America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

EXTRACTO EXCLUSIVO DE “GRANDES HERMANOS”, DE EDUARDO ANGUITA


Capítulo 8: “Al rojo vivo”

PARA ALGUNOS VIEJOS MILITANTES que los pasaron en la calle, esas jornadas tenían el sabor de luchas pasadas. O de lecturas tales como Los diez días que conmovieron al mundo. Si John Reed -el escritor comunista norteamericano, no el banquero- hubiera vivido los últimos días del 2001 en Buenos Aires, y no octubre de 1917 en San Petersburgo y Moscú, hubiera relatado escraches a políticos corruptos, asambleas populares con propuestas de participación, palazos a Madres de Plaza de Mayo y asesinatos policiales a manifestantes en vez de los soviets repiqueteando contra el poder zarista.
Para los curtidos operadores de los años de corbata y democracia que vieron el desborde popular desde altas ventanas mientras hacían zapping, todo tenía el swing de Francis Coppola en Apocalypse Now. Para ellos, las gargantas ardientes y los llantos de los manifestantes sólo tenían sentido cuando los resignificaban en el discurso de lo posible. Aunque fuera falsete y decadente.
La política salió a la calle en el verano del 2002 y a los operadores políticos del establishment no les gustó nada. Los canales de televisión habían mostrado tanto sus caras que empezaron a taparse y a esconderse, a maldecir tanta exposición. Los productores de los programas empezaron a cambiar sus agendas: en vez de los teléfonos celulares de los voceros o agentes de prensa de diputados o ministros, empezaron a recorrer guardias de hospitales, fábricas autogestionadas, comedores populares y líderes piqueteros. Los medios empezaron a construir héroes anónimos, historias mínimas de desocupados o madres solteras. Caras cetrinas, manos callosas o carritos de cartoneros reemplazaban los elegantes gemelos y los análisis de salón. Mientras las asambleas populares y los piquetes mostraban viejas y nuevas caras poco frecuentadas por los medios, los encuestadores se impresionaban con el prestigio popular ganado por los dirigentes que se habían quedado afónicos gritando contra el modelo. Víctor De Gennaro y Luis D’Elía irrumpieron como los sindicalistas y líderes populares más respetados. Luis Zamora y Elisa Carrió desbordaban de imagen positiva. La cronología de los hechos de palacio de esos días es confusa y poco estimulante, aunque necesaria. El 20 de diciembre renunció De la Rúa, viajó en helicóptero a ninguna parte mientras Domingo Cavallo se refugiaba en alguna estancia patagónica. Al día siguiente, el misionero Ramón Puerta -que encabezaba el senado desde la renuncia de Chacho Alvarez- se encontró con la presidencia y los medios decían que era un play boy. El 23 de diciembre, el puntano Adolfo Rodríguez Saá se cruzó en los planes del gobernador bonaerense Carlos Ruckauf y del senador Eduardo Duhalde -apoyados por Raúl Alfonsín- y fue proclamado presidente por la Asamblea Legislativa. Entonces Rodríguez Saá anunció el default y de inmediato creó el argentino, una nueva moneda. Nombró al ex intendente de la Capital, Carlos Grosso, como asesor y los cacerolazos lo hicieron renunciar en el acto. Grosso era casi un paradigma de la corrupción política. Rodríguez Saá aclaró que llamaría a elecciones en marzo y los partidarios de Elisa Carrió se abrazaban: la chaqueña estaba primera en las encuestas gracias a su discurso opositor a De la Rúa y a desnudar cómo algunos poderosos habían lavado dinero en los últimos años de Menem. Pero el 30 de diciembre, en una reunión de gobernadores convocada en Chapadmalal por miedo a los escraches, Ruckauf se levantó y dijo me voy a mear. En realidad el gobernador se subió al helicóptero que, esta vez, se dirigía al poder. Rodríguez Saá caía ese mismo día, con amenazas de muerte extensivas a su núcleo familiar. El último día del año, el presidente fue el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, quien allanó el camino para que, el 2 de enero, la asamblea legislativa votara a Eduardo Duhalde para ocupar las oficinas de la Casa Rosada. Enseguida desmintió el default. El 6 de enero, el nuevo equipo de gobierno -con apoyo radical y del Frepaso- anunciaba el abandono de la convertibilidad.
Al default fallido se le agregaban cuatro años de recesión, una distribución del ingreso cada vez más regresiva y una desinversión alarmante. El fantasma de la hiperinflación completó un cuadro que llevó a los expertos a buscar similitudes con la República de Weimar en la Alemania de los años 20, cuando la gente llevaba billetes en bolsas para hacer las compras. Algunos empezaron a buscar similitudes en las profecías de Nostradamus. La devaluación puso al descubierto todos los males que había escondido la década del menemismo. La mayoría de las empresas de producción y servicios enfrentaba un cuadro complejo: desfinanciamiento, disminución del mercado, falta de planes y previsiones. La imposibilidad de transferir dinero por el corralito y el aumento del dólar provocaron una parálisis en las empresas que llevaron a no pagar sus deudas. La cadena de pagos está rota, decían, y con razón. Pero muchos se habían endeudado mientras los gerentes de los bancos les advertían que tomaban whisky en la cubierta de un velero que se deslizaba hacia las cataratas. Los créditos que tenían estaban atados a condiciones severas, en general respaldados por los activos de las mismas empresas. Ya no estaba el Estado benefactor que salía de garante de operaciones financieras irresponsables. Ya no resultaba fácil esperar que una inflación licuara las deudas. Ahora, el sistema financiero internacional imponía condiciones más rígidas.
En el nuevo escenario, la posibilidad del quebranto significaba que los acreedores se quedarían, sin más, con la empresa deudora.

LOS MEDIOS ESTABAN AL ROJO VIVO. Desbordaban de información sobre la bronca social en los títulos, fotos y debates. Habían virado al rojo social y político. El periodismo de actualidad y de compromiso recuperaba un espacio perdido en la pantalla. El medio que más crecía era la radio, todo el mundo quería informarse y los programas abrían micrófono a la opinión de ahorristas, asambleístas, vecinos indignados y apaleados. Los diarios, que siempre tratan de titular con notas de color, deporte o espectáculos, no se corrían ni un milímetro del conflicto social. En los cierres, el fútbol, el cine o la ciencia eran noticia de otro planeta.
El rojo de la sangre y de la bronca no estaba solo. Los multimedios tenían unos rojos financieros tan elevados que sus dueños y operadores entraron en fase de emergencia. En los primeros meses del año, el riesgo de quiebra de las grandes empresas periodísticas no era tema de debate público; sin embargo, era parte sustancial de la agenda del poder.
Desde el comienzo de la devaluación, las empresas privatizadas en manos extranjeras entraron en cesación de pagos. A su vez, la mayoría de los medios habían acumulado pasivos en dólares que los desbordaban en el nuevo escenario de achicamiento.
El Grupo Clarín tenía una parte de sus deudas en dólares -alrededor de 1.500 millones- y otra parte en pesos -otros 1.500 millones-. Dado que tenía la totalidad de sus ingresos en pesos, la parte de la deuda en dólares se multiplicaba a medida que el dólar aumentaba. Multicanal tenía vencimientos para el 1° de febrero de 2002. Su endeudamiento era el arrastre de los años de competencia con Cablevisión y Supercanal, cuando estas empresas compraban la cartera de los pequeños operadores de cable a precios inflados y las sospechas se centraron en la necesidad de hacer operaciones financieras destinadas a blanquear dinero.
Algunas de las empresas del Grupo Uno habían entrado en convocatoria de acreedores dos años atrás, en marzo de 2000. La primera en no cumplir con sus obligaciones financieras fue Supercanal y su presidente, Daniel Vila, había cargado la responsabilidad al Grupo Clarín, argumentando que Multicanal -con el 20% de las acciones de Supercanal- trababa las negociaciones de salvataje llevadas a cabo por José Luis Manzano con operadores financieros externos. Según Vila, Clarín quería forzar las cosas para comprar barato. Por entonces, la situación del Grupo Uno estaba muy comprometida. A fin de aquel año, mientras Clarín ofrecía quedarse con Supercanal a cambio de la salida de Daniel Vila, José Luis Manzano negociaba con el fondo Hicks, Raúl Moneta y Carlos Avila para conformar una nueva sociedad que ingresara al Grupo Uno para aliviar la situación financiera. Sin embargo, no sucedió ni una cosa ni la otra. Vila y Manzano siguieron maniobrando y el juez nunca decretó la quiebra. Ni Clarín ni Moneta ni el Grupo Hicks, de momento, pudieron con ellos.
La pantalla de Cablevisión también viraba al rojo a principios de 2002. La empresa, en manos de capitales extranjeros (el fondo Hicks y el grupo Liberty) acumulaba una deuda de 475 millones de pesos. Los balances de esa empresa -que habían sido siempre positivos desde principios de los ochenta- empezaban a ser negativos.
En síntesis, cambiaba la ecuación de los grandes operadores de televisión por cable. Tenían sus contratos con proveedores externos en dólares y con ingresos por publicidad y abonos en pesos. Para colmo, comenzaba una lenta deserción de suscriptores y una caída de ingresos publicitarios.
El resto de las empresas de medios también enfrentaba problemas financieros. América había acumulado deudas por alrededor de 50 millones de dólares y estaba en convocatoria de acreedores. Su presidente, Carlos Avila, tenía una preocupación extra: en diciembre de 2002 vencía la licencia del canal y las posibilidades de renovación eran casi nulas si no pagaba las deudas.
Crónica enfrentaba problemas financieros tanto en el diario como en su canal de noticias; estaba concursada y acumulaba pedidos de quiebra. La Nación sumaba deudas por casi 100 millones de dólares. Telefé sumaba deudas millonarias con las productoras de contenidos, especialmente con Ideas del Sur de Marcelo Tinelli. Canal 9 tenía un pasivo más manejable, de alrededor de 14 millones de dólares y de 40 millones de pesos, pero como el resto, mes a mes, arrojaba déficit en el manejo operativo.
El fin de la convertibilidad dio a luz un largo proceso. No había sido el descuido de un empresario audaz o de un gerente de programación gastador. Las empresas de medios corporativas habían sido parte del poder en los años del menemismo. Ahora no había condiciones de mercado ni respaldo financiero. En el horizonte no quedaban muchas alternativas.

LA PRIMERA TABLA DE SALVACIÓN era hacer lobby con el gobierno de Duhalde. En el nuevo escenario, José Luis Manzano jugó un papel destacado. Por un lado era accionista del Grupo Uno, por el otro, guardaba las mejores vinculaciones. Desde principios de 2002 abandonó el perfil bajo que había cultivado y comenzó a tensar su capacidad de resolver conflictos en los contornos del poder. Sus amigos estaban por todas partes: en el bloque de Diputados peronistas, en el Ministerio del Interior, en la SIDE, en la Corte Suprema de Justicia, en el Episcopado. Había influido en varios nombramientos hechos por Duhalde y a la vez mantenía buenas relaciones con Menem. Ahora, la disputa entre el Grupo Uno y Clarín pasaba a un segundo plano. Magneto y Manzano entablaron un trato más que cordial y amistoso. La capacidad de lobby de Clarín con Manzano de socio aumentaba significativamente.
El gobierno de Duhalde necesitaba tomar medidas para frenar el colapso. En enero de 2002, mientras la feria judicial evitaba una catarata de pedidos de quiebra, los legisladores de diferentes bloques se peleaban sentados sobre un polvorín. El mismo 6 de enero, el Congreso sancionó la ley de Emergencia Pública (de quiebras), conocida como ley Clarín.
La pulseada en la trastienda del esa ley era muy fuerte. El FMI quería allanar el camino para provocar el descalabro de las empresas. El organismo financiero no se limitó a hacer auditoría de gastos del Estado o reprogramación de vencimientos de la deuda pública. Sus funcionarios, directamente, propiciaban un marco legal para que las empresas y particulares endeudados no tuvieran red. La supuesta intromisión del FMI no obedece sólo a la furiosa ortodoxia de los economistas del organismo internacional. El entramado de intereses financieros de los noventa alimentó el endeudamiento de las empresas. Ese endeudamiento contó con bancos extranjeros pero también con operadores locales. Fue el modelo que permitió a Carlos Menem fortalecer a los grupos económicos aliados. En los medios de comunicación ese entramado tuvo como actor principal al CEI. Una vez absorbido el CEI por Telefónica de España, quedaron Raúl Moneta y el Fondo Hicks con los recursos suficientes como para asumir un rol protagónico en la propiedad de los medios, sobre todo si se imponía la ortodoxia del FMI.
En el debate de la ley de quiebras había un punto ríspido, conocido como cram down. Se trata de un proceso vertiginoso en el proceso de quiebra de una empresa. Es el que permite a los acreedores quedarse con los activos de los deudores. Este modelo virulento es opuesto a los procesos tradicionales que permiten a los jueces manejar el concurso de acreedores a través de síndicos, para dar una oportunidad a los dueños y evitar el cierre de una fuente de trabajo o su traspaso de manos. Figuras como el cram down surgieron en la legislación por la presión de los capitales financieros internacionales. Con el proceso de privatizaciones, con la virtual desaparición de los Estados como árbitros y negociadores entre partes, los capitales financieros tomaron más recaudos. Los ortodoxos del capital financiero internacional saben que su aliado político principal es Carlos Menem, el arquitecto de ese proceso en la Argentina, logrado con el aval de haber ganado dos elecciones consecutivas. acostumbrado a un Estado que asumía las deudas privadas, el grupo Clarín confió en su capacidad de lobby para evitar un horizonte manejado por los ortodoxos aliados del FMI. Los titulares de tapa, por entonces, lo reflejaban muy bien. Cuando la diputada Alicia Castro se envolvió en una bandera norteamericana durante el debate de las leyes de quiebras y de subversión económica (la otra ley cuya derogación exigía el FMI), Clarín parecía el mejor aliado de la diputada de centroizquierda. Lo mismo con Elisa Carrió o hasta con Zamora. En la confusión y la crisis, defender a las decenas de miles de propietarios con las casas hipotecadas se asemejaba a proteger a las grandes empresas cuyos gerentes financieros sabían perfectamente qué riesgos tomar o, lo que es más grave, en algunos casos cómo fraguar deudas con autopréstamos.
Clarín tenía un interés principal en que la ley de emergencia eliminara el cram down. Pero el Congreso, como tantas otras veces, pateó la pelota para adelante. Postergó la ejecución de los juicios a los deudores por 180 días (que vencía en agosto de 2002), con lo cual las empresas deudoras tenían seis meses para buscar nuevas maneras de negociar. Por otra parte, para no hacer una pelea frontal con el FMI, la ley de emergencia económica dejó como estaba la figura del cram down. De este modo, después de pasados 180 días, podrían sobrevenir ejecuciones rápidas y cambios de dueños de las empresas. Clarín quedaba con la espada de Damocles sobre su cabeza.
Pocas semanas después, Duhalde alivió a las empresas deudoras. El 4 de febrero, por decreto (214/02) pesificó las deudas en dólares. El ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, anunció que los bancos oficiales tomarían la relación un dólar – un peso (y no 1,60 como valía en el mercado) las deudas en dólares contraídas por empresas privadas. El mayor volumen correspondía a deudas con el Banco Provincia. Para el Grupo Clarín fue un alivio: Multicanal tenía una deuda de cientos de millones de dólares que quedaba pesificada. Por supuesto, la pesificación significó una transferencia de ingresos de toda la sociedad al sistema financiero y a las empresas beneficiadas.
La batalla era contrarreloj. Las medidas se tomaban mientras regía la feria judicial. No bien abrieron los tribunales, se presentaron los primeros acreedores para pedir la quiebra de Multicanal.
En abril, Duhalde tomó la segunda medida que benefició a los grandes deudores. Por decreto (318/02) vetó dos artículos de la ley de Emergencia. Uno de ellos, precisamente, referido al cram down: los acreedores no podrían hacerse cargo de la empresa mientras durara el concurso. La medida parecía un desafío directo al FMI: ante la crisis, Duhalde resultaba un defensor de los intereses nacionales. En realidad no era más que el intento de maniobrar entre los intereses de los grandes deudores y el FMI.
A fines de abril, la calificadora de riesgo Standard & Poors rebajó la calificación de Agea (Arte Gráfico Editorial Argentino), la empresa madre del grupo Clarín: había vencido la primera cuota de capital e intereses de Obligaciones Negociables por valor de 62 millones de dólares. La flexibilidad de Agea está seriamente afectada por el citado incumplimiento, señalaba el informe. Hasta fin de 2002 tenía otros vencimientos 265 millones de dólares. En el grupo Clarín no pasaba desapercibida la vinculación de Daniel Hadad con Standard & Poors: la titular de esa calificadora de riesgo, Viviana Socco, es su esposa y, además, fue su socia en la compra de Radio 10. Cuando tres meses después la sociedad Hadad – Sokolowicz compró Canal 9, Standard & Poors subió la calificación del ese canal.
Por entonces, el director para el Hemisferio Occidental del FMI, Claudio Loser, enviaba al gobierno de Duhalde un ultimátum reclamando el veto total a la ley de quiebras, una ley que agrede al sistema bancario y perjudica la cultura del crédito en el país. Detrás del FMI, los capitales financieros buitres esperaban una nueva oportunidad. En los noventa habían armado la ingeniería del endeudamiento. Ahora, con unos pocos dólares saldrían a comprar empresas. Detrás de las medias palabras de Duhalde, el establishment argentino ponía sus fichas para intentar artilugios legales y evitar la debacle.

LOS POLÍTICOS EN SUS DESPACHOS, seguían día a día el alineamiento de los medios. El senador Luis Barrionuevo, que controlaba parte del gabinete de Duhalde, acusaba a José Luis Manzano de ser el lobbysta de Héctor Magnetto con quien, según Barrionuevo, cenaba casi todas las noches. La diputada Elisa Carrió recibió el llamado de un periodista del diario Clarín, no era para pedir información sino para pedirle una reunión con un miembro del directorio. -No, por favor, que llamen al despacho y pidan una audiencia; no mezclemos las cosas -contestó la diputada.
Las tapas, los títulos de Clarín y los centímetros de artículos respondían a la lógica de la estrategia política y financiera del grupo. La relación entre los medios, los periodistas y los políticos se convertía en un terreno indiferenciado. A fines de abril, el precandidato presidencial Adolfo Rodríguez Saá salió al aire en Cadena Tres, una radio cordobesa. El tono del diálogo es ilustrativo de lo que sucedía en tantos otros medios.
-(El precandidato presidencial, aliado a Duhalde, José Manuel) De la Sota quiere anclaje del dólar… -dijo el entrevistador en un momento.
-Ahora, después que Duhalde devaluó y licuó los pasivos del Clarín -contestó Rodríguez Saá.
-¡Ah! ¿Clarín es la razón de todo esto?
-Clarín es parte importantísima de la licuación de los pasivos de la Argentina, 4 mil millones.
-¿Y qué tiene que ver De la Sota con Clarín?
-Pero mire lo que.
-Bueno, no sabemos.
-Mire las páginas enteras que tiene en Clarín, fíjense cuando sale Rodríguez Saá, o me ponen Fernando o Alberto; a mí todo el país me dice Adolfo. Yo voy por la calle en cualquier lugar del país y me dicen.
-Bueno, a De la Sota le ponen Juan Manuel, no le aciertan con el nombre tampoco, me parece que tienen un problema de gente que cambia los nombres, pero usted tiene mucha influencia en este momento, está en Cadena Tres que no es poca cosa, sino que.
-Los debo felicitar porque ustedes han transformado la radio de la Argentina con esta espectacular cadena.
-Pero, oiga, vamos a tener que dar explicaciones ahora si no tenemos algún negocio con usted, porque si De la Sota sale mucho en Clarín porque tiene un negocio en Clarín usted podrá tener un negocio con nosotros.
-Es la primera vez que vengo.
-Es la primera vez que viene. Pero a (el programa televisivo de Mariano) Grondona ha ido un par de veces, ahí tiene mucha pantalla…

DUHALDE NO IBA A ENFRENTAR AL FMI. Necesitaba reprogramar los vencimientos de las deudas. Quería evitar el default. En mayo, las cosas fueron distintas. Primero viajó a Buenos Aires la misión del FMI y se reunió con legisladores de las diferentes bancadas. Luego Duhalde fue a la Cumbre de mandatarios de la Unión Europea y el Mercosur en Madrid. Allí llevó el decreto de modificación de la ley de quiebras tal como lo quería el FMI. La nueva norma abría el camino a los acreedores para hacerse cargo del paquete accionario de las empresas quebradas. Lo habían votado los legisladores justicialistas mientras que los radicales habían dado su apoyo en general, como se dice en la jerga legislativa para no quedar completamente impregnados con decisiones de consecuencias imprevisibles para la sociedad argentina.
-Duhalde ya no es el presidente -advirtió Elisa Carrió para graficar que la autonomía del gobierno argentino era inexistente.
Sin embargo, la decadencia todavía reconocía matices, recovecos. La nueva modificación de la ley de quiebras extendió el período de excepción por 180 días a partir de su promulgación. Esto era patear la pelota adelante, hasta mediados de noviembre, con la expectativa de que el FMI otorgara, antes de vencido el plazo, una reprogramación de la deuda para evitar el default. Además, el Grupo Clarín lograba también una salida por la tangente: los legisladores patrocinaron un proyecto de ley de Defensa del Patrimonio Cultural. Eso sería la exclusión encubierta del cram down para las empresas de producción de bienes culturales y de medios de comunicación de capitales nacionales. El proyecto declaró bajo resguardo el patrimonio cultural, pero curiosamente también a las empresas de medios de comunicación. En el caso de estos últimos fijó un tope del 30% al capital accionario extranjero. Más coincidencias: Clarín tiene un socio extranjero con el 18% de las acciones. El proyecto de ley era un traje a medida ya que el resto de los grandes grupos tienen mucha más participación externa.
En los meses siguientes, las páginas de Clarín estuvieron abiertas para que legisladores de las comisiones de Cultura y Comunicación, o funcionarios y ex funcionarios de la Secretaría de Cultura de la Nación, salieran a predicar la necesidad de preservar la cultura nacional. Desde ya, mencionando leyes similares existentes en España, Venezuela y México. Argumentos razonables pero que deberían entrar en un debate mucho más amplio, con la participación de otros que, por ejemplo, no gozan de los privilegios de Papel Prensa y son industria nacional. Debería contar con la participación de radios alternativas a las que siempre se les prometió asistencia para ampliar el espectro de voces. Y de los sindicatos y asociaciones de trabajadores de medios, muchos de los cuales producen medios de comunicación alternativos con excelentes profesionales; sin embargo, son sistemáticamente boicoteados por la gran prensa argentina.
El gran problema de identificarse con lo nacional es que se tocan fibras de muchos otros actores que viven en el mismo país pero no tienen por qué dejar que su voz sea la de los grandes medios de comunicación. Desde ya, es lícito que una empresa defienda sus intereses. Lo que no es ético es pervertir el mensaje y darle al lector algunos elementos informativos ocultando otros.
En su ensayo Cómo informar mal, el académico de la Universidad Complutense de Madrid, Felicísimo Valbuena, dice:

Lo que está en juego cuando hablamos de informar es el poder. No sólo el que los directivos tienen sobre los periodistas a la hora de decidir qué publicar o qué tirar al clásico cesto de los papeles. También está en juego el poder de las audiencias. Si los públicos reciben instrucción a diario, sentirán que controlan cada vez más su ambiente, el miedo no se apoderará de ellos y las instituciones tendrán cada vez más respaldo. 

EN ESE CLIMA Y CON MENSAJES DISTORSIONADOS, se produjo una nueva batalla por la recomposición de la propiedad de los medios. Consecuentemente, la programación y los contenidos periodísticos resultaron afectados por la interferencia de los dueños de los medios en niveles desconocidos durante los años que siguieron a la dictadura militar.
La influencia de José Luis Manzano en el entorno de Duhalde, así como de jueces y legisladores, permitió el desembarco del Grupo Uno en el multimedios construido por Carlos Avila.
Primero, Vila y Manzano se quedaron con el semanario La Primera -fundado por Hadad y luego cedido a Avila- y con El Gráfico -que había pasado de manos de Constancio Vigil a las de Avila cuando ambos eran socios en el CEI-. La llegada de Manzano fue espectacular. En 4 por 4 de vidrios oscuros y un coche de custodia. En la redacción muchos se preguntaban cómo podía ser que los nuevos administradores tuvieran pedidos de quiebra por deudas de otros medios y al mismo tiempo pudieran hacerse cargo de ésos, que a todas luces dejaban déficit operativo.
Poco después, en agosto de 2002, el Grupo Uno llegaba a América. Cuando anunciaron la llegada de la dupla Vila – Manzano, en los pasillos del canal susurraban que Manzano tenía el compromiso de Duhalde para prorrogar la licencia de ese canal por 10 años más. El vencimiento estaba muy cerca: en diciembre de 2002.
El diario Clarín, olvidando los duros enfrentamientos con el Grupo Uno de un año y medio atrás, informaba sobre la nueva conformación del Multimedios América que presidiría Carlos Avila. Ese multimedios no existiría nunca. Avila buscaba a Manzano como salvador. La noticia estaba hecha a la medida de la buena relación entre Magnetto y Manzano.
Las cosas no eran muy prolijas. En defensa de los acreedores de Supercanal y de otras empresas concursadas del Grupo Uno, el juez de la quiebra no debería haber autorizado la participación de Vila y Manzano en América. El Comfer también debería haber tomado cartas. Nada de eso. Tampoco quedó claro si los nuevos socios habían invertido en la sociedad. Se suceden las versiones acerca de la participación -nunca desmentida- de Raúl Moneta. Para levantar los pedidos de quiebra de América, de algún lado deberían salir alrededor de 50 millones de dólares reclamados por los acreedores. Si no sucedía eso antes de fin de año, la situación de América sería insostenible.
La programación de América cuenta con la mayor cantidad de programas y periodistas dedicados a la investigación. La situación de tensión por la que atravesaban resultaba sumamente curiosa. Cuando el Congreso votó que no se llevaría adelante el Juicio Político a la Corte Suprema de Justicia, el mismo Daniel Vila se ocupó de decirles a los periodistas que la posición del canal era: un caso cerrado en la política era un caso cerrado periodísticamente. Los productores y conductores de algunos ciclos tomaron eso como la posición de uno de los directivos; sin embargo, en condiciones normales eso es una intromisión en la libertad de expresión.
En medio de tanta bruma, al menos dos cosas llamaban mucho la atención. La primera era que la capacidad de acercamiento y negociación de Manzano resultaba digna de la mejor trama de una novela de intrigas. Mantenía magníficas relaciones con Magnetto, superando las viejas disputas entre el Grupo Uno y Clarín. A su vez, había sido nombrado directivo de América sin poner plata. Para más sorpresas, Raúl Moneta se había ocupado de decir -por su propia boca, en el programa Periodistas- que tenía inversiones en televisión y los entendidos sabían que se refería precisamente a América, donde ahora llegaba Manzano. Es decir, Magnetto y Moneta, enfrentados desde hacía años, seguían manteniendo vínculos. Esta vez a través de Manzano. Los grandes competidores compartían la mesa cuando era necesario.
El segundo punto llamativo de la llegada de Vila y Manzano a América era que la mayoría de los periodistas de ese canal se habían destacado en Página/12, el diario surgido menos de 15 años atrás como la expresión de rechazo a los grupos de comunicación tradicionales. Es preciso aclarar que los periodistas no tuvieron nada que ver en esas negociaciones. Lo difícil de prever es la dualidad de un canal cuyos empresarios operan con grandes irregularidades mientras que el staff periodístico tiene su mayor capital en su trayectoria de honestidad y en la denuncia de la corrupción en la Argentina. Una combinación que no debería permanecer por mucho tiempo. Es evidente que la credibilidad de los comunicadores es útil a los empresarios, más allá de las diferencias ideológicas que exista entre unos y otros. Pero también está claro que existe un choque entre la ética periodística y los manejos empresarios oscuros. En general, en las empresas privadas, sin respaldo de instituciones fuertes que defiendan la ética periodística, la batalla la ganan los empresarios con el simple trámite de reemplazar programas, conductores o productores.

A PRINCIPIOS DE NOVIEMBRE, los periodistas de un programa de América comenzaron la investigación de una nota que, en esta Argentina, resultaba rutinaria. Sobre un decreto presidencial que involucraba a las empresas mineras y petroleras. La historia valía la pena. En el marco del corralito, y apenas dos semanas antes de su caída, De la Rua firmó un decreto de necesidad y urgencia impulsado por Domingo Cavallo que obligaba a las empresas de ese sector a liquidar el 100% de sus exportaciones en Argentina; alrededor de unos 4.000 millones de dólares, fundamentales para mantener las reservas del Banco Central en medio de la crisis. Fue el 6 de diciembre de 2001. El lobby empresario contraatacó y logró que De la Rúa firmara un segundo decreto, una semana después, que disponía lo opuesto: petroleras y mineras debían liquidar las divisas del 30% de esas exportaciones y podían dejar el resto de los dólares en el exterior.
Meses después, estando Duhalde en el gobierno, un ejecutivo del Banco brasilero Bradesco tenía que realizar una liquidación de exportaciones petroleras y pidió a sus asesores legales un informe sobre el marco de liquidación de exportaciones. Como ambos decretos estaban firmados, le dijeron que un decreto no anulaba el otro, que sólo una ley hubiera anulado el primer decreto, el que obligaba a la liquidación del 100% de las divisas en Argentina. Bradesco llevó el tema al Banco Central que dictaminó a favor de la liquidación del 100% en Argentina. De inmediato, las empresas petroleras reclamaron y el expediente pasó al procurador general del Tesoro, Rubén Citara, quien ratificó la decisión del Banco Central.
Los periodistas preparaban un informe sobre el tema que no parecía cuestión vital para América. Sin embargo, el planteo fue tajante:
-No, muchachos, no pueden avanzar con ese informe.
-¿Por qué? -preguntaron intrigados.
-Porque en ese tema se está jugando el futuro del canal y de varios medios.
Los periodistas no pudieron dar el informe pero recibieron una explicación impactante.
-El gobierno va a echarse atrás. Va a permitir que liquiden sólo el 30%.
A cambio, según los directivos de América, las empresas del sector crearían un fondo fiduciario en la sucursal Nueva York del Banco Nación por unos 400 millones de dólares destinado a crear un hospital de empresas de medios. La operación financiera resultaba tan sorprendente como compleja. Ese fondo sería otorgado como créditos a las empresas del grupo Clarín, a las del Grupo Uno, a La Nación y a América entre otros. A su vez, el Estado emitiría una serie de bonos que las empresas periodísticas comprarían a valor de mercado y esos bonos servirían para rescatar las Obligaciones Negociables en manos de sus acreedores. El cálculo era que el Estado absorbería el 100% de las deudas y que los bonos a valor de mercado no costarían más que el 25% del valor nominal. Dado que ese dinero lo ponían las empresas petroleras, los medios se sacarían de encima los quebrantos inevitables sin poner dinero. En compensación, las petroleras contarían con la fidelidad de los medios en sus negocios.
Una licuación de pasivos. Una transferencia de recursos de toda la sociedad a favor de las corporaciones de medios. Esa operación financiera reemplazaría la ley de defensa del patrimonio de las empresas culturales, destinada al salvataje de los medios. Sin duda con mucho menos costo político: los legisladores no tendrían que debatir y, sobre todo, la sociedad no se enteraría de esta historia, al menos a través de los medios involucrados.
Según el directivo de América, esta idea habría sido pegeñada por Héctor Magnetto y José Luis Manzano -por el lado de las empresas de medios- mientras que el interlocutor entre las petroleras habría sido el presidente de Repsol YPF, Luis Cortina.
La publicación de esta información a través de los medios masivos hubiera producido el mismo impacto que les produjo a los periodistas, quienes se enteraron que, además, ellos no podrían brindarla a su audiencia, al menos por América.
Esta historia es suficientemente elocuente de lo riesgoso de informarse sólo a través de los medios de comunicación de las empresas periodísticas corporativas. Sobre todo si esas corporaciones tienen suficientes vínculos entre sí como para coordinar negocios y poder mantenerlos en reserva. Y si además interviene otro factor: son esas mismas corporaciones periodísticas las que impulsaron una legislación que produciría el cierre de cientos de radios FM (donde trabajan alrededor de 50.000 personas) que no tienen sus licencias debidamente otorgadas por el Comfer. Esas radios -algunas con permisos precarios y otras sin siquiera ellos- forman parte del tejido de pluralidad de voces que pueden contradecir a los multimedios o informar correctamente cuando en los medios corporativos las informaciones están teñidas o manipuladas por sus intereses empresarios.
Ya no se trata de privilegiar al lector o al televidente ante el conflicto de intereses entre la propiedad privada de los medios y el carácter público de la información. Se trata de maniobras de utilizar la información pública como moneda de cambio para defender los propios intereses. No sólo en contra de los intereses nacionales, ya que apañan la liquidación de divisas vitales para el país. También significa la creación de una agenda secreta de temas públicos. Es un fiasco para los lectores o televidentes que siguen a esos medios.
Por otra parte, como indican las investigaciones encaradas por Rafael Bielsa y Gustavo López, la legalidad de los medios es precaria y además el origen de muchos de sus fondos es de origen desconocido y podrían ocultar dinero sucio. El Estado, en vez de premiarlos con la licuación de sus pasivos, debería promover una seria investigación que termine con el castigo para los responsables de delitos y, en todo caso, el premio para las empresas periodísticas que actuaron correctamente.
El recuerdo de la perversa deuda externa tomada en los tiempos de José Martínez de Hoz debería estar presente en la memoria de los argentinos. En aquel momento, las empresas privadas también habían tomado créditos especulativos, generados por los petrodólares, que las llevaron a un estado de ahogo. En 1982, el entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, estatizó la deuda de esas empresas privadas. Por entonces, el ciudadano y militante Alejandro Olmos, inició una investigación que llevó a los tribunales federales para iniciar una querella a los responsables. Pasados 20 años, ese procedimiento judicial fue archivado y los expedientes terminaron en la Cámara de Diputados de la Nación. Casi como mandar a la bohardilla los papeles viejos. Olmos escribió un libro con su investigación antes de morir. Que su ejemplo sirva para algo.

A ESE MUNDO HABÍA LLEGADO SOKOLOWICZ cuando desembarcó en Azul de la mano de Daniel Hadad. Muy pocos años atrás estaba sentado en un barquito lleno de mística llamado Página/12. Es cierto, había participado de la creación de ese diario porque aceptaba dar la cara por una inversión que hacía otro. El dinero, entonces, procedía de un grupo de viejos militantes de los setenta que luego coparon el cuartel de La Tablada, un hecho que sacudió a la sociedad, que generó amplio rechazo y que dejó a Página/12 en una situación frágil. Sin embargo, Sokolowicz sobrellevó la parte que le tocó. En parte, por la solidez periodística de Jorge Lanata, por su empuje y su talento. Pero sin duda porque era una buena causa, porque los lectores lo pedían, porque quienes no leían Página/12 habían aprendido a respetar el diario.
Eran otros tiempos. Ahora, la crisis se comía un poco más los espacios institucionales que ya habían sido pisoteados. Ahora, la pobreza jugaba en contra. Pensar en los diarios o los canales cuando faltaban medicamentos y aumentaba la desnutrición infantil parecía un juego de idiotas.
Sin embargo, cada cual tenía que hacer su balance y su elección. Ahora Lanata estaba con problemas para respirar. Con esos nebulizadores de porquería que siempre dejan la sensación de que uno puede ahogarse en mitad de la noche. Además, Lanata estaba empeñado. En los dos sentidos: con dificultades en la revista Veintitrés, con deudas, pero también empeñado en seguir adelante como era cuando armó Página/12. Extrovertido, extravagante, exagerado. Pero no era un ex. Seguía siendo Lanata. Había hecho revistas como Ego, para mostrarse egoísta, egocéntrico, ego, solo. Pero se mostraba. Claro, siempre dando la impresión de que podía agarrar para cualquier lado, pero al final encaminaba más o menos de la misma manera. Y cuando salía al aire hacía el periodismo del que aprendieron muchísimos. No resultaba un buen maestro. Sin humildad ni ubicación. Eso, desubicado; por eso, años atrás, había pensado en hacer un diario de 12 páginas.
Sokolowicz había sido parte de ese proyecto. Tenía todavía parte de las acciones. Las otras las tenía Magnetto. Pero nunca lo habían hecho público. El punto fuerte de Página/12 era su credibilidad; el punto flaco, la falta de recursos económicos. El diario recibió distintas propuestas de apoyo. Como toda empresa, mantuvo sus secretos. Sin traicionar a sus lectores. Con miedos, pero el diario siguió. Y mejoró. Se repuso. Muchos decían que Sokolowicz era un empresario hábil. Callado. Con esa mirada comercial que los románticos generalmente no tienen, decían algunos.
En esa nueva etapa de la Argentina, Sokolowicz estaba sentado al lado de Daniel Hadad. El tipo que había empezado en el periodismo de la vereda de enfrente. En Radio Argentina, una emisora vinculada al Opus Dei. En Somos, la revista hecha por los Vigil en la época de la dictadura para ocupar el espacio de la derecha agresiva, diciendo que los desaparecidos estaban en Suecia o denunciando la cara marxista atrás de los curas tercermundistas. Después, Hadad escribía, con seudónimo, en El informador público. Un semanario armado para denunciar las corruptelas radicales; plagado de periodistas que tomaban café en el Florida Garden para intercambiar información con espías que años atrás habían sido agentes de inteligencia de la dictadura. Cuando Hadad creció como periodista tuvo su propio programa en América y se dio el gusto de entrevistar a Massera. Ya era una figura pública. Entonces le llegó la hora de ganar dinero, para eso contó con Alfredo Yabrán. Gracias a Menem, se quedó con la frecuencia de la ciudad de Buenos Aires. Pese a ser acusado de extorsionar para conseguir publicidad y dinero en negro, nadie lo delató. Ganó enemigos, claro. Quizá por eso, Hadad llevaba dos guardaespaldas al salir de la oficina para recorrer los pasillos de Canal 9. O tal vez se trataba sólo de una manera de sentirse coherente con el discurso de la seguridad y predicar con el ejemplo.
Se equivocaron quienes se sorprendieron con la llegada de Sokolowicz a Canal 9 de la mano de Hadad. Sus vínculos ya estaban bastante consolidados. Quizá durarían poco. Pero era por negocios, no por proyectos de credibilidad.
En las pocas entrevistas que fueron publicadas, Sokolowicz afirmó que buscaría una pantalla pluralista; incluso confiaba sumar a periodistas de Página/12 para ocupar un espacio en el nuevo Canal 9. Pero las cosas no se dieron. Llevó al noticiero a un periodista a quien había ayudado a ser vocero de María Julia Alzogaray quien, al poco tiempo, se tuvo que ir. La gente de Hadad no quería periodistas puestos por Sokolowicz en el informativo. De Página/12 no fue nadie al 9. El único que pasó unos días por la pantalla fue Carlos Polimeni, jefe de Espectáculos de Página/12, convocado por la gerencia de programación. A los pocos días se fue porque no quería ser el columnista de Mauro Viale.
La pantalla de Canal 9 se ponía muy parecida a Radio 10. Le sumaba imágenes. A cualquier hora había muchachos musculosos y chicas voluminosas, repletos de salud que se quedaban en unas tanguitas mínimas. Pese a que Hadad se declaraba siempre enemigo del discurso de la cumbia villera, el Canal 9 tuvo su bailanta los sábados donde se repetían las letras de los pibes chorros. El raiting mandaba. Además hubo ficciones cargadas de policías malos y ladrones malos. En los programas faltaron las ideas pero sobraron las malas palabras, las peleas en cámara de los conductores y de los invitados. En pocos meses, así, el Canal 9 de Hadad y Sokolowicz le ganó a América el tercer lugar en la guerra del rating.
Por otra parte, Sokolowicz se reunía con empresarios y les contaba que estaban negociando con Televisión Azteca de México y con otros grupos empresarios de medios. Sin embargo, los únicos en llegar fueron los socios locales. Primero un empresario de medicina privada. Después llegó Constancio Vigil, el mismo que jugaba al golf con Menem. El mismo que había tenido que dejar el directorio de Telefé cuando se supo que su Mercedes Benz estaba a nombre de un discapacitado para no pagar los impuestos. Vigil había llegado al canal justo cuando Menem y Duhalde calentaban la interna. Parecía una señal: ahí va Vigil, el amigo del ex presidente. Como Esteban Caselli se había acercado de nuevo a Menem, el círculo se iba cerrando nuevamente. Sokolowicz, en charlas de negocios, no negaba su buena relación con Hadad. Algo los uniría. Y seguramente ellos estarían unidos a otros. Con una mirada un poco conspirativa, podría pensarse que si tanto el Fondo Hicks como Hadad, como Moneta tenían vinculaciones con Menem, América y Canal 9 navegaban por el mismo río. Peleaban, en todo caso, por una interna.
¿Será posible que el 20% de los argentinos concentre el 53% de la renta y el 80% restante tenga sólo el 47%? ¿Será posible que a fines de 2000 de cada diez chicos, cinco nacían en hogares pobres y que a mediados de 2002 hayan pasado de cinco a siete los chicos que nacían pobres?
Ahí estaban la televisión, la imagen, la expresividad, la palabra, la verdad. Buscando un lugar en la Argentina.

TODOS SOMOS RESPONSABLES de lo que pasó, se oye a menudo. Esa frase dice mucho sobre la Argentina de los noventa. Resulta un atajo, una manera de tomar pasivamente algo que puede ser cambiado. Repartir culpas es la manera de disociar el saber del hacer. Y también de disociar el poder del saber.
En estos años pasados, a medida que las instituciones públicas mostraban su complicidad ante el proceso de concentración de poder en manos de capitales financieros, el periodismo cumplió un papel de fiscalización de los asuntos públicos. Las denuncias de corrupción tuvieron un espacio central en los medios. Daba la impresión de que los dueños de medios y los periodistas cumplían razonablemente con sus funciones. Unos con la investigación, la información, el análisis, el testimonio y la opinión. Otros haciendo su negocio a través de la publicidad o la producción de espectáculos y entretenimientos. Las empresas de medios y los periodistas -aparentemente- combinaban el saber con el hacer. Los especialistas en medición de opinión pública testeaban niveles de credibilidad en los periodistas y en los medios. Analía del Franco, de Analogías, hacia octubre de 2002, dijo que la credibilidad en los periodistas seguía siendo alta, no así en los medios. El alto nivel de exposición pública de políticos y empresarios de medios, la cantidad de artículos cruzados entre los diferentes propietarios televisivos llegó a la sociedad.
Los dueños de los medios tenían claro que parte de sus emporios se asentaban en la credibilidad de los comunicadores. Entendieron que sin esa credibilidad, su poder disminuía.
Los empresarios sabían que no podían ejercer la censura y que necesitaban de la legitimidad de los comunicadores. Muchos periodistas sabían que el papel de fiscalizador les reservaba un espacio de poder. Esa tensión entre la necesidad de legitimar negocios oscuros -por parte de los empresarios- y la preservación de los espacios de poder ganados por los periodistas parecía entrar en la decadencia.
Este cuadro puede verse como una gran paradoja o como una gran frustración. Se produjo un recambio en las redacciones y en la programación. Muchos periodistas y productores fueron desplazados. Otros resistieron por su talento y el prestigio ganado en la opinión pública. La mayoría están más preocupados por vivir en un país que no les da educación a sus hijos ni salud a sus padres. La mayoría sabe que viven en un país al margen de la ley. Y tienen miedo. Por ellos, por sus hijos. Por sus iguales. La sociedad de la información les mostró cómo el poder del micrófono o los centímetros en una revista se pulverizaban cuando el poder apretaba.
La aceptación pasiva de ese contrato social produce un cuadro de angustia. Bertolt Brecht dijo alguna vez los obreros que fabrican cañones no son culpables de los horrores de la guerra, para quitar el sentimiento de culpa y frustración paralizante de quienes no tuvieron la libertad de elegir qué hacer. Pero la sociedad argentina no está en guerra. La guerra mediática es una simulación. Son apenas fuegos de artificios entre empresarios y políticos que disputan pequeñas porciones de poder. Sólo que lo amplifican, lo desparraman a la sociedad, a la que pretenden convertir en cómplice sólo porque sintonizan mensajes tóxicos. Para los periodistas y trabajadores de los medios, este cuadro puede resultar pesimista. Sin embargo, es mejor saber. Para evitar la omnipotencia del necio o negligente. Conocer y debatir públicamente sirve para buscar caminos de transformación, de cambio. Muchos hacen cosas a diario para cambiar ese estado de cosas. Lo hacen desde dentro de las redacciones, las radios y los canales donde siempre se dan luchas sórdidas -y a veces no tan sórdidas- en defensa de la ética. Quizá lo nuevo no esté tanto en la dimensión de lo individual sino de los emprendimientos colectivos. A falta de recursos materiales, algunos impactan con talento y trayectoria profesional. Por ejemplo, lavaca.org es un espacio para la producción periodística, la difusión y el conocimiento de la comunicación creado por los periodistas Claudia Acuña, Judith Gociol, Diego Rosemberg y Patricia Rojas. La vaca empezó a mediados de 2001. Antes de que la crisis explotara.
-Empezamos a hacer algo porque no queríamos quedarnos con el discurso pesimista. Vimos que los temas de los medios no tenían mucho que ver con la vida cotidiana de los argentinos. Y decidimos hacer algo. Porque es la profesión que elegimos y tenemos la suerte de trabajar de lo que nos gusta -dijo Rosemberg a este cronista.
Acuña, entre su destacada carrera, cuenta un Premio Rey de España, ganado en 1989 cuando hizo una crónica en Página/12 de los saqueos a los supermercados durante un brote inflacionario a finales del gobierno de Raúl Alfonsín.
Durante la Feria del Libro de 2002, en un debate sobre periodismo, hizo una exposición tan sintética y autocrítica como elocuente. Los cronistas solemos aspirar a tener -al menos alguna vez- una de esas tres virtudes.

Soy una periodista que ha trabajado mucho y mal y bien. He navegado en este barco desde los tiempos de la Guerra de Malvinas hasta hoy, un largo proceso de transformaciones que me permite sacar algunas conclusiones. La primera y más importante: el medio es el mensaje que escribe un periodista. Hay que hacerse responsable, entonces, de cada cosa que se escribe. No podemos alegar obediencia debida. Es decir, le negaría el poder que tiene la ética personal y las convicciones propias si pensara que estos medios que supimos conseguir son nada más que responsabilidad de unos pocos señores muy malos. Esto que tenemos hoy se consiguió con nuestra complicidad, especialmente con la colaboración de los que todos los días escribimos en los grandes medios y que, por acción u omisión, obtuvimos este resultado. No puedo ponerme afuera del problema: soy parte del problema. Y asumo esto porque también quiero y puedo ser parte de la solución. Por lo tanto, mi segunda conclusión es que es necesario hacer una distinción entre el trabajo y la vocación periodística, que no es lo mismo que hacer una diferencia entre el arte y el oficio, debate que siempre está detrás del hecho de escribir. La diferencia, en este caso, tiene que ver con la esencia misma de esta profesión: el servicio público que significa dar a conocer noticias. No son nuestras. No son de los dueños de los medios. Las noticias son propiedad de la sociedad y todo el resto de este espectacular negocio y circo no es más que la correa de transmisión de estos mensajes. Tercera conclusión: una cosa es resolver de dónde sacamos el dinero para pagar las expensas y otra es hacer periodismo. Creo que no debemos confundir una con otra. La mitad de la Argentina está sin trabajo y maneras de ganarse el dinero de manera digna cada vez hay menos. Es cierto. Ahora bien: en esta profesión dar la espalda a la realidad tiene un precio. No darla, también. Los dos son caros. Y hay que estar dispuesto a pagarlos. No me imagino a ningún jefe de redacción diciéndole a Rodolfo Walsh: ‘Vení, Rodolfito, mañana se cumple un año desde que asumió Videla. Porque no te escribís una cartita a la Junta Militar que vamos a publicarla en la primera página del diario’. La Carta Abierta a la Junta Militar que le costó la vida y que hoy representa el documento más revelador sobre esa dictadura, la escribió Walsh porque no podía vivir sin escribirla. Decir lo que hay que decir y contar lo que hay que contar: eso es lo que tiene que hacer un periodista donde pueda. Walsh lo hizo en un papel, con una máquina de escribir y con copias en carbónico. No quiero pensar qué hubiese logrado si hubiera tenido Internet. El se conformaba con agarrar la guía telefónica y mandar copias a las direcciones que encontraba interesantes. Una por una y pagando cada estampilla. Ahora, con lo barato y accesible que es crear un medio de comunicación es posible oír voces diferentes que garanticen la democracia informativa. Y, sin embargo, no se escuchan. El 19 de septiembre pasado, con motivo del día del periodista, en otra charla y a raíz del impacto que causó el atentado a las Torres Gemelas, hablé de un sistema que se derrumbaba ante nuestros ojos de manera espectacular y cruel. Dije entonces: Este sistema que se derrumba y nos ahoga con su polvo y nos aplasta con sus escombros es tal cual lo vemos hoy, irracional, violento, injusto. La economía de mercado es talibán. Lo que está en juego hoy es cómo sigue esta historia. Cómo hacemos el periodismo y el mundo que viene. Esta semana en particular, sin ministro de Economía, sin bancos, sin billetes, con muertos, ya sabemos que el periodismo perdió una oportunidad histórica de estar a la altura de esta tragedia. Los periodistas y no los medios fueron los que se la perdieron. Porque no estaba preparado para hacerlo, porque no quiso hacerlo y porque gastó sus escasos talentos en sostener un sistema que ya no da para más. No tengo respuestas para lo que sigue después de esta derrota. Solo tengo preguntas, que son mis herramientas de trabajo. Formulo algunas: ¿En qué grado y cómo el periodismo fue cómplice de la construcción de este modelo que hoy se derrumba? ¿Cómo ayudamos a construir uno mejor? ¿Qué vamos a hacer y cómo vamos a hacerlo? ¿Vamos a seguir alegando obediencia debida para seguir contando lo que no pasa y ocultando lo que pasa? Mi última conclusión es la siguiente: escribamos lo que pasa, lo que creemos que es verdadero y cierto, en donde sea. En Internet, en un papel, en las paredes. Y dejemos de sostener, a precios cada vez más bajos, esos trabajos basuras, porque corremos el riesgo de convertirnos en basura nosotros también. Arriba

http://www.segundoenfoque.com.ar/al_rojo_vivo.htm

27/07/2011 - Posted by | Economía, General, Historia, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , ,

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