America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Los medios y las concentraciones – Por Eduardo Anguita


16-04-2010 /


Eduardo Anguita

El insumo básico de los medios es la palabra. Tanto para ponerle nombre a las cosas como para ironizar, darle doble sentido o reparar en las paradojas. Concentración de medios fue utilizado, por años, en un único sentido: la voracidad de algunos grupos económicos por hacerse de cuanto canal de televisión, radio comunitaria o periódico de finanzas anduviera por ahí. Ahora, inesperadamente, concentración de medios es ir a la calle a protestar o a defender algunos medios con los cuales uno se identifica o que considera como enemigos de la democracia, no sólo informativa sino institucional.

Vamos primero a un ejemplo –no argentino– de concentración de poder. Es muy reciente y preocupante. El diario Le Monde, creado bajo la épica de la liberación de París del yugo nazi, pasó más de seis décadas bajo un protocolo tomado como la excelencia para evitar las interferencias patronales en el trabajo informativo. Los periodistas tuvieron la mayoría de las acciones de la empresa. Además, ante la fusión de medios, la dirección periodística se negó a integrar esa prestigiosa y codiciada marca a otros emprendimientos gráficos o audiovisuales. Su línea editorial siempre fue centroizquierdista, pero siempre aceptó la diversidad de opinión. Le Monde es sinónimo –en el mundo– de seriedad, rigor profesional y compromiso.

La intoxicación mediática, la derechización europea y, seguramente, muchas otras cosas más llevaron a que ese vespertino cayera notablemente en las ventas: no menos de un 30 por ciento en los últimos cinco años. Los pasivos financieros empezaron a complicar la gestión de Le Monde y el grupo español Prisa (editor de El País entre otras cosas) compró una buena parte de Le Monde. Bueno, uno puede pensar que El País y Le Monde son primos hermanos, que en definitiva expresan el socialismo en España y Francia. La gauche caviar diría Tom Wolf y la ironía no ofende a los seguidores de Francois Mitterand o de Felipe González, que se alternan en la gestión de gobierno con las derechas sin poder o no querer cambiar un escenario donde el peso de las corporaciones transnacionales es tan grande que lo toman como un dato a consignar y no a cambiar. Curiosa ironía porque los socialistas, en algún momento, fueron devotos de aquel alemán de barba que decía que el materialismo dialéctico es una mirada que no se conforma con contemplar sino que se orienta a transformar.

Así las cosas, la familia Polanco, ya muy transnacionalizada, le dio buena parte de sus acciones al grupo norteamericano Liberty Acquisition, un fondo de inversión manejado por personas que pueden comprar o vender bancos, hospitales, latas de arvejas o periódicos en función de una ecuación exclusivamente financiera. Es decir, los periodistas de Le Monde, a partir de ahora, tendrán que aceptar que su ADN irá cambiando con estos nuevos dueños de la empresa que durante años fue una especie de cooperativa sofisticada. Y ni qué hablar de los 300.000 lectores diarios de ese periódico a los que de manera sutil o desembozada –habrá que ver– les irán filtrando la información que les sirve a los muchachos de Liberty Acquisition y no al punto de vista de sus periodistas.

Volvamos abruptamente a la Argentina. Hace tres años, en la Feria del Libro, fui invitado a un debate sobre la ley de radiodifusión de la dictadura. Estaban Norma Morandini, Luis Lázzaro, Gustavo López, Guillermo Mastrini, Martín Becerra y quien escribe estas líneas. Un panel interesante en un lugar donde la gente circula como en los supermercados el día del niño. Sin embargo, no había casi nadie. La sala estaba más que semivacía. La mayoría de las voces proclamábamos la necesidad de terminar con esa norma aberrante y la necesidad de democratizar los medios.

Una mujer de anteojos y tono académico con claro acento español nos advirtió: “Vosotros debéis tener en cuenta que esto que propiciáis está a contramano del mundo. Queréis remar contra la corriente”. Confieso que el escenario tan despoblado –y la cantidad de informaciones que conocíamos sobre lo que decía la señora– no era el propicio para augurar una nueva era en la comunicación. No era fácil proclamar aquella máxima del Informe McBride que decía “un solo mundo, voces múltiples”, porque la hegemonía norteamericana mostraba más bien cuatro o cinco mundos y unas poquitas voces mediáticas.

La otra concentración. Orlando Barone, en un par de mesas redondas que compartimos, decía con lógica imbatible que en su larga vida había visto concentraciones por salarios o por derechos humanos pero nunca había visto una manifestación popular contra los monopolios de medios. Es cierto, parecía demasiado sofisticado que una parte de la sociedad se pronunciara, en la calle, contra la intoxicación informativa. Pues bien, Orlando debe estar festejando que es hora de cambiar de latiguillo en los debates.

Ayer me tocó hacer mi programa de Radio Nacional desde la trastienda del palco montado en la Plaza Lavalle por donde desfilaron Estela de Carlotto, Milagros Sala, Julio Piumatto, Hugo Yasky y Hebe de Bonafini entre otros. Miles y miles de personas (se habló de entre 50 y 60 mil) llegaron de todos lados. Insistían quienes daban vueltas por la zona la cantidad de jóvenes y de gente sin organización previa que había decidido concentrarse contra la concentración, valga la paradoja. Antes de que empezara el acto, mientras los manifestantes se acercaban desde el Congreso, salí por la calle Tucumán para ver el panorama. Había de todo. Lo vi llegar al actor Federico Luppi y me acerqué a saludarlo. Quería participar como uno más, desde el llano (pero el auténtico llano, no el de TN), pero no contaba con demasiado tiempo porque tenía que ir al teatro (“Por tu padre”, junto a Adrián Navarro).

Al rato, cuando empezábamos a transmitir, se sentía el clima masivo y festivo. En un momento, dejé el improvisado estudio de la radio para subir al escenario. Hablaba la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo y convocaba a la lucha para que se termine el avasallamiento de ciertos jueces en alianza con el monopolio Clarín para evitar la plena vigencia de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Miraba la diversidad de dirigentes y personalidades que la rodeaban, desde artistas populares hasta dirigentes gremiales, madres de pañuelo blanco, intelectuales y líderes de organizaciones sociales. No había farándula, no había flashes, no había chismosos del espectáculo. Otros medios, otras voces, se habían dado cita.

El zócalo del noticiero de TN hablaba de “marcha K contra la Justicia”. Dos universos distintos conviven en esta disputa por cómo ordenar un servicio vital como el de los medios audiovisuales. Uno pretende llevarse puesta una ley del Congreso para permitir que su negocio multimillonario continúe. El otro, muy diverso, quiere la vigencia de la ley, el respeto a la democracia informativa. Los dos quieren la concentración de medios: unos la de la propiedad de las radios y canales; los otros, la de la pelea hasta que se restablezca la pluralidad.

Buenos Aires Económico

16/04/2010 Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Solidaridad, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

Cómo combatir la inflación sin “ajustar” ni “enfriar” la economía – Aldo Ferrer


16-04-2010 /


Aldo Ferrer

En el debate actual sobre la inflación y el pago de la deuda, predominan dos enfoques alternativos. Por un lado, ajustar y enfriar la economía. Para tales fines, sería necesario reducir la demanda agregada mediante la baja del gasto público y el aumento de la tasa de interés y apreciar el peso para sustituir producción interna por importaciones, reduciendo la presión de la demanda sobre la oferta nacional de bienes y servicios. Al mismo tiempo, se liberarían recursos del Presupuesto para pagar deuda sin uso de reservas del Banco Central. Por el otro lado, el enfoque alternativo propone pagar deuda con reservas y sostener un crecimiento del gasto por encima de los recursos disponibles sin atender el tema precios, con vistas a impulsar la demanda, la producción y el empleo.

Esta alternativa del problema actual de la inflación y la deuda se plantea como si subsistieran las circunstancias del pasado. Vale decir, una economía sometida a las restricciones externa y fiscal, a una deuda agobiante que excede su capacidad de pago y a de­sórdenes macroeconómicos e institucionales que, en el límite, culminaban en la hiperinflación.

Nos pasó durante más de la mitad del siglo pasado, cuando registramos el récord mundial de inflación, con varias híper incluidas. Sin embargo, como hemos visto en las tres últimas notas en este mismo espacio, en los últimos años se ha producido un cambio radical en el comportamiento de la economía argentina. Desde la salida de la crisis del 2001/2002, en el transcurso de esta primera década del siglo XXI, los pagos internacionales vienen operando con un elevado superávit en el balance comercial, el cual registra saldos positivos anuales superiores a los u$s15.000 millones.

A su vez, la cuenta corriente del balance de pagos registra ocho años consecutivos positivos, hecho inédito en la historia económica del país. En el 2009 alcanzó al 3% del PBI y cabe esperar un superávit semejante en el 2010. A su vez, al mismo tiempo, entre el 2003 y la actualidad la relación deuda externa pública y privada/PBI bajó de 160 a 40 por ciento. Desde el momento en que se logro salir del default, con el exitoso canje de deuda del 2005, el pago al FMI y encuadrar los pagos dentro de límites manejables con recursos propios, también aquí se produjo un cambio radical.

La solución de la restricción externa facilitó resolver la restricción fiscal derivada de los déficits crónicos de las finanzas públicas. La recaudación tributaria nacional aumentó en 10 puntos del PBI para ubicarse cerca del 30% del producto, proporción razonable en una economía del ingreso medio argentino. En el mismo sentido operó la incorporación, en la esfera pública, de los recursos del sistema previsional, que constituyen parte principal del ahorro interno. El comportamiento de las finanzas públicas desde la salida de la crisis del 2001/2002 demuestra, en efecto, que la restricción fiscal puede ser, también, un problema superado.

En el pasado, el país tuvo, entre 1930 y 1983, una “restricción institucional”, agregada a las externa y fiscal. En la experiencia reciente, aún los temas más polémicos (por ejemplo, la resolución 125, las reformas de los regímenes previsional y de medios audiovisuales, el uso de las reservas del Banco Central), se procesan conforme las reglas constitucionales y la división de poderes propio de una sociedad democrática. Ahora, la restricción institucional es también un problema de otros tiempos.

En resumen, en la nueva economía argentina ni la inflación ni la deuda son actualmente lo que fueron en el pasado. Por lo tanto, enfriar y ajustar, por una parte, o crecer sin atender el problema precios, por la otra, no son las alternativas reales que confrontamos actualmente. Corresponde, entonces, reflexionar sobre las cuestiones que son determinantes del actual cuadro de situación. A saber, las causas actuales del aumento de precios, la solvencia fiscal y el tipo de cambio.

Sobre la primera, cabe observar que no estamos en presencia de ninguna de las causas clásicas de inflación, a saber: exceso de demanda o presiones de costos. La economía viene operando a niveles razonables de ocupación de la capacidad productiva instalada, está aún distante el pleno empleo de la mano de obra y no hay restricciones de abastecimientos importados por insuficiencia de divisas. Por lo tanto, no hay inflación por exceso de demanda respecto de los recursos disponibles. Por otra parte, ninguno de los precios básicos de la economía (tipo de cambio, salarios, tarifas de servicios públicos) está fuertemente desalineado y, por lo tanto, no es previsible un alza brusca en ninguno de ellos. Por lo tanto, tampoco hay amenazas severas de inflación de costos. ¿Cómo se explica entonces que el nivel general de precios esté aumentando en torno del 20% anual, un nivel inconveniente y perturbador?

La respuesta es que estamos en presencia de un caso de inflación inercial. Es decir, los precios aumentan a un cierto ritmo porque los actores económicos y sociales incorporan una hipótesis de aumento de precios que se retroalimenta en ajustes continuos de precios y salarios, a pesar de la ausencia de inflación de demanda y de costos y de la existencia de equilibrios macroeconómicos razonablemente sólidos. La inflación inercial se sostiene en las expectativas y en un clima político tenso, en el cual se incluyen visiones catastróficas de la realidad y el futuro, incluida la explosión inflacionaria. En este escenario, por razones estacionales o circunstancias propias, algunos alimentos crecen más que el promedio, fenómeno que sucede también en economías con niveles generales de precios estables.

La inflación inercial no se evita con ajuste ni enfriando la economía. Por esta vía lo que se logra es frenar el crecimiento, aumentar el desempleo, el malestar social y la inseguridad. Pero tampoco se resuelve desatendiendo el problema precios o suponiendo que los aumentos provienen, esencialmente, de maniobras abusivas de formadores de precios en sectores concentrados. Cuando éstas existen tienen que ser reprimidas por el Estado, pero, en todo caso, la pregunta es por qué ahora esas maniobras son inflacionarias y en otros momentos no lo son. La respuesta es que ahora prevalece la inflación inercial . No hay ninguna medida aislada que resuelva el problema.

La respuesta radica en un programa de estabilidad y crecimiento fundado en la solidez de los equilibrios macroeconómicos y la política de ingresos para concertar, entre los actores económicos y sociales, privados y públicos, metas de precios y salarios, que tiendan a reducir la hipótesis inflacionaria implícita en el comportamiento de esos actores. En un momento como el actual, sería particularmente útil contar con un consejo económico y social, en cuyo seno el Gobierno concertara con los actores privados, del trabajo y la empresa, una estrategia de crecimiento con equidad y estabilidad razonable de precios.

El éxito de esa estrategia depende de la solidez de la macroeconomía y de continuar reduciendo los niveles de deuda. Para tales fines son centrales las otras dos cuestiones mencionadas. Es decir, la solvencia fiscal y el tipo de cambio.

Respecto de la deuda, conviene recordar que con o sin uso de reservas, con o sin canje, el país está en condiciones de cumplir sus compromisos externos y crecer. Los pagos de este año con reservas u otros recursos tienen una diferencia de tasa de interés, dato importante pero que no involucra la capacidad de pago. De todos modos, el pago con reservas es un recurso circunstancial. En el mediano y largo plazo, son los recursos genuinos de la actividad corriente de la economía los que proporcionan los medios de pago.

Sobre la solvencia fiscal, conviene recordar que, una vez iniciada la recuperación de los componentes de la demanda agregada (consumo, inversiones y exportaciones), no se justifica insistir en la inyección de demanda supletoria vía gasto público. La solvencia fiscal y la calidad del gasto recuperan así su papel fundamental en la gobernabilidad del sistema económico, la formación de las expectativas, la estabilidad y el desarrollo.

No es preciso “enfriar” ni “ajustar” la economía, es decir, bajar el gasto real indispensable para la oferta de bienes públicos, para frenar el aumento de precios. Si es preciso acomodar el crecimiento de gasto público a la de la recaudación lo cual permitiría recuperar, a breve plazo, el superávit primario. De otro modo, un crecimiento persistente del gasto por encima de los recursos públicos lleva inevitablemente al endeudamiento, a la apreciación del tipo de cambio, a restablecer las restricciones externa y fiscal y, consecuentemente, a la pérdida de soberanía. El desequilibrio fiscal y el aumento de la deuda no contribuyen a crear el escenario adecuado para llevar la actual tasa de inflación a niveles tolerables y posibles, en torno del 10% anual.

En relación con la política cambiaria, reducir la tasa actual de aumento de precios facilita mantener un tipo de cambio de equilibrio desarrollista (TCED) indispensable para el crecimiento de la producción y el empleo. Como lo demuestra nuestra experiencia y la de las economías en desarrollo más exitosas, el TCED es también necesario para la formación de una economía integrada y abierta, capaz de gestionar el conocimiento e integrada al mundo.

Crecer con equidad y una estabilidad razonable de precios está al alcance de los medios del país. Lograrlo o no depende de tomar nota del potencial de desarrollo de la nueva economía argentina una vez que se ha liberado, a menos de insistir en las decisiones del pasado, de las restricciones fiscal, externa e institucional.

* Director editorial de Buenos Aires Económico

16/04/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Solidaridad, Uncategorized | , , , , | 3 comentarios

Espejos en el Bicentenario – Por Ricardo Forster


15-04-2010 /


Ricardo Foster

Escribir el día a día de la política, sumergirse en la vorágine de los acontecimientos que parecen tener impactos decisivos mientras rápidamente se preparan para dejar su lugar a los próximos sucesos igual de impactantes y de efímeros, es el límite y la obsesión del periodismo político. La intensidad de las noticias suele devorarse la posibilidad misma de interrumpir reflexivamente su presentación deslumbrante que empieza a opacarse en el instante en que la conocemos a través de los medios. Las informaciones, los hechos múltiples y multívocos, se entrelazan de tal modo que obnubilan cualquier visión más amplia, de aquellas que buscan sobrevolar la coyuntura para poder hincarle el diente a un proceso históricamente más abarcador y decisivo. Simplemente el día a día, la tiranía de los hechos efímeros, suele servir para anestesiar la mirada emancipada de los poderes mediáticos, esos mismos que se ocupan de crear las condiciones desde las cuales el sentido común, eso que otros denominan “la opinión pública”, suele expresar la concepción del mundo y de la vida de los dominadores de ayer y de hoy. Enceguecido por la electricidad y el vértigo de acontecimientos indescifrables, el individuo del presente, el habitante de este tiempo multimediático y espectacularizado, suele renunciar a lo que el viejo Kant, más de dos siglos atrás, denominaba la “autonomía del sujeto”, su capacidad de usar la inteligencia para pensar por sí mismo liberándose de todos los andadores y de todas las formas de heteronomía. En muchos aspectos, hemos quedado por detrás del postulado kantiano.

No se preocupe el lector que no es mi intención seguir incursionando por los andariveles de la reflexión filosófica ni tampoco meterme en las complejidades muchas veces indescifrables de la sociedad de masas y de la cultura contemporánea. Mi objetivo es más humilde y limitado. Intento comprender qué hay de nuevo en la actualidad argentina. Qué diferencias nos separan de ese otro tiempo no tan lejano atravesado por las herencias de la dictadura, las dificultades y las apuestas frustradas de la transición democrática y esa década, la de los noventa, que redefinió profunda y decisivamente el núcleo mismo de la sociedad. Diferencias y, claro, continuidades. Porque pensar la propia época supone, siempre, mirarse en el espejo de lo que fuimos, tratar de comparar para comprender mejor en qué nos parecemos y en qué nos diferenciamos de aquello que en parte dejamos a nuestras espaldas.

De cara al Bicentenario, un acontecimiento que puede ser relevante si lo convertimos en una auscultación rigurosa y destemplada de nuestra travesía como nación, o que puede caer en la insignificancia si sólo lo transformamos en una excusa para autocongratularnos lanzando fuegos artificiales que diviertan a las multitudes sin abrir ninguna interrogación autocrítica de 200 años de historia independiente, estamos ante el desafío de pensarnos sin medias tintas ni retóricas de la falsedad y la edulcoración; pero alejados, también, de las falsas comparaciones, esas que nos dicen que hace 100 años éramos un país lleno de oportunidades y de riquezas, gobernados por gente seria y republicana, mientras que ahora naufragamos en nuestras propias incoherencias.

Hace 100 años, en el otro Centenario, la riqueza se la apropiaban unos pocos, había estado de sitio y se reprimía salvajemente a los trabajadores y a aquellos extranjeros que se resistían a doblegarse a la ideología de las clases dominantes se les aplicaba, si eran anarquistas o socialistas, la ley de residencia, esa que los separaba de sus familias y los devolvía sin más trámite a sus países de origen. Interpretar el Preámbulo de la Constitución Nacional era atributo de los dueños de la tierra y del capital, ellos decidían quiénes eran “hombres y mujeres de buena voluntad”. Una democracia para pocos y rigurosamente controlada capaz de garantizar la perpetuación en el poder de aquellos que se encargarían de relatar, hacia atrás y hacia adelante, la historia “verdadera” del país, de “su” país. Ni trabajadores ni mujeres, tampoco indios –masacrados durante la campaña aniquiladora de Roca– ni negros –invisibilizados y duramente castigados desde siempre hasta prácticamente hacerlos “desaparecer” del imaginario acrisolado de un país “amplio y generoso” en el que no se conocía, eso nos contaron, el horror del racismo–. Pero también, eso hay que destacarlo porque es parte de nuestra laberíntica y contradictoria historia, la creación de un sistema universal e igualitario de educación pública que, tal vez, represente lo mejor de esa tradición liberal laica de la generación del ochenta. Porque a veces las filigranas de la historia son enrevesadas y no siguen líneas claras y distintas, de esas que nos llevan sólo a los blancos o a los negros impidiéndonos percibir los matices que, en el caso de la generación del ochenta, los tiene. Su mejor donación, en medio de una lógica del poder excluyente y para pocos, fue la ley de enseñanza pública, gratuita y laica. No estaría nada mal recuperar, bajo las condiciones del presente, ese impulso universalizador que le devuelva a la educación pública el lugar que le fue rapiñado en las últimas décadas y como consecuencia directa de las políticas neoliberales. La decisión presidencial de hacer efectiva la asignación universal para todos los niños del país y vincularla directamente a la escolarización implica tanto una medida de reparación imprescindible para los más débiles de nuestra sociedad como, también, una fuerte señal de sostenimiento de la educación pública.

Un país, una “república” que supo, también, construir algunas instituciones que serían decisivas para la historia posterior y que vuelven compleja la recepción, hoy, de aquella época de la que hoy hablan maravillas los republicanos de última hora que escriben desde las columnas de prestigiosos diarios fundados por aquellos “héroes” de antaño, que se soñó para pocos y como “granero del mundo”, tierra fértil para alimentar a las naciones y para enriquecer a sus dueños. Una república capaz de “olvidar” lo que vino después, las luchas por la dignidad, los derechos y la inclusión. Un relato que desde el presente desearía que no hubiera habido un 17 de octubre, que aquellos derechos conquistados no hubieran sido otra cosa que un mal sueño para reemplazarlos por la filantropía que emana de la Iglesia y de las damas de caridad. Un relato sin rebeldes ni parias, sin indios ni negros, sin izquierdas insurgentes ni pueblo con memoria y capacidad de resistencia; sin el Cordobazo y sin sindicatos. Un relato construido desde la bucólica visión de un crisol de razas, de una armonía social utopizada en algún relato gauchesco en el que el patrón y los peones son parte de la misma comunidad. Un relato capaz de hacer invisible la brutal violencia de clase y racial que se desencadenó sobre los “negros de nuestra historia” y que tiene algunos momentos terribles e inolvidables en la Semana Trágica de 1919, los fusilamientos de la Patagonia unos años después, el bombardeo salvaje a Plaza de Mayo en el ’55, los comandos fascistas del lopezrreguismo y la noche del horror de la dictadura del ’76.

Un modo sesgado de relatar la historia que apunta a ejercer, sobre el presente, la violencia de una “pedagogía” neoliberal dizque republicana que denuncia las “caídas populistas” que fueron impidiendo que los ideales del primer centenario marcasen el itinerario de un país que no “supo ser fiel a sus fundadores” y que se dejó engañar por los retóricos de la demagogia populista. Para ellos lo inaugurado en mayo de 2003 es lo más parecido a una pesadilla, el retorno de los espectros del igualitarismo que, en las condiciones de la Argentina actual (heredera de décadas de degradación y de fragmentación social), supone el avance hacia políticas de reparación y hacia una reconstitución de ese mismo tejido social y cultural brutalmente dañado por las políticas neoliberales. No soportan que hoy vuelva a ser posible relatar de otro modo aquello que nos constituyó como nación, que lo que viene habilitando estos últimos años sea la posibilidad de mirar en espejo y de pasarle a la historia el cepillo a contrapelo, ese que permite recoger las experiencias, los sueños y los dolores de los olvidados de esa misma historia.

Intentar dar cuenta hoy de las derivas laberínticas e intrincadas de la historia argentina, ponernos de cara a la gesta de mayo, auscultar estos 200 años, se vuelve un desafío mayúsculo porque, entre otras cosas, la actualidad ya no está sometida a las arbitrariedades del relato hegemónico que dominó en los noventa. Hoy podemos leer e interpretar desde un presente que ha reinstalado el desafío de una distribución más equitativa de la riqueza, que nos habilita para salir de las trampas de la ideología neoliberal rescatando el papel del Estado y de lo público, que nos inscribe en otra historia latinoamericana, que vuelve a hacer visibles a los “negros” y que inició el arduo proceso de repolitizar la vida del país. Tal vez por esto y por muchas otras cosas que habría que destacar si tuviéramos más espacio pero que están instaladas en los acontecimientos de este tiempo novedoso y excepcional que nos toca vivir y que mucho tiene que ver con lo desplegado primero por el gobierno de Néstor Kirchner y, ahora, por el de Cristina Fernández, estemos en condiciones de saltar de las puras exigencias del día a día para pensarnos mejor y más profundamente como nación sabiendo que son muchas más las deudas que lo efectivamente logrado en 200 años de historia, que sigue siendo intolerable la pobreza y la marginación y que queda todavía lo fundamental por hacer a la hora de garantizar una mejor distribución de la riqueza. Pero hoy también hemos recuperado la certeza de que esas deudas se inscriben en lo mejor de las tradiciones populares y se entraman con los múltiples sueños de emancipación soñados desde los albores de la patria y que hoy regresan sobre la escena actual.

Veintitres

16/04/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Solidaridad, Uncategorized | , , , , , , , | Deja un comentario