America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

¿Una aberración argentina? – Atilio Boron


¿Una aberración argentina?

A propósito de un editorial de The New York Times sobre los suicidios sospechosos de la Argentina, Atilio Boron recuerda célebres crímenes nunca esclarecidos de los Estados Unidos. Mario Rapoport, por su parte, describe diferentes casos históricos de enfrentamientos de gobiernos con el
Poder Judicial.

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Por Atilio A. Boron *
Se ha convertido un lugar común decir, a propósito de la muerte del fiscal Alberto Nisman, que “cosas como éstas sólo ocurren en la Argentina”. Una nota aparecida en la página de opinión de The New York Times del martes 10 de febrero abona la supuesta verdad contenida en esa afirmación que, como era de esperar, fue reproducida y agigantada hasta extremos indecibles por la prensa hegemónica y los intereses del bloque oligárquicoimperialista empeñado en acelerar, también en la Argentina, un “cambio de régimen” sin tener que atenerse a los plazos y nimiedades establecidas por la Constitución y la legislación electoral. Y decimos supuesta porque si hay algo que enseña la historia comparada contemporánea es que casos como el de Nisman: muertes sospechosas, imposibles de certificar si fueron suicidios o asesinatos, no son infrecuentes en las principales democracias del mundo. Casos que, casi invariablemente, se archivaron rápidamente señalando causas y culpables de menos que improbable verosimilitud.

En lugar de sermonear a los argentinos por el caso Nisman, The New York Times podría hacerle un servicio a su país si investigase seriamente el asesinato de John F. Kennedy o el de otros connotados personajes de la política norteamericana que murieron bajo asombrosas circunstancias, para decirlo con benevolencia. La forma en que se investigó y se cerró el caso de JFK con el Informe Warren que dictaminó que Lee H. Oswald actuó en solitario para matar a JFK y herir al gobernador Connally, y que Jacob Rubenstein (a) Jack Ruby, un conocido hampón y narcotraficante de Dallas, hizo lo mismo al matar a Oswald dos días después en la propia comisaría. Pocas cosas contribuyeron tanto al descrédito del sistema judicial de Estados Unidos como ese informe refrendado por la Corte Suprema de ese país. El NYT, que con tanto entusiasmo adhirió a la absurda teoría de que había armas de destrucción masiva en Irak, haría bien en tratar de develar las razones y consecuencias de una mentira que costó millones de vidas, heridos y gentes desplazadas; o de ilustrar a sus lectores qué ocurrió con Osama bin Laden, cuya supuesta muerte en mayo del 2011 quedó sellada en las profundidades del océano Indico mientras un espectro de sospechas corroe hasta el tuétano la credibilidad de la Justicia y el gobierno de Estados Unidos, lo mismo que los macabros misterios –cada vez menos herméticos y más cuestionados– que rodean los sospechosos atentados del 11S.

La lista sería tan extensa que necesitaríamos una página simplemente para enumerar las principales muertes de altos funcionarios o personas muy allegadas al poder político en Estados Unidos. Tomemos el caso de dos ex directores de la CIA. William Colby lo fue entre 1973 y 1976, falleció en 1996 mientras hacía una solitaria excursión en canoa en un río cercano a su domicilio en Maryland. Colby duró poco en su cargo; no era muy bien visto por sus colegas en la Agencia porque sentía que algunos de sus “agentes operativos” (vulgo: killers) gozaban de demasiadas prerrogativas y desconfiaba de los verdaderos propósitos de algunas de sus operaciones secretas. Otro ex director de la CIA, William J. Casey, dirigió la agencia entre 1981 y el año de su muerte, 1987, sirviendo en tal calidad durante casi todo el período presidencial de Ronald Reagan. Casey, un fundamentalista católico, carecía de los escrúpulos que llevaron a su predecesor a sufrir un fatal accidente náutico. Pero tuvo mala suerte también él, porque falleció pocas horas antes de testificar en el Congreso sobre la criminal operación IránContra y también sobre la intervención de la CIA en el reclutamiento y organización de los mujaidines afganos bajo el liderazgo de Osama bin Laden. La versión oficial, apta sólo para ingenuos incurables, es que Casey padecía de un extraño tumor cerebral que de la noche a la mañana se agravó hasta privarlo del habla y, un par de días después, despacharlo al otro mundo. Otro caso interesante es el del senador republicano John Tower, que a mediados de los setenta presidió junto con el demócrata Frank Church un comité que examinó el papel de la CIA en el golpe de Estado de Chile de 1973. En el curso de la investigación se descubrió que la CIA estaba desarrollando una pistola altamente sofisticada que podía eliminar enemigos políticos inoculándoles bacterias o gérmenes letales mediante el disparo de un rayo ultracongelado que penetraba en el organismo de la víctima sin que ésta fuera consciente de ello. Tower murió en un accidente de un pequeño avión de línea regional. Otro desafortunado fue Vincent Foster, un amigo y consejero del presidente Clinton, que supuestamente se suicidó en 1993. La investigación estuvo plagada de irregularidades, incomprensibles en el caso de un sujeto tan cercano a la familia presidencial, nacido y criado en el mismo pueblo en Arkansas. Un informe señala que llamó al celular de Hillary Clinton unas pocas horas antes de su muerte. El caso se catalogó como suicidio y asunto concluido.

Como vemos, el NYT tiene una lista de temas bastante extensa para preocuparse, además del caso Nisman. Si cruzamos el Atlántico las cosas no mejoran. Uno de los incidentes más resonantes de los últimos tiempos es el del notable científico británico y autoridad reconocida en el tema de la guerra bacteriológica: David Christopher Kelly. Había sido inspector de la ONU en Irak en aquella búsqueda absurda de las supuestas armas de destrucción masiva y que todos sabían que no estaban allí. Kelly fue llamado a testimoniar ante el Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Británico y se produjo un áspero debate en donde refutó inapelablemente la postura de los secuaces parlamentarios del primer ministro Tony Blair, íntimo aliado de las mentiras y crímenes de George W. Bush. Dos días después, y en medio de la conmoción que habían producido sus declaraciones, Kelly apareció muerto. La información oficial dijo que se había suicidado, y a diferencia de lo ocurrido hasta ahora con Nisman, la comisión parlamentaria dirigida por Lord Hutton resolvió, luego de una pericia más que superficial, archivar todos los elementos probatorios del caso (incluyendo la autopsia y las fotografías del cadáver) y resguardarlos como material clasificado por un plazo de 70 años. Este sí es un caso de “encubrimiento” que debería despertar las iras de tantos políticos argentinos que con total irresponsabilidad apelan a esa figura jurídica, aunque demuestran su incoherencia, o mala fe, cuando se cuidan de aplicarla a quienes conspiraron para encubrir “la pista siria” y la “conexión local”, también involucrados en el criminal atentado de la AMIA y, no olvidemos, de la Embajada de Israel, de la cual sorprende lo poco que se habla.

Podríamos seguir con este listado: mencionemos sólo otros dos en suelo europeo. El del papa Juan Pablo I, que entra en esa misma categoría de crímenes irresueltos, aunque un pesado manto de silencio impidió que se investigara tan exhaustivamente como ocurriera con JFK. Otro: Olof Palme, asesinado en las escalinatas de una calle céntrica de una ciudad segura y tranquila como Estocolmo, sin haberse jamás hallado al magnicida cuando en Suecia hasta el ratero más insignificante es aprehendido por las fuerzas policiales en menos que canta un gallo.

De lo anterior se desprende que el discurso que proclama una suerte de aberrante “excepcionalismo” argentino carece de fundamento. Por supuesto, esto no equivale a minimizar la gravedad de la muerte del ex fiscal o a cerrar los ojos ante la impericia con que actualmente se está investigando el caso Nisman; o no investigando la muerte de los 10 bomberos en el harto sospechoso incendio de Iron Mountain en Barracas, entre tantas otras causas que merecerían la minuciosa investigación de nuestros fiscales. Pero, por favor, terminemos con eso de que estas cosas sólo pueden ocurrir en la Argentina.

* Investigador Superior del Conicet y director del PLED.

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17/02/2015 Posted by | Historia, Justicia, Medios de Comunicaciòn, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , | Deja un comentario

El lado útil de la marcha – José Massoni


El lado útil de la marcha

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Por José Massoni *
Como el próximo miércoles no estamos ante un homenaje a un funcionario judicial muerto –hasta ahora por desconocidas razones– sino ante un acto político, me permito examinarlo desde uno de los ángulos de su beneficio. Mi perspectiva es la de cuarenta años de trabajo en el Poder Judicial de la Nación, como empleado, secretario de juzgado y de cámara, fiscal, juez y juez de cámara, enriquecida con la que tuviera desde afuera de aquél, al pasar al rol de litigante como abogado del Poder Ejecutivo en mi carácter de titular de la Oficina Anticorrupción desde que se creó, en 1999, hasta 2003. El 23/9/07, una nota de La Nación calificaba como un “diagnóstico extremadamente crítico” el realizado en mi libro La Justicia y sus secretos (Del Puerto, 2007), en el que básicamente postulaba que, mediante el mantenimiento de las formas coloniales, el colectivo judicial había conformando una corporación privilegiada, de cuño ideológico y moral conservador, al servicio de la matriz oligárquica del país y a sus manifestaciones de poder real.

Era una visión fortalecida por la práctica como abogado ante la corrompida, arbitraria, menos que mediocre actividad de jueces federales. En rigor, apuntaba desde varios años antes. En 1997, siendo juez de cámara en un tribunal oral, el cronista de La Nación Revista recogía “…el juez Massoni representa, cabalmente, a decenas de jueces que trabajan en silencio; que han hecho de la honestidad y la austeridad una especie de culto. El, como tantísimos otros hombres de la Justicia, es la imagen de lo que bien podría llamarse los jueces del hartazgo”. Era verdad, una treintena, hastiados de vernos injustamente involucrados en el descrédito social, un día decidimos actuar en defensa propia, y así surgió Encuentro de Jueces, un movimiento de jueces dispuestos revertir esa sensación, o que los hiciera sentir que estábamos haciendo algo para modificarla. Entonces, en 1994, comenzamos a hacer una especie de centro de reflexión, encuentros, por así decir, semanales o quincenales. Hicimos pública nuestra opinión acerca de que era vergonzoso que los jueces no pagaran el Impuesto a las Ganancias, redactamos el primer anteproyecto de ley del Consejo de la Magistratura y nos propusimos modificar las estructuras judiciales. Es patente que no lo logramos y demasiados años han pasado.

Sin embargo, llegaron los tiempos mejores. El sostenido avance de la institucionalización democrática ocurrido en la última década, que en el campo judicial ha tenido como última manifestación el nuevo Código Procesal Penal Nacional y la ley de Inteligencia en camino de sanción, tiene una potencia democratizadora que la corporación judicial no puede tolerar. El avance de la democracia ha demostrado que la corporación no era sólo un quiste de la República, sino un absceso. En estos días reventó y el miércoles 18 derramará su pus, con sustancia de elementos ponzoñosos pero también células muertas y fluido inerte.

No es malo para el campo popular que se muestren tal como son, acompañados no sólo por políticos oportunistas, sino también por las peores escorias de nuestra sociedad.

* Ex juez. Ex titular de la Oficina Anticorrupción.

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17/02/2015 Posted by | General, Historia, Justicia, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , | Deja un comentario

Las falacias de la violencia – Hernan Brienza



Las falacias de la violencia
El caso Nisman, la marcha opositora y un plan de maniobras desestabilizadoras que se multiplica en toda la región.

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En periodismo hay una máxima para saber cuándo algo es noticia, que dice lo siguiente: “Un caso es excepción; dos, casualidad; tres es tendencia.” En política latinoamericana podría reformularse el axioma de la siguiente manera: “Un golpe de Estado en la región responde a política interna de ese país; dos, a la casualidad política; tres, al accionar de las embajadas de Estados Unidos.” En los últimos días, si uno lee las noticias internacionales de los diarios, puede enterarse de que el gobierno de Nicolás Maduro desactivó una intentona golpista planeada por la Marina, que la presidenta de Brasil Dilma Rousseff enfrenta la posibilidad de ser sometida a un juicio político por parte de la oposición –la llaman anglosajonamente “impeachment”– y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está siendo acosada por una banda de fiscales opositores, que amenazan con hacer trastabillar al gobierno nacional.

Ya nada es casualidad, obviamente. Sin embargo, lejos está de ser probada la maniobra de alguna terminal política de la diplomacia estadounidense. Pero hay indicios: la habitualidad con la que el fiscal Alberto Nisman concurría a la “Embajada” a contarles lo bien que estaba haciendo los deberes y a pedir instrucciones –según lo relatado por Santiago O’Donnell, un periodista al que nadie puede reprocharle un supuesto kirchnerismo, en su libro sobre los WikiLeaks de Julian Assange– para continuar imputando a Irán en el atentado a la AMIA; la fiereza con que los fondos buitre, sobre todo el grupo que responde a Paul Singer, un confeso republicano y un militante de cuanta empresa bélica se lleve adelante en Oriente contra el mundo islámico, y el refuerzo de la agenda de Washington respecto de la fantasiosa profecía autocumplidora de la Guerra de Civilizaciones obligan a pensar que Estados Unidos –o al menos un sector importante de su establishment– está intentando recuperar el dominio en Latinoamérica y los gobiernos de la región que pretenden mantener cierta autonomía deben ser borrados del continente o al menos cercenados en su libertad de acción.

Quizás estos dos primeros párrafos resulten demasiado conspirativos, pero como decía Raymond Chandler, “hasta los paranoicos tienen alguien que los persigue”.

De lo que ya no hay dudas es de que la convocatoria para el 18 de febrero se trata no sólo de una marcha opositora sino de un escalón más en la maniobra de desestabilización del gobierno nacional. Miles de personas en las calles legitimarían supuestamente en las portadas de los diarios nacionales e internacionales la intentona judicial desestabilizadora. Y no se descarta tampoco que en esa marcha se generen actos de “autoagresión”, de “autoviolencia” y de “autoinfitramientos” para generar una mayor desestabilización con imágenes de caos que recorran el mundo y que “pongan en alerta a la inocente y bien intencionada comunidad internacional” sobre las consecuencias que tiene mantener políticas contrahegemónicas como las del kirchnerismo. El mensaje es claro: “Cuidado, Grecia y España, con sacar los pies del plato neoliberal y desafiar al capitalismo financiero.”

Las razones de la convocatoria a la marcha son verdaderamente irrisorias más allá de la gravedad institucional que significa la muerte de Nisman. Algunos de ellos aseguran que no se trata de un “asesinato”, pero hablan todo el tiempo de “crimen político”, “ahora matan” y “magnicidio”. En qué quedamos, ¿es o no es un asesinato? Los principales referentes de la intentona desestabilizadora incurren en contradicciones permanentemente: si marchan en reclamo de “justicia” y/o “esclarecimiento”, es porque consideran que se trató de un homicidio, aun cuando la mayoría de los indicios sugiere que se trató de un suicidio. Pero, claro, no pueden afirmar que se trate de un homicidio porque eso sería utilizar políticamente la muerte del fiscal. Pero supongamos que se trató de un suicidio: ¿qué sentido tiene marchar a la Plaza del Congreso para esclarecer un suicidio? ¿No sería más correcto manifestarse contra alguna facultad de Psicología, por ejemplo, que nos permita saber cuáles son las razones que llevan a una persona a quitarse la vida? Perdón por la oscura ironía pero es necesaria para demostrar el absurdo de la convocatoria. Los más inteligentes ya ni siquiera dicen que la convocatoria es por el reclamo de “justicia” sino de homenaje a la figura del fiscal malogrado.

Un párrafo aparte merecen los autores de la convocatoria: los fiscales que han entorpecido durante dos décadas la investigación del atentado a la AMIA son los que llaman a marchar para impedir la impunidad en la causa. Y hombres y mujeres ligados al macrismo: Elisa Carrió, Patricia Bullrich, Laura Alonso, el grupo político acusado de espiar a familiares de la AMIA y de poner como jefe de la Policía Metropolitana a uno de los principales artífices de la impunidad en la causa –el comisario Jorge “Fino” Palacios–. Muchos de los convocados irán inocentes a la manifestación, o lo harán simplemente por su oposición al gobierno. Como fuera, es como si el Lobo llamara a manifestarse por el derecho a la vida de Caperucita Roja; y la niña marchara de la mano de su victimario.

Graves resultaron las palabras del titular de la Auditoría General de la Nación, Leandro Despouy, por ejemplo. No contento con decir que “vivimos en un país como el del ’73”, se despachó con un “ahí se instaló el asesinato político”. Muy grave. Que un ex diputado con menos representatividad que Rodolfo Arruabarrena en una filial de River haga estropicios discursivos y pase vergüenza haciendo comparaciones entre “peras y automóviles” se entiende. Que lo haga un funcionario de la talla del auditor general de la nación y que acuse al gobierno de “instalar el asesinato político” es de una irresponsabilidad institucional profundísima. ¿Qué relación hay entre una muerte dudosa, posiblemente un suicidio, de un fiscal y el mapa político de un peronismo enfrentado en el ’73, luego de haber sido víctima de 18 años de proscripción y represión por parte de la alianza entre militares golpistas y radicales que se conoció como Revolución Libertadora?

Es verdaderamente ridícula la comparación. Típica de la intelectualidad berreta de la derecha argentina como la que integra el flamante titular del Teatro Colón, Darío Lopérfido, quien ha aportado a la cultura argentina –además de la publicidad de la comida japonesa en el marco de un gobierno que asesinó a 40 personas, compró senadores con dinero de la SIDE y condenó a la miseria a la mitad de los argentinos– la genialidad de que “populismo y cultura son contradictorios”, una frase que atrasa aproximadamente medio siglo y que no aporta absolutamente nada a un debate profundo sobre el estado del arte y la cultura en nuestro país. O como Luis Alberto Romero, quien no se ruboriza en seguir utilizando herramientas teóricas de las primeras décadas del siglo XX para analizar el presente y se empeña en hacer el papelón de comparar al kirchnerismo con el fascismo italiano, superando incluso al propio Lopérfido en su nadería.

Pido perdón al lector por el arrebato de estos últimos párrafos. Pero es empujado por la preocupación que me provoca ver cómo se instalan mediáticamente las falacias necesarias para ejercer violencia en la Argentina. Inventando fantasmas discursivos, creando climas políticos ficticios, generando violencia verbal para justificar lo injustificable. Ofusca un poco ver a los “demócratas de siempre” afilando sus armas para hacer daño una vez más a la democracia. ¿Se trata de un golpe? Posiblemente no. Y ni siquiera tengan el poder para generar una crisis institucional. Pero pueden desestabilizar al actual gobierno, para condicionar al próximo.

La sociedad argentina no necesita ni quiere más violencia. El gobierno, sus voceros, sus militantes, no deben caer en ningún tipo de provocación ni contestar a la violencia discursiva con una violencia mayor. Ya lo dijo Perón alguna vez: la fuerza es el derecho de las bestias. Que Dios quiera que los trabajadores, la gente común, las mayorías, los que queremos una vida sencilla y buena no seamos víctimas, una vez más, de una nueva violencia en la Argentina. Ni la queremos ni la merecemos.
INFONEWS

17/02/2015 Posted by | Uncategorized | , , , , , , , , , | Deja un comentario