America Latina Unida

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El liderazgo imposible de la oposición – Edgardo Mocca

Luego de la manifestación de protesta inorgánica del 8N, la cuestión de la representación de los movilizados aparece como un desafío difícil de saldar.

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La interpretación mediática dominante de las recientes movilizaciones antigubernamentales postula la existencia de un amplio movimiento popular en demanda de un liderazgo político y una propuesta aglutinadora. Creen -o quieren creer, para el caso es lo mismo- en un desarrollo evolutivo, por etapas que, arrancando de indignaciones sectoriales e informes, pueda alcanzar la madurez que lo habilite para disputar con el actual proyecto político gobernante en el terreno electoral. ¿Es efectivamente la falta de representación política de la masa movilizada el pasado 8 de noviembre una carencia pasajera, explicable por el lugar común de la “falta de grandeza” de sus potenciales referentes opositores? Por lo pronto, candidatos a expresarla en la arena de la política formal no faltan; por ahora, esa voluntad transita la ruta de la prudencia y de la corrección política que declara su decisión de “no contaminar” un movimiento supuestamente “espontáneo”. Problemática aspiración al liderazgo político que arranca de la negación de la política. Por el tono de las expresiones que pudieron recogerse en la calle -a pesar de la consigna de no hablar con el periodismo para no prestarse a la manipulación kirchnerista de sus dichos- la cuestión de la representación y el liderazgo de los movilizados no se presenta tan sencilla ni tan evolutiva. Lo que luce como el punto de unión más verosímil del estado de ánimo de esas multitudes es un ánimo de sospecha respecto de la política. Un rechazo que no es fácil atribuir a la falta de correspondencia de sus reclamos con el discurso público de la oposición: todo el universo antikirchnerista habla un lenguaje muy parecido al de los manifestantes a los que nos fue dado escuchar. Se oponen a la reforma constitucional y a la re-reelección, fogonean el clima de la inseguridad ciudadana, se rasgan las vestiduras con el problema de la inflación, agitan la cuestión de la corrupción en sus episodios reales, más o menos reales, o fugazmente inventados por algunos medios de comunicación, hablan del aislamiento argentino del mundo… No hay ningún desajuste importante a la hora del diagnóstico de las calamidades que estaríamos viviendo y, a pesar de eso, ninguno de ellos aparece hoy en condiciones de ejercer un liderazgo real sobre el movimiento. Es probable que haya mucha ligereza en el modo en que se ha ido haciendo costumbre entre nosotros hablar de liderazgo. Liderar un proceso político es establecer un corte, construir un límite, un recorte de las fuerzas que actúan en una situación concreta. No alcanza para conseguir el sitio del liderazgo, el propósito de agregar aritméticamente voces diferentes que en su suma mecánica inclinarían la balanza en una dirección determinada. Justamente en la palabra “dirección”, en su multivocidad, parece radicar una clave del problema: no hay una dirección dada del movimiento de la marcha hacia la cual tenga el líder que ponerse al frente. No hay una hoja de ruta a cuyo frente haya que colocarse. El líder es el que puede crear esa hoja de ruta. No, claro está, crearla de la nada sino a partir del material que la propia masa provee de modo inorgánico. El liderazgo es un atributo de la hegemonía. Significa la voluntad y la capacidad de construir rumbos, de fijar estrategias y tácticas, de establecer la amplitud y los límites de la unidad a alcanzar. El líder no tiene temor a cortar el cuerpo de la política: no busca el equilibrio mecánico de todo el arco de fuerzas que potencialmente puede seguirlo; más bien pone en tensión ese arco, de modo tal de asegurar las condiciones para dirigir al conjunto. El líder -esto es lo básico- no puede depender de ninguna fuerza ajena para establecer las consignas y los tiempos: es políticamente soberano o no es. El país vive un liderazgo político específico; es el que nació del vacío y la confusión de nuestro comienzo de siglo. El kirchnerismo es el emergente hegemónico de la indignación de otras cacerolas, de aquéllas que en diciembre de 2001 confluyeron con otras urgencias de otros sectores sociales golpeados por el múltiple derrumbe del neoliberalismo. Con el heterogéneo material que proveía la indignación del ahorrista de clase media estafado por el corralito y la desesperación del desempleo y las carencias básicas construyó el fundamento discursivo de su emergencia política. No hizo la suma mecánica de las muchas crisis que estallaron dentro de la gran crisis -la de la moneda, la de la producción, la del federalismo, la del orden político, entre tantas otras- sino que acudió al patrimonio de una añeja tradición política para darle una inteligibilidad práctico-política a la crisis general. Es decir, no una interpretación académica ni tampoco una simple carta de reivindicaciones sectoriales, sino un relato histórico-político, capaz de darle sustento a una política de reparación de la emergencia y, a la vez de nutrirse de la experiencia transformadora, pensada, cada vez más, como parte de un proceso regional y mundial. Ningún proceso de hegemonía política tiene el atributo de la eternidad. Al mismo tiempo, los procesos políticos no se suceden entre sí por medio de mecanismos de sustitución arbitraria sino que esa sucesión significa superación. El problema que tienen hoy las fuerzas que aspiran a suceder al kirchnerismo es el de cómo superar su experiencia de gobierno. Esto es, retener toda su sustancia progresiva y transformarla en combinación con nuevos contenidos de época. En cambio, cualquier intento de negación absoluta de un proyecto político que construyó y retuvo mayorías durante diez años altamente conflictivos en lo interno y de acentuada incertidumbre mundial, solamente puede llevar a la repetición empeorada de la experiencia posperonista que arranca en 1955 con la autodenominada Revolución Libertadora. De las actuales marchas callejeras, tomadas como dato aislado, no surge ni podría surgir ese nuevo liderazgo y esa nueva agenda de época. No hay, que pueda verse, un nuevo proyecto de país en marcha. Y sin ese proyecto, no hay liderazgos concebibles sino, a lo sumo, un proceso reactivo intenso e informe, más aprovechable para propósitos desestabilizadores que para la construcción de mayorías políticas alternativas. El discurso implícito del 8 de noviembre sigue atrapado en las redes de la negatividad y está más penetrado por las urgencias legales de algunos grupos económicos poderosos que por la apertura de un nuevo tiempo político en el país. Quienes pretenden liderar un nuevo movimiento siguen cediendo la soberanía del discurso y la estrategia a actores que juegan fuera del sistema político formal. Son aspirantes a líderes que siguen siendo liderados. ¿Puede el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner “aprovecharse” de este resurgimiento de la política de la calle? Sería equivocado no intentarlo. Toda hegemonía transformadora se nutre del conflicto y así lo puso en acto el kirchnerismo después del conflicto agrario y las pérdidas electorales de 2009. Por ahora, la superación más probable del proceso en marcha sigue siendo su propia autosuperación.

Debate

11/01/2013 - Posted by | General, Política Argentina, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , ,

2 comentarios »

  1. excelente!

    Comentario por Dani | 11/01/2013

  2. Sí muy buen análisis, gracias por tu visita! Saludos!

    Comentario por marianike | 12/01/2013


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