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El kirchnerismo, la discusión que viene – Edgardo Mocca

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La cuestión de los ciclos políticos, la disputa por la sucesión presidencial y la naturaleza de los programas en contraposición en el largo camino a 2015

El kirchnerismo no es una persona, es una visión del país y del mundo, dijo (la versión no es textual sino interpretativa) la presidenta Cristina Kirchner en la segunda parte del reportaje que le concediera a Jorge Rial. Curiosamente, de modo casi simultáneo con la difusión pública de la nota se conocía el parte médico que concluía con la obligatoriedad de un período de reposo de la mandataria: a la propia relativización del lugar político la sucedía una escena política en la que esa centralidad quedaba fuera de toda discusión.

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Sin embargo, se puede pensar los dichos de la Presidenta de otra manera, menos coyuntural y más estratégica. Es, por empezar, muy significativo que Cristina, después de que en la entrevista con Hernán Brienza pusiera entre paréntesis la existencia misma del kirchnerismo como fenómeno relativamente autónomo del kirchnerismo, se refiriera a ese movimiento como una perspectiva común de toda una constelación política en la Argentina. Nada de esto forma parte de una diversión teórica, género tan abundante en nuestra vida política y sus adyacencias. Por el contrario, esta aparente digresión presidencial toca el corazón del conflicto político argentino: la naturaleza del kirchnerismo no se discute en términos de una descripción de la realidad sino de una estrategia, de un “programa” político. Si esto fuera así, ¿a qué otro programa está enfrentando la Presidenta? No es muy difícil encontrar la respuesta. Todo el arco opositor, incluyendo al llamado “peronismo disidente”, ha intentado imponer una interpretación del resultado de las primarias abiertas como un fin de ciclo político: a saber, el ciclo kirchnerista. No se pone, como se ve, el acento en un pronóstico electoral adverso hacia las presidenciales de 2015, sino en el presunto ocaso de una experiencia política. Para la oposición, encabezada ideológicamente como siempre por el staff mediático del monopolio y sus aliados, se trata del fin de uno de los movimientos pendulares del peronismo; así como el menemismo fue el peronismo de los años de oro del neoliberalismo, el kirchnerismo lo habría sido de un giro nacionalista, hijo también de una coyuntura, a la que se la piensa como breve y sin demasiada proyección futura.

Estamos en el terreno de la previsión: los disidentes –Sergio Massa como su principal espada actual- prevén una reubicación del PJ, una nueva política de alianzas y una más lenta o más rápida reconversión en la mirada del país y del mundo. Los opositores del arco panradical sugieren un cuadro futuro prácticamente igual en el que el clivaje sería entre un peronismo derechizado y un radicalismo a la cabeza de un reagrupamiento “socialdemócrata”, algo así como una versión local de la concertación chilena. En ninguna de esas representaciones del futuro político hay algún lugar más o menos importante para el kirchnerismo. No sería justo negar que en las filas del espacio actualmente en el gobierno hay también quienes reducen la experiencia de estos años a un ciclo de predominio peronista, con algún aporte político de menor cuantía; esa definición suele ser funcional a los cálculos que empiezan a hacerse sobre el comportamiento del peronismo en un futuro próximo.

¿Es realmente el kirchnerismo una visión del país y del mundo, como afirmó la presidenta o su lugar histórico se reduce al “gerenciamiento” circunstancial de un peronismo que no se autodefine por proyectos o rumbos sino por un estricto pragmatismo de poder? Los supuestos analistas objetivos que optan por la segunda perspectiva tienen muchos problemas en el momento de recorrer la trayectoria discursiva y de políticas públicas de esta década: ¿por qué puede ser más utilitaria en la Argentina una política que enfrente a la Sociedad Rural, a los accionistas de las AFJP y a un oligopolio del poder de fuego del Grupo Clarín que la conciliación con esas fuerzas? Hay un relato mediático –con mucha penetración en cierto progresismo- que lo atribuye todas las políticas kirchneristas a un enorme simulacro que procura ocultar un designio de poder incompartido y arbitrario, cuando no una pura y simple vocación de enriquecimiento. Pero esta visión de un país detenido y estancado la voluntad de poder de un grupo de autoritarios no es muy aplicable a la Argentina de estos años, poblados de decisiones trascendentes, de grandes conflictos y hasta de densos rencores y revanchismos. Desde el punto de vista del camino recorrido no habría forma de negar una visión política nacional y mundial específica como rasgo central del kirchnerismo.

«El kirchnerismo es una profunda reescritura de la historia del movimiento, porque le aportó el sello de una época diferente, de nuevas demandas, de nuevas disputas»

Claro que no es una visión mágicamente surgida de la nada. Es portadora de potentes raíces históricas, ante todo del nacionalismo popular peronista. Cada una de las medidas trascendentes, cada uno de los conflictos centrales, y hasta cada una de las escenas de crispación clasista de las que hemos vivido en estos años llevan el sello de esa historia. Ahora bien, la herencia peronista no es un extraño don que poseen determinados líderes o funcionarios, sino una obstinada memoria popular poblada de mitos y rituales. Tampoco la historia del peronismo realmente existente es una línea recta de compromiso con determinadas banderas y tradiciones. La reivindicación de una memoria es, en su máximo nivel, estrictamente política. Se construye en una praxis que incluye estructuras, prácticas y liderazgos pero las supera. Ciertamente es muy difícil pensar al kirchnerismo sin el peronismo en cuya historia abreva. Pero no es menos difícil concebir en la segunda década del siglo XX en la Argentina un peronismo sin el kirchnerismo. Porque el kirchnerismo es una profunda reescritura de la historia del movimiento, porque le aportó el sello de una época diferente, de nuevas demandas, de nuevas disputas. Surgió después del derrumbe del sueño neoliberal cuyo principal timonel fue un líder al que difícilmente puedan negársele los pergaminos partidarios y que fue además mayoritario y exitoso durante su mandato. Pero también surgió de la Argentina posdictatorial y construyó un relato alternativo de lo que significó el terrorismo de Estado: un relato que no condescendió con la visión de un demonio que vino a combatir otro demonio y descendió al horror por pura brutalidad sino que puso en cuestión las raíces sociales y estructurales, los poderosos actores económicos que conformaron un proyecto que además de terror trajo desindustrialización, pauperización y escarmiento social.

La frase de Cristina es programática. Traza el horizonte de continuidad política de una visión del país y del mundo que tiene mucho que hacer y decir en un futuro de crisis del paradigma capitalista hoy vigente y de disputa por la continuidad o no de una política que cambió drásticamente el rumbo del país, al tiempo que replanteó su lugar en el mundo. Ese horizonte está lejos de estar garantizado. La no reelección de la Presidenta introduce incertidumbres nuevas en el próximo período, particularmente las que conciernen al futuro del peronismo. De eso, según cree el autor de estas líneas, se discutirá desde hoy hasta la elección de 2015.

REVISTA DEBATE

02/11/2013 - Posted by | General, Política Argentina, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , ,

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