America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

El acuerdo – Luis Bruschtein


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16–02–2013 / Al igual que el atentado, las tramas de encubrimiento y complicidad en el caso AMIA nunca fueron develadas. Quizás en esos trasfondos haya más explicaciones a tanta incertidumbre sobre un hecho tan ominoso.

Un atentado tremendo, que implicó la adquisición y el acopio de gran cantidad de explosivo, más inteligencia, más infraestructura, lo que implica la participación de numerosas personas, y nadie sabe nada.

Y después, la trama del encubrimiento. El ocultamiento o la alteración de pruebas y la forma en que se desperdiciaron los primeros momentos posteriores al atentado también tienen sus propios significados. No fue un atentado más.

En el caso AMIA se conjugaron factores ocultos, que se sumaron a la lógica pura del terrorismo. Y si además faltaba algo, con el tiempo, la investigación del atentado quedó en el centro del conflicto más inflamable del planeta.

Con mucho respaldo político, la investigación del fiscal Alberto Nisman se introdujo en esa jungla llena de trampas e intereses, y obtuvo resultados que llevaron a una fuerte controversia del gobierno argentino con el de Irán.

Este proceso configuró una política que se fue desarrollando durante los gobiernos kirchneristas y durante varios años, casi desde el principio del gobierno de Néstor Kirchner.

Después de los desastres del menemismo, ni los integrantes de la Alianza ni el duhaldismo habían mostrado decisión o interés para meterse en ese embrollo.

Pero la investigación se estancó en 2007. El conflicto con Irán es por la investigación que respaldó este gobierno y no los anteriores.

Y lo que importa, en todo caso, no es el conflicto con Irán (que es una consecuencia), sino la investigación del atentado (que es la causa). Tras haber logrado un impulso inicial, la causa quedó bloqueada por varios años. El paso que faltaba era llegar a los sospechosos iraníes.

Es probable que el interrogatorio a los iraníes sospechados por el atentado a la AMIA no vaya a dilucidar la trama que llevó al bombazo, y seguramente lo primero que harán los interrogados será declarar su inocencia.

También es lo que han hecho casi en su totalidad los represores argentinos cuando fueron juzgados.

Aun así, esos interrogatorios son tan necesarios para el trámite de la causa como los que se realizaron a los acusados de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

Otro conflicto se abrió –ahora con el gobierno derechista israelí–, cuando el gobierno argentino buscó la vía diplomática para desbloquear la causa y poder interrogar a los sospechosos del atentado.

El gobierno local quedó así ensanguchado entre el gobierno conservador integrista de Irán y el gobierno conservador integrista de Israel.

Irán dice que la voladura de la AMIA fue un autoatentado israelí, e Israel sólo quiere argumentos para su contienda con Irán, con el agravante de que todo el planeta asiste a una escalada cada vez más peligrosa, al borde de una conflagración militar.

La Argentina, que está más involucrada en procesos de integración pacífica con países que en décadas pasadas eran vistos como enemigos potenciales, no puede tener ningún interés en algún conflicto bélico aquí ni en ninguna otra parte.

En todo caso, su aporte tiene que ser por la paz. Entre la guerra y la paz, la paz no es el “lado” equivocado, como han dicho algunos. Seguramente hay una gran cantidad de iraníes y de israelíes a favor de la paz.

En este contexto, la causa judicial por los atentados en la AMIA, por un lado, y el debate geopolítico, por el otro, tienen que ser debates separados, aunque tengan tantos puntos de contacto. Y van por separado, porque el debate geopolítico debilita la causa judicial.

El objetivo es que se esclarezca el atentado y que sus responsables sean castigados por la Justicia.

Lo que quieran el gobierno iraní o el de Israel, y hasta incluso la posición que asuma en ese conflicto el gobierno argentino, va por otro carril.

Para desbloquear la causa se necesita interrogar a los sospechosos por el atentado, no por lo que piensan o por el país al que pertenecen sino por lo que están acusados de haber hecho.

Se busca a personas que cometieron un delito y no a personas que profesan determinada religión o son ciudadanos de determinado país. Si Irán quiere destruir a Israel, o viceversa, es una discusión importante, pero que no define la causa judicial por el atentado contra la AMIA.

Mantener la causa bloqueada, como sucedería sin el acuerdo con Irán para interrogar a estos sospechosos, la hubiera llevado a un limbo por tiempo indeterminado, una zona que derivaría finalmente en una condena genérica, básicamente política. Habría una condena a Irán que serviría para alimentar el conflicto, pero la causa moriría de inanición.

Se han dicho disparates como que este acuerdo proviene de una negociación impulsada hace más de dos años por Hugo Chávez, a través del presidente sirio, Hafez al Assad, con el gobierno argentino.

Es un escenario desaforado, típico de servicios de inteligencia de otras épocas.

Pero es cierto que la Cancillería argentina trató, que la causa judicial por el atentado a la AMIA no terminara en el centro de la disputa que mantienen Estados Unidos e Israel con Irán.

Tras presentar año tras año duras acusaciones contra los iraníes en los foros internacionales, el llamado del gobierno argentino a buscar vías diplomáticas para destrabar la causa constituyó también un gesto para diferenciar sus planteos de los cruces por el conflicto global con Irán en una escalada con final tan previsible como desastroso.

El gobierno iraní está en una encrucijada de tensión máxima con las grandes potencias occidentales y muy aislado.

En ese marco sería equivocado considerar el acuerdo como una alegre e indolora concesión a los reclamos argentinos, porque Irán necesita descomprimir sus relaciones exteriores y la Argentina juega un rol importante en el proceso político latinoamericano.

La intención de relacionar a Hugo Chávez con este tema tiene las mismas connotaciones reaccionarias del viejo macartismo que usaba suposiciones y chismografías.

El eje es esencialmente judicial y no geopolítico. Desde la oposición al acuerdo con Irán se plantea que éste constituye un cambio de la estrategia de alianzas geopolíticas.

Para los que piensan así, antes de este acuerdo, la Argentina jugaba del lado que busca una salida violenta a los diferendos con Irán.

Y, de repente, con el acuerdo por los interrogatorios a los sospechosos del atentado contra la AMIA, el gobierno argentino se habría pasado del otro lado, o sea del bando iraní, junto con Chávez o Hafez al Assad.

De tan elemental, esa mirada resulta pueril. Primero porque la Argentina ha mantenido una posición muy clara con respecto a la paz, tanto en relación con conflictos que le afectan directamente, como Malvinas, como con otros más lejanos, como el de Medio Oriente.

La Argentina nunca jugó por la guerra contra Irán. Es una equivocación pensar que Néstor Kirchner confrontaba duramente a los iraníes en la ONU para agradar al gobierno de los Estados Unidos.

Conociendo su carácter es más probable que fuera al revés, que tratara de utilizar la situación internacional como forma de presión para lograr que el gobierno iraní arrojara algo de luz sobre la causa judicial.

La sugerencia de que el acuerdo con Irán proviene de un supuesto realineamiento internacional se pudo leer entre líneas en todos los discursos contrarios al acuerdo. Las dudas legítimas sobre los alcances que podría tener, aun en las peores circunstancias, fueron todas respondidas sin dejar ninguna duda.

En ese aspecto, el debate de seis horas en el Senado fue interesante por las preguntas y por las respuestas. El mismo Luis Moreno Ocampo dijo que se trataba de una “oportunidad con riesgos sobre los que habría que estar atentos”. Es un balance sensato. La insistencia en el rechazo altisonante sugería que la preocupación se centraba en ese supuesto cambio de estrategia.

Y a los que piensan que la Argentina cambió de bando, en realidad no les interesa tanto la causa judicial. No les interesó antes en la medida en que creían que la causa era una mera herramienta para usarla a favor de la guerra.

Y ahora están enojados porque si el eje se mantiene en lo judicial, la causa no puede ser usada por los que buscan la guerra. Es decir, no les interesa la causa judicial sino la forma en que ésta tendría que ser usada.

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16/02/2013 Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , | Deja un comentario

Finanzas en los países emergentes y la Argentina – Aldo Ferrer


Finanzas en los países emergentes y la Argentina
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La opinión de Aldo Ferrer, economista

El planteo de vivir con lo nuestro respecto de nuestro país pFinanzas en los países emergentes y la Argentina

La opinión de Aldo Ferrer, economista

El planteo de vivir con lo nuestro respecto de nuestro país puede generalizarse como “vivir con lo propio”, respecto de la estrategia de desarrollo en el escenario internacional. La propuesta implica el rechazo del principio neoliberal de que el desarrollo económico de los países ocurre en el contexto mundial, bajo el libre juego de las fuerzas del mercado. Se sustenta, en cambio, en la evidencia histórica de que el desarrollo tiene lugar, en primer lugar, dentro de cada país, en virtud de la fortaleza de su densidad nacional, capacidad de movilizar recursos propios y establecer una relación simétrica, no subordinada, con el orden mundial.

La exitosa estrategia de China y otros países emergentes se basa, precisamente, en vivir con lo propio. Uno de sus componentes principales radica en el financiamiento del desarrollo. Un estudio reciente de Rogoff y Reinhardt destaca que, hasta la década de 1950, alrededor del 20% de la deuda pública de los países ahora llamados emergentes estaba denominado en moneda extranjera. En la década de 1990, la proporción aumento al 60 por ciento. Una causa principal de esta tendencia fue la expansión de la especulación financiera globalizada y su penetración en las plazas periféricas

La abundancia del crédito internacional fomentó las políticas fiscales de endeudamiento externo y la apreciación de las monedas nacionales en América latina y en otros países de Asia y África. El consecuente déficit público y de los pagos internacionales generó las crisis de deuda externa que estallaron en América latina a principios de la década de 1980 y en países asiáticos y Rusia a fines de la de 1990. Los rigurosos programas de ajuste y reestructuraciones de deuda estuvieron destinados a preservar los activos de los acreedores y recuperar la “confianza” de los mercados financieros, corresponsables de la crisis. El resultado fue la “década perdida” en América latina y un deterioro, semejante o peor, en otros países endeudados. La estrategia neoliberal de “vivir con lo ajeno”, es decir, la subordinación al financiamiento y la deuda externa, deprimió el ahorro interno y la tasa de inversión y crecimiento. Finalmente, colapsó en todas partes y, actualmente, en las economías vulnerables de la Unión Europea.

El fracaso del planteo neoliberal consagró la vigencia de la estrategia de vivir con lo propio, la misma que sustenta el desarrollo de los países emergentes más exitosos, como China, Corea del Sur y Taiwán. Vivir con lo propio incluye la movilización del ahorro interno para financiar al sector público y la inversión privada. Esto ha provocado un aumento extraordinario, del 500% en los últimos diez años en el mercado de títulos emitidos por países emergentes en su propia moneda. Su stock alcanza actualmente, según un informe reciente del Financial Times, a más de u$s10 billones, equivalentes a cerca del 20% del stock total de títulos en los mercados financieros. Consecuentemente, la deuda pública denominada en moneda local de los países emergentes, respecto del total de la deuda pública, aumentó al 60% en el 2010 y, probablemente, al 90% en el 2012. Cerca de 2/3 del stock de deuda en moneda local de los países emergentes corresponde a China, Brasil y Corea del Sur.

La expansión de este mercado atrae capitales especulativos del exterior, cuya volatilidad, introduce un elemento de inestabilidad en las plazas locales y provoca medidas preventivas para controlarlos, evitar la apreciación cambiaria y no repetir la experiencia de vivir con lo ajeno.

El éxito de la política de financiamiento con ahorro interno, a partir de la expansión del mercado de deuda en moneda local requiere la contrapartida del superávit en la cuenta corriente de los pagos internacionales. De otro modo, se instala la “vulnerabilidad externa”, es decir, la dependencia permanente del financiamiento en moneda extranjera. En conclusión, financiamiento dominante con ahorro interno y superávit en los pagos internacionales son condiciones necesarias de la estrategia de vivir con lo propio y de apertura al mundo, fortaleciendo la soberanía y las políticas nacionales de desarrollo.

La experiencia de la Argentina forma parte de esta tendencia en los países emergentes exitosos. La deuda pública respecto del PBI cayó de cerca del 170% en el 2002 al 40% en el 2012 y, de esta última, cerca del 60% es deuda intrasector público. El desendeudamiento incluye la reducción de la deuda pública denominada en moneda extranjera, la cual cayó, respecto del total, del 79% en el 2002 al 61% en el 2012 y, respecto del PBI, del 132 al 25% entre los mismos años.

Acontecimientos decisivos en esta tendencia, en la Argentina fueron la reestructuración de la deuda externa, la nacionalización del sistema jubilatorio, el aumento de la presión tributaria, la pesificación posconvertibilidad del sistema monetario, el persistente superávit en los pagos internacionales y la duplicación del PBI desde la salida de la crisis del 2001

Subsiste la necesidad de condiciones propicias para la creación de instrumentos financieros que retengan el ahorro interno en el circuito económico del país y eviten la fuga de capitales. En tal sentido, acontecimientos recientes, como la colocación de bonos de YPF en moneda local, son pasos positivos. uede generalizarse como “vivir con lo propio”, respecto de la estrategia de desarrollo en el escenario internacional. La propuesta implica el rechazo del principio neoliberal de que el desarrollo económico de los países ocurre en el contexto mundial, bajo el libre juego de las fuerzas del mercado. Se sustenta, en cambio, en la evidencia histórica de que el desarrollo tiene lugar, en primer lugar, dentro de cada país, en virtud de la fortaleza de su densidad nacional, capacidad de movilizar recursos propios y establecer una relación simétrica, no subordinada, con el orden mundial.

La exitosa estrategia de China y otros países emergentes se basa, precisamente, en vivir con lo propio. Uno de sus componentes principales radica en el financiamiento del desarrollo. Un estudio reciente de Rogoff y Reinhardt destaca que, hasta la década de 1950, alrededor del 20% de la deuda pública de los países ahora llamados emergentes estaba denominado en moneda extranjera. En la década de 1990, la proporción aumento al 60 por ciento. Una causa principal de esta tendencia fue la expansión de la especulación financiera globalizada y su penetración en las plazas periféricas

La abundancia del crédito internacional fomentó las políticas fiscales de endeudamiento externo y la apreciación de las monedas nacionales en América latina y en otros países de Asia y África. El consecuente déficit público y de los pagos internacionales generó las crisis de deuda externa que estallaron en América latina a principios de la década de 1980 y en países asiáticos y Rusia a fines de la de 1990. Los rigurosos programas de ajuste y reestructuraciones de deuda estuvieron destinados a preservar los activos de los acreedores y recuperar la “confianza” de los mercados financieros, corresponsables de la crisis. El resultado fue la “década perdida” en América latina y un deterioro, semejante o peor, en otros países endeudados. La estrategia neoliberal de “vivir con lo ajeno”, es decir, la subordinación al financiamiento y la deuda externa, deprimió el ahorro interno y la tasa de inversión y crecimiento. Finalmente, colapsó en todas partes y, actualmente, en las economías vulnerables de la Unión Europea.

El fracaso del planteo neoliberal consagró la vigencia de la estrategia de vivir con lo propio, la misma que sustenta el desarrollo de los países emergentes más exitosos, como China, Corea del Sur y Taiwán. Vivir con lo propio incluye la movilización del ahorro interno para financiar al sector público y la inversión privada. Esto ha provocado un aumento extraordinario, del 500% en los últimos diez años en el mercado de títulos emitidos por países emergentes en su propia moneda. Su stock alcanza actualmente, según un informe reciente del Financial Times, a más de u$s10 billones, equivalentes a cerca del 20% del stock total de títulos en los mercados financieros. Consecuentemente, la deuda pública denominada en moneda local de los países emergentes, respecto del total de la deuda pública, aumentó al 60% en el 2010 y, probablemente, al 90% en el 2012. Cerca de 2/3 del stock de deuda en moneda local de los países emergentes corresponde a China, Brasil y Corea del Sur.

La expansión de este mercado atrae capitales especulativos del exterior, cuya volatilidad, introduce un elemento de inestabilidad en las plazas locales y provoca medidas preventivas para controlarlos, evitar la apreciación cambiaria y no repetir la experiencia de vivir con lo ajeno.

El éxito de la política de financiamiento con ahorro interno, a partir de la expansión del mercado de deuda en moneda local requiere la contrapartida del superávit en la cuenta corriente de los pagos internacionales. De otro modo, se instala la “vulnerabilidad externa”, es decir, la dependencia permanente del financiamiento en moneda extranjera. En conclusión, financiamiento dominante con ahorro interno y superávit en los pagos internacionales son condiciones necesarias de la estrategia de vivir con lo propio y de apertura al mundo, fortaleciendo la soberanía y las políticas nacionales de desarrollo.

La experiencia de la Argentina forma parte de esta tendencia en los países emergentes exitosos. La deuda pública respecto del PBI cayó de cerca del 170% en el 2002 al 40% en el 2012 y, de esta última, cerca del 60% es deuda intrasector público. El desendeudamiento incluye la reducción de la deuda pública denominada en moneda extranjera, la cual cayó, respecto del total, del 79% en el 2002 al 61% en el 2012 y, respecto del PBI, del 132 al 25% entre los mismos años.

Acontecimientos decisivos en esta tendencia, en la Argentina fueron la reestructuración de la deuda externa, la nacionalización del sistema jubilatorio, el aumento de la presión tributaria, la pesificación posconvertibilidad del sistema monetario, el persistente superávit en los pagos internacionales y la duplicación del PBI desde la salida de la crisis del 2001

Subsiste la necesidad de condiciones propicias para la creación de instrumentos financieros que retengan el ahorro interno en el circuito económico del país y eviten la fuga de capitales. En tal sentido, acontecimientos recientes, como la colocación de bonos de YPF en moneda local, son pasos positivos.
BAE

16/02/2013 Posted by | Ciencia y Tecnología, Economía, General, Industrias, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

La Argentina dividida – Dante Augusto Palma



La Argentina dividida

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¿Estamos divididos los argentinos? La pregunta viene siendo recurrente al menos desde que se empezó a delinear el espíritu confrontativo que Néstor Kirchner le imprimiera a su presidencia y que se transformara en una marca esencial de la naturaleza del modelo que se encuentra próximo a alcanzar los 10 años en el poder.

Al kirchnerismo no le resulta del todo incómodo el mote de “parteaguas” pues entiende que la política es, ante todo, conflicto que se dirime entre un nosotros y un ellos, aunque siempre en el marco de los límites democráticos. De aquí que no se rasgue las vestiduras por el pataleo histérico de los sectores minoritarios que ven socavada su legitimidad pero sí advierta sobre un conato de violencia preocupante que se deja ver en las manifestaciones que nuclean a sectores opositores. En esta línea alcanza con ver los lemas de los letreros que se enarbolan en las protestas caceroleras y la agresión a periodistas de la televisión pública y privada que en ese marco se multiplicaron, así como también prestar atención a la violencia verbal que profieren referentes opositores a veces impulsados por una envidiable locuacidad. La oposición intenta invisibilizar esas acciones y cuando no puede hacerlo esgrime que estas son sólo una consecuencia de la violencia más sutil impulsada desde el propio gobierno. Independientemente de la discusión acerca de si esto es o no así, tal argumentación abre una puerta a la justificación de hechos de violencia más graves. En este sentido, quienes justificaron la agresión a Kicillof y la englobaron en el marco del hartazgo ciudadano ante las supuestas microviolencias solapadas que provienen del oficialismo, podrían también haber justificado el hecho de que la turba violenta del “Frente jacobino por la liberación del dólar” (filial Punta del Este) hubiera ajusticiado al “economista marxista”. A lo sumo, encararían la argumentación afirmando que “no lo justifico pero hay que entender que el clima de violencia desde arriba da lugar a excesos abajo”. Con todo, no se trata aquí de discutir quién agredió primero o quién agrede más. Se trata de responder a esa pregunta inicial acerca de si existe una división en la Argentina. Y la respuesta que guiará estas líneas es la siguiente: sí, efectivamente, la Argentina está dividida, pero hace 200 años que lo está. En otras palabras, la historia de nuestro país ha estado marcada por las divisiones en todo orden y bajo cualquier paraguas categorial, sea político, sociológico o económico.

Si se toma el siglo XIX, a las disputas políticas que se dieron ya en el marco de los caminos que debía seguir la revolución, le siguió la disputa entre unitarios y federales y la conquista del desierto entre algunos de los sucesos que ponen en tela de juicio la fantasía romántica de una unidad original perdida por algún pecado populista. Ya en el siglo XX, el centenario fue el marco en el que se ponía de manifiesto una sociedad claramente dividida entre una elite criolla y una masa heterogénea de campesinos pobres y extranjeros explotados que presionaría hasta obtener la ley Sáenz Peña y vivir una primavera popular en 1916 que no tardaría en desfallecer a pesar de no haber profundizado demasiado en cambios estructurales que afectaran a la oligarquía terrateniente. Entonces ¿alguien va a decir que el modelo agroexportador argentino era el emblema de una sociedad inclusiva? Por cierto, ¿esa presunta unidad alguna vez perdida se recuperó con el golpe del ’30? Ciertamente no, y la irrupción del peronismo no fue una magia de repollo sino la visibilización de mayorías desplazadas que se sentían representadas por un liderazgo.

Pero no avancemos tan rápido porque, justamente, quienes hoy insisten en endilgarle al kirchnerismo el haber dividido a los argentinos equiparan la situación actual con aquella que se dio desde el ’45 hasta los años ’70 en torno al clivaje peronismo-antiperonismo. En esta línea se dice que las familias se pelean, las parejas se separan y los amigos se distancian por las diferencias políticas, del mismo modo que sucediera en aquellas décadas del siglo XX. ¿Tienen razón al bosquejar ese panorama? Claro que la tienen pero eso no significa que estas fracturas en el campo de las relaciones básicas sean propiedad exclusiva de los procesos peronista y kirchnerista. Lo que sí parece signo característico de ellos es el modo en que esas grietas inherentes a la Argentina (y probablemente a buena parte de las sociedades y los Estados modernos) se han hecho carne y se manifiestan sin ocultamientos. ¿Por qué sucede esto? Seguramente porque se trata de procesos que con infinitas diferencias han intentado al menos trastocar las estructuras vigentes. Se podrá discutir por qué lo hicieron o en qué porcentaje lo hicieron, pero no se podrá decir que ambos procesos resultaron indiferentes para las elites.

Sin embargo, claro está, ni la historiografía liberal ni los comentadores reproductores del relato del establishment podrían aceptar que esas han sido las razones por las que el peronismo y el kirchnerismo generan divisiones. De aquí que recurran a una argumentación sintomática. Para dar cuenta de ello avanzaré un poquito más en la historia para poder situarnos en nuestro pasado reciente. Pregúntese entonces por qué durante los noventa no se afirmaba que la sociedad argentina estaba dividida. Nadie lo decía a pesar de que ese modelo hizo eclosión en 2001 y produjo la mayor distancia entre los que más y los que menos ganan, una confiscación de ahorros vergonzosa, más de un 50% de pobreza, un 25% de desempleados y un país al borde de una guerra civil.

¿No son estos números signo de un país fracturado? ¿O el dato para identificar un país partido es simplemente el modo en que se dirimen las diferencias políticas con nuestros familiares, amigos y parejas?

Lo que intuyo es, entonces, que esta idea de una actual Argentina dividida responde con naturalidad deductiva a los principios de una matriz de sentido común neoliberal instalada. Se trata de aquella que considera que sólo la política es la que divide. Dicho de otro modo, pareciera que las diferencias económicas son producto de un natural estado de cosas que, aun estirando la distancia entre los más que menos tienen y los menos que más tienen, responde al orden originario de la unidad nacional. De este modo existiría una desigualdad original aceptada por los ganadores y por los perdedores por igual, y cualquier intento por transformarla supondría un cambio político y, en tanto tal, sería identificado como el mal, una suerte de intromisión artificial que genera crispación, disputa, peleas y violencia. Según esta idea, como la economía es sabia, no genera violencia, y como los pobres deben reconocer el lugar que les corresponde, no hay espacio para que se crispen ni para que se peleen. En todo caso, quedará un lugarcito para que la clase media dispute y, según el contexto histórico, gane o pierda terreno pero nada más. Así lo indica la matriz cultural que se sigue del modelo neoliberal que gobernó entre 1976 y 2001, aquel que partió al país pero en el que teníamos muchos amigos, una buena relación de pareja y una comida familiar en paz en la que se hablaba de todo, menos de política.

El Argentino

16/02/2013 Posted by | Educación, General, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , | Deja un comentario