America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Cristina 2011 – Una nueva cultura política


Publicado el 29 de Junio de 2011

Por Víctor Ego Ducrot Periodista y escritor y profesor universitario.

La presidenta propone, en términos políticos, una síntesis del poder institucional a partir de un Estado Nacional asumido como herramienta o ejecutor decisivo del programa transformador.

Gabriel Mariotto lo señaló con claridad en una de sus primeras intervenciones, tras asumir la responsabilidad de acompañar a Daniel Scioli en la búsqueda de un nuevo mandato como gobernador de la provincia de Buenos Aires: la presidenta convocó a una verdadera transformación cultural del país, dijo a quien quisiese oírlo y reflejarlo en los medios de prensa. Y el domingo pasado, a horas podríamos decir de su postulación y de la de Amando Boudou para la vicepresidencia de la República, el actual titular de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) convocó a la nutrida militancia que ha venido siguiéndolo en su lucha por la democratización del universo mediático, a redoblar los esfuerzos y tomar conciencia de lo que a su entender representan la decisión de Cristina Fernández de Kirchner, de volver a someterse a las urnas, y los criterios adoptados por el oficialismo a la hora de elegir las listas de candidatos, de cara a las elecciones de octubre.
Una vez más, Mariotto leyó con precisión los dichos de la jefa del proyecto nacional que aspira, como siempre lo ha hecho a lo largo de su multifacética historia, a ser convalidado en las urnas, en ejercicio del principio de soberanía popular.
Cristina se había asumido como puente, como vaso comunicante, entre las viejas y nuevas generaciones de la práctica política, lo que a todas luces significa un acto fundacional, un nuevo punto de partida para entender y ejercer el país: el reconocimiento de un deseo convertido en firme voluntad institucional y militante, para ingresar en la Argentina de la Generación del Bicentenario, con un programa de acción caracterizado por la democratización profunda del cuerpo político, plena vigencia de los Derechos Humanos e inclusión social, tanto económica y cultural como identitaria.
De allí la valoración que el oficialismo y cada día más ciudadanos hacen de las medidas de gobierno que vienen adoptándose desde 2003 a esta parte, como la decisión de liberar al país de la ataduras impuestas por los organismos financieros internacionales, la recuperación de los fondos jubilatorios, la nueva Ley de Medios Audiovisuales y el matrimonio igualitario, por citar algunos de los vectores que le dan marco a la estrategia de recuperación del Estado y otorgamiento de volumen y densidad a la trama democrática.
La presidenta no deja dudas acerca de sus objetivos que, de ser alcanzados en forma plena –y para ello tiene claro que necesita otro mandato y prácticas que tomen su posta– implicarían una verdadera revolución democrática. Todas sus acciones concretas y manifestaciones simbólicas indican que, en términos políticos, propone una síntesis del poder institucional a partir de un Estado Nacional asumido como herramienta o ejecutor decisivo del programa transformador; la refundación del sistema federal, para dotarlo de profundidad y representación; la reformulación, ampliación y superación cualitativa del sistema de mayorías, actualmente basado en poderes territoriales y partidarios tradicionales; y la instalación de un conmovedor cambio de estructura generacional en el sistema institucional, abriéndole paso a la juventud en los ámbitos políticos y de gestión.
La Argentina oligárquica –y no debemos temerle a esa palabra, porque la oligarquía es un sistema digestivo con poderosas encimas y muta su genética conforme a las características de cada etapa histórica– lee con atención lo que está sucediendo en el país y recurre a su modalidad contemporánea, la acción de los medios de comunicación concentrados como puentes de mando estratégicos desde los cuales conducir sus propios despliegues políticos, para disparar lo más rápidamente posible contra el dispositivo transformador que encabeza la jefa de Estado.
Apenas conocidas la postulación de Mariotto a la vicegobernación bonaerense, los canales de TV y radios del Grupo Clarín salieron a definir una agenda que el resto de la corporación siguió con disciplina papal. La idea consistió en tratar de meter ruido entre Cristina y los factores decisivos sobre los cuales actúa, en tanto aspiración de cambios culturales profundos, como los poderes provinciales, el movimiento obrero, la tradición organizativa del justicialismo y los nuevos contingentes generacionales.
Ese intento de meter ruidos fue dirigido hacia la relación real que existe entre la jefa de Estado y el gobernador Scioli, cada día mejor posicionado hacia una victoria contundente en su distrito; también aspiraron a proponer distancias y quiebres con el PJ, una estructura tradicional dentro del peronismo como cosmogonía, que trata de asimilar el trastoque paradigmático por la cual brega la presidenta; y auspiciaron el divorcio más escandaloso posible entre la dirección del proyecto nacional y los intendentes del Conurbano, siempre descalificándolos, porque la Argentina oligárquica no soporta las fuertes referencias territoriales refrendadas históricamente en las urnas.
No hubo datos ratificados de la realidad tangible, tales como las declaraciones de Mariotto respecto de su disposición a ponerse a las órdenes del gobernador, y la nominación del ministro de Economía como compañero de fórmula de Cristina, candidatura bien vista por la CGT, que no hayan sido silenciados, aprovechándose de las lógicas molestias que la disputa de una interna resuelta desde el liderazgo político reconocido puedan arrojar; quizás desde esa lógica deban ser entendidas ciertas manifestaciones de Julio Piumato, por cierto recogidas por la prensa hegemónica sin la menor precisión de contexto.
Néstor Kirchner hubiese tenido que insistir una vez más en aquello del estado nervioso de los oligopolios de la comunicación, y tal vez ahora de sus mandatarios, la dizque oposición. Fíjense ustedes que hasta el descenso de River a la categoría B Nacional del fútbol argentino está siendo utilizado como munición contra el gobierno: el viernes pasado, el diario Clarín sostuvo en primera plana que el partido que jugaron el domingo el finalmente descendido y el equipo cordobés se llevaría adelante con público, por decisión gubernamental; de modo tal que, ayer, Ricardito pudo decir, otra vez en tapa del mismo diario, que fue Cristina la responsable de los disturbios acaecidos, una vez más como consecuencia del irresuelto panorama de vandalismo que envuelve al más popular de los espectáculos argentinos, responsabilidad de su propia dirigencia y no de las autoridades constitucionales del país.
La respuesta sistémica de la Argentina oligárquica es descarada, y la impunidad de la palabra prohijada por Magnetto y sus secuaces fue de tal magnitud que un personaje de la calaña del colombiano que aspira a gobernar la provincia de Buenos Aires hasta se sintió protegido para insultar la memoria de un ex presidente fallecido y los sentimientos íntimos de su familia.
Néstor tenía razón, están nerviosos; pero semejante estado mental no necesita de psicofármacos, requiere urgente un aluvión de votos para cerrarles la boca.<

Tiempo Argentino

29/06/2011 Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , | Deja un comentario

Elecciones porteñas: La relación entre la derecha y los humildes


Publicado el 29 de Junio de 2011

Por Enrique Martínez Presidente del INTI.

La política moderna es, si se quiere, el escenario donde pujan quienes quieren que todo quede como está y quienes reclaman cambios, para conseguir la adhesión de fracciones de la clase media.

El sistema económico vigente, en todas sus versiones a lo largo de la historia, incluso el neoliberalismo o el presente neodesarrollismo, construye diferencias de poder y de perspectiva individual entre los ciudadanos, que se amplían con el tiempo. En términos políticos, llamamos “de derecha” a quienes están satisfechos con el entorno y consideran que la condición de ganadores o perdedores en este reparto es en definitiva una cuestión de cada uno, de sus aptitudes o de su vocación de esforzarse. Con más propiedad deberíamos llamarlos “conservadores”, porque creen que debe mantenerse todo como está en términos institucionales y de política y que quienes debemos adaptarnos, si algo no nos gusta, somos los ciudadanos.
Por supuesto, los grandes ganadores, los propietarios de tierras o de bienes importantes, o los que llevan adelante grandes negocios, suelen ser conservadores. Justamente, como una paradoja permanente del mundo en que vivimos, los conservadores, por ser los beneficiarios de la concentración de riqueza, no son suficientes en número como para ganar una elección. Necesitan de otros sectores sociales si es que quieren imponer sus ideas a través de los canales democráticos. Necesitan sobre todo que la clase media adhiera a su mirada.
La política moderna es, si se quiere, el escenario donde pujan quienes quieren que todo quede como está y quienes reclaman cambios, para conseguir la a-dhesión de fracciones de la clase media. En los pueblos pequeños, donde la influencia de los grandes terratenientes es decisiva, los conservadores establecen la cultura del lugar, de la cual forma parte una relación entre patrón – empleado que no tiene ni necesita intermediarios.
A medida que las ciudades son mayores, el vínculo entre los más poderosos y los más humildes se va haciendo más lejano, quedando intermediado por instituciones políticas, sociales, educativas de todo tipo. Aparece allí con fuerza central la clase media: aquella fracción que ha llegado a un estatus personal y familiar que satisface buena parte de sus expectativas, aun cuando tenga en distintos grados de cercanía la posibilidad de ser pobre, como una amenaza existencial.
El desafío para la derecha consiste en sumar a parte de la clase media a pensar que la inercia capitalista le asegura bienestar y el problema para quienes están mal son ellos mismos. A su vez, el desafío progresista es agregar equidad al tejido social sin asustar a la clase media, sino por el contrario mostrando todo lo que el conjunto gana con ello.
El viernes pasado, en mi columna anterior, señalé que en la Ciudad de Buenos Aires la derecha ha conseguido que una parte importante de la clase media se considere satisfecha y que tema que sus expectativas sean lesionadas por atender a los más humildes. Frente a este argumento, desarrollado en esa nota, alguien puede creer que es contradictorio con esa idea el hecho que Mauricio Macri en 2007 consiguió triunfar en los barrios más pobres de la Ciudad.
No sólo no es contradictorio sino que eso confirma mi tesis. En efecto, la población con necesidades básicas insatisfechas en los barrios más pobres de la Ciudad es entre el 20 y el 23% de cada lugar. No es esta la fracción que decide una elección sino el 80% restante. La política del miedo a perder o a no tener porque se le da a otro –lo esgrimido por la derecha– rinde más de sus perversos frutos cuando los sectores medios están en contacto cotidiano con los excluidos. Eso es justamente lo que pasa en el sur de la Ciudad.
El comportamiento de los habitantes de los monoblocks linderos al Parque Indoamericano, cuando hace unos meses se produjo la toma de parte del predio, no es extraordinario ni sorprendente. Por el contrario, es de esperar que sean esas personas quienes rechacen en forma más directa la instalación de gente con necesidades básicas frente a sus ventanas.
La administración de esos escenarios es para la derecha tan natural como lo era la distribución de los botes salvavidas del Titanic para sus pasajeros de primera clase. Primero, los que puedan de nosotros, el resto que se arregle.
El problema lo tiene quien quiera que suceda otra cosa. Siguiendo con la figura del trans-atlántico, su primera obligación es asegurar que haya botes para todos. Sólo después puede buscar que haya comida y mantas para todos o que nadie se lleve consigo un peso innecesario, que ponga en peligro a los demás.
En la política es muy parecido. Si queremos que los excluidos y los humildes estén mejor, no puede instalarse la idea que eso será a expensas de la clase media, objetivo pretendido por la derecha. De suceder eso, los humildes se quedarán donde y como están hoy.
De la clase media emergen poderosos intelectuales; generosos idealistas y a la vez cínicos defensores del statu quo. De cual de las tendencias domine depende la capacidad de articular al interior del tejido social, logrando que crezca el convencimiento que hay solución para todos.
Por primera vez, creo que una consigna de Perón ha perdido vigencia tal como está formulada. Aquello de “esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie” era válido para una situación de extrema crisis. Hoy corresponde afirmar sin dudar que “esto lo arreglamos entre todos y será bueno para todos”, sin poner siquiera como hipótesis que puede haber soluciones parciales a los problemas sociales, que no satisfagan a todos a la vez, a quienes hoy tienen y a quienes no. De lo contrario, Macri se pondrá la gorra de capitán del barco que se hunde, tocará el silbato y la clase media correrá a ocupar los botes escasos, que están más cerca de su cubierta. <

Tiempo Argentino

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