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El triunfo de Syriza y el espejo de América latina – Julio Burdman

El triunfo de Syriza y el espejo de América latina
Por Julio Burdman

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La Europa del Sur está siendo atravesada por la ola ascendente de la izquierda radical. Denominación tal vez algo imprecisa para denominar a un conjunto heterogéneo de protagonistas, pero que se impone por fuerza de las circunstancias. En Grecia, como en los 70, se produjo el nodo inicial de la ola: el 25 de enero, la coalición de izquierda Syriza ganó por amplio margen las elecciones parlamentarias y su líder, Alexis Tsipras, asumió como primer ministro. Podría seguir España, ya que para fines de este año están previstas las elecciones generales allí y la izquierda radical, representada por el partido Podemos y la Izquierda Unida, tienen posibilidades reales de imponerse y gobernar -sobre todo, si se unen.

Para 2016, año en el que deberían realizarse las elecciones parlamentarias en Irlanda -que podrían adelantarse-, el partido nacionalista de izquierda Sinn Fein -referido en otra época como el “brazo político del IRA”, aunque era algo más que eso- hoy lidera las encuestas. La lista sigue, pero estos son los procesos más significativos de los próximos 12 meses. Y los que pueden impulsar, si son exitosos, las chances de las izquierdas en otras partes de Europa.

Con sus historias, tradiciones y estructuras diferentes. Convergen fuerzas jóvenes y movimientos centenarios, nacionalistas y ecosocialistas, partidos y coaliciones sociales, nuevos políticos y dirigentes con medio siglo de militancia. Pero nuevas cosas los unen, como una oposición coordinada a las políticas europeas de “austeridad”. Todos los antes mencionados forman parte, junto a otros 20 partidos del continente, del grupo de la Izquierda Radical o Unitaria (GUE/NGL) en el Parlamento Europeo, donde varias de sus nuevas estrellas, incluido el español Pablo Iglesias, ocupan bancas de eurodiputados. Entre los miembros del grupo predominan los eurocomunistas, pero también hay casos como los del francés Jean-Luc Melenchon o el alemán Oskar Lafontaine, antiguos socialdemócratas que abandonaron los partidos en los que habían militado por décadas para fundar nuevas agrupaciones de izquierda, como son Parti de Gauche y Die Linke respectivamente.

Desde mediados del siglo XX, el discurso de los eurocomunistas y la izquierda se empantanaba en el intento de diferenciarse ideológicamente de los socialdemócratas. Grupo en el que contamos al Partido Socialista Obrero español, el Socialista francés, el Socialdemócrata alemán, el Laborista británico o el PASOK griego, entre otros. Aún cuando a veces formaran alianzas, como en Italia o España, había una competencia por un electorado similar que los eurocomunistas pretendían ganar semánticamente, convenciendo a los votantes de que había una “izquierda”, a secas y sin el prefijo “centro”, que era la “verdadera” izquierda, la que verdaderamente los merecía.

Pero hoy, crisis financiera mediante, los partidos del bloque ascendente plantean una estrategia más clara y eficaz. Para Syriza, Podemos y el resto, los socialdemócratas no existen más. La centroizquierda selló su fin una vez que se alió a la centroderecha para implementar las políticas del ajuste neoliberal, asociado a Alemania, el Banco Central Europeo, los grandes bancos y el FMI. La confusión entre las fuerzas “del sistema” fue la gran oportunidad de la izquierda radical para politizar, subirse al ring y confrontar en igualdad de condiciones con quienes detentan el poder.

Como advertían Fravia Freidenberg y Esperanza Casullo, el dato desequilibrante de la política europea era la incapacidad de la centroizquierda para absorber las nuevas demandas democráticas. La paradójica consecuencia de ello fue que Syriza se convirtió en el nuevo centro. En un extremo quedaron los partidos del sistema, la troika y los memoranda, en el otro los extremistas antieuropeos de derecha -en ese sentido, los nazis de Amanecer Dorado resultaron funcionales a la pronta asimilación de Alexis Tsipras- y en el medio, entre ambos, aquellos que proponen reformular las políticas de ajuste sin renunciar a Europa, nunca gobernaron y merecen la oportunidad. Por esa razón, Tsipras rechaza ser clasificado como un fenómeno de reacción o protesta social, aunque reivindique la política en las calles y las organizaciones de desocupados. El nuevo premier griego atribuye su triunfo electoral a su programa: Syriza hizo el mejor diagnóstico y formuló la mejor propuesta, hablando reiteradamente de renegociación de la deuda, crecimiento económico y estado de bienestar como las claves de la “alternativa al neoliberalismo”.

Sin embargo, más allá de la retórica estructurada de Tsipras, el arma con la que cuenta para gobernar es la política antes que sus ideas económicas neokeynesianas. Lo que propone no es antieuropeísmo ni la salida del euro sino un New Deal desde Europa (léase, siempre, Alemania) y para el Sur de Europa. Desde la campaña electoral planteó la cuestión de las reparaciones de Alemania por la Segunda Guerra Mundial, traducidas en un plan de inversión pública respaldado por el Banco Central Europeo. Y otro punto que forma parte de sus demandas a Europa es que el BCE respalde un bono griego de circulación, lo que recuerda bastante a las cuasimonedas que dieron resultado en Argentina. Y a las propuestas del desdoblamiento gradual y de facto de la zona euro, sobre las que hay un consenso discreto pero creciente.

Tsipras deberá encontrar aquellos puntos, como éste, en los que habla el mismo idioma que Merkel. Alemania no tiene demasiados incentivos políticos para interesarse en un New Deal europeo, electoralmente inviable para sus políticos, aunque algunos líderes de diferentes países europeos sí podrían querer contener el revisionismo de los partidos del GUE/NGL. Tsipras descarta la posibilidad de una Grecia aislacionista cayéndose de Europa, e ilusiona -y asusta- con una nueva ola política en todo el continente, que incluye a diversos separatistas y autonomistas (el triunfo simultáneo de Sinn Fein en las dos Irlandas, por ejemplo). Contener, para los conservadores europeos, podría querer decir que el nuevo gobierno griego asuma solo los costos de crear su propia periferia monetaria.

Kirchner, Lula y el new deal

En un reportaje poco antes de las elecciones, le preguntaron a Tsipras si acaso su pasada gira por América del Sur y sus frecuentes odas a Néstor y Cristina Kirchner, Lula y Chávez no eran parte de una estrategia para “asustar” a Merkel y forzar a “la troika” a negociar mejores condiciones para los griegos. Somos, para el periodista, el cuco de una amenaza estratégica y verosímil. Pero Tsipras insistió en que no, y reiteró que América del Sur es, para él, una fuente de modelos e ideas. Ahora bien, si Tsipras realmente estudió Hay motivos para creerle a Tsipras, ya que en sus palabras y argumentos se trasluce que estamos ante alguien que estudió la historia suramericana del siglo XXI. A nosotros, lo que pasa en Grecia y otros países nos va a servir, y mucho, para entender mejor lo que sucedió y sigue sucediendo por aquí.la política suramericana de la última década, ya debería saber que el New Deal europeo que propone lo irá llevando a una creciente separación de la zona euro, de la que será muy difícil retornar. Kirchner inició su gobierno proponiendo una revisión moderada de las relaciones internacionales argentinas, pero la propia dinámica de su política reformista lo llevó a profundizar la autonomía. La “razonabilidad” mostrada por Tsipras en sus primeros días como premier no lo convierten en un nuevo Felipe González: si su ascenso, y el de los partidos de la izquierda radical europea se inicia de la mano de una confrontación con los partidos del sistema y las políticas de austeridad, tiene por delante un camino de politización.
Diario BAE

07/02/2015 - Posted by | General, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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