma en que se desperdiciaron los primeros momentos posteriores al atentado también tienen sus propios significados. No fue un atentado más.
En el caso AMIA se conjugaron factores ocultos, que se sumaron a la lógica pura del terrorismo. Y si además faltaba algo, con el tiempo, la investigación del atentado quedó en el centro del conflicto más inflamable del planeta.
Con mucho respaldo político, la investigación del fiscal Alberto Nisman se introdujo en esa jungla llena de trampas e intereses, y obtuvo resultados que llevaron a una fuerte controversia del gobierno argentino con el de Irán.
Este proceso configuró una política que se fue desarrollando durante los gobiernos kirchneristas y durante varios años, casi desde el principio del gobierno de Néstor Kirchner.
Después de los desastres del menemismo, ni los integrantes de la Alianza ni el duhaldismo habían mostrado decisión o interés para meterse en ese embrollo.
Pero la investigación se estancó en 2007. El conflicto con Irán es por la investigación que respaldó este gobierno y no los anteriores.
Y lo que importa, en todo caso, no es el conflicto con Irán (que es una consecuencia), sino la investigación del atentado (que es la causa). Tras haber logrado un impulso inicial, la causa quedó bloqueada por varios años. El paso que faltaba era llegar a los sospechosos iraníes.
Es probable que el interrogatorio a los iraníes sospechados por el atentado a la AMIA no vaya a dilucidar la trama que llevó al bombazo, y seguramente lo primero que harán los interrogados será declarar su inocencia.
También es lo que han hecho casi en su totalidad los represores argentinos cuando fueron juzgados.
Aun así, esos interrogatorios son tan necesarios para el trámite de la causa como los que se realizaron a los acusados de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
Otro conflicto se abrió –ahora con el gobierno derechista israelí–, cuando el gobierno argentino buscó la vía diplomática para desbloquear la causa y poder interrogar a los sospechosos del atentado.
El gobierno local quedó así ensanguchado entre el gobierno conservador integrista de Irán y el gobierno conservador integrista de Israel.
Irán dice que la voladura de la AMIA fue un autoatentado israelí, e Israel sólo quiere argumentos para su contienda con Irán, con el agravante de que todo el planeta asiste a una escalada cada vez más peligrosa, al borde de una conflagración militar.
La Argentina, que está más involucrada en procesos de integración pacífica con países que en décadas pasadas eran vistos como enemigos potenciales, no puede tener ningún interés en algún conflicto bélico aquí ni en ninguna otra parte.
En todo caso, su aporte tiene que ser por la paz. Entre la guerra y la paz, la paz no es el “lado” equivocado, como han dicho algunos. Seguramente hay una gran cantidad de iraníes y de israelíes a favor de la paz.
En este contexto, la causa judicial por los atentados en la AMIA, por un lado, y el debate geopolítico, por el otro, tienen que ser debates separados, aunque tengan tantos puntos de contacto. Y van por separado, porque el debate geopolítico debilita la causa judicial.
El objetivo es que se esclarezca el atentado y que sus responsables sean castigados por la Justicia.
Lo que quieran el gobierno iraní o el de Israel, y hasta incluso la posición que asuma en ese conflicto el gobierno argentino, va por otro carril.
Para desbloquear la causa se necesita interrogar a los sospechosos por el atentado, no por lo que piensan o por el país al que pertenecen sino por lo que están acusados de haber hecho.
Se busca a personas que cometieron un delito y no a personas que profesan determinada religión o son ciudadanos de determinado país. Si Irán quiere destruir a Israel, o viceversa, es una discusión importante, pero que no define la causa judicial por el atentado contra la AMIA.
Mantener la causa bloqueada, como sucedería sin el acuerdo con Irán para interrogar a estos sospechosos, la hubiera llevado a un limbo por tiempo indeterminado, una zona que derivaría finalmente en una condena genérica, básicamente política. Habría una condena a Irán que serviría para alimentar el conflicto, pero la causa moriría de inanición.
Se han dicho disparates como que este acuerdo proviene de una negociación impulsada hace más de dos años por Hugo Chávez, a través del presidente sirio, Hafez al Assad, con el gobierno argentino.
Es un escenario desaforado, típico de servicios de inteligencia de otras épocas.
Pero es cierto que la Cancillería argentina trató, que la causa judicial por el atentado a la AMIA no terminara en el centro de la disputa que mantienen Estados Unidos e Israel con Irán.
Tras presentar año tras año duras acusaciones contra los iraníes en los foros internacionales, el llamado del gobierno argentino a buscar vías diplomáticas para destrabar la causa constituyó también un gesto para diferenciar sus planteos de los cruces por el conflicto global con Irán en una escalada con final tan previsible como desastroso.
El gobierno iraní está en una encrucijada de tensión máxima con las grandes potencias occidentales y muy aislado.
En ese marco sería equivocado considerar el acuerdo como una alegre e indolora concesión a los reclamos argentinos, porque Irán necesita descomprimir sus relaciones exteriores y la Argentina juega un rol importante en el proceso político latinoamericano.
La intención de relacionar a Hugo Chávez con este tema tiene las mismas connotaciones reaccionarias del viejo macartismo que usaba suposiciones y chismografías.
El eje es esencialmente judicial y no geopolítico. Desde la oposición al acuerdo con Irán se plantea que éste constituye un cambio de la estrategia de alianzas geopolíticas.
Para los que piensan así, antes de este acuerdo, la Argentina jugaba del lado que busca una salida violenta a los diferendos con Irán.
Y, de repente, con el acuerdo por los interrogatorios a los sospechosos del atentado contra la AMIA, el gobierno argentino se habría pasado del otro lado, o sea del bando iraní, junto con Chávez o Hafez al Assad.
De tan elemental, esa mirada resulta pueril. Primero porque la Argentina ha mantenido una posición muy clara con respecto a la paz, tanto en relación con conflictos que le afectan directamente, como Malvinas, como con otros más lejanos, como el de Medio Oriente.
La Argentina nunca jugó por la guerra contra Irán. Es una equivocación pensar que Néstor Kirchner confrontaba duramente a los iraníes en la ONU para agradar al gobierno de los Estados Unidos.
Conociendo su carácter es más probable que fuera al revés, que tratara de utilizar la situación internacional como forma de presión para lograr que el gobierno iraní arrojara algo de luz sobre la causa judicial.
La sugerencia de que el acuerdo con Irán proviene de un supuesto realineamiento internacional se pudo leer entre líneas en todos los discursos contrarios al acuerdo. Las dudas legítimas sobre los alcances que podría tener, aun en las peores circunstancias, fueron todas respondidas sin dejar ninguna duda.
En ese aspecto, el debate de seis horas en el Senado fue interesante por las preguntas y por las respuestas. El mismo Luis Moreno Ocampo dijo que se trataba de una “oportunidad con riesgos sobre los que habría que estar atentos”. Es un balance sensato. La insistencia en el rechazo altisonante sugería que la preocupación se centraba en ese supuesto cambio de estrategia.
Y a los que piensan que la Argentina cambió de bando, en realidad no les interesa tanto la causa judicial. No les interesó antes en la medida en que creían que la causa era una mera herramienta para usarla a favor de la guerra.
Y ahora están enojados porque si el eje se mantiene en lo judicial, la causa no puede ser usada por los que buscan la guerra. Es decir, no les interesa la causa judicial sino la forma en que ésta tendría que ser usada.
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Finanzas en los países emergentes y la Argentina – Aldo Ferrer
Finanzas en los países emergentes y la Argentina

La opinión de Aldo Ferrer, economista
El planteo de vivir con lo nuestro respecto de nuestro país pFinanzas en los países emergentes y la Argentina
La opinión de Aldo Ferrer, economista
El planteo de vivir con lo nuestro respecto de nuestro país puede generalizarse como “vivir con lo propio”, respecto de la estrategia de desarrollo en el escenario internacional. La propuesta implica el rechazo del principio neoliberal de que el desarrollo económico de los países ocurre en el contexto mundial, bajo el libre juego de las fuerzas del mercado. Se sustenta, en cambio, en la evidencia histórica de que el desarrollo tiene lugar, en primer lugar, dentro de cada país, en virtud de la fortaleza de su densidad nacional, capacidad de movilizar recursos propios y establecer una relación simétrica, no subordinada, con el orden mundial.
La exitosa estrategia de China y otros países emergentes se basa, precisamente, en vivir con lo propio. Uno de sus componentes principales radica en el financiamiento del desarrollo. Un estudio reciente de Rogoff y Reinhardt destaca que, hasta la década de 1950, alrededor del 20% de la deuda pública de los países ahora llamados emergentes estaba denominado en moneda extranjera. En la década de 1990, la proporción aumento al 60 por ciento. Una causa principal de esta tendencia fue la expansión de la especulación financiera globalizada y su penetración en las plazas periféricas
La abundancia del crédito internacional fomentó las políticas fiscales de endeudamiento externo y la apreciación de las monedas nacionales en América latina y en otros países de Asia y África. El consecuente déficit público y de los pagos internacionales generó las crisis de deuda externa que estallaron en América latina a principios de la década de 1980 y en países asiáticos y Rusia a fines de la de 1990. Los rigurosos programas de ajuste y reestructuraciones de deuda estuvieron destinados a preservar los activos de los acreedores y recuperar la “confianza” de los mercados financieros, corresponsables de la crisis. El resultado fue la “década perdida” en América latina y un deterioro, semejante o peor, en otros países endeudados. La estrategia neoliberal de “vivir con lo ajeno”, es decir, la subordinación al financiamiento y la deuda externa, deprimió el ahorro interno y la tasa de inversión y crecimiento. Finalmente, colapsó en todas partes y, actualmente, en las economías vulnerables de la Unión Europea.
El fracaso del planteo neoliberal consagró la vigencia de la estrategia de vivir con lo propio, la misma que sustenta el desarrollo de los países emergentes más exitosos, como China, Corea del Sur y Taiwán. Vivir con lo propio incluye la movilización del ahorro interno para financiar al sector público y la inversión privada. Esto ha provocado un aumento extraordinario, del 500% en los últimos diez años en el mercado de títulos emitidos por países emergentes en su propia moneda. Su stock alcanza actualmente, según un informe reciente del Financial Times, a más de u$s10 billones, equivalentes a cerca del 20% del stock total de títulos en los mercados financieros. Consecuentemente, la deuda pública denominada en moneda local de los países emergentes, respecto del total de la deuda pública, aumentó al 60% en el 2010 y, probablemente, al 90% en el 2012. Cerca de 2/3 del stock de deuda en moneda local de los países emergentes corresponde a China, Brasil y Corea del Sur.
La expansión de este mercado atrae capitales especulativos del exterior, cuya volatilidad, introduce un elemento de inestabilidad en las plazas locales y provoca medidas preventivas para controlarlos, evitar la apreciación cambiaria y no repetir la experiencia de vivir con lo ajeno.
El éxito de la política de financiamiento con ahorro interno, a partir de la expansión del mercado de deuda en moneda local requiere la contrapartida del superávit en la cuenta corriente de los pagos internacionales. De otro modo, se instala la “vulnerabilidad externa”, es decir, la dependencia permanente del financiamiento en moneda extranjera. En conclusión, financiamiento dominante con ahorro interno y superávit en los pagos internacionales son condiciones necesarias de la estrategia de vivir con lo propio y de apertura al mundo, fortaleciendo la soberanía y las políticas nacionales de desarrollo.
La experiencia de la Argentina forma parte de esta tendencia en los países emergentes exitosos. La deuda pública respecto del PBI cayó de cerca del 170% en el 2002 al 40% en el 2012 y, de esta última, cerca del 60% es deuda intrasector público. El desendeudamiento incluye la reducción de la deuda pública denominada en moneda extranjera, la cual cayó, respecto del total, del 79% en el 2002 al 61% en el 2012 y, respecto del PBI, del 132 al 25% entre los mismos años.
Acontecimientos decisivos en esta tendencia, en la Argentina fueron la reestructuración de la deuda externa, la nacionalización del sistema jubilatorio, el aumento de la presión tributaria, la pesificación posconvertibilidad del sistema monetario, el persistente superávit en los pagos internacionales y la duplicación del PBI desde la salida de la crisis del 2001
Subsiste la necesidad de condiciones propicias para la creación de instrumentos financieros que retengan el ahorro interno en el circuito económico del país y eviten la fuga de capitales. En tal sentido, acontecimientos recientes, como la colocación de bonos de YPF en moneda local, son pasos positivos. uede generalizarse como “vivir con lo propio”, respecto de la estrategia de desarrollo en el escenario internacional. La propuesta implica el rechazo del principio neoliberal de que el desarrollo económico de los países ocurre en el contexto mundial, bajo el libre juego de las fuerzas del mercado. Se sustenta, en cambio, en la evidencia histórica de que el desarrollo tiene lugar, en primer lugar, dentro de cada país, en virtud de la fortaleza de su densidad nacional, capacidad de movilizar recursos propios y establecer una relación simétrica, no subordinada, con el orden mundial.
La exitosa estrategia de China y otros países emergentes se basa, precisamente, en vivir con lo propio. Uno de sus componentes principales radica en el financiamiento del desarrollo. Un estudio reciente de Rogoff y Reinhardt destaca que, hasta la década de 1950, alrededor del 20% de la deuda pública de los países ahora llamados emergentes estaba denominado en moneda extranjera. En la década de 1990, la proporción aumento al 60 por ciento. Una causa principal de esta tendencia fue la expansión de la especulación financiera globalizada y su penetración en las plazas periféricas
La abundancia del crédito internacional fomentó las políticas fiscales de endeudamiento externo y la apreciación de las monedas nacionales en América latina y en otros países de Asia y África. El consecuente déficit público y de los pagos internacionales generó las crisis de deuda externa que estallaron en América latina a principios de la década de 1980 y en países asiáticos y Rusia a fines de la de 1990. Los rigurosos programas de ajuste y reestructuraciones de deuda estuvieron destinados a preservar los activos de los acreedores y recuperar la “confianza” de los mercados financieros, corresponsables de la crisis. El resultado fue la “década perdida” en América latina y un deterioro, semejante o peor, en otros países endeudados. La estrategia neoliberal de “vivir con lo ajeno”, es decir, la subordinación al financiamiento y la deuda externa, deprimió el ahorro interno y la tasa de inversión y crecimiento. Finalmente, colapsó en todas partes y, actualmente, en las economías vulnerables de la Unión Europea.
El fracaso del planteo neoliberal consagró la vigencia de la estrategia de vivir con lo propio, la misma que sustenta el desarrollo de los países emergentes más exitosos, como China, Corea del Sur y Taiwán. Vivir con lo propio incluye la movilización del ahorro interno para financiar al sector público y la inversión privada. Esto ha provocado un aumento extraordinario, del 500% en los últimos diez años en el mercado de títulos emitidos por países emergentes en su propia moneda. Su stock alcanza actualmente, según un informe reciente del Financial Times, a más de u$s10 billones, equivalentes a cerca del 20% del stock total de títulos en los mercados financieros. Consecuentemente, la deuda pública denominada en moneda local de los países emergentes, respecto del total de la deuda pública, aumentó al 60% en el 2010 y, probablemente, al 90% en el 2012. Cerca de 2/3 del stock de deuda en moneda local de los países emergentes corresponde a China, Brasil y Corea del Sur.
La expansión de este mercado atrae capitales especulativos del exterior, cuya volatilidad, introduce un elemento de inestabilidad en las plazas locales y provoca medidas preventivas para controlarlos, evitar la apreciación cambiaria y no repetir la experiencia de vivir con lo ajeno.
El éxito de la política de financiamiento con ahorro interno, a partir de la expansión del mercado de deuda en moneda local requiere la contrapartida del superávit en la cuenta corriente de los pagos internacionales. De otro modo, se instala la “vulnerabilidad externa”, es decir, la dependencia permanente del financiamiento en moneda extranjera. En conclusión, financiamiento dominante con ahorro interno y superávit en los pagos internacionales son condiciones necesarias de la estrategia de vivir con lo propio y de apertura al mundo, fortaleciendo la soberanía y las políticas nacionales de desarrollo.
La experiencia de la Argentina forma parte de esta tendencia en los países emergentes exitosos. La deuda pública respecto del PBI cayó de cerca del 170% en el 2002 al 40% en el 2012 y, de esta última, cerca del 60% es deuda intrasector público. El desendeudamiento incluye la reducción de la deuda pública denominada en moneda extranjera, la cual cayó, respecto del total, del 79% en el 2002 al 61% en el 2012 y, respecto del PBI, del 132 al 25% entre los mismos años.
Acontecimientos decisivos en esta tendencia, en la Argentina fueron la reestructuración de la deuda externa, la nacionalización del sistema jubilatorio, el aumento de la presión tributaria, la pesificación posconvertibilidad del sistema monetario, el persistente superávit en los pagos internacionales y la duplicación del PBI desde la salida de la crisis del 2001
Subsiste la necesidad de condiciones propicias para la creación de instrumentos financieros que retengan el ahorro interno en el circuito económico del país y eviten la fuga de capitales. En tal sentido, acontecimientos recientes, como la colocación de bonos de YPF en moneda local, son pasos positivos.
BAE
La Argentina dividida – Dante Augusto Palma
La Argentina dividida
¿Estamos divididos los argentinos? La pregunta viene siendo recurrente al menos desde que se empezó a delinear el espíritu confrontativo que Néstor Kirchner le imprimiera a su presidencia y que se transformara en una marca esencial de la naturaleza del modelo que se encuentra próximo a alcanzar los 10 años en el poder.
Al kirchnerismo no le resulta del todo incómodo el mote de “parteaguas” pues entiende que la política es, ante todo, conflicto que se dirime entre un nosotros y un ellos, aunque siempre en el marco de los límites democráticos. De aquí que no se rasgue las vestiduras por el pataleo histérico de los sectores minoritarios que ven socavada su legitimidad pero sí advierta sobre un conato de violencia preocupante que se deja ver en las manifestaciones que nuclean a sectores opositores. En esta línea alcanza con ver los lemas de los letreros que se enarbolan en las protestas caceroleras y la agresión a periodistas de la televisión pública y privada que en ese marco se multiplicaron, así como también prestar atención a la violencia verbal que profieren referentes opositores a veces impulsados por una envidiable locuacidad. La oposición intenta invisibilizar esas acciones y cuando no puede hacerlo esgrime que estas son sólo una consecuencia de la violencia más sutil impulsada desde el propio gobierno. Independientemente de la discusión acerca de si esto es o no así, tal argumentación abre una puerta a la justificación de hechos de violencia más graves. En este sentido, quienes justificaron la agresión a Kicillof y la englobaron en el marco del hartazgo ciudadano ante las supuestas microviolencias solapadas que provienen del oficialismo, podrían también haber justificado el hecho de que la turba violenta del “Frente jacobino por la liberación del dólar” (filial Punta del Este) hubiera ajusticiado al “economista marxista”. A lo sumo, encararían la argumentación afirmando que “no lo justifico pero hay que entender que el clima de violencia desde arriba da lugar a excesos abajo”. Con todo, no se trata aquí de discutir quién agredió primero o quién agrede más. Se trata de responder a esa pregunta inicial acerca de si existe una división en la Argentina. Y la respuesta que guiará estas líneas es la siguiente: sí, efectivamente, la Argentina está dividida, pero hace 200 años que lo está. En otras palabras, la historia de nuestro país ha estado marcada por las divisiones en todo orden y bajo cualquier paraguas categorial, sea político, sociológico o económico.
Si se toma el siglo XIX, a las disputas políticas que se dieron ya en el marco de los caminos que debía seguir la revolución, le siguió la disputa entre unitarios y federales y la conquista del desierto entre algunos de los sucesos que ponen en tela de juicio la fantasía romántica de una unidad original perdida por algún pecado populista. Ya en el siglo XX, el centenario fue el marco en el que se ponía de manifiesto una sociedad claramente dividida entre una elite criolla y una masa heterogénea de campesinos pobres y extranjeros explotados que presionaría hasta obtener la ley Sáenz Peña y vivir una primavera popular en 1916 que no tardaría en desfallecer a pesar de no haber profundizado demasiado en cambios estructurales que afectaran a la oligarquía terrateniente. Entonces ¿alguien va a decir que el modelo agroexportador argentino era el emblema de una sociedad inclusiva? Por cierto, ¿esa presunta unidad alguna vez perdida se recuperó con el golpe del ’30? Ciertamente no, y la irrupción del peronismo no fue una magia de repollo sino la visibilización de mayorías desplazadas que se sentían representadas por un liderazgo.
Pero no avancemos tan rápido porque, justamente, quienes hoy insisten en endilgarle al kirchnerismo el haber dividido a los argentinos equiparan la situación actual con aquella que se dio desde el ’45 hasta los años ’70 en torno al clivaje peronismo-antiperonismo. En esta línea se dice que las familias se pelean, las parejas se separan y los amigos se distancian por las diferencias políticas, del mismo modo que sucediera en aquellas décadas del siglo XX. ¿Tienen razón al bosquejar ese panorama? Claro que la tienen pero eso no significa que estas fracturas en el campo de las relaciones básicas sean propiedad exclusiva de los procesos peronista y kirchnerista. Lo que sí parece signo característico de ellos es el modo en que esas grietas inherentes a la Argentina (y probablemente a buena parte de las sociedades y los Estados modernos) se han hecho carne y se manifiestan sin ocultamientos. ¿Por qué sucede esto? Seguramente porque se trata de procesos que con infinitas diferencias han intentado al menos trastocar las estructuras vigentes. Se podrá discutir por qué lo hicieron o en qué porcentaje lo hicieron, pero no se podrá decir que ambos procesos resultaron indiferentes para las elites.
Sin embargo, claro está, ni la historiografía liberal ni los comentadores reproductores del relato del establishment podrían aceptar que esas han sido las razones por las que el peronismo y el kirchnerismo generan divisiones. De aquí que recurran a una argumentación sintomática. Para dar cuenta de ello avanzaré un poquito más en la historia para poder situarnos en nuestro pasado reciente. Pregúntese entonces por qué durante los noventa no se afirmaba que la sociedad argentina estaba dividida. Nadie lo decía a pesar de que ese modelo hizo eclosión en 2001 y produjo la mayor distancia entre los que más y los que menos ganan, una confiscación de ahorros vergonzosa, más de un 50% de pobreza, un 25% de desempleados y un país al borde de una guerra civil.
¿No son estos números signo de un país fracturado? ¿O el dato para identificar un país partido es simplemente el modo en que se dirimen las diferencias políticas con nuestros familiares, amigos y parejas?
Lo que intuyo es, entonces, que esta idea de una actual Argentina dividida responde con naturalidad deductiva a los principios de una matriz de sentido común neoliberal instalada. Se trata de aquella que considera que sólo la política es la que divide. Dicho de otro modo, pareciera que las diferencias económicas son producto de un natural estado de cosas que, aun estirando la distancia entre los más que menos tienen y los menos que más tienen, responde al orden originario de la unidad nacional. De este modo existiría una desigualdad original aceptada por los ganadores y por los perdedores por igual, y cualquier intento por transformarla supondría un cambio político y, en tanto tal, sería identificado como el mal, una suerte de intromisión artificial que genera crispación, disputa, peleas y violencia. Según esta idea, como la economía es sabia, no genera violencia, y como los pobres deben reconocer el lugar que les corresponde, no hay espacio para que se crispen ni para que se peleen. En todo caso, quedará un lugarcito para que la clase media dispute y, según el contexto histórico, gane o pierda terreno pero nada más. Así lo indica la matriz cultural que se sigue del modelo neoliberal que gobernó entre 1976 y 2001, aquel que partió al país pero en el que teníamos muchos amigos, una buena relación de pareja y una comida familiar en paz en la que se hablaba de todo, menos de política.
El Argentino
Ingenio Ledesma: pasado, presente y futuro
Ingenio Ledesma: pasado, presente y futuro – Télam – Agencia Nacional de Noticias.
LECTURAS EL CAMPO Y SUS TRANSFORMACIONES – Diez años que revolucionaron la producción agrícola argentina – Por Jorge Castro ESPECIAL PARA CLARIN
10 FEB 2013 00:00h
La última década fue la de mayor crecimiento agrícola de toda la historia del país, superando a la era del “granero del mundo”
Tecnología. Monitor de rendimiento de una cosechadora de última generación equipada con piloto automático.
Los últimos 10 años fueron los de mayor crecimiento agrícola de toda la historia argentina, superando a la expansión del período previo a la Primera Guerra Mundial, cuando el país era el “granero del mundo” y la producción de granos y carnes era impulsada por la demanda de Europa, eje entonces de la economía global.
Dice Lucio G. Reca: “A principios del siglo XX, el incremento de la producción de granos requería un aumento similar del área cultivada, pues los rendimientos se mantenían constantes, dadas las limitaciones en la oferta de mejores semillas y prácticas de cultivo”.
A diferencia de entonces, los avances contemporáneos “(…) han sido resultado de un intenso proceso de incorporación de nuevas tecnologías, que posibilitaron un marcado aumento de los rendimientos y del área cultivada. (Por eso) la superficie dedicada a los granos se triplicó y la producción creció 7 veces”.
El factor decisivo en el aumento excepcional de la productividad del agro argentino ha sido el cambio tecnológico, ante todo de la biotecnología (semillas transgénicas) y de los métodos de labranza (siembra directa). Hay que sumarle los avances en las telecomunicaciones (telefonía celular, Internet) y en la tecnología del espacio (imágenes satelitales). Reca estima que dos tercios del incremento de la productividad proviene de las nuevas tecnologías.
Este salto tecnológico encontró una fuerza de trabajo (recursos humanos) excepcionalmente calificada para canalizarlo. El porcentaje de graduados universitarios entre los productores argentinos es superior al Medio Oeste norteamericano. Además, son más jóvenes (42 años promedio), y notoriamente dispuestos a innovar.
No sólo la fuerza de trabajo canalizó la ola innovadora. También encontró una estructura empresarial capaz de desatar su enorme potencial de productividad.
Se trata de los pooles de siembra, integrantes de un complejo sistema de contratos y especializaciones que transformó a la producción agrícola argentina en una densa estructura de organizaciones en red. Los pooles de siembra se caracterizan por su desinterés en la propiedad de la tierra y de la maquinaria agrícola, y por su preocupación obsesiva por la innovación tecnológica y la producción en gran escala. Para ello, utilizan enormes capitales que obtienen en forma directa del sistema financiero internacional.
Atrás quedó, enterrado en la historia, el campo argentino integrado por los grandes latifundistas, de productores-propietarios (“oligarquía terrateniente”), que compartían la actividad con los arrendatarios de la Pampa Húmeda.
El boom agrícola argentino de los últimos 20 años es inseparable del impacto de la globalización y de la emergencia de China/India en el comercio internacional, convertidos en el nuevo eje de la demanda mundial de alimentos.
Lo que ha ocurrido en la Argentina es una revalorización cualitativa de la producción agrícola como impulso esencial del proceso de acumulación, portadora de la más avanzada tecnología y líder en el incremento de la productividad.
Esta capacidad innovadora caracterizó al agro argentino entre fines del siglo XIX y la década del 30. Luego, la crisis de estos años, la Segunda Guerra Mundial y el vuelco de la economía hacia adentro en la segunda posguerra, a través de una estrategia forzada de sustitución de importaciones, la convirtieron en una actividad secundaria, poco expansiva, carente de vocación por la productividad. De ahí que la producción y el área sembrada cayeran de 20 millones de toneladas de granos y 15,5 millones de hectáreas en 1935 a 5,3 millones de toneladas y 5,8 millones de hectáreas en 1952.
Lo que ha ocurrido en el terreno agrícola en los últimos 20 años se revela en los siguientes datos: la producción de granos creció 6,6% anual entre 1995 y 2008 (vs. 2,8% anual en el mundo), lo que representa una tasa 40% mayor que la del período 1900-1914, cuando aumentó 4,6%.
Entre 1995 y 2008, la producción de soja se expandió 8,4% anual, y la Argentina se convirtió en la primera exportadora mundial de aceites y harina de soja (56% y 48% del total), y uno de los 3 mayores vendedores de granos del mundo.
Dice Daniel Lema respecto a la intensificación como factor esencial del cambio agrícola realizado en la Argentina, que en el período 1968-2008, la productividad de todos los factores (PTF) creció a una tasa acumulada de 2,4% anual; que luego, en la etapa 1990-2008, y en especial en la fase 1997-2008, se duplicó (4,8%/5%). La PTF es responsable de dos terceras partes del crecimiento agrícola. Esto corrobora que ha sido el cambio tecnológico la fuente crucial del salto experimentado en la producción.
Lema muestra que las ganancias de productividad en el sector primario se han trasladado a la totalidad de la cadena productiva y, por extensión, al conjunto de la actividad económica, incluyendo a la industria manufacturera.
Este derrame positivo, de abajo hacia arriba, de la productividad agrícola primaria, ha provocado una incorporación creciente al mercado mundial de un número cada vez mayor de sectores industriales vinculadas a ella.
Si esto es así, la clave de la reconversión de la industria argentina y en primer lugar de la manufacturera sigue el camino de la superior productividad de la actividad agrícola.
IECO-CLARIN.COM
Síntomas de época: la derecha, el neoliberalismo y los lenguajes de la injuria – Ricardo Forster
Preguntarse por los cambios que se vienen produciendo en el interior de nuestras sociedades es, sin dudas, incursionar en aquello que marca el derrotero de una época en la que pocas cosas parecen permanecer igual que en el pasado. Es, también, comprender los lazos decisivos que se han establecido entre las transformaciones estructurales del capitalismo (las que se vinculan con el paso de una matriz productiva a una financiera) y la emergencia de nuevas formas de subjetivación directamente ligadasSíntomas de época: la derecha, el neoliberalismo y los lenguajes de la injuria a los cambios culturales de las últimas décadas. Cuando vemos que la derecha actual sigue apelando a la despolitización y a la incorporación y promoción de figuras del espectáculo y del deporte como paliativo a lo que considera el “más allá de la política” en la representación del mundo de amplios sectores sociales; cuando observamos la reaparición de lenguajes del odio y el resentimiento en estratos de la clase media (los insultos y las agresiones cobardes y visceralmente antidemocráticas al viceministro de Economía Axel Kicillof que regresaba con su familia del Uruguay en Buquebus el primer fin de semana de febrero; las injurias soeces de Miguel del Sel, candidato estrella del Pro en las últimas elecciones santafesinas, contra la Presidenta de la Nación y las expresiones cloacales que se escucharon en las marchas caceroleras de septiembre y noviembre, a lo que se agrega esa otra zona purulenta que permiten los grandes medios de comunicación en sus sitios web donde proliferan no sólo los insultos sino, peor todavía, los llamados a ejercer una violencia homicida, y la lista podría continuar sin que la oposición se pronuncie en defensa de la república y de los valores democráticos y de diversidad a los que dice representar); lo que se está manifestando es la mutación del sistema neoliberal, la presencia de su crisis indisimulable en las economías centrales, y la necesidad de profundizar aún más su lógica despolitizadora y cualunquista que, sobre todo, se evidencia en sectores de la clase media que mejor vehiculizan esa lógica del prejuicio y de la banalización. Tampoco quedan dudas del papel central que les toca cumplir a las grandes empresas comunicacionales en la reproducción de esta concepción del mundo y en la multiplicación del “clima de odio y malestar” que acaban por aplaudir en sus crónicas (como botón de muestra vale la pena leer la narración “aséptica” que hizo La Nación de los insultos y las agresiones sufridas por Axel Kicillof y su familia, narración que bordeaba la justificación de las injurias y de sus propaladores). Su papel ha dejado de ser el del acompañante para convertirse en decisivo a la hora de perfilar prácticas y conductas, lenguajes y definiciones que buscan hacer inviable cualquier proyecto popular y genuinamente democrático que busque cuestionar y superar la hegemonía del liberalcapitalismo. Sucede en la Argentina y en el resto de los países de América latina que están desplegando caminos alternativos. Sube, putrefacta, una ola de retóricas violentas, reaccionarias, cualunquistas y destituyentes que reciben, en la mayoría de los casos, la justificación de los “defensores de la república amenazada” por los populismos continentales.
En un libro fundamental para entender nuestra época, El nuevo espíritu del capitalismo, los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello desmenuzan con rigor analítico y claridad de ideas la matriz y el funcionamiento de lo que se denomina el neoliberalismo como última etapa, hasta ahora, de un sistema de signos económico-político-culturales que ha definido el carácter de nuestra realidad. Y lo hacen indagando no sólo por el funcionamiento de la máquina económica, de lo que se ha descripto como el giro del capital hacia lo especulativo-financiero en detrimento de sus formas productivas, ni exclusivamente pasando revista al desmontaje sistemático del Estado de Bienestar que fue la forma hegemónica que adquirieron las sociedades occidentales en la segunda posguerra, sino hincándole el diente también, y centralmente, a los fenómenos culturales, discursivos, estéticos e ideológicos que le dieron forma y hegemonía política y social a una transformación regresiva y hondamente marcada por la injusticia que viene marcando la vida de nuestras sociedades desde hace más de tres décadas.
Ese “nuevo espíritu del capitalismo” radica, entre otras cosas, en un giro vertiginoso de las prácticas y conductas sociales asociadas a un despliegue exponencial de una ideología que buscó, con éxito, desmontar los ejes político-culturales sobre los que se había montado el modelo bienestarista y la búsqueda del igualitarismo social. Para ello contó con el aporte fundamental de los grandes medios de comunicación y de aquello que otro francés, Guy Débord, denominó “la sociedad del espectáculo”. Se trató, por lo tanto, de un giro en el sentido común, aquel que fuera dominante hasta mediados de los años setenta y en las formas de producción de las subjetividades anudadas, ahora, al mercado y a sus prácticas: el predominio de una moral individualista, la lógica de la competencia como resorte mayúsculo imbricada con lo que otros autores caracterizaron como “la sociedad del riesgo” en la que todos aquellos actores sociales que no mostraran sus condiciones para adaptarse a las duras exigencias del mercado serían impiadosamente arrojados al vertedero de la historia, la culturalización de la política que supone el predominio de las agencias de publicidad, de las encuestas y del marketing como centro de la acción política, unida a la presencia de un actor decisivo que ha venido multiplicando su presencia en la conformación de las actuales estructuras de conciencia y en lo que se denomina “la opinión pública” y que no es otro que los grandes medios de comunicación, exponentes actuales y decisivos de la ideología neoliberal.
Les tocó a esos grandes medios horadar en la voluble “opinión pública” las antiguas prácticas emanadas del Estado de Bienestar; fueron ellos la vanguardia del shock y de sus consecuencias catastrofales en el interior de una vida social aterrorizada ante el retorno espantoso “de los dioses dormidos” que habitan en las alturas inescrutables del Olimpo llamado “mercado”. Junto con la multiplicación de los compartimentos y la fragmentación social, de la mano con las nuevas formas de pobreza y de exclusión exponencialmente multiplicadas por el modelo neoliberal, la máquina mediática apuntaló la certeza, socialmente compartida, de un inexorable giro hacia la sociedad de mercado transformada en la gran panacea de una humanidad agotada de viejos conflictos en desuso y deseosa de entrar al primer mundo. Entre las extrañas y extraordinarias paradojas de las que es portador nuestro tiempo, una de las más notables es que desde esas geografías de la abundancia es de donde provienen las actuales expresiones del desasosiego, del terror ante la caída libre y sin anestesia que hoy atraviesa a países europeos que, por primera vez en décadas, descubren, horrorizados, que los hijos vivirán peor que sus padres.
El perfil de la nueva derecha hay que ir a buscarlo en estas “novedades” que logran mezclar mercadolatría, individualismo, culturalización de la política, hegemonía mediática como desplazamiento de las formas identitarias y de las fuerzas políticas tradicionales (en particular las que debieran pero ya no lo logran expresar el ideal liberal-conservador) que ya no dan cuenta de las demandas de una parte sustancial de la población, desideologización (aquello de que ya no hay más derechas ni izquierdas sino todo lo contrario porque de lo que se trata “es de gestionar de acuerdo a lo que necesita la gente”, buscando siempre “el consenso” y oponiéndose a la proliferación del conflicto como suele ser la retórica utilizada, entre otros, por Daniel Scioli), y despliegue de los lenguajes del gerenciamiento y del management empresarial como nuevo arquetipo de las prácticas recomendables y deseables en el interior de gestiones “asépticas” que devuelven la imagen de una consensualidad a prueba de conflictos y antagonismos. Una sociedad forjada a imagen y semejanza del “ideal” emanado del capitalismo de última generación, capaz de hacernos olvidar aquellos otros momentos de la historia atravesados por la intemperancia de demandas inabordables, en especial las de aquellos que reclamaban bajo el concepto antiguo y moderno de “igualdad” una más justa distribución de la riqueza.
Lo que ha logrado, en parte, esta nueva ideología de derecha que recoge temas antiguos pero maquillándolos según las actuales necesidades, es naturalizar la pobreza y la desigualdad, lo que le permite, como lo vemos continuamente con el macrismo, utilizar descaradamente la palabra “igualdad” sin establecer ninguna relación con su historicidad y con los mecanismos que producen y acentúan la desigualdad. Silencio de radio ante la expansión depredadora de la especulación bancario-financiera, más silencio ante la concentración exponencial de la riqueza en cada vez menos manos y, finalmente, afirmación del modelo neoliberal como fundamento de la vida económica contemporánea. Lo propio de este discurso es que no explicita sus objetivos y los va dejando en una nebulosa mientras, allí donde tiene poder, los realiza sin anestesia (algo de esto pudimos verlo en el repliegue de Barack Obama, a lo largo de su primer mandato, ante las demandas y las presiones del conservadurismo republicano que logró, entre otras cosas, que fuese el propio presidente demócrata el que llevase adelante un plan de ajuste que cayó sobre los sectores más débiles y pobres de la sociedad estadounidense salvando, una vez más, a los ricos que siguieron manteniendo sus privilegios impositivos –quedará por ver si algo cambiará durante su segundo mandato, aunque mantengo mi indeclinable escepticismo–. Los únicos gastos que no se recortarán serán los militares. Nada muy diferente llevaron adelante los socialistas españoles y griegos a la hora de aplicar brutales planes de ajuste que contradicen su historia y su ideología transformando a la socialdemocracia en absolutamente funcional a la lógica del capitalismo neoliberal y dejando la mesa servida para que se sirvan, sin ningún costo, las derechas. Es ahora al socialismo francés a quien le toca jugar el mismo papel agravado por la reaparición del síntoma colonialista en su reciente intervención militar en Mali).
Un breve paréntesis para señalar que nuestros “socialistas” vernáculos, los que son el eje de un Frente dizque progresista, sostienen, en lo económico, la misma lógica de la restauración conservadora: proponen como política antiinflacionaria el esquema de metas de inflación (debe leerse como la opción de enfriar la demanda mediante la suba de la tasa de interés), igual que el FMI, González Fraga, Prat Gay y demás (¿no resulta bochornoso para quienes decían expresar una concepción de izquierda –como Libres del Sur con Tumini y Donda a la cabeza– sacarse fotos con Prat Gay y compañía? ¿A eso le llaman progresismo?). Abonan a favor de una regla fiscal que garantice la sustentabilidad de la deuda (debe leerse como una alternativa recesiva al uso de divisas que generó en su momento el conflicto con Redrado y con los intentos especulativos contra el peso buscando una devaluación). Por otra parte el referente de los socialistas santafesinos se preocupa por que se genere un clima beneficioso para la inversión privada y reniega del papel que está jugando la inversión pública sugiriendo que es excesiva y desplazante del rol de la actividad privada. El ejemplo europeo nos ahorra seguir comentando el proceso de derechización de ciertos sectores del viejo progresismo que también involucra a esa franja opositora en nuestro país.
Para Boltanski y Chiapello de lo que se trata es de comprender “cómo el discurso de la gestión empresarial, discurso que pretende ser a la vez formal e histórico, global y situado, que mezcla preceptos generales y ejemplos paradigmáticos, constituye hoy la forma por excelencia en la que el espíritu del capitalismo se materializa y se comparte”. Los ciudadanos de nuestro tiempo, en Francia o en la Argentina, han sido brutalmente interpelados por ese discurso que le dio su consistencia al espectacular giro que se produjo en el interior del capitalismo y que supuso una profunda y dramática transformación de la vida cotidiana, de las formas tradicionales de representación, de las relaciones interpersonales y de los vínculos con la esfera pública. Entre nosotros hubo dos momentos liminares para apuntalar ese tiempo de profunda regresión económico-social: el iniciado por la dictadura bajo el plan de Martínez de Hoz y, luego del interregno del alfonsinismo –interregno que propiamente duró hasta la implementación del Plan Austral– que sería arrojado al infierno de la hiperinflación, y, después de dejar que la sociedad cayera presa del pánico ante el absoluto derrumbe de la vida económica, retomado, aquel plan de la dictadura, en su esencia neoliberal con ribetes conservador-populistas por Menem y Cavallo. Lo no dicho por la derecha actual, la que representa, entre otros, Mauricio Macri, es que su aspiración es reencuadrar al país en el modelo neoliberal que sigue siendo hegemónico en la mayor parte del planeta y eso más allá de su profunda crisis que hoy azota a los países centrales.
Es en el interior de este proceso histórico, cuyo punto de inflexión hay que situarlo a mediados de la década del ’70, cuando estalló la crisis del petróleo y comenzaron a desplegarse con fuerza hegemónica los lineamientos de los economistas neoclásicos afincados en lo que sería la ideología neoliberal, donde tenemos que ir a buscar los lineamientos de una nueva derecha que, en nuestro país, busca recuperar el terreno perdido desde mayo de 2003. Y es en el interior de esta matriz ideológica que tenemos que leer lo que significa la consolidación, en la ciudad de Buenos Aires, de una derecha que entrecruza lo liberal y lo populista, el crudo discurso del mercado y de la privatización con el reclamo, a todas luces artificial, de una sociedad de iguales que logre reabrir el ideal de una igualdad de oportunidades que no es otra cosa que una gigantesca quimera propagandística desmentida por una realidad brutalmente expulsiva y excluidora. El macrismo, con su alquimia de estética de última generación pergeñada en el laboratorio de Durán Barba, sus “sofisticados” punteros provenientes del peronismo duhaldista, su capacidad para movilizar fantasías ligadas al mundo de “las celebridades” y a la gramática fascinadora del espectáculo junto con la complicidad y la protección de la corporación mediática –fuerza imprescindible para desplegar el proyecto de restauración conservadora neopopulista en la Argentina–, ha mostrado con su último triunfo en Buenos Aires que es, hoy por hoy, la mejor expresión de ese ideal “opositor” que no se lograba encontrar entre la variopinta tienda de los milagros que venía siendo lo propio y visible de la oposición política. Es en él, en su máquina mediática, donde se pone en evidencia el “modelo” de sociedad que pretenden cuando su discurso, el genuino, encuentra en Miguel del Sel su idiosincrásica manifestación. Mientras tanto, los “progresistas” opositores creen que su tiempo está cercano y no se dan cuenta de que siempre acaban por confluir con una derecha que sabe mucho mejor qué es lo que hay que hacer para intentar horadar al gobierno. Por ahora sus recursos apuntan, por un lado, a la multiplicación de un clima enrarecido y a la justificación del “malhumor” de sectores altos y medios que se expresan de la forma más violenta y soez, y, por el otro, a continuar con sus maniobras devaluacionistas e inflacionarias. Lo “real” de nuestra derecha, una vez más y de modo lamentable, se expresa alrededor de ese lenguaje de la injuria y el insulto. La democracia, su salud, no se puede permitir que proliferen esas prácticas.
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