America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Entre los buitres y los predicadores de la eutanasia – Roberto Caballero

Domingo 22 de Junio de 2014 OPINIÓN
Por Roberto Caballero
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Entre los buitres y los predicadores de la eutanasia

Los autores del endeudamiento carnal, el Blindaje y el Megacanje dan lecciones de negociación al gobierno. De no creer.

“El miedo sirve sólo para perderlo todo”: Manuel Belgrano

Perjudicar al 92,4% de los bonistas que entraron en el canje de deuda para beneficiar al 0,4% más irritable del grupo que no aceptó hacerlo en tiempo y forma es un hecho injusto. Cuando el promotor de la injusticia, además, es un juez, se trata de un fallo doblemente leonino. Esto, al menos por ahora, es lo que propone Thomas Griesa: darle a una extrema minoría una extrema utilidad injuriando a una mayoría de acreedores que, en su momento, consintió la idea de que Argentina debía crecer para poder pagar lo que se les adeudaba. Además de ciertos tropiezos legales sobre los que últimamente opinan los que saben de asuntos legales y los que no saben nada de ellos, esta es una perspectiva moral que cuestiona una negociación ligera o cualquier acuerdo prematuro con los fondos buitre.

Hay otra perspectiva, estrictamente económica, que postula que, aunque quiera, nadie puede pagar lo que no tiene. Axel Kicillof usó una metáfora cristalina para explicarlo: si un juez le exige a alguien que se suicide, este no puede acatar el fallo, porque nadie puede ser obligado a ir contra su propia vida. El fallo de Griesa, en principio, pide eso: páguele cash y ahora a este grupo de gente, y si es con la plata de los otros, no me importa demasiado. A él no, claro. Pero a la Argentina, sí.

Si Argentina entra en default, sus activos pasarán a valer menos. Lo que hoy se paga caro, mañana valdrá la mitad: empresas, acciones, pozos, papeles, recursos, salarios.
Como están las cosas hoy, la justicia de Nueva York, al levantar el stay (el amparo) sobre los fondos destinados a los bonistas reestructurados, deja abierta la puerta a que el depósito del bono Discount pagadero en aquella plaza financiera el 30 de junio próximo, sea incautado por los buitres. Ya se dijo: moralmente es dañino. Si Argentina paga, aunque lo haga en fecha precisa, como lo viene haciendo hace años, no paga a los que debe y quiere, sino al grupo más recalcitrante que, por fuera de los dos canjes exitosos, desconoció el esfuerzo del país a lo largo de esta década. Así, la política soberana sobre la deuda estalla por los aires.

Eso es un default técnico: la plata no le llega a los bonistas reestructurados en Nueva York, tal como establecían los acuerdos de 2005 y 2010 y, aun queriendo cumplir, Argentina incumple. En otras palabras, económicamente hablando, es obligada a suicidarse.

Es cierto que Griesa es un juez de Nueva York y Argentina aceptó que una parte de la deuda –no toda, durante los canjes se redireccionó otra buena parte de los bonos a Europa– se someta a esa jurisdicción extraña y lejana. Lo que no dicen los que solemnemente plantean esta disyuntiva como una cuestión de honor es que muchos de ellos y los partidos que integran aplaudieron de pie el default de Adolfo Rodríguez Saá malvinizando sus discursos hasta el paroxismo. Ayer se creían Fidel Castro, hoy argumentan engolados como si estuvieran en el Tea Party. ¿Cómo se hace para cumplir lo incumplible? Esta es la pregunta seria. Cri-Cri. Tampoco tienen respuesta.

Favorecer al MNL Elliot de Paul Singer, con negociación o sin ella, crea la condición desventajosa de que otros buitres puedan reclamar idéntico trato. Esta demanda podría equivaler a unos 15 mil millones de dólares cuando el Banco Central no llega a atesorar 30 mil millones de dólares, producto de sucesivas corridas cambiarias y el aceleramiento de la fuga de divisas del año pasado. Esto desencadenaría una nueva quiebra del Estado Nacional que repercute en la vida cotidiana de los argentinos.

Además, como sería dentro de diez días, es decir, antes de diciembre, según la cláusula RUFO, nuestro país podría verse obligado a pagar el 100% de las acreencias a los bonistas que entraron de buena fe en el canje y habían aceptado, en su momento, una quita de casi dos tercios de lo que pretendían originariamente. No sólo esa cláusula: la ley cerrojo que votó el Congreso Nacional obliga a mejorar la oferta a los bonistas en sintonía con el mejor acuerdo alcanzado. Si a los buitres se les paga el 100%, a los otros les corresponde lo mismo. No hay espacio político opositor que ignore esta exigencia. Los cálculos menos difíciles hablan de 100 mil millones de dólares extra. Es la definitiva sepultura de cualquier sueño de autonomía financiera por varias generaciones. Como volver al 2001 y, lo que es peor, a sus consecuencias.

Este es el verdadero drama de la crisis con Griesa y los buitres. Hasta hoy, todos los escenarios son malos. Podrá discutirse cuál es la mejor elección entre lo malo, lo peor y lo horrible, porque no todo es exactamente lo mismo. Pero irrita ver a los autores del blindaje, del Megacanje y del default incluidos predicando desde la supremacía de los medios hegemónicos que se debe pagar de cualquier manera. Son la frutilla de un postre envenenado. Ellos crearon el monstruo del endeudamiento salvaje y ahora dicen sueltos de cuerpo que corresponde cuidarlo, vestirlo y alimentarlo para que no se violente. Es mucho.

La mayoría de la oposición no actúa a la altura de la encrucijada, y eso agudiza un problema de por sí grave. Atribuyen el fallo de Griesa no a una política diseñada para el saqueo de las economías emergentes o periféricas, cristalizada además por la subordinación malsana de nuestros gobernantes de la vieja política a los organismos multilaterales de crédito, sino a una negociación mal llevada por el oficialismo. Aturden con un argumento irrisorio, cuando no mezquino.

¿Reestructurar el 92,4% de una deuda amasada en 40 años de malos gobiernos con una quita monumental y un período de gracia que le permitió crecer al país puede ser el resultado de una mala negociación? ¿Evitar 900 juicios que pedían embargos en tribunales extranjeros durante una década es posible con negociadores bartoleros? ¿Coincidir con los gobiernos de los Estados Unidos, Francia, Brasil y México, entre otros, ante la Corte de los Estados Unidos en recurrir un fallo que pone en crisis la autonomía de los Estados-Nación para reestructurar sus deudas en el futuro puede ser el resultado de una estrategia dispendiosa, temperamental, o “ideológica”, como acusa la derecha desde los sets de televisión?

Detrás de los elogios a la “independencia judicial” estadounidense, ¿no hay acaso una voluntad de sumisión colonial imperecedera de cierto sector de la sociedad nacional? Para la postura negociadora de la Argentina en todo este embrollo, ¿no es más nociva esa tendencia automática a la subordinación que el propio Griesa? Claro que sí: el endeudamiento fue producto de la adhesión carnal al Consenso de Washington de estos mismos sectores que hoy fustigan y atacan al gobierno porque intenta resolver el problema que ellos mismos fabricaron, con algún margen de autonomía que jamás se les cruzó siquiera por la cabeza.

En este melodrama político, el Griesa de Nueva York es un actor de reparto. Son los “griesas” que habitan de fronteras para adentro los verdaderos protagonistas del dilema que atravesamos. Cuando Cristina Kirchner, desde Rosario, asegura que se le pagará al total de los acreedores porque primero está la Patria y después su gobierno –el que con mayor dignidad encaró el asunto de la deuda–, le está hablando a la historia. Con un grado de responsabilidad que sus actuales críticos no tuvieron cuando administraron el Estado. La celada del arrodillamiento perpetuo como alternativa produce una política y un país mediocres.

Pareciera que a los secuaces del endeudamiento, a los machos del set de televisión, que ahora gritan airados frente a la cámara cuando antes eligieron recortar salud, educación, jubilaciones, salarios, fábricas y trabajo argentino para cumplir lo incumplible, necesitan que a la Argentina le vaya mal para acertar en sus profecías. Confunden a un gobierno con un país. No son antikirchneristas: son predicadores de la eutanasia como solución a todos los males. Si el gobierno paga, está mal. Si no paga, está peor. Si reestructura el 93% de su deuda, es poco. Si arregla con el total, es entreguista. Si consigue una quita de dos tercios, es falaz. Si renegocia y estira los plazos, se vendió a Chevron. Si el agro gana plata, se alquiló a Monsanto. Si no baja las retenciones, es satélite de Cuba. Si adecúa a Clarín, ataca la libertad de expresión. Si no lo hace, pactó con Magnetto. Si arregla con el Club de París, se bajó los pantalones. Si no lo hace, es Venezuela. Si Boudou no es investigado, es porque el gobierno maneja la justicia. Si el vicepresidente es investigado, de todos modos dirán que el gobierno maneja la justicia.

La izquierda zonza y la derecha loca tiene un mismo país en la cabeza: uno que no existe. Que no está habitado por 40 millones de personas de carne y hueso diversas sino por fantasmas vocacionalmente afectos a sus relatos de precipicio. Por suerte, la calle está repleta de personas que no encajan en el país esquizoide que relatan con tanta saña.

Volviendo a lo importante, Cristina Kirchner, en su discurso rosarino, bajó los decibeles. Los “griesas” de acá le habían reprochado que durante su cadena nacional hablara de una “extorsión” como si fuera una extorsión. La presidenta, esta vez, ni siquiera les dejó la grieta para que la recriminaran tomando el atajo de la semántica. Dejó abierta una hendija para algún tipo de negociación, bajo paraguas judicial, que involucre al 100% de los tenedores de bonos, incluidos los que no entraron al canje, que sirva para evitar el default.

Los abogados argentinos ya trabajan para obtener del Griesa de Nueva York un guiño para eso. Puede pasar, por ejemplo, que se proteja vía amparo nuevamente el depósito de los bonistas, y se abra un diálogo con los holdouts. Cristina aprovechó la tribuna para reiterar que nuestro país tiene voluntad de pago y que no quiere dejar de hacerlo. Su último mensaje buscó instalar que la disposición a negociar siempre estuvo del lado del gobierno argentino y no de los buitres.

En el Ministerio de Economía, mientras tanto, trabajan a destajo en otra alternativa por si Griesa persiste en su fallo original. Sería un gol al ángulo, en el último minuto de descuento, cuando la mayoría esté mirando para otro lado. El factor sorpresa y el secretismo, aseguran, es clave para su éxito. Esta opción podría respetar el derecho de los bonistas que aceptaron el canje, evitar las imposiciones de imposible cumplimiento de la justicia neoyorquina y satisfacer la demanda de los buitres –que, hay que admitirlo, tiene una posición casi ideal para marcar el ritmo de cualquier negociación: un fallo que les da la razón en todo– en tiempos prudenciales. Así dicho, parece un milagro. Quizá lo sea.

¿Cómo afectaría un nuevo default a la economía de los argentinos? Hay preguntas que son más difíciles que sus respuestas. Basta con pensar qué ocurrió con el anterior. La única diferencia es que la macroeconomía está mucho mejor que lo que dicen sus detractores en público. Pero la tele volvería a hablar de riesgo país, las calificaciones internacionales serían catastróficas, las inversiones genuinas se paralizarían porque los créditos subirían sus tasas, la actividad se retraería, los empresarios echarían por las dudas, el consumo se achataría y algunos aventuran que el default es sinónimo de devaluación asegurada. Mejor, ni soñarlo. Es una pesadilla conocida.

Hay actores sectoriales del país que pretenden resultados distintos comportándose del mismo modo que los llevó al desastre. Como si los problemas del país fueran del país y no de la acción de los que habitan en él. Es un pensamiento fácil y peligroso. Es la antesala conceptual para dejarles brasas ardientes a las futuras generaciones. Así vivió la Argentina durante décadas. Lo bueno que sucedió en el último tercio democrático fue, precisamente, porque aparecieron nuevas recetas para resolver viejas encrucijadas. Cuando se dice que el kirchnerismo no endeudó al país, no hay relato. Es verdad. La deuda hoy llega a apenas al 40% del PBI. En 2003, llegaba a un PBI y medio. No lo dice Kicillof, lo reconoce el FMI, aunque le duela, a la vez que admite que el fallo de Griesa pone en riesgo futuras reestructuraciones de deuda. De no creer.

La presidenta deslizó algo en Rosario, el Día de la Bandera. Hay que admitir que ella ve más lejos que el resto. Advirtió que los buitres eran una avanzada. Que lo que estaban buscando, en realidad, era otra cosa, no resolver unos papeles de la deuda. Habló de los recursos naturales: con Vaca Muerta, nuestro país pasa a integrar el selecto grupo de potencias hidrocarburíferas productoras de gas y de shale.

Si Argentina entra en default, sus activos pasarán a valer menos. Lo que hoy se paga caro, mañana valdrá la mitad: empresas, acciones, pozos, papeles, recursos, salarios. Con el desendeudamiento, nuestro país recuperó autonomía, es decir, capacidad para tomar decisiones sobre su propia riqueza. Buena parte del excedente producido en estos años, que antes iba a pagar servicios de deuda, se volcaron a la salud, a la educación, a jubilaciones, a infraestructura y a políticas sociales esenciales para reparar el tejido social, cultural y productivo del país dañado por el neoliberalismo.

¿Qué pasaría con un nuevo e infinito endeudamiento de 100 mil millones de dólares? Lo contrario. Con un agravante: todo lo que hoy vale algo, pasaría a valer la mitad. Se compra por migajas. No es solamente la ambición de los comisionistas que necesitan que Argentina pida deuda para pagar más deuda, como se hacía antes, por ejemplo, con el Megacanje, y llevarse un par de decenas de millones a su casa. Eso es chiquitaje. Ahora van por todo. Los que sueñan convertirse en futuros nuevos dueños del país se frotan las manos. En diez días, suponen, la Argentina podría caer en la trampa. Ni siquiera quieren esperar a que ganen Daniel Scioli, Sergio Massa o el FAUNEN dentro de un año y medio. Cualquiera de estos candidatos, que hoy les ofrece en bandeja lo que quieran con tal de entrar en la Casa Rosada, es menos confiable que su propio poder para incidir en los escenarios económicos. ¿A ver si la política, después de la enfermedad kirchnerista, cree que puede hacer lo que quiere con el Estado, la economía y las empresas? Los quieren de mozos, no como encargados del negocio. De repositores y no de gerentes.
Infonews

26/06/2014 - Posted by | Uncategorized | , , , , , , , , , , , ,

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