America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Vargas Llosa, cómplice de crímenes de lesa humanidad


Vargas Llosa, cómplice de crímenes de lesa humanidad
Ciudad de México. Por Miguel Ángel Ferrer/El Sol de México. | 5 abril de 2014

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Ser buen escritor no implica ser buena persona. La historia universal consigna los casos de muchos buenos escritores que fueron individuos ruines, ingratos, malvados, perversos, incluso criminales. Y lo mismo puede decirse de otros tipos de artistas: pintores, escultores, músicos, cineastas. La bondad no es requisito para el dominio del oficio artístico.

Ahí está, como ejemplo paradigmático, el caso del escritor peruano-español Mario Vargas Llosa. Nadie, que yo sepa, discute o cuestiona su calidad literaria. Pero no hay duda sobre su nula calidad humana, sobre su maldad personal, sobre sus inclinaciones criminales.

¿Hará falta recordar que Vargas Llosa fue promotor, defensor y apologista de la invasión militar de Irak, injustificable agresión que produjo miles y miles de muertos, mutilados y desplazados? Esas decenas de millares de personas fueron víctimas inocentes de la codicia imperialista de Estados Unidos y de la maldad de un individuo, en calidad de cómplice y encubridor, tan torvo y desalmado como Vargas Llosa.

Y ahora mismo el conocido escritor se encuentra empeñado en conseguir que se reediten en Venezuela los crímenes yanquis cometidos en Irak. Y también, durante las dictaduras militares que desgarraron América Latina en las décadas finales del siglo pasado, en Brasil, en Argentina, en Bolivia, en Uruguay, en Guatemala, en Nicaragua y, emblemáticamente, en Chile.

¿Ignora Vargas Llosa que esas tragedias sangrientas fueron provocadas por la política imperialista y criminal de EU? ¿Desconoce el peruano que tras aquellas lombrosianas dictaduras militares se encontraban los designios, los planes, la asesoría, el respaldo político internacional y el financiamiento de Estados Unidos?

Vargas Llosa sabe perfectamente que al justificar y respaldar los aprestos de golpe de Estado o de invasión militar extranjera para derrocar al presidente Nicolás Maduro, está trabajando activa y conscientemente para que se repitan en Venezuela las monstruosas experiencias de muchos países de América Latina a lo largo, sobre todo, de la segunda mitad del siglo veinte.

El novelista y dramaturgo sabe bien que de darse un golpe de Estado o una invasión militar de Estados Unidos (o de algún país vecino o de un ejército mercenario) el sufrimiento del pueblo venezolano será inenarrable. Que la inmensa mayoría de ese pueblo vería correr ríos de su propia sangre. Que la violencia revanchista de la derecha venezolana sería una repetición de la violencia revanchista desatadas contra los republicanos españoles por Franco, así como de la que ordenó, fomentó y prohijó Augusto Pinochet en Chile, tras el derrocamiento del gobierno del presidente Salvador Allende.

Pero según nos muestra con su conducta pública, nada de esto le importa a Vargas Llosa. A él sólo parecen importarle los lauros y los premios. Premios y lauros, aunque provengan, como el Premio Nobel de Literatura, de la misma institución que les concedió el galardón a Henry Kissinger, el genocida de Vietnam y asesino de Allende, y a Barack Obama, el carnicero de Libia y de Siria.

¡Ah qué don Mario! Quizá piensa que la posterioridad lo recordará sólo por su Premio Nobel y no por sus inclinaciones a justificar las atrocidades y crímenes del imperialismo norteamericano y de sus cipayos, él mismo uno de ellos.

Pero la historia enseña que se equivoca. Será recordado por ambas cosas. Como Kissinger y Obama. Quizás en los siglos venideros muchos se deleitarán con su obra. Pero muchos otros, leyéndolo o no, lamentarán que esta celebridad haya sido un desalmado promotor, apologista y, finalmente, cómplice de injustificables crímenes de lesa humanidad.

http://www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

05/04/2014 Publicado por | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , | Deja un comentario

La economÍa y el terror social: una mirada en espejo – Ricardo Foster


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Después de más de 10 años de un gobierno que vino a invertir los términos del poder y de su circulación en la Argentina de las últimas décadas, los actuales y antiguos dueños de la riqueza, utilizando recursos conspirativos archiconocidos, nuevamente amenazan, con posibilidades ciertas y complicidades varias, con regresar al centro de las decisiones convirtiendo, si lograsen imponerse, a la voluntad popular y a la vida democrática en un pellejo vacío. El peligro es la regresión social, económica y política.

¿Es posible que un país repita, como si se tratara de un mantra, los ciclos trágicos de una historia que regresa con una puntualidad exasperante? ¿Tiene tan poca presencia en lo profundo del tejido social el recuerdo de lo ya vivido y el reconocimiento de lo logrado y recuperado en estos últimos tiempos? ¿La melancolía de la zozobra y la catástrofe siempre anunciada pueden más que la confrontación con los causantes de nuestras crisis? ¿Regresa el espíritu del “sálvese quien pueda” musicalizado con la profecía autocumplida del cambalache discepoliano? ¿Puede el kirchnerismo recuperar la iniciativa recobrando su capacidad de invención que lo ha caracterizado en los momentos más difíciles? ¿De nuevo la economía se devora a la política apelando a las pasiones cuentapropistas de amplios sectores de la clase media obnubilados por la estructura fantasmagórica del dólar y dispuestos al suicidio social impulsados por los gurús de la ortodoxia económica y el pánico desestabilizador? ¿Es acaso el capitalismo el límite infranqueable de todo proyecto popular, la evidencia de sus contradicciones insalvables? ¿Qué quedó de la batalla cultural que condujo, eso se pensó, al triunfo electoral de octubre de 2011? ¿Será otra vez el disciplinamiento que emerge del terror económico y de las políticas de shock el horizonte que nos espera? ¿No resulta paradójico que un progresismo de la repetición critique al único gobierno que intentó plantarse ante el poder neoliberal? ¿No es también sinónimo de la repetición que la izquierda radicalizada vuelva a jugar con el fuego de la indiferenciación allí donde le da lo mismo el kirchnerismo que la derecha? ¿Cómo, desde qué lugar, diciendo qué cosas se podrá impulsar lo mejor de estos años de disputa y de recreación de una alternativa popular?

Preguntas que surgen, estas y muchas otras, en medio de un verano caliente repleto de amenazas y de viejos espectros que revolotean a nuestro alrededor fugados de pesadillas que creíamos olvidadas. Empecemos por la economía y sus manipulaciones mediáticas capaces de amplificar la experiencia traumática del terror social.

Un fantasma recorre el mundo… el fantasma de la crisis económica que amenaza con hacerle un inmenso daño a la supuesta invulnerabilidad del capitalismo global, pero que también funciona como un gigantesco laboratorio en el que se experimenta con el terror derramado sobre millones de personas que poco y nada entienden de lo que está sucediendo a su alrededor y con sus vidas y expectativas. Como un aquelarre en el que todo se enloquece, cada día los habitantes atribulados de una época de convulsiones impredecibles nos levantamos a la espera de noticias que, por su contenido abrumador e indescifrable, nos lanzan a un sentimiento agudizado de intemperie. Poco y nada queda de esa eternidad prometida por los cultores del fin de la historia asociado a la consolidación definitiva de un sistema estructurado alrededor de la economía mundial de mercado y políticamente articulado con la forma liberal de la democracia. Lejos de la impunidad desplegada a partir del derrumbe estrepitoso del bloque soviético, el capitalismo, en su fase neoliberal, muestra sus tremendas grietas pero lo hace de una manera que no deja de expresar su mefistofélica astucia allí donde la manipulación de las informaciones y la proliferación de noticias que anuncian la llegada del caos no tienen otro cometido estratégico que multiplicar el horror paralizante en las sociedades asoladas por el desencadenamiento de la crisis.

“Cuanto peor, mejor”, decía un economista vernáculo de ojos azules y saltones con un leve dejo sicopático, y lo decía porque estaba convencido de los efectos destructivos de una crisis capaz de atemorizar de tal modo a la población como para ponerla a disposición de las alternativas pergeñadas por los mismos causantes y aceleradores de la crisis. El miedo social, lejos de habilitar experiencias libertarias, populares y emancipatorias, acaba por abrirles el paso a las peores “soluciones”. La convertibilidad nació de las brutales consecuencias dejadas por la hiperinflación. El daño que dejó en el país ha sido inconmensurable: destrucción del aparato productivo, crecimiento exponencial de la desigualdad, concentración inédita de la riqueza, aumento brutal de la pobreza y de la indigencia, desguace del Estado, eliminación de derechos sociales, fragmentación social, apropiación especulativa de los fondos jubilatorios, exclusión, desempleo y muchas otras plagas que dejaron a la Argentina en bancarrota económica, política, moral e institucional. Remontar esa caída en abismo costó un enorme esfuerzo combinado con una voluntad política decidida a enfrentar a las estructuras del poder real, el mismo que se benefició con la hiperinflación y con el nefasto invento del menemismo. No olvidar nuestra propia experiencia es un modo de aprender a leer con espíritu crítico y alerta la estrategia de shock que busca imprimirle el establishment agro-financiero-industrial y la derecha a una crisis que, más allá de su profundidad, tiene como correlato deseado por ese mismo poder la ampliación de sus ganancias y la manipulación, vía el aparato mediático, de la opinión pública.

La crisis económica que se despliega con particular virulencia en los países centrales parece estar lejos de su declive y, por el contrario, el aceleramiento y la profundización de sus peores consecuencias amenazan con ser los rasgos prevalecientes en medio de una aguda situación de incertidumbre que puede extenderse a la economía mundial. Sin embargo, y esto más allá de la complejidad de la situación que se escapa a una aprehensión acabada de sus posibles implicancias, lo que también aparece como un rasgo típico de este contexto opaco es el aprovechamiento que el capitalismo concentrado, especulativo-financiero, hace al expandirse la lógica del miedo y del shock traumático que se desparrama sobre poblaciones desconcertadas y en estado de pánico ante lo que no comprenden y que se asemeja más a una tormenta desencadenada por los dioses dormidos que por la acción de hombres de carne y hueso que manejan, a discreción, los resortes de la vida económica y política de sus sociedades. Parte de esa estrategia es la que hoy regresa con especial virulencia en nuestro país. La escena descripta desde las usinas mediáticas es la del caos, la de la ingobernabilidad, la del fantasma de la hiperinflación a la vuelta de la esquina. Lo que se busca es la parálisis. Contra eso hay que actuar.

Poblaciones que durante las últimas décadas desaprendieron, a ritmo acelerado, lo que significa el Estado como ente regulador y como instrumento de protección de la ciudadanía, y en especial de los sectores más débiles y vulnerables, ante el avance sistemático de las corporaciones privadas que, en pos de su rentabilidad y maximización de la tasa de ganancia, arremeten contra los intereses colectivos y contra la propia gramática de lo público amplificando las supuestas mieles de la estructura privada y privatizadora del capital-liberalismo. Esas poblaciones no encuentran el modo de salir de la pasividad y de la despolitización incentivadas por un sistema que hizo del acceso al consumo su núcleo articulador de la subjetividad contemporánea. Un consumo, en muchos casos desenfrenado, que acabó por darle forma a un hiperindividualismo en el que cada quien se bastaba a sí mismo y cerraba las vías de contacto y comunicación con los demás amplificando la extraña coincidencia de una sociedad de masas consumidoras estalladas en su proliferación de mónadas supuestamente autosuficientes. Difícil reconstruir la trama de una sociedad si lo único que la constituye es el consumo. No estaría de más aprender algo de esa lección en el interior del camino recorrido en estos diez años. Es imposible reconstruir tramas de reconocimiento y de solidaridad afirmándose en la pura lógica del consumo. Sus estragos son evidentes.

Homogeneidad del gusto y el consumo y fragmentación de la vida social constituyen las formas prevalecientes en esta etapa del capitalismo y se convierten, a la vez, en la mayor traba para salir a darle batalla a un sistema que amenaza con arrojar de ese mismo mercado a quienes, hasta ayer nomás, atraía con todo tipo de seducciones. Reconstruir colectivos sociales con capacidad de disputar poder es, quizás, el mayor desafío al que se enfrentan sociedades capturadas por la gramática de la alienación consumista y el individualismo. La década del ’90, entre nosotros, fue la mejor expresión de esa metamorfosis social que habilitó la sistemática destrucción de trabajo, industria, vida social y política.

La horadación producida en lo profundo del tejido social por el reinado de los valores neoliberales constituye el peor de los venenos a la hora de intentar torcer el rumbo de un sistema que no dudó ni dudará en aplicar políticas de ajuste brutal. Sin decirlo, con astucia, el establishment hoy profundiza sus intentos destituyentes buscando asfixiar la economía del país. Dólar, inflación, fuga de capitales, concentración oligopólica, manipulación informativa son algunos de sus instrumentos. El gobierno también es víctima de sus errores y debilidades. Enfrentar la amenaza supone, también, encontrar nuevas alternativas para seguir doblando la apuesta. ¿Quizá reconfigurando el comercio exterior? ¿Tal vez impulsando una nueva ley de entidades financieras y bancarias que se corresponda con las necesidades actuales de un Estado que vuelve a regular la economía? Claro que nada surge por generación espontánea. Veamos qué viene sucediendo en la economía global.

Desmontaje material y simbólico del Estado de Bienestar en muchos países europeos que, a un ritmo que se aceleró en los últimos años, se correspondió con la proyección impúdica de la inverosímil concentración de la riqueza en cada vez menos manos (un puñado de multimillonarios son dueños de una renta equivalente a la de 148 países y, en un informe algo atrasado de las Naciones Unidas –la cosa ahora es peor todavía– se decía que no más de 50 personas físicas eran poseedoras de la mitad de la renta del total de la humanidad). A mayor crisis y desolación democrática, mayor desigualdad y ampliación exponencial de la concentración del capital. De la brutal crisis desatada en el segundo semestre de 2008 los únicos vencedores han sido sus principales causantes: los bancos y las entidades financieras que recibieron extravagantes sumas de dinero para tapar los agujeros negros que sus propios manejos especulativos y construidos sobre el más absoluto de los engaños generaron en el interior de sociedades que parecían disfrutar de regalías infinitas. Los ciudadanos de esos países hoy son testigos, la mayoría de ellos incrédulos y sin herramientas conceptuales para intentar comprender qué sucede y qué realidad despiadada se les avecina como consecuencia de un proceso de impudicia político-económica, sustentado sobre un relato hegemónico avalado y multiplicado por los grandes medios de comunicación europeos y estadounidenses, que ha terminado por responsabilizar a los sectores más vulnerables de la población de los cuantiosos daños causados por la implementación de las políticas neoliberales. La impudicia del poder no tiene ni conoce límites.

Extraordinaria paradoja que transforma a las víctimas en victimarios, a los sujetos de derechos en supuestos privilegiados de gastos “dispendiosos” de Estados causantes, gracias a colosales agujeros fiscales, de la crisis (¿Le suena conocido, estimado lector, el argumento? ¿Se acuerda de Doña Rosa y del periodista “independiente” que en aquellos años dominó la escena discursiva de la televisión? ¿Alguna relación, quizá, con los actuales colegas que se desgarran las vestiduras ante el acrecentamiento del “gasto fiscal” en consonancia con los dichos del presidente de la Sociedad Rural que, sin pudor, exige las mismas recetas que en los ’90? ¿Y qué dice la oposición, cuál es su plan, de qué modo se diferencia de los buitres de siempre?). Una unidad europea construida fundamentalmente alrededor de los grandes bancos y de las grandes corporaciones que terminó de hacer del euro un candado que se cerró brutalmente sobre las economías de los países más débiles. Una unidad forjada, y algunas voces se levantaron desde un comienzo pero jamás fueron escuchadas mientras duró la bonanza, alrededor del más pedestre economicismo tecnocrático y sostenida sobre el fabuloso giro de la Europa de posguerra (la que se construyó bajo los auspicios de políticas keynesianas y bienestaristas y que le dieron forma a sus “años dorados”) hacia una sociedad pospolítica y articulada por el paradigma especulativo-financiero cuyo eje ideológico lo fue trazando, como punta de lanza de un proceso que ya no se detuvo, la entente neoconservadora creada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

La enorme sagacidad del capital-liberalismo fue asociar a la mayor parte de las socialdemocracias europeas a su propagandizada y exitosa concepción del fin de la historia, la muerte de las ideologías y la llegada al puerto seguro de la economía global de mercado y lo hizo en el preciso momento en que se derrumbaba el edificio ya carcomido de la Unión Soviética y, con él, el último exponente de un orden económico que, a falta de otras virtudes estragadas por el tiempo y la infamia estalinista, había tenido la función, al menos, de impedir el dominio absoluto y abrumador del capitalismo en su forma concentrada y monopólica. Liberado de toda atadura, el sistema de la economía-mundo se fue desprendiendo, a paso acelerado, de su rostro bienestarista para mostrar, ahora sin tapujos, su rostro brutal. Los países más débiles de la cadena europea están siendo los primeros en percibir en todo su alcance las consecuencias de ese giro histórico. En Estados Unidos el crecimiento de los índices de pobreza, la desocupación y la concentración de la riqueza son rasgos evidentes de lo que viene generando el neoliberalismo.

Una vez caído el muro de Berlín, las socialdemocracias (Felipe González en España, Mitterrand y sus sucesores en Francia, Tony Blair en Gran Bretaña, Craxi en Italia, etc.) se reconvirtieron (como los Rodríguez Zapatero y los Papandreu en los últimos años) en socios putativos del modelo neoliberal y acabaron por volverse funcionales a las políticas que vendrían a desmontar el Estado de Bienestar al que tanto habían hecho por construir y defender en otro contexto de la historia europea (en particular la socialdemocracia escandinava). Tal vez por eso no resulte sorprendente que hayan sido nuevamente los socialistas –en España y en Grecia, y ahora en Francia– los que se hicieron cargo del trabajo sucio. Aprendizajes de la historia que nos permiten a nosotros, sudamericanos, comprender de qué va esta extraordinaria etapa por la que están atravesando algunos de nuestros países y que se enfrenta a lo lógica que predomina en esos mismos centros del poder económico mundial que apelan, entre otras cosas, al aterrorizamiento de sus poblaciones como un instrumento adecuado para que les dejen operar sin anestesia. La Argentina volvió a ser un campo de batalla entre los defensores de la regresión conservadora y quienes siguen apostando a un proyecto de matriz distribucionista. Eso es lo que está hoy en juego detrás de la corrida cambiaria, de los chantajes corporativos, de la fuga de capitales y de las exigencias de ajuste que provienen del establishment. Dejar que avancen los promotores del terror económico sería retroceder hacia las pesadillas de un país que ya conocimos.

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11/02/2014 Publicado por | Agricultura yGanadería, Economía, Educación, General, Historia, Industrias, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , | Deja un comentario

La hora del mejor kirchnerismo – Hernàn Brienza


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En estas vacaciones contemplativas y espirituales que me he tomado he tenido oportunidades de leer completamente varios textos ilustrativos e interesantes que hablan de la situación política nacional e internacional. Al compás de mis lecturas, se produjo en Argentina la devaluación del peso tan exigida por los exportadores –principales beneficiarios- y neuróticamente celebrada por las clases medias que, al mismo tiempo que se veían perjudicadas por la pérdida de poder adquisitivo real –de la misma manera que los sectores populares, claro-. Más allá de la necesidad o no de la medida implementada por el gobierno –cierto retraso cambiario podría justificarla-, lo sustancial en el hecho es la cualidad de la toma de decisión: ¿fue una decisión soberana del Estado o un arrebato por parte de los sectores económicos dominantes del dinero de la mayoría de los argentinos? La respuesta es clara: fue el resultado de la presión de los grandes especuladores –a los que se suman la acción minoritaria de los desesperados de siempre que no quieren, con obvia razón, perder sus ahorros por la ventisca cambiaria- que, entre otras, cosas no liquidaron exportaciones para presionar sobre el precio del dólar (incluyendo, claro, las acciones cuasi delictivas del CEO de la Shell).

La cuestión parece simplemente económica pero es estrictamente política. Bien sabía el ex presidente Raúl Alfonsín de golpes de mercado, por ejemplo. Y está escrito en ese párrafo luminoso escrito por Luis Majul, de su libro Por qué cayó Alfonsín, que ya he citado en alguna otra oportunidad: “La caída de Alfonsín… signada por el Nuevo Terrorismo Económico. ¿Es terrorista o no una firma que compra 40 millones de dólares en un día, hace subir la divisa, la papa, los pañales, se mete en la cama de los enamorados, conspira contra el placer, apresura la muerte de los más débiles y enriquece sin esfuerzo a los más fuertes?… ¿Cómo se puede calificar a los capitalistas argentinos que no invierten sin un subsidio estatal y que cuando ganan un dólar no lo colocan en la producción sino que lo envían al exterior y se olvidan del asunto?”. Brillante aquel Majul ¿no es cierto? Y uno podría agregar preguntas actuales: ¿Es terrorista un diario que especula con el temor de los argentinos publicando informaciones falsas sobre la subida del precio del dólar? ¿Y los economistas de lo estatuido que se pasean por los canales de televisión, defendiendo los intereses particulares de sus clientes, alertando a la sociedad de que estamos a las puertas de la hiperinflación y una escalada del tipo de cambio? ¿No son como hombres-bomba pequeñitos que van minando la confianza de millones de argentinos? ¿Y los exportadores que no liquidan sus dólares especulando con una devaluación intempestiva?
¿Pero por qué es política y no económica la cuestión? Sencillo. La devaluación y la inflación atacan a la política por dos frentes. Primero: quiebra la confianza de la sociedad en su gobierno, esmerila la legitimidad del sector político frente a la embestida económica, y genera un efímero y adolescente pavor antipolítico del estilo “que se vayan todos”. Y segundo: porque destruye el orgullo nacional y la confianza propia de todos los argentinos. Quiero detenerme en este punto porque es fundamental para entender la decepción de algunos sectores de la clase media que comienza con la cantinela en contra del país. El kirchnerismo había logrado reforzar la siempre alicaída autoestima nacional. Diez años de crecimiento sostenido podrían hacerle creer a los argentinos que su país podía valer la pena ser vivido. La devaluación forzada, la crisis inflacionaria, permite a los heraldos del descontento permanente decir: “Este país de mierda es así; cada diez años tenemos un quilombo y se va todo al diablo”. Todavía no sabría decir cuál de las dos operaciones es peor si el regreso de la cultura antipolítica o de la persistente autodenigración de las clases medias.

Una de las lecturas más interesantes que encontré este verano fue la encíclica del Papa Francisco. En uno de los capítulos referidos a cuestiones políticas, Bergoglio escribe: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”. Interesante diagnóstico del Papa –muy citado últimamente por medios de comunicación que defienden los intereses de las corporaciones que con su presión sobre el peso empobrecieron a millones de argentinos-, quien, además, exhorta a realizar “una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar!”

(Digresión 1: ¿Por qué razón los dueños del poder en la Argentina citan tanto al Papa y no hacen lo que el propio Francisco manda?)

La exhortación papal, aunque parezca mentira, también interpela al kirchnerismo. Porque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se encuentra en una encrucijada estratégica fundamental: ¿debe “entrar en razones”, como le exigen los personeros de los grupos corporativos? ¿o debe profundizar el modelo llevando adelante medidas heterodoxas que permiten volver a disciplinar a los centros de poder? ¿Es mejor arder que consumirse lentamente, como dijo Kurt Cobain? Me explico mejor, ¿se merece el Kirchnerismo una etapa que contradiga todo lo realizado durante los últimos diez años? ¿o es mucho más interesante avanzar con medidas agresivas aún cuando tengan un precio alto? Sin dudas, es un momento crucial y en esos enclaves es dónde los movimientos políticos muestran su naturaleza: el alfonsinismo les habló con el corazón a los especuladores y no le fue bien,

Carlos Menem se entregó a la Fundación Mediterránea y a Domingo Cavallo y no nos fue bien a millones de argentinos. Quizás sea un buen tiempo para recordar los meses posteriores a junio de 2009. Quizás haya que avanzar sobre instrumentos que le permitan al Estado recuperar y mantener los resortes fundamentales de la economía. ¿Es tiempo de crear institutos similares a la Junta Nacional de Granos? ¿Es hora de regresar a esquemas parecidos a los del Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio? El mejor kirchnerismo, claro, es que el que siempre huye hacia adelantes.

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11/02/2014 Publicado por | Agricultura yGanadería, Economía, General, Industrias, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , | Deja un comentario

Shell: especulación y perjuicio económico


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Un CEO que en realidad es un político opositor y una empresa que logra la maximización de la rentabilidad a través de una refinería ociosa.

Por:
Federico Bernal
La jugada desestabilizadora de la firma angloholandesa y del banco inglés HSBC fue gravísima, aunque contrarrestada a tiempo por el gobierno nacional. Sin embargo, mucho más lesivo que el infructuoso ataque especulador del pasado jueves son los resultados exhibidos durante los últimos diez años por Shell en el mercado del downstream argentino. Los datos surgen de una nueva investigación del flamante Observatorio de la Energía, la Tecnología y la Infraestructura para el Desarrollo (OETEC ). Si el señor Juan José Aranguren reparte su tiempo entre CEO de Shell y opositor político que “enseña el camino” (así definido por medios neoliberales), preguntamos: ¿resulta descabellado suponer que la empresa por él presidida está al servicio del retorno del neoliberalismo a la Rosada?
Dejemos que Aranguren y los números de Shell respondan. “Aranguren, el empresario que enseña el camino”: entrecomillado, el título de una nota publicada por El Cronista el 8 de noviembre de 2013. Un día antes, había sido elegido CEO del año por los número uno de la gran burguesía “nacional”. Dice el articulista que su galardón no sorprendió a nadie desde que “…el titular de Shell se convirtió en un símbolo personal de la resistencia frente a un gobierno que hizo de las presiones a los empresarios un método de construcción política”. De este razonamiento se deduce pues que Aranguren recibió la distinción por su accionar político y no por sus dotes empresariales. Y razones no faltaron. En efecto, la máxima autoridad de Shell viene interviniendo en política al menos desde 2005, destacando por su cerrada defensa de los preceptos del libre mercado y sus críticas netamente políticas a las medidas más avanzadas y populares del kirchnerismo.
Veamos. En una entrevista concedida al diario La Nación en marzo del año pasado, el periodista le pregunta si “hay complacencia [empresarial] con las formas del gobierno”. Aranguren responde: “No tengo ninguna duda de que es así. Es como a los locos, se les da la razón sabiendo que con eso no se los cura, sino que se los mantiene en su enfermedad.” ¿Quiénes vendrían a ser “los locos” en su comparación: los empresarios complacientes o los funcionarios del gobierno? Opiniones del estilo son frecuentes en Juan José (en adelante JJ), para quien la Ley de Abastecimiento es inconstitucional y La Nación es víctima de las “amenazas a la libertad de expresión” por parte del gobierno nacional. Asiduo y requerido panelista en charlas y seminarios de FIEL (integró su directorio), la Fundación Libertad y Progreso, el CEMA, etc., repite una a una las grandes zonceras del neoliberalismo doméstico, entre ellas, las tan en boga “crisis energética” y aquella que describe la preferencia ciudadana a “ahorrar en autos” como horrenda pesadilla.
¿Cómo es posible que un empresario de los combustibles despotrique contra un mercado con récord de venta de automóviles? En fin, bautizado de “corajudo en soledad” por el procesado intendente de la Ciudad de Buenos Aires, JJ interviene en política en calidad de opositor porque el objetivo de Shell es dolarizar los precios de los combustibles, congelar el consumo y desregular-privatizar el sector energético e hidrocarburífero argentino. Coincide con Héctor Méndez en rechazar un Estado presente y rector. Pero mal que le pese, el “festival del consumo” –como JJ calificó peyorativamente a un pueblo con poder adquisitivo, un mercado interno pujante y una industria en expansión– sólo puede existir en las naciones soberanas y no sometidas a las recetas de ajuste. Y este es, indudablemente, el caso de la Argentina del Bicentenario. Ahora, el pensamiento de JJ reflejado en las cifras y tendencias exhibidas por la firma Shell. Antes, una breve descripción del mercado del downstream en nuestro país.

Refinación y combustibles. El mercado doméstico de los combustibles se reparte de la siguiente forma (acumulado enero-octubre de 2013): en materia de refinación, YPF ocupa el primer lugar con un 52,54%, seguida por Esso (Axion) con el 16,11%. La compañía anglo-holandesa se ubica en tercer lugar, con el 15,95%. En materia de elaboración de subproductos, YPF encabeza la producción de naftas súper (54%), con Shell en segundo lugar (17,3%) y Esso en el tercero. La producción de nafta ultra es liderada nuevamente por YPF (54,7%), con Shell alcanzando el 25,68%. En gasoil, la estatal saca la mayor ventaja a sus competidoras: el 57,83% contra el 15% y el 12,5% de Esso y Shell, respectivamente. La participación en las ventas para dichos combustibles se corresponden con sus respectivos porcentajes de elaboración. Cabe señalar que la producción de la firma anglo-holandesa proviene de una única refinería, la de Dock Sud, propiedad enteramente suya.

desabastecimiento, especulación y libre mercado. En la citada entrevista del diario La Nación, Aranguren señala como victoria haber pasado de “110 estaciones en 2003 a 51 ahora”, lo cual obedece a “un grave problema de rentabilidad”. El entrevistador, sorprendido, le pregunta: “¿No habrá más estaciones?”, a lo que JJ Aranguren responde: “sólo si hay rentabilidad”. Está claro que la rentabilidad para este señor sólo es factible en un contexto de desregulación, libre mercado, sin retenciones ni decretos en los “negocios” (como exigen la Sociedad Rural y la UIA), con combustibles al precio internacional y exportaciones liberadas. Se explica, en definitiva, el insólito proceder de Shell y que acto seguido pasamos a detallar: la capacidad instalada de su refinería, que en 2003 llegó a estar al 74,7% (entendible), alcanzó su máximo de toda la década en 2007 (86,88%). Entre 2007 y 2009 se desplomó, para entonces alcanzar su segundo máximo en 2011 (85,79%), y volver a desplomarse durante el siguiente bienio para subir nuevamente entre enero y octubre del 2013 a un 83,72%. ¡Queremos preguntar! ¿Por qué, señor Aranguren, ha decidido Ud. mantener un promedio del 15-20% de capacidad ociosa de su refinería?
Sigamos. En cuanto a la elaboración de nafta súper, aumentó un 73,32% entre 2003 y 2012, aunque con altibajos. Su participación más alta la alcanzó en 2005 (28,16%). ¡Queremos preguntar! ¿Cómo puede ser que su mejor marca en tan importante y pujante mercado sea de ocho años atrás? Más. Entre enero y octubre del año pasado, se observa una caída del 3,16% respecto a los mismos meses del año anterior. Al analizar el desempeño en naftas ultra, se entiende el motivo. El incremento en la elaboración de esta última fue el más pronunciado para todos los subproductos: cerca de un 125% entre 2003 y 2012 (14,31% del mercado en este rubro al 22,52%). Ídem para los diez meses de 2013, pasando de un 14,52% en igual período del año anterior al 25,68%. En otras palabras, la maximización de rentabilidad a través de una refinería ociosa volcada a nafta premium en detrimento de la súper, la misma política a la que nos tenía acostumbrados Repsol en YPF antes de su renacionalización.
El gasoil (el país): emblema de la especulación. Por último y más grave que todo, tenemos la elaboración de gasoil, la cual exhibe una importante declinación. Entre 2003 y 2012 disminuyó un 6,88%, pese al exponencial aumento de la demanda durante la década. En este segmento, Shell muestra su participación más baja y, vaya casualidad, el mínimo de 12,06% alcanzándose en 2008 (¡año de la 125!). En 2013, la producción se contrajo un 0,93% respecto al mismo lapso del 2012. Pero resulta que la caída en la elaboración de gasoil se registra desde 2007, inversamente a lo sucedido con la demanda interna. El razonamiento lógico sería: elabora menos, vende menos. ¿Fue así? ¡No! La empresa no limitó sus ventas sino que compensó la diferencia con importaciones. Entre 2007 y 2012, por ejemplo, las primeras estuvieron siempre por encima de la producción. Si sumamos a esos seis años el acumulado entre enero y octubre de 2013, la brecha se agiganta. En consecuencia, vemos que las importaciones crecieron entre 2008 y 2012 un 52,98% en cantidad, y un 48,14% en monto, saltando de 145,2 a 215,2 millones de dólares. Podría objetarse que la capacidad de refinación de Dock Sud estaba saturada. Hemos demostrado que eso es imposible. La capacidad ociosa entre 2008 y 2013 fue de un promedio del 10,77%, con un mínimo del 2,5% en 2011 y un máximo del 17,83% en los primeros diez meses del último año. Esta capacidad instalada no aprovechada por Shell explica que no fuesen elaborados 1.072.940 m³ de gasoil en este período, especialmente en 2012 y en lo contabilizado de 2013 cuando se dejaron de producir 255.928 m³ y 262.668 m³, respectivamente. La utilización del 100% de la capacidad instalada de producción de gasoil hubiera hecho innecesaria la importación de ese combustible en 2008, 2009 y 2012, años en los cuales se hubiera constatado un excedente (en la presente evaluación no se tuvo en cuenta las existencias de años anteriores que permitieron a la empresa cubrir la brecha entre ventas y elaboración más importación).

Conclusiones. Entre comienzos de 2008 y octubre de 2013, el corajudo solitario de JJ impidió al país ahorrar 748,6 millones de dólares o, si se prefiere, 215,2 millones en 2012 y 224,7 en 2013. Con semejante panorama descripto, que nadie se enfade si preguntamos (porque… ¡queremos preguntar!): ¿casualidad que la caída interanual más importante en todos los combustibles elaborados fuera durante aquel histórico julio del “no positivo”? Por donde se la mire, resulta evidente que la política de Shell se encuentra absolutamente divorciada de las necesidades del país, del constante y notable incremento de la demanda interna, así como de la seguridad jurídica del ciudadano productor y consumidor. En la entrevista brindada a La Nación, JJ aseveró que la renacionalización de YPF fue consecuencia de las “…muchas macanas [cometidas por Repsol]“, obteniendo “el resultado de lo que estuvo sembrando”. La siembra de Shell está a la vista de todos. -<dl

29/01/2014 Publicado por | Economía, General, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , | Deja un comentario

LA CRISIS DE LA DERECHA LATINOAMERICANA


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POR EMIR SADER

Este comienzo de siglo no ha sido particularmente favorable para la derecha latinoamericana. Después de haber gobernado gran parte de los países del continente por décadas seguidas – con dictaduras militares y gobiernos neoliberales, entre otros -, la derecha vive una situación de profunda debilidad política y aislamiento social en la región.

La derecha paga el precio de haber gobernado a través de dictaduras militares y/o de gobiernos neoliberales. Estuvo identificada con la ruptura con los procesos democráticos y/o con la centralidad del mercado. Pasados esos períodos, dejó de tener plataforma a proponer, cuando el modelo neoliberal se agotó y surgieron gobiernos que se proponen la superación de ese modelo.

A la vez que su gran aliado internacional, los Estados Unidos, igualmente identificado con las políticas neoliberales, además de los Tratados de Libre Comercio con ese país, también dejó de tener propuestas que hacer a los países del continente y perdió espacios en la región donde históricamente impuso su hegemonía.

El país que avanzó por la vía propuesta por el neoliberalismo, los organismos internacionales y los Estados Unidos fue México – el primero en firmar un Tratado de Libre Comercio (de América del Norte). Basta hacer un balance de lo que ha pasado con México desde entonces y lo que pasó con países que no han seguido ese camino, como los de los gobiernos progresistas, antineoliberales, del continente.

Basta constatar que México tiene más del 90% de su comercio exterior con Estados Unidos, hoy un factor recesivo y no dinamizador. México ha retrocedido desde entonces: es más violento, más concentrador de renta, más subordinado en el plano internacional, con un Estado más débil, una sociedad más fragmentada.

Mientras que los países que han optado no por Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, sino por los procesos de integración regional y el intercambio Sur-Sur, ya han logrado disminuir significativamente la desigualdad, la pobreza y la miseria, han afirmado una política externa independiente. Han expandido sus mercados internos de consumo popular mediante políticas redistributivas, en lugar de la centralidad de los ajustes fiscales.

Los resultados positivos de esas políticas en países como Bolivia, Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Uruguay, son un desafío para la derecha. En un comienzo buscaron desconocer esos avances, denunciando como ilusorios los avances sociales, atribuyéndolos a la demagogia, al uso abusivo del Estado para “comprar” apoyos populares (populismo), en base al desequilibrio de las cuentas públicas.

Hasta que, derrotados, sucesivamente, en los procesos electorales, se han dado cuenta de que esos países han cambiado y han cambiado para mejor. Pero no le queda a la derecha sino oponerse frontalmente a gobiernos que los han desalojado del gobierno y que los derrotan sistemáticamente.

Recién se pasó a promover a la Alianza para el Pacífico como la alternativa de las derechas latinoamericanas y de Estados Unidos para el continente, en oposición al Mercosur y a Unasur. Como si la salida para América Latina fuera abrirse al Pacífico.

¿Pero qué países están con esa propuesta? México, Chile, Perú, Colombia: todos con gobiernos debilitados, que presentan muy bajos índices de apoyo. Chile tendrá pronto nueva presidenta, que ya anunció que pretende bajar el perfil de la participación del país en la Alianza para el Pacifico y acercarse a los otros países del continente.

El fracaso del gobierno de Sebastián Piñera, en Chile, agotó rápidamente la nueva carta que la derecha se jugaba, la de promover empresarios de éxito en la esfera privada a gobernantes. Le queda el retorno del PRI en México, cuyo nuevo presidente ya empezó su primer año de gobierno con más rechazo que apoyo, augurando un sexenio que fracasará como fracasó el de su antecesor.

Perú, Colombia, México, tienen presidentes con muy bajo apoyo político interno, reflejando cómo sus propuestas de gobiernos se distancian tanto de países como Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, donde los gobiernos gozan de amplia popularidad y tienden a reelegirse o a elegir a sus sucesores.

Después de una década de emergencia de gobiernos nuevos, la polarización del campo político latinoamericano sigue siendo la que opone fuerzas neoliberales a fuerzas antineoliberales. La nueva forma que asumió la derecha, proponiéndose encarnar “lo nuevo”, ha envejecido prematuramente, pero insiste en sobrevivir, aun con cada vez menos apoyo. Mientas que los gobiernos posneoliberales encuentran dificultades para afirmarse en medio de un mundo donde todavía es hegemónico el neoliberalismo, más aun con la prolongada y profunda crisis de los países rectores de ese modelo. Pero claramente los gobiernos progresistas latinoamericanos representan lo nuevo, por el empuje de su crecimiento económico y, sobre todo, por su capacidad de para combatir la desigualdad, la pobreza y la miseria que siempre han aquejado a América Latina.

ALAI, 4 de diciembre de 2013.

26/01/2014 Publicado por | Economía, General, Historia, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura | , , , , , , , , , | Deja un comentario

Destacan en Davos reducción de la desigualdad en Brasil, Argentina y México


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En Davos los hombres de negocios y los políticos debatirán sobre el futuro económico mundial

Un informe de la organización humanitaria Oxfam Intermón –que lleva por título “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”– denuncia el aumento de la desigualdad en todo el mundo, salvo en los países de América Latina, destacando en particular a la Argentina, Brasil y México.

“En la actualidad, los niveles de desigualdad están aumentando en todos los países de renta alta del G-20 (a excepción de Corea del Sur), mientras que en Brasil, México y Argentina la desigualdad se está reduciendo”, sostiene el informe presentado en vísperas del comienzo del Foro Económico Mundial que se celebra en Davos.

El documento pone de manifiesto que casi la mitad de la riqueza mundial está en manos de sólo el uno por ciento de la población.
El informe de la organización humanitaria enumera como las razones de la disminución de la desigualdad en la región a “una fiscalidad más progresiva, los servicios públicos, la protección social y el empleo digno”.

Otro dato aportado por el estudio indica que la mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo.

El estudio menciona como causas de la desigualdad a “la desregulación financiera, la inequidad de los sistemas fiscales, las leyes que facilitan la evasión fiscal, las políticas económicas de austeridad, políticas que perjudican desproporcionadamente a las mujeres y la apropiación de los ingresos derivados del petróleo y la minería”.

El director de Oxfam Intermón, José María Vera, explica que en Europa “las presiones de los mercados financieros impulsaron medidas de austeridad que golpearon a las clases baja y media, mientras los grandes inversores se aprovecharon de planes de rescate públicos”. En cuanto a Estados Unidos, dice que la desregulación financiera propició un incremento del capital acumulado por el uno por ciento más rico de la población hasta el nivel más alto desde la Gran Depresión, hace 80 años.

En India, en tanto, “el número de multimillonarios se multiplicó por 10 en la última década, por una estructura fiscal altamente regresiva y el aprovechamiento de sus vínculos con el gobierno”.

En África, las grandes transnacionales (en particular del sector extractivo) “aprovecharon su influencia para renegociar contratos con condiciones fiscales mucho más ventajosas, limitando la capacidad de estos gobiernos para luchar contra la pobreza”.

Oxfam estima que 21 billones de dólares se escapan cada año al control del fisco a nivel mundial, porque “las personas más ricas y las grandes empresas ocultan miles de millones a las arcas públicas mediante complejas redes basadas en paraísos fiscales” y que la riqueza del 1% de la población más rica del mundo asciende a 110 billones de dólares, una cifra 65 veces mayor que el total de la riqueza que posee la mitad más pobre de la población mundial.

LÍDERES EN SUIZA

Casi 2.500 líderes políticos y empresariales se congregarán desde este miércoles hasta el sábado en la reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF) de Davos. Al encuentro, asistirán Christine Lagarde, titular del FMI, al secretario del Tesoro de los EE.UU., Jacob Lew, la presidenta de Brasil, Dilma Roussef (quien va en busca de inversiones para su país), el primer ministro británico David Cameron, su homólogo italiano Enrico Letta y los presidentes de México, Enrique Peña Nieto, el mandatario japonés Shinzo Abe y el alemán Wolfgang Schauble.
BAE

22/01/2014 Publicado por | Economía, General, Industrias, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , | Deja un comentario

Forster: “La inflación es un viejo y conocido fantasma”


Forster: “La inflación es un viejo y conocido fantasma”
Un viejo y conocido fantasma regresa a la escena nacional. Un fantasma que viene perturbando la vida y la sensibilidad de los argentinos desde hace décadas.

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Un viejo y conocido fantasma regresa a la escena nacional. Un fantasma que viene perturbando la vida y la sensibilidad de los argentinos desde hace décadas. Es, una vez más, la inflación la que nos perturba y nos atemoriza, la que deja al común de los mortales sin palabras y sin recursos para explicarla. Tal vez es por eso, por el impacto que ha tenido y sigue teniendo en el inconsciente colectivo, que el desafío de Axel Kicillof y su equipo no es sólo controlarla fijando una adecuada política de precios sino, también, dar la batalla cultural y comunicacional. Alrededor de su origen litigioso, de su impacto y de su opacidad indescifrable, se juega una parte no menor del proyecto distribucionista que se ha instalado en la Argentina. De ahí que sea crucial articular medidas claras con efectos comunicacionales contundentes. No es, se sabe, sencilla la tarea encomendada, desde la política, al ministro de Economía.

Pensar críticamente la cuestión no menor de la inflación, en un tiempo dominado por una crisis extraordinaria del capitalismo central que se irradia hacia las periferias y cuyo punto de cierre resulta aun indescifrable, es intentar ir más allá de un fenómeno económico; es tratar de desarticular un viejo recurso del poder concentrado en el interior de nuestras sociedades de mercado, recurso que busca invisibilizar las causas reales del aumento de precios para transferirlas hacia el orden político. Una manera artera de proyectar la amenaza de lo indiscernible, una suerte de regreso de los dioses dormidos que se lanzan, ávidos de sangre, sobre los ciudadanos-consumidores que, horrorizados ante lo que no comprenden, suelen volverse carne de cañón de distintas propuestas autoritarias y antidemocráticas.

El espantapájaros de la inflación, eso hay que recordarlo, suele ser utilizado, junto con el miedo a la desocupación, como un instrumento de disciplinamiento social y como la puerta de entrada a los planes de ajuste que guardan, todos ellos, un claro contenido regresivo respecto de las conquistas sociales y de los avances en la distribución de la renta. Despejar este núcleo ideológico del capital corporativo y concentrado no significa dejar de lado los perjuicios generados por el aumento de los precios en los sectores más débiles de la sociedad; significa, en todo caso, atacar desde otra perspectiva sus causas y sus consecuencias escapando a las exigencias de la ortodoxia neoliberal.

Las recurrentes “metas de inflación”, latiguillo utilizado una y otra vez, han tendido casi siempre a garantizar las ganancias del capital financiero que, para mantener sus altísimos índices de rentabilidad, necesita del famoso cóctel de “austeridad en el gasto”, “control monetario”, “ajuste fiscal” y, cuando también se vuelve imprescindible, “enfriamiento de la economía”. Para el establishment nada hay más perverso que la combinación de “gasto público” (léase intervención del Estado en obras públicas, en políticas sociales de contenido reparatorio y en diferentes inversiones para sostener el trabajo y el mercado interno) y “aumento de los salarios”. A nada teme más que a la mezcla de populismo y políticas keynesianas, lo más parecido, hoy, a lo que antes representaba, a los ojos del capital, la bestia del socialismo. La izquierda dogmática y el neoprogresismo republicano harían bien en preguntarse por qué tanto odio hacia gobiernos que, supuestamente, no han hecho otra cosa que mantener el status quo.
La querella alrededor de la inflación jamás es neutral ni inocente; encierra, dentro de sí, el conflicto que suele atravesar a la sociedad y que siempre tiene que ver con la distribución de los ingresos y de la renta. Hay una “política” que el poder concentrado, que las grandes corporaciones (y la mediática es una de sus principales piezas), utilizan para debilitar los procesos democráticos en especial cuando éstos, como el que vivimos los argentinos desde mayo de 2003, apuntan hacia el corazón del litigio por la igualdad. Los precios, sus aumentos, son como descargas de artillería contra los intereses populares. La recreación de la memoria del miedo, herramienta utilizada a destajo por el capitalismo neoliberal, encuentra en la subordinación de la política a la economía una de sus estrategias preferidas, en particular cuando los fenómenos económicos se convierten, por el arte de magias negras, en fenómenos que escapan a los simples mortales para mutar en fuerzas descomunales que, como huracanes arrasadores, amenazan con llevarse los últimos restos de lucidez que le quedan a la sociedad.

Néstor Kirchner logró algo decisivo: invertir la inercia del poder omnisciente de las corporaciones para reinaugurar un tiempo democrático atravesado por las políticas de la reparación y la equidad. Contra esa decisión histórica es contra la que se alzan las fuerzas reaccionarias, la oposición y el establishment económico. Es ahora a Cristina Fernández a quien le toca, en el interior de una coyuntura potenciada por la reconstrucción de antiguas memorias de la equidad y amenazada por la prolongación de la más profunda crisis capitalista desde los años treinta, despejar en la conciencia del pueblo la trama que se oculta detrás de esta “guerra de precios”. Palabras y conceptos como “rentabilidad”, “productividad”, “tasa de ganancia”, “devaluación”, “concentración mono y oligopólica”, “aumento en el valor de la fuerza de trabajo”, “formadores de precios”, enturbian lo que no es otra cosa que una histórica puja que, en las últimas décadas, había sido ganada por el gran capital y que, desde el 2003, ofrece su contracara: la paulatina recuperación de los asalariados en la distribución de la riqueza. Éste es el núcleo del conflicto y uno de los ingredientes principales en la cuestión de la inflación.

Nuestro país tiene un raro privilegio: haber sido uno de los contados casos de la historia del siglo XX que atravesó la terrible experiencia de la hiperinflación, una experiencia que suele dejar marcas imborrables en el cuerpo social y en lo más profundo del inconsciente colectivo. El recuerdo, siempre paradigmático, de la devastación económica alemana como escalón previo al triunfo del nazismo, nos ofrece una clara muestra de las potenciales consecuencias de vivir un período hiperinflacionario que, entre nosotros, se dio dos veces en un lapso muy breve.

Todo se subvierte cuando estalla la economía y los precios entran en una carrera loca hacia el abismo; pero lo que realmente se quiebra no es el orden económico (en general a esos períodos de crisis galopante suelen suceder reacomodamientos en la concentración del capital), sino la trama de la convivencia entrelazada con ese otro núcleo insustituible de las sociedades modernas que es la política democrática. El frenesí alucinante de un mercado enajenado se traduce, de inmediato, en el debilitamiento de los lenguajes de la representación y en la pérdida de la legitimidad política allí donde lo que suele emerger es un reclamo de orden y saneamiento autoritario de una sociedad que parece desquiciada por fuerzas que se vuelven, para el común de los mortales, indescifrables, jeroglíficos incomprensibles que amenazan con devorar la vida cotidiana hasta convertirla en una guerra de todos contra todos.

Los procesos de inflación galopante son vividos por las sociedades como brutales interrupciones semejantes a catástrofes naturales, aunque con una distancia no menor: a diferencia de esas catástrofes que provienen de la naturaleza, la que genera el desquicio de la economía y amenaza el bolsillo de los ciudadanos es el producto, así se dice desde las usinas mediáticas, de acciones identificables, de políticas y de políticos que son denunciados, muchas veces por los mismos causantes de la inflación a través de un ardid narrativo, como gestores del mal, como los responsables que deben ser removidos del poder para que vuelva la calma y la normalidad. Lo que casi nunca es denunciado como causante de la inflación es el poder económico que suele actuar desde la opacidad y la astucia que lo caracteriza allí donde logra invisibilizar su responsabilidad directa. La terrible experiencia del gobierno de Alfonsín está allí para recordarnos lo que puede hacer el establishment económico para desestabilizar y finalmente destituir a las autoridades democráticas. No hay espectáculo más nauseabundo que ver de qué modo los grandes causantes del aumento desorbitado de precios se muestran ante la opinión pública como simples víctimas de algo que ellos suelen desencadenar para apuntalar sus propios intereses corporativos y garantizar, de ese modo, su absoluto predominio en la disputa por la renta.

Extraño fenómeno psicológico por el cual una crisis económica tiene como una de sus principales consecuencias no la denuncia y el rencor contra los que hegemonizan el poder del capital, los que fijan los precios y se transforman en los beneficiarios de la especulación, sino que el odio suele volcarse hacia la política, en especial cuando ésta se despliega como parte de la experiencia democrática (o hacia sectores vulnerables como los extranjeros o las minorías). La desesperación por la caída al vacío se traduce en rechazo de la política y de los políticos para dejar paso, muchas veces, al frenético reclamo de mano dura y orden capaces, según este imaginario, de sanear el desquicio económico producido por la malversación del sistema de partidos. La experiencia de la Alemania de Weimar y su bancarrota están allí como señal ominosa de las respuestas que suele dar el “sentido común” de los ciudadanos ante situaciones de aguda crisis inflacionaria (allí el chivo expiatorio, junto al sistema de partidos propio del orden democrático, serían los judíos). Lo primero que se debilita es la democracia y la idea de lo político como escenario para el procesamiento de los conflictos. Por eso la inflación siempre se cruza con la política; su núcleo no responde a tecnicismos que sólo pueden descifrar los especialistas, sino que atraviesa la puja decisiva (como la que hoy estamos viviendo) por el modelo de sociedad.

A veces se trata de la inflación (como lo viene siendo en Argentina) otras (como en el caso griego y español) del “gasto público”, los causantes del mayor daño. Nunca la responsabilidad se encuentra en las políticas que llevaron a la “valorización financiera”, eje vertebrador del modelo neoliberal que, entre nosotros, condujo a la desindustrialización, a la extranjerización de la economía, al desguace del Estado y al colapso social. Hay una pregunta que no deberíamos dejar de hacernos: ¿por qué a los grandes grupos económicos y a sus ideólogos les interesa remachar sobre la inflación y sus consecuencias perversas? ¿Desde cuándo les interesan los sectores populares? En la respuesta que le demos a esta pregunta se encuentra parte de la utilización que de la inflación hacen esos sectores para seguir manteniendo sus privilegios y su tasa de ganancia.

En las últimas tres décadas, la Argentina ha sufrido algunas heridas devastadoras que dejaron sus marcas profundas en el cuerpo social y cultural; nuestro presente, de un modo u otro, todavía sigue atravesado por esas heridas. La primera y más brutal fue, sin dudas, la infringida por la dictadura militar inaugurada en marzo de 1976. El terror de Estado se desplegó con una intensidad inédita en la historia nacional, dejando no sólo un saldo de miles de muertos y desaparecidos sino también marcando a fuego, desde la lógica del horror, la vida de nuestra sociedad (las diversas formas de violencia que todavía insisten están aquí como muestra de una persistencia nunca saldada del todo y vuelve imprescindible la profundización, que viene desarrollándose desde 2003, de una genuina política de la memoria asentada en la justicia. De la misma manera que ese terror tuvo como objetivo central garantizar la hegemonía del capital financiero y de lo que Eduardo Basualdo ha llamado “el revanchismo social” contra la permanencia de una sociedad más igualitaria fundada en el viejo Estado de bienestar).

La segunda herida, de otras características, fue la producida por la fallida aventura malvinense, una aventura llevada adelante por una dictadura exhausta pero apoyada por una vastísima parte de nuestra sociedad que, una vez consumada la derrota y desplegada la crónica de la vergüenza, buscó, como otras veces, despegarse de sus propias responsabilidades y complicidades para proyectar fuera de sí el mal del engaño, la improvisación y la impunidad que caracterizó la invasión de las islas un 2 de abril de 1982. Bañarse en las aguas puras de la inocencia ha sido una constante de muchos sectores de la sociedad que suelen eludir, rápidamente, sus responsabilidades efectivas. Han sido las políticas de los gobiernos kirchneristas las que más han avanzado en la reparación de estas dos heridas. La continuidad de los juicios a los genocidas y la crítica al aventurerismo de la dictadura en Malvinas constituyen ejemplos elocuentes de un extraordinario cambio de época.

La tercera herida es la que parece regresar hoy a través de la alarma inflacionaria multiplicada por el aparato mediático y convertida, por ese discurso del engaño, en el centro pecaminoso de un proceso al que se pretende horadar y deslegitimar en lo que tiene de virtuoso; es aquella que se produjo hacia el final del gobierno de Alfonsín y que llevó a nuestro país a contemplar los bordes del abismo hiperinflacionario. De esa experiencia traumática, desoladora y fragmentadora del tejido social, emergieron el menemismo, la convertibilidad y todas sus consecuencias. Ninguna sociedad sale indemne de una experiencia de esa naturaleza que la deja en estado de absoluta disponibilidad, sin recursos propios, inerte ante el ejercicio de alternativas brutales en su supuesta terapéutica (allí está aquella frase anticipatoria del futuro ministro de la convertibilidad: “cuanto peor mejor”, dejemos que la hiperinflación se devoré toda posibilidad de resistencia social hasta el punto de romper cualquier memoria reivindicatoria de derechos e igualdades tan cara a la historia social argentina).

Los efectos de la hiperinflación no se agotan ni desaparecen cuando se sale de ella; todo lo contrario: permanecen en lo más recóndito de las prácticas culturales, se vuelven núcleos que habitan zonas de nuestro inconsciente listos a derramarse sobre nuestra cotidianidad ante cualquier coyuntura en la que los precios comienzan a moverse.

Lo sabe cierta prensa que representa los intereses de la derecha vernácula: el fantasma de la inflación tiene consecuencias políticas directas, su regreso pone en vilo no sólo a los actores sociales y económicos, sino que debilita al poder político, lo somete, de nuevo, al miedo que emerge de ese fantasma profundamente arraigado en los lenguajes del imaginario de época. Junto con el fantasma que regresa lo que también se expresa con fuerza es la sospecha, nunca acallada del todo en amplios sectores de nuestra sociedad, de la política y de los políticos como fuente de todos los males, y en especial esos que llevan hacia el infierno en el que los precios se desbocan y la vida de todos los días parece entrar en una espiral que amenaza con arrojarnos al más profundo de los abismos.

Es contra ese discurso de la catástrofe contra el que se deben desplegar las acciones de un gobierno, el que hoy encabeza Cristina, el primero en décadas, que no sólo reabrió el litigio por la igualdad a favor de los débiles y de los incontables, sino que también se plantó con firmeza y decisión ante el eterno chantaje de las corporaciones económicas. En la politización de la economía sigue estando la clave, como lo vio Néstor Kirchner, de la profundización de un proyecto más igualitario. Impedir que los formadores de precios junto con sus ideólogos mediáticos horaden los logros de estos años constituye el principal de los desafíos. Para eso, el Gobierno deberá continuar afrontando las amenazas de la crisis sin renunciar a las políticas redistribucionistas al mismo tiempo que forja las herramientas para disciplinar a los grandes grupos económicos. No es sencilla la tarea de Kicillof y de su equipo. Una antigua y decisiva batalla ha regresado, igual que su fantasma, en estos días argentinos.

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17/01/2014 Publicado por | Economía, General, Política Argentina, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , | Deja un comentario

NUEVAS CRISIS, VIEJAS “SOLUCIONES” EUROPA REPITE LOS ERRORES DE AMÉRICA LATINA – RAFAEL CORREA


Nota12
El presidente del Ecuador, Rafael Correa Delgado durante
la conferencia que ofreció en la Universidad Sorbone de París.

POR RAFAEL CORREA DELGADO

El presidente ecuatoriano, Rafael Correa Delgado, analiza con claridad cómo la respuesta a las crisis latinoamericanas de los años 80 y 90 fue la puesta de los Estados al servicio de los organismos financieros, en perjuicio de los pueblos. Observa con asombro que, en la actual crisis europea, vuelven a ser los dictados del capital los que señalan el camino.

A continuación el texto de la conferencia pronunciada por el primer mandatario del Ecuador el pasado 6 de noviembre en la Universidad Sorbonne de París:

Nosotros los latinoamericanos somos expertos en crisis. No porque seamos más inteligentes que los demás, sino porque las hemos sufrido todas. Y las hemos gestionado terriblemente mal, pues sólo teníamos una prioridad: defender los intereses del capital, a riesgo de hundir a toda la región en una prolongada crisis de la deuda.

Hoy miramos con preocupación cómo Europa toma a su vez el mismo camino.
En los años 70, los países latinoamericanos entraron en una situación de endeudamiento externo intensivo. La historia oficial afirma que esta situación fue el resultado de las políticas aplicadas por gobiernos “irresponsables” y los desequilibrios acumulados como consecuencia del modelo de desarrollo adoptado por el subcontinente después de la Segunda Guerra: la creación de una industria capaz de producir localmente los productos importados o la “industrialización por sustitución de importaciones”.

Este endeudamiento intensivo, en los hechos, fue promovido -e incluso impuesto- por los organismos financieros internacionales. Su supuesta lógica pretendía que gracias al financiamiento de proyectos de alta rentabilidad, que en aquel momento abundaban en los países del Tercer Mundo, se alcanzaría el desarrollo, mientras que el rendimiento de esas inversiones permitiría reembolsar las deudas contraídas.

Eso duró hasta el 13 de agosto de 1982, momento en que México se declaró incapaz de reembolsar las sumas correspondientes. A partir de entonces, toda
América Latina tuvo que sufrir la suspensión de los préstamos internacionales, al mismo tiempo que un brutal aumento de las tasas de interés de sus deudas.
Préstamos que habían sido contraídos al 4% o al 6%, pero con tasas variables, de golpe alcanzaron el 20%. Mark Twain decía: “Un banquero es alguien que te presta un paraguas cuando hay sol y te lo saca apenas empieza a llover”.

Así empezó nuestra “crisis de la deuda”. Durante la década del 80, América
Latina realizó hacia sus acreedores una transferencia neta de recursos de
195.000 millones de dólares (cerca de 554.000 millones de dólares al valor actual). Al mismo tiempo, la deuda externa de la región pasaba sin embargo de
223.000 millones de dólares en 1980 a… ¡443.000 millones de dólares en 1991! No porque se hubieran tomado nuevos créditos, sino a causa de la refinanciación y la acumulación de intereses.

De hecho, el subcontinente vio el final de la década del 80 con los mismos niveles de ingreso per cápita que a mediados de los años 70. Se habla de una “década perdida” para el desarrollo. En realidad, si hablamos de pérdida, fue toda una generación la que se perdió.

Aunque las responsabilidades hayan sido compartidas, los países centrales, las burocracias internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y los bancos privados internacionales, desde luego redujeron la dificultad a un problema de sobreendeudamiento de los Estados (overborrowing). Nunca asumieron su propio rol en el otorgamiento de créditos concedidos de manera irresponsable (overlending), su contrapartida.

Las severas crisis presupuestarias y de endeudamiento externo generadas por la transferencia neta de recursos de América Latina hacia sus acreedores llevaron a buena cantidad de países de la región a redactar “cartas de intención” dictadas por el FMI. Estos apremiantes acuerdos permitían obtener préstamos del organismo, así como su aval en la renegociación de las deudas bilaterales con los países acreedores, reunidos en el seno del Club de París.

Esos programas de ajuste estructural y de estabilización impusieron las recetas de siempre: austeridad presupuestaria, aumento del precio de los servicios públicos, privatizaciones, etcétera. Medidas mediante las cuales no se buscaba salir lo antes posible de la crisis, ni estimular el crecimiento o el empleo, sino garantizar el reembolso de los créditos de los bancos privados. A fin de cuentas, los países implicados seguían estando endeudados, ya no con esos establecimientos, sino con los organismos financieros internacionales que protegían los intereses de los bancos.

A principios de los años 80, un nuevo modelo de desarrollo empezó a imponerse en América Latina y en el mundo: el neoliberalismo. A este nuevo “consenso” acerca de la estrategia de desarrollo se lo conoció como “Consenso de Washington”, y sus principales creadores y promotores eran los organismos financieros multilaterales con sede en Washington, como por ejemplo el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de América. Según la lógica en boga, la crisis en América Latina se debía a una intervención excesiva del Estado en la economía, a la ausencia de un sistema adecuado de precios libres y al distanciamiento de los mercados internacionales -quedando claro que estas características se desprendían del modelo latinoamericano de industrialización por sustitución de importaciones-.

Como consecuencia de una campaña de marketing ideológico sin precedentes maquillada como investigación científica, y de las presiones directas ejercidas por el FMI y el Banco Mundial, la región pasó de un extremo al otro: de la desconfianza en el mercado y la confianza excesiva en el Estado, al librecambio, la desregulación y las privatizaciones.

La crisis no fue sólo económica; resultó de una carencia de dirigentes e ideas. Tuvimos miedo de pensar por nosotros mismos y aceptamos de manera tan pasiva como absurda las imposiciones externas.

DÉJÀ VU EN EUROPA

La descripción de la crisis que atravesó Ecuador le será acaso familiar a muchos europeos. La Unión Europea sufre de un endeudamiento producto de, y agravado por, el fundamentalismo neoliberal.

Respetando la soberanía y la independencia de cada región del mundo, nos sorprende constatar que Europa, a pesar de ser tan ilustrada, repite en cada punto los errores que ayer cometió América Latina.

Los bancos europeos le prestaron a Grecia pretendiendo no ver que el déficit presupuestario griego era cerca de tres veces mayor al que declaraba el Estado.

Se vuelve a plantear el problema de un sobreendeudamiento del que se omite evocar la contrapartida: el exceso de crédito. Como si el capital financiero nunca tuviese ningún tipo de responsabilidad.

De 2010 a 2012, el desempleo alcanzó niveles alarmantes en Europa. Entre 2009 y 2012, Portugal, Italia, Grecia, Irlanda y España redujeron sus gastos presupuestarios 6,4% en promedio, afectando así gravemente los servicios de salud y educación. Se justifica esta política con una penuria de recursos; pero se liberaron sumas considerables para reflotar el sector financiero. En Portugal, en Grecia y en Irlanda, los montos de este “salvataje bancario” sobrepasan el total de los salarios anuales.

Mientras la crisis golpea duramente a los pueblos europeos, se les continúa imponiendo recetas que fracasaron en todo el mundo. Tomemos el ejemplo de Chipre. Como siempre, el problema comenzó con la desregulación del sector financiero. En 2012, su mala gestión se volvió insostenible.

Los bancos chipriotas, en particular el Banco de Chipre y el Banco Laiki, le habían otorgado a Grecia préstamos privados por un monto superior al Producto Interno Bruto (PIB) chipriota. En abril de 2013, la “troika” -el FMI, el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea- propuso un “salvataje” de 10.000 millones de euros. Lo condicionó a un programa de ajuste que incluía la reducción del sector público, la supresión del sistema de jubilación por repartición para los nuevos funcionarios, la privatización de las empresas públicas estratégicas, medidas de ajuste presupuestario hasta 2018, la limitación de los gastos sociales y la creación de un “fondo de salvataje financiero” cuyo objetivo es mantener a los bancos y resolver sus problemas, además del congelamiento de los depósitos superiores a 100.000 euros.

Nadie duda de que se necesiten reformas, ni de que se tengan que corregir graves errores, incluso originales: la Unión Europea integró países con diferenciales de productividad muy importantes que los salarios nacionales no reflejaban.

Lo cierto es que, en lo esencial, las políticas aplicadas no buscan salir de la crisis al menor costo para los ciudadanos europeos, sino garantizar el pago de la deuda a los bancos privados.

Hemos hablado de los países endeudados. ¿Qué hay de los particulares incapaces de reembolsar sus préstamos?

Tomemos el caso de España. La falta de regulación y el acceso demasiado fácil al dinero de los bancos españoles generaron una inmensa cantidad de créditos hipotecarios, que galvanizaron la especulación inmobiliaria. Los mismos bancos buscaban los clientes, estimaban el precio de su vivienda y siempre les prestaban de más para la compra de un auto, de muebles, de electrodomésticos, etcétera (1).

Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, el prestatario de buena voluntad ya no podía pagarle a su prestador: ya no tenía trabajo. Le sacaron su vivienda, pero esta valía mucho menos que cuando él la compró. Su familia quedó en la calle y endeudada de por vida. En 2012, se registraron cada día más de doscientos desalojos, lo que explica gran parte de los suicidios en España…

EL TRIUNFO DE LA TÉCNICA

Se plantea una pregunta: ¿por qué no se recurre a remedios que parecen evidentes, y por qué siempre se repite el escenario de lo peor? Porque el problema no es técnico, sino político. Está determinado por una relación de fuerzas. ¿Quién dirige nuestras sociedades? ¿Las personas o el capital?

El mayor daño que le hemos ocasionado a la economía es el haberla sustraído de su naturaleza original de economía política. Se nos ha hecho creer que todo era técnico; a la ideología se la disfrazó de ciencia, y, alentándonos a hacer abstracción de las relaciones de fuerza en el seno de una sociedad, se nos puso a todos al servicio de los poderes dominantes, de lo que yo llamo el
“imperio del capital”.

La estrategia del endeudamiento intensivo que engendró la crisis de la deuda latinoamericana no apuntaba a ayudar a nuestros países a desarrollarse. Obedecía a la urgencia de colocar los excesos de dinero que inundaban los mercados financieros del “Primer Mundo”, los petrodólares que los países árabes productores de petróleo habían confiado a los bancos de los países desarrollados. Esa liquidez provenía del alza de los precios del petróleo que le había seguido a la guerra de octubre de 1973, precios que habían sido mantenidos a niveles elevados por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Entre 1975 y 1980, los depósitos en los bancos internacionales pasaron de 82.000 millones de dólares a 440.000 millones de dólares (1.226.000 millones de dólares actuales).

Ante la necesidad de colocar sumas de dinero tan importantes, el “Tercer Mundo” se volvió un sujeto de crédito. Así se empezó a ver desfilar, a partir de 1975, a los banqueros internacionales deseosos de colocar toda suerte de créditos -incluso para financiar los gastos corrientes y la compra de armas a los dictadores militares que gobernaban muchos Estados-. Estos diligentes banqueros, que jamás habían estado en la región, ni siquiera como turistas, de todos modos trajeron grandes valijas de coimas para funcionarios, con el objetivo de hacerlos aceptar nuevos préstamos, fuera cual fuese el pretexto. Al mismo tiempo, los organismos financieros internacionales y las agencias de desarrollo siguieron vendiendo la idea según la cual la solución era endeudarse.

Si la independencia de los bancos centrales sirve, en los hechos, para garantizar la continuidad del sistema independientemente del veredicto de las urnas, ésta fue impuesta como una necesidad “técnica” a principios de los años 90, justificada por supuestos estudios empíricos que demostraban que un dispositivo semejante generaba mejores desempeños macroeconómicos. Según estas “investigaciones”, los bancos centrales independientes podían actuar de manera “técnica”, lejos de las presiones políticas perniciosas. Con un argumento tan absurdo, del mismo modo habría que volver autónomo al Ministerio de Economía, ya que también la política presupuestaria debería ser puramente “técnica”. Como lo ha sugerido Ronald Coase, galardonado con el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, los resultados de estos estudios se explicaban: se habían torturado los datos hasta que dijeran lo que se les quería hacer decir.

En el período que precedió a la crisis, los bancos centrales autónomos se consagraron exclusivamente a mantener la estabilidad monetaria, es decir, a controlar la inflación, a pesar del hecho de que los bancos centrales habían cumplido un rol fundamental en el desarrollo de países como Japón o Corea del Sur. Hasta los años 70, el objetivo fundamental de la Reserva Federal estadounidense era favorecer la creación de empleos y el crecimiento económico; fue recién con las presiones inflacionarias de principios de los 70 que el objetivo de mantener la estabilidad de los precios se sumó al paquete.
La prioridad concedida a la estabilización de los precios también significa, en la práctica, el abandono de las políticas que apuntan a mantener el pleno empleo de los recursos en la economía. Al punto tal que en vez de atenuar los episodios de recesión y de desempleo, la política presupuestaria, al comprimir sin cesar los gastos, los agrava.

Los bancos centrales llamados “independientes” que sólo se preocupan de la estabilidad monetaria son parte del problema, no de la solución. Son uno de los factores que le impiden a Europa salir más rápidamente de la crisis.

Las capacidades europeas están sin embargo intactas; disponen de todo: el talento humano, los recursos productivos, la tecnología. Yo creo que de esto hay que sacar importantes conclusiones: se trata acá de un problema de coordinación social, es decir, de política económica de la demanda, o como se la quiera llamar. En cambio, las relaciones de poder dentro de estos países y a nivel internacional son del todo favorables al capital, principalmente financiero, razón por la cual estas políticas no son aplicadas o se aplican de una manera contraria a lo que sería socialmente deseable.

Bombardeados por la supuesta ciencia económica y por las burocracias internacionales, muchos ciudadanos están convencidos de que “no hay alternativa”. Se equivocan.

1. Véase José García Montalvo, “La fièvre de la brique espagnole”, Le Monde
diplomatique, París, diciembre de 2008.

Este texto ha sido extraído de la conferencia dictada en francés por el presidente del Ecuador, economista Rafael Correa Delgado, el 6 de noviembre de 2013 en la Sorbonne, París. Traducción: Aldo Giacometti.

Le Monde Diplomatique, edición 174, diciembre de 2013.

14/01/2014 Publicado por | Economía, General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Salud, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , | Deja un comentario

¡Feliz 2014 para mi querida Argentina!


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31/12/2013 Publicado por | General, Política Argentina, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Solidaridad, Uncategorized | | Deja un comentario

¡ Feliz Navidad !


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¡ FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS SERES DEL MUNDO, BREGANDO POR UNA VIDA DIGNA QUE NOS MERECEMOS !

11/12/2013 Publicado por | General, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Solidaridad, Uncategorized | , , | Deja un comentario

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