America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Síntomas de época: neoliberalismo y elecciones – Ricardo Forster

05.08.2011

En un libro fundamental para entender nuestra época, El nuevo espíritu del capitalismo, Luc Boltanski y Ève Chiapello desmenuzan con rigor analítico y claridad de ideas la matriz y el funcionamiento de lo que se denomina el neoliberalismo como última etapa, hasta ahora, de un sistema de signos económico-político-culturales que ha definido el carácter de nuestra realidad. Y lo hacen indagando no sólo por el funcionamiento de la máquina económica, de lo que se ha descripto como el giro del capital hacia lo especulativo-financiero en detrimento de sus formas productivas, ni exclusivamente pasando revista al desmontaje sistemático del Estado de Bienestar que fue la forma hegemónica que adquirieron las sociedades occidentales en la segunda posguerra, sino hincándole el diente también, y centralmente, a los fenómenos culturales, discursivos, estéticos e ideológicos que le dieron forma y hegemonía política y social a una transformación decisiva que viene marcando la vida de nuestras sociedades desde hace más de tres décadas.

Ese “nuevo espíritu del capitalismo” radica, entre otras cosas, en un giro vertiginoso de las prácticas y conductas sociales asociadas a un despliegue exponencial de una ideología que buscó, con éxito, desmontar los ejes político-culturales sobre los que se había montado el modelo bienestarista. Para ello contó con el aporte fundamental de los grandes medios de comunicación y de aquello que otro francés, Guy Debord, denominó “la sociedad del espectáculo”. Se trató, por lo tanto, de un giro en el sentido común dominante hasta mediados de los setenta y en las formas de producción de las subjetividades anudadas, ahora, al mercado y a sus prácticas: el predominio de una moral individualista, la lógica de la competencia como resorte mayúsculo imbricada con lo que otros autores caracterizaron como “la sociedad del riesgo” en la que todos aquellos actores sociales que no mostraran sus condiciones para adaptarse a las duras exigencias del mercado serían impiadosamente arrojados al vertedero de la historia, la culturalización de la política que supone el predominio de las agencias de publicidad, de las encuestas y del marketing como centro de la acción política unida a la presencia de un actor decisivo que ha venido multiplicando su presencia en la conformación de las actuales estructuras de conciencia y en lo que se denomina “la opinión pública” y que no es otro que los grandes medios de comunicación, exponentes actuales y decisivos de la ideología neoliberal.

Les tocó a los grandes medios de comunicación horadar en la voluble “opinión pública” las antiguas prácticas emanadas del Estado de Bienestar; fueron ellos la vanguardia del shock y de sus consecuencias catastrofales en el interior de una vida social aterrorizada ante el retorno espantoso “de los dioses dormidos” que habitan en las alturas inescrutables del Olimpo llamado “mercado”. Junto con la multiplicación de los compartimentos y la fragmentación social, de la mano con las nuevas formas de pobreza y de exclusión exponencialmente multiplicadas por el giro neoliberal, la máquina mediática apuntaló la certeza, socialmente compartida, de un inexorable giro hacia la sociedad de mercado transformada en la gran panacea de una humanidad agotada de viejos conflictos en desuso y deseosa de entrar al primer mundo. Entre las extrañas y extraordinarias paradojas de nuestro tiempo es que desde esas geografías provienen las actuales expresiones del desasosiego, del terror ante la caída libre y sin anestesia que hoy atraviesa a países europeos que, por primera vez en décadas, descubren, horrorizados, que los hijos vivirán peor que sus padres.
El perfil de la nueva derecha hay que ir a buscarlo en estas “novedades” que logran mezclar mercadolatría, individualismo, culturalización de la política, hegemonía mediática como desplazamiento de las formas identitarias y de las fuerzas políticas tradicionales (en particular las que debieran pero ya no lo logran expresar el ideal liberal-conservador) que ya no dan cuenta de las demandas de una parte sustancial de la población, desideologización (aquello de que ya no hay más derechas ni izquierdas sino todo lo contrario porque de lo que se trata “es de gestionar de acuerdo a lo que necesita la gente”), y despliegue de los lenguajes del gerenciamiento y del management empresarial como nuevo arquetipo de las prácticas recomendables y deseables en el interior de gestiones “asépticas” que devuelven la imagen de una consensualidad a prueba de conflictos y antagonismos. Una sociedad forjada a imagen y semejanza del “ideal” emanado del capitalismo de última generación, capaz de hacernos olvidar aquellos otros momentos de la historia atravesados por la intemperancia de demandas inabordables, en especial las de aquellos que reclamaban bajo el concepto antiguo y moderno de “igualdad” una más justa distribución de la riqueza.

Lo que ha logrado, en parte, esta nueva ideología de derecha que recoge temas antiguos pero maquillándolos según las actuales necesidades, es naturalizar la pobreza y la desigualdad, lo que les permite, como lo hemos visto con el macrismo, utilizar descaradamente la palabra “igualdad” sin establecer ninguna relación con su historicidad y con los mecanismos que producen y acentúan la desigualdad. Silencio de radio ante la expansión depredadora de la especulación bancario-financiera, más silencio ante la concentración exponencial de la riqueza en cada vez menos manos y, finalmente, afirmación del modelo neoliberal como fundamento de la vida económica contemporánea. Lo propio de este discurso es que no explicita sus objetivos y los va dejando en una nebulosa mientras, allí donde tiene poder, los realiza sin anestesia (algo de esto podemos verlo en el total repliegue de Barack Obama ante las demandas y las presiones del conservadurismo republicano que ha logrado, entre otras cosas, que sea el propio presidente demócrata el que lleve adelante un brutal plan de ajuste que caerá impiadosamente sobre los sectores más débiles y pobres de la sociedad estadounidense salvando, una vez más, a los ricos que seguirán manteniendo sus privilegios impositivos. Los únicos gastos que no se recortarán serán los militares. Nada muy diferente llevaron adelante los socialistas españoles y griegos a la hora de aplicar brutales planes de ajuste que contradicen su historia y su ideología transformando, a la socialdemocracia, en absolutamente funcional a la lógica del capitalismo neoliberal y dejando la mesa servida para que se sirvan, sin ningún costo, las derechas).

[Un breve paréntesis para señalar que nuestros “socialistas” vernáculos, los que son el eje de un Frente dizque progresista, sostienen, en lo económico, la misma lógica de la restauración conservadora: proponen como política antiinflacionaria el esquema de metas de inflación (debe leerse como la opción de enfriar la demanda mediante la suba de la tasa de interés), igual que el FMI, González Fraga, Prat Gay y demás. Abonan a favor de una regla fiscal que garantice la sustentabilidad de la deuda (debe leerse como una alternativa recesiva al uso de divisas que generó el conflicto con Redrado). Por otra parte el referente de referencia se preocupa por que se genere un clima beneficioso para la inversión privada y reniega del papel que está jugando la inversión pública sugiriendo que es excesiva y desplazante del rol de la actividad privada. Por otra parte el proyecto del GEN de ley de entidades financieras es igual a la actualmente vigente y neoliberal 21.526 a la que se le agrega el moderno maquillaje de protección al usuario y fue presentada para obstaculizar el proyecto de Heller. Todo esto es una mera transfusión del programa de los abdicantes partidos socialistas europeos en el momento de su peor crisis y está dirigido a la chilenización de la economía argentina. Han sido mucho más explícitos hasta ahora que Alfonsín y Duhalde.]

Para Boltanski y Chiapello de lo que se trata es de comprender “cómo el discurso de la gestión empresarial, discurso que pretende ser a la vez formal e histórico, global y situado, que mezcla preceptos generales y ejemplos paradigmáticos, constituye hoy la forma por excelencia en la que el espíritu del capitalismo se materializa y se comparte”. Los ciudadanos de nuestro tiempo, en Francia o en la Argentina, han sido brutalmente interpelados por ese discurso que le dio su consistencia al espectacular giro que se produjo en el interior del capitalismo y que supuso una profunda y dramática transformación de la vida cotidiana, de las formas tradicionales de representación, de las relaciones interpersonales y de los vínculos con la esfera pública. Entre nosotros hubo dos momentos liminares para apuntalar este nuevo tiempo: el iniciado por la dictadura bajo el plan de Martínez de Hoz y, luego del interregno del alfonsinismo –interregno que propiamente duró hasta la implementación del plan austral– que sería arrojado al infierno de la hiperinflación, y, después de dejar que la sociedad cayera presa del pánico ante el absoluto derrumbe de la vida económica, retomado, aquel plan de la dictadura, en su esencia neoliberal con ribetes populistas por Menem y Cavallo. Lo no dicho por la derecha actual, la que representa, entre otros, Mauricio Macri, es que su aspiración es reencuadrar al país en el modelo neoliberal que sigue siendo hegemónico en la mayor parte del planeta y eso más allá de su profunda crisis que hoy azota a los países centrales.

Es en el interior de este proceso histórico, cuyo punto de inflexión hay que situarlo a mediados de la década del ’70, cuando estalló la crisis del petróleo y comenzaron a desplegarse con fuerza hegemónica los lineamientos de los economistas neoclásicos afincados en lo que sería la ideología neoliberal, donde tenemos que ir a buscar los lineamientos de una nueva derecha que, en nuestro país, busca recuperar parte del terreno perdido desde mayo de 2003. Y es en el interior de esta matriz ideológica donde tenemos que leer lo que significa la consolidación, en la ciudad de Buenos Aires, de una derecha que entrecruza lo liberal y lo populista, el crudo discurso del mercado y de la privatización con el reclamo, a todas luces artificial, de una sociedad de iguales que lo-gre reabrir el ideal de una igualdad de oportunidades que no es otra cosa que una gigantesca quimera propagandística desmentida por una realidad brutalmente expulsiva y excluidora. El macrismo, con su alquimia de estética de última generación pergeñada en el laboratorio de Durán Barba, sus sofisticados punteros provenientes del peronismo duhaldista, su capacidad para movilizar fantasías ligadas al mundo de “las celebridades” y a la gramática fascinadora del espectáculo junto con la complicidad y la protección de la corporación mediática –fuerza imprescindible para desplegar el proyecto de restauración conservadora neopopulista en la Argentina–, ha mostrado con su contundente triunfo en Buenos Aires que es, hoy por hoy, la mejor expresión de ese ideal “opositor” que no se lograba encontrar entre la variopinta tienda de los milagros que venía siendo lo propio y visible de la oposición política.

El macrismo supo interpelar a un amplio espectro de los porteños apelando a una serie de recetas discursivas y visuales que tuvo una contundencia inversamente proporcional a la imposibilidad de la propuesta del FPV por horadar la persistencia del imaginario neoliberal entre una parte sustancial del electorado porteño. Más allá de los errores de campaña, que suponen otra discusión, lo que se evidenció, y esto debe ser tomado en cuenta por el kirchnerismo en su estrategia hacia octubre, es que no alcanza con los datos de la macroeconomía, con el crecimiento a tasas chinas, con el aumento exponencial del consumo para construir una propuesta que en los grandes centros urbanos logre expresar lo que viene sucediendo a nivel nacional y que pone en evidencia lo mucho y bueno que se viene realizando desde mayo de 2003. Como en otros momentos de estos años agitados y convulsos, donde tantas cosas están en juego, el campo de disputa central sigue siendo el de las conciencias y el del sentido común. Comprender esto es dar la batalla en aquellos núcleos absolutamente decisivos de la vida colectiva sabiendo, como sabemos, que nunca hay que descuidar la economía pero que con ella sólo ya no alcanza.

Veintitrés

09/08/2011 - Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , ,

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