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Socma y Sevel, entre más de 70 firmas beneficiadas por la dictadura militar, (Macri de esto no, nos olvidamos)


Socma y Sevel, entre más de 70 firmas beneficiadas por la dictadura militar
Las empresas que pertenecían a Franco Macri, padre del jefe de gobierno porteño, forman parte de un extenso listado de compañías favorecidas con la estatización de su deuda privada. Cifras de un negocio vil y millonario.

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Por:
Manuel Alfieri

Si tu papá era empresario y se hicieron cargo de su deuda, por lo menos hay que guardar respetuoso silencio.” Las palabras pronunciadas por la presidenta Cristina Fernández el pasado jueves desde la Casa Rosada y dirigidas al jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, hacían alusión al oscuro prontuario financiero de las empresas Socma y Sevel. Ambas firmas fueron beneficiadas durante la dictadura con la estatización de su deuda privada, y todavía eran propiedad del empresario Franco Macri.
Sin embargo, no fueron las únicas favorecidas en los años de plomo. Socma y Sevel forman parte de un extenso listado de más de 70 empresas que traspasaron sus pasivos hacia las arcas del Estado entre 1979 y 1983. La disposición, tomada por los sucesivos presidentes dictatoriales, benefició a grandes corporaciones y grupos económicos que, hasta hoy, y pese a la intervención de la justicia, nunca fueron llamados para dar explicaciones en los Tribunales.
Según consta en la causa que investigó esta espuria maniobra, entre las firmas nacionales más importantes se encuentran la mencionada Sevel, que a fines de 1983 adeudaba 124 millones de dólares; Acindar, del ex ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz, con 649 millones; Compañía Naviera, de la familia Pérez Companc, con 211 millones; y Loma Negra, de los Fortabat, con 62 millones. También hay corporaciones multinacionales como Techint, IBM, Ford y Fiat. Y, por supuesto, el listado incluye al sector financiero: Banco Río, Francés, Citibank y Supervielle, entre otros.
Algunas de las empresas favorecidas estaban vinculadas a la Fundación Mediterránea, un think tank liberal nacido al calor del menemismo, que tuvo como líder a Domingo Cavallo, el orquestador de la estatización de la deuda externa (ver aparte). Allí aparecen Astra, Alto Paraná SA, Banco Galicia, Grupo SADE e Industrias Metalúrgicas Pescarmona, entre otras.
El perjuicio que las compañías asociadas a la dictadura ocasionaron al Estado fue calculado en 1983: 23 mil millones de dólares, más de la mitad de la deuda externa de esos años, que alcanzaba los 45.100 millones de dólares.
“Fue una de las mayores estafas al pueblo argentino. El Estado fue usado para negocios privados y para innumerable cantidad de operaciones turbias”, aseguró a Tiempo Argentino uno de los más rigurosos investigadores del tema, el ex diputado nacional Mario Cafiero.
Pero, ¿cómo fue posible que estos privados transfirieran sus pasivos en el exterior a las cuentas públicas? Según el historiador Alejandro Olmos Gaona, que demandó a un centenar de firmas favorecidas con la estatización de sus deudas en la dictadura, la respuesta está en los llamados seguros de cambio. “Permitían que una empresa se endeudara con el exterior a un dólar uno a uno. Cuando el dólar subía y la empresa debía pagar su deuda, el Estado se hacía cargo de la diferencia”, explicó Olmos Gaona.
Mediante este régimen, el Banco Central les garantizó a estos deudores el tipo de cambio vigente en aquel momento, con el objetivo de protegerlos en caso de que hubiera una devaluación que incrementara el valor de estos pasivos. Eso, justamente, fue lo que sucedió.
“El tipo de cambio aumentó diez veces en un año, con lo cual el Central les cobró a los privados en pesos y a la tasa inicial, lo que produjo un descomunal subsidio estatal para los deudores externos privados. Fue una estafa, pero una estafa legal”, sostuvo el historiador y economista Eduardo Basualdo, autor del libro Deuda externa y poder económico en la Argentina.
La trama de esta operación fue investigada por el juez Jorge Ballesteros. “Empresas de significativa importancia y bancos privados endeudados con el exterior, socializando costos, comprometieron todavía más los fondos públicos con el servicio de la deuda externa a través de la instrumentación del régimen de seguros de cambio”, afirmó el magistrado en la causa Nº 14.467, donde pesquisó el crecimiento de la deuda bajo el gobierno militar.
Además, Ballesteros determinó que en muchos casos las empresas ni siquiera pagaron los créditos obtenidos, pero los funcionarios estatales jamás reclamaron el dinero. Así, según las pericias, “con fondos del Tesoro Nacional se cancelaron obligaciones de varias empresas privadas en distintas monedas”. Pero ni el Central ni el Banco Nacional de Desarrollo “iniciaron actuaciones judiciales para el recupero de las sumas”.
El empresariado no sólo fue favorecido con lo dispuesto por el Central durante los años de plomo, sino también con los escasos controles sobre la actividad financiera. El juez Ballesteros detectó infracciones a la ley penal cambiaria, confusión entre deudor y acreedor, sumas no ingresadas al país, anomalías en la concertación de seguros de cambio, aportes de capital encubiertos como préstamos financieros, subfacturaciones y autopréstamos. Entre las entidades acusadas de realizar esta última maniobra estaba Socma, del Grupo Macri.
También fueron señaladas Cargill, Selva Oil, Sideco Americana, Suchard Argentina, Celulosa Jujuy, Ford Motors Argentina, Sudamtex, Textil Sudamericana y Renault.
Otras irregularidades fueron atribuidas a Cementos NOA SA que, de acuerdo con la causa, de los 50 millones de dólares que acusaba en concepto de deuda con bancos en el exterior, “sólo ingresaron al país 6.169.086, es decir, el 12,20%, entregado por el Banco Exterior de España para la compra de maquinarias. El resto adeudado, más de 44 millones de dólares, jamás ingresó y debió ser asumido por el Estado.”
Pese a los intentos por condenar a los políticos y empresarios que participaron de esta oscura operación, la causa judicial se cerró en 2000, sin condenas. Apenas hubo, por un tiempo, un procesado: Martínez de Hoz. Después de su contundente fallo, Ballesteros se limitó a enviar una recomendación al Congreso de la Nación para que determine a los posibles culpables, algo que nunca sucedió.
A fines de 2011, en el marco de un nuevo expediente abierto en 2005, el fiscal Federico Delgado presentó un escrito para volver a investigar la estatización de la deuda privada. Allí planteó la evaluación del inicio de acciones de reparación, no sólo contra funcionarios públicos sino también contra empresas. Pero, hasta el momento, el pedido del fiscal no fue considerado.
En su discurso del pasado jueves, la presidenta Cristina Fernández dijo: “Tengo el listado de las empresas en las cuales el gobierno argentino se hizo cargo de la deuda privada.” Si el Estado Nacional decidiera tomar las acciones necesarias para condenar a los responsables de esta gran estafa, al menos una deuda quedaría saldada: la de la justicia. «

Al pueblo
Estafa
“Fue una de las mayores estafas al pueblo argentino”, dijo el ex diputado Mario Cafiero.

La cifra
23
mil millones de dólares es el perjuicio que, según se calculó en 1983, las empresas asociadas a la dictadura ocasionaron al Estado Nacional.

Principales beneficiados
01 – Cogasco SA 1.348.000.000
02 – Autopistas Urbanas SA 951.000.000
03 – Celulosa Argentina SA 836.000.000
04 – Acindar SA 649.000.000
05 – Banco Río 520.000.000
06 – Alto Parana SA 425.000.000
07 – Banco de Italia 388.000.000
08 – Banco de Galicia 293.000.000
09 – Bridas SA 238.000.000
10 – Alpargatas SA 228.000.000
11 – CitiBank 213.000.000
12 – Cía. Naviera Perez Companc 211.000.000
13 – Dalmine Siderca 186.000.000
14 – Banco Francés 184.000.000
15 – Papel De Tucumán 176.000.000
16 – Juan Minetti SA 173.000.000
17 – Banco Mercantil 167.000.000
18 – Aluar SA 163.000.000
19 – Banco Ganadero 157.000.000
20 – Celulosa Puerto Piray 156.000.000
21 – Banco Crédito Argentino 153.000.000
22 – Banco Comercial del Norte 137.000.000
23 – Banco de Londres 135.000.000
24 – Banco Tornquist 134.000.000
25 – Banco Español 134.000.000
26 – Sade 125.000.000
27 – Sevel 124.000.000
28 – Banco de Quilmes 123.000.000
29 – Parques Interama 119.000.000
30 – Cía. De Perforaciones Río Colorado 119.000.000
31 – Swift Armour 115.000.000
32 – IBM 109.000.000
33 – Banco Sudameris 107.000.000
34 – First National Bank Of Boston 103.000.000
35 – Astra A Evangelista SA 103.000.000
36 – Mercedes Benz 92.000.000
37 – Banco De Crédito Rural 92.000.000
38 – Deutsche Bank 90.000.000
39 – Industrias Metalúrgicas Pescarmona 89.000.000
40 – Banco Roberts 89.000.000
41 – Banco General de Negocios 87.000.000
42 – Alianza Naviera Argentina 82.000.000
43 – Propulsora Siderúrgica 81.000.000
44 – Ford 80.000.000
45 – Astilleros Alianza SA de Construc. 80.000.000
46 – Masuh SA 80.000.000
47 – Continental Illinois National Bank 76.000.000
48 – Banco Shaw 73.000.000
49 – Pirelli 70.000.000
50 – Deere and Company 69.000.000
51 – Cemento Noa 67.000.000
52 – Banco Supervielle 65.000.000
53 – Alimentaria San Luis 65.000.000
54 – Loma Negra 62 .000.000
55 – Selva Oil Incorporated 61.000.000
56 – Macrosa 61.000.000
57 – Sideco Argentina 61.000.000
58 – Chase Manhattan Bank 61.000.000
59 – Bank Of America 59.000.000
60 – Astra Cía. Argentina de Petroleo 59.000.000
61 – Deminex Argentina 57.000.000
62 – Industrias Pirelli 56.000.000
63 – Esso 55 La Penice S A 53.000.000
64 – Manufactures Hanover Trust 53.000.000
65 – Petroquímica Comodoro Rivadavia 52.000.000
66 – Cia General Fabril Financiera 52.000.000
67 – Panedile Argentina 51.000.000
68 – Fiat 51.000.000
69 – Banco Pcia. de Buenos Aires 50.000.000
Otros 11.116.000.000
TOTAL: u$s 23.000.000.000

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13/01/2013 Posted by | Economía, General, Industrias, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , | Deja un comentario

“Éramos un país corporativo” – Entrevista a Agustín Rossi


Publicado el 4 de Septiembre de 2011

Por Felip Yapur

El jefe del bloque de Diputados del Frente para la Victoria resalta la transformación que impuso el kirchnerismo en la lógica de la administración de las decisiones políticas, elogia la masiva participación de la juventud y reclama un sinceramiento de las diferencias que imperan en el peronismo. Reivindica la impronta que Néstor Kirchner y Cristina Fernández le dieron al PJ, retomando las banderas del primer peronismo y la defensa de los Derechos Humanos. El tercer piso de la Cámara de Diputados está destinado exclusivamente para el peronismo. Eso es así desde hace mucho tiempo. El despacho del jefe del bloque de Diputados del Frente para la Victoria (FPV) es tan grande que empequeñece al que lo usa. Agustín Rossi lo ocupa desde hace seis años y allí vivió buenos tiempos y también de los malos. La disminución del bloque luego de la Resolución 125 o la pelea por las retenciones fue uno de esos momentos agrios que luego se repitió con la derrota de las legislativas de 2009. Sin embargo, Rossi asegura que el haber atravesado con éxito los dos años en que la oposición controló la Cámara Baja y el resultado de las primarias está relacionado directamente con el cambio de paradigma que significaron las presidencias de Néstor Kirchner y ahora de Cristina Fernández. “Ellos dos pusieron en práctica los mejores valores y las banderas históricas del primer peronismo, que es lo más sentido por todos nosotros. A eso le agregaron la política de Derechos Humanos. Ahí está el peronismo”, afirma.
Para Rossi, el peronismo de estos tiempos es el rechazo al ALCA, los juicios por Memoria, Verdad y Justicia, y las políticas de distribución de la riqueza que se aplican desde 2003. A todo ello le agrega otro ítem que considera vital: la participación de la juventud. Sostiene que el discurso de la participación de los jóvenes es común para todas las fuerzas políticas, pero asegura que es el FPV el único que renueva y forma los nuevos cuadros dirigenciales: “En diciembre tendremos decenas de diputados nacionales, provinciales y concejales que son jóvenes, que forman parte de la generación del Bicentenario.”

–En estos últimos dos años usted tuvo la dura tarea de defender los proyectos del gobierno en minoría. Pero a juzgar por los resultados, para el Grupo A tener la mayoría en la Cámara Baja no le trajo ningún beneficio.
–No fueron buenos estos dos últimos años parlamentarios. Exceptuando la ley de matrimonio igualitario, que atravesó a todos los bloques de manera horizontal. El resto giró alrededor de la lógica oficialismo versus oposición. Por una oposición que se quedó con la fotografía del 3 de diciembre de 2009, fecha en que se reconstituyó la arquitectura de la Cámara y donde fue la única vez que mostraron una mayoría tan contundente de 138 diputados. En esa oportunidad se quedaron con la conducción de las comisiones y la mayoría en ellas, pero después intentaron construir una agenda pensando que esa mayoría la tendrían siempre y quedó demostrado que no. Imponían un temario que nosotros no compartíamos, pero después no lograban imponerla en el recinto cuando no conseguían el quórum o se quedaban sin él en medio de la sesión. Entonces estos dos años terminaron siendo malos por esa lógica. Me parece que si hubiéramos tomado otro camino, como sucede ahora en las últimas sesiones cuando construimos una agenda de consenso, todo habría sido mejor. Pero bueno, supimos que la capacidad de iniciativa estaba limitada por ser la primera minoría, pero también fuimos viendo que teníamos capacidad para frenar todo aquel proyecto que fuera en contra del modelo.
–Insisto, entonces no era suficiente el número. Lo que le faltó a la oposición es lo que sobró al oficialismo: un proyecto político.
–Nosotros lo dijimos, esa mayoría de diciembre de 2009 no estaba expresada en las urnas. Porque se juntaron desde Pino Solanas, pasando por De Narváez, los Rodríguez Saá, Carrió, el radicalismo y hasta el socialismo. Eso fue una mayoría en contra del oficialismo. Incluso, en términos de números de bancas, nosotros seguíamos siendo la primera minoría, pero ellos rompieron la tradición de respetar esa proporción en la distribución de las presidencias de comisiones. Lo único que respetaron es que nos dejaron la presidencia de la Cámara.
–En esa oposición también había peronistas como los legisladores que responden a Duhalde o a los hermanos Rodríguez Saá.
–Era lógico con todo lo que pasó en la Argentina. El kirchnerismo como proyecto político tensionó y exigió definiciones y por eso ya todos saben quién es quién en la política argentina.
–Está bien, pero el peronismo no dejó de disputar su interna en elecciones generales como sucedió desde 2003 a la fecha. ¿No cree que es necesario rediscutir el partido como herramienta electoral y de construcción política?
–Hay que sincerar todo. En 2003 fuimos como partido con tres opciones con Néstor Kirchner, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá. Eso continuó hasta ahora. Entonces, esta idea de que formamos parte de lo mismo me parece que ya no va más. Podrá haber un origen similar, pero ya no se puede discutir que es un todo. Lo mismo pasa con Duhalde, que estamos enfrentados desde hace varias elecciones. Entonces, no se puede pensar que esos votos se sumarían tras una interna. El kirchnerismo le dio una impronta al justicialismo que yo reivindico, que nos comunica con los mejores valores y banderas más históricas del primer peronismo y que es lo más sentido por todos nosotros. A eso le agregó todo lo que significa la política de Derechos Humanos y, obviamente, adecuado a la época y a la coyuntura internacional que vive. Pero me parece que ahí está el peronismo. Antes estaba en Néstor y ahora el peronismo está en Cristina. Por eso, no creo que haya nada que nos una a esos otros sectores, sobre todo después de las primarias, porque no entiendo qué podemos tener en común con ese dirigente que habla del “sucio trapo rojo”. ¿Qué nos une con él? Ahora nada. Tal vez en el pasado, cuando la transición, pero ahora no hay nada en común. Hoy, los valores, las ideas, la forma de construcción y las mejores cosas que le ha dado el peronismo a la política, se ven expresadas en estos años de Néstor y Cristina.
–Así como Kirchner le dio una impronta novedosa al peronismo, ¿es posible decir que la presidenta le da su impronta al kirchnerismo con el protagonismo de la juventud?
–Para cualquiera que quiera este espacio político, eso es una muy buena noticia. Todo espacio político que se precie tiene que tener una renovación dirigencial y formación de cuadros. Nosotros lo estamos haciendo. La presidenta le dio una respuesta de jerarquía a un fenómeno de jerarquía. Porque la juventud no participa tanto desde hace tiempo, se reconocen oleadas como fue en los ’70 y en los ’80. Ahora está la generación del Bicentenario, que supo movilizarse, participar activamente en política, y luego de diez años del que se vayan todos, la verdad es que ahora es una muy buena noticia. Ello fortalece las instituciones, oxigena la democracia y le da a la política sentido de futuro, de trascendencia. Entonces está la presidenta abriendo las compuertas para que haya una innumerable cantidad de jóvenes que participan en todo el país, y eso me parece perfecto, porque en diciembre tendremos diputados nacionales, provinciales y concejales jóvenes en todo la Argentina. Eso está muy bien y lo único que deben pensar esos jóvenes es en convocar a todos aquellos que todavía están fuera para construir este modelo de país. Uno vio cómo se han envejecido estructuras políticas en el país por la no inclusión de los jóvenes. Y se puede ver cuando ese aluvión colma los espacios políticos, como nos sucede a nosotros. Además está muy bien que quien ejerce la conducción política sea la que garantice esos niveles de participación. Y nadie tiene que tener miedo de nada.
–La participación de los jóvenes significa un corrimiento en lo cuadros dirigenciales, eso también sucederá en el FPV.
–No me parece mal, además cada vez que apareció la participación juvenil se la intentó estigmatizarla. Y en esto, si bien La Cámpora es una de las tantas organizaciones juveniles que existen, el intento de estigmatizarla tiene como objetivo real frenar la participación juvenil y no tanto a la organización. Hay que tener claro eso y estar contento de que tantos jóvenes participen y, sobre todo, en nuestros espacio.
–¿Usted también es un ejemplo de esa participación de sectores nuevos? Digo, llegó a ser jefe de bloque sin experiencia legislativa.
–(Ríe) Era un momento muy particular. Porque había una conducción colegiada fruto que veníamos del distanciamiento con Duhalde y mi designación no siguió los cánones estipulados que decía que debía ser un legislador con experiencia. Pero no fui el único, no hay que olvidarse que nombramos a Patricia Vaca Narvaja como vicepresidenta de la Cámara.
–Cuando le dicen que el kirchnerismo es un gobierno revolucionario o que revolucionó las estructuras tradicionales, ¿coincide con esa lectura?
–Veamos. Primero cambió el paradigma en el que se construyó la sociedad de los ’90. El de hoy es la antítesis de esos años. En aquellos se buscó terminar con el tema de los Derechos Humanos imponiendo la teoría de los dos demonios. Con toda la política, a través de Néstor, comenzamos a reconstruir el relato, dejando en claro que acá hubo un plan sistemático de secuestro, tortura, muerte, desaparición y robos de bebés. Y además se decidió que sea la justicia que determine las responsabilidades. El kirchnerismo también pone de vuelta en valor la producción, la industrialización y el trabajo. Nosotros creamos nuevamente el mercado interno, el consumo de un modelo que tiene que tener una potencialidad exportadora pero con un mercado interno fortalecido, que no es una condición suficiente, pero sí necesaria como para garantizar distribución del ingreso y movilidad social ascendente. Me parece que el kirchnerismo recupera el rol del Estado que es absolutamente diferente al que se generó en los ’90. Hoy el Estado es central en la vida de los argentinos y tiene una política de inclusión en los sectores etáreos más importantes que son los niños y adultos mayores. Es el Estado que tiene la capacidad y la fortaleza de ponerse en el centro del dispositivo económico cuando la crisis de 2008 y 2009. Ahora bien, lo pueden definir como revolucionario, reformista o transformador, pero lo cierto es que ha sido un gobierno que nos emparentó con las mejores tradiciones del primer peronismo. Ha pasado todo y de manera muy vertiginoso como por ejemplo fue el no al ALCA. Eso fue estratégico.
–Ese cambio paradigmático genera riesgos al tocar intereses de sectores y corporaciones históricamente favorecidos.
–La lógica en la que nos hemos movido todo este tiempo es que somos un espacio político que  preserva para la política las decisiones más importantes en lo que hace al Estado nacional. No comparte esas decisiones con ninguna corporación ni sector en particular. El rol de la política es preservarse ese nivel de decisiones para sí, porque la política, y en este caso el kirch-nerismo, es la que tiene que garantizar el interés general. Entonces, me parece que esto es lo novedoso porque éramos un país claramente corporativo y ahora nosotros le transmitimos que la política ocupa un espacio de centralidad. Seguiremos gobernando de esa manera y siempre vamos a tomar las decisiones en el marco del interés general de la sociedad. Esto es lo que hizo Néstor, lo que está haciendo Cristina y seguirá siendo así. Recuerdo que en los primeros años de Néstor, los directivos de algunas corporaciones nos decían que estaban de acuerdo con las decisiones del gobierno, pero que antes solían ser avisados con anticipación. Eso no es más así. Pero no significa que las corporaciones vayan a desaparecer, lo que pasa es que ahora la ley es pareja para todos.<

Tiempo Argentino

05/09/2011 Posted by | Ciencia y Tecnología, Economía, General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

La inflación, el miedo y la política por Ricardo Forster



Pensar críticamente la cuestión no menor de la inflación es intentar ir más allá de un fenómeno económico; es tratar de desarticular un viejo recurso del poder concentrado en el interior de nuestras sociedades de mercado, recurso que busca invisibilizar las causas reales del aumento de precios para transferirlas hacia el orden político. Una manera artera de proyectar la amenaza de lo indiscernible, una suerte de regreso de los dioses dormidos que se lanzan, ávidos de sangre, sobre los ciudadanos-consumidores que, horrorizados ante lo que no comprenden, suelen volverse carne de cañón de distintas propuestas autoritarias y antidemocráticas. 

La querella alrededor de la inflación jamás es neutral ni inocente, encierra, dentro de sí, el conflicto que suele atravesar a la sociedad y que siempre tiene que ver con la distribución de los ingresos y de la renta. Hay una “política” que el poder concentrado, que las grandes corporaciones (y la mediática es una de sus principales piezas), utilizan para debilitar los procesos democráticos en especial cuando estos, como el que vivimos los argentinos desde mayo de 2003, apuntan hacia el corazón del litigio por la igualdad. Los precios, sus aumentos, son como descargas de artillería contra los intereses populares. La recreación de la memoria del miedo, herramienta utilizada a destajo por el capitalismo neoliberal, encuentra en la subordinación de la política a la economía una de sus estrategias preferidas, en particular cuando los fenómenos económicos se convierten, por el arte de magias negras, en fenómenos que se escapan a los simples mortales para mutar en fuerzas descomunales que, como huracanes arrasadores, amenazan con llevarse los últimos restos de lucidez que le quedan a la sociedad.

Néstor Kirchner logró algo decisivo: invertir la inercia del poder omnisciente de las corporaciones para reinaugurar un tiempo democrático atravesado por las políticas de la reparación y la equidad. Contra esa decisión histórica es contra la que se alzan las fuerzas reaccionarias, la oposición y el establishment económico. Es ahora a Cristina Fernández a quien le toca, en el interior de una coyuntura potenciada por la reconstrucción de antiguas memorias de la equidad y por la marca excepcional dejada por el nombre de Kirchner, despejar, en la conciencia del pueblo, la trama que se oculta detrás de esta “guerra de precios”.

Nuestro país tiene un raro privilegio: haber sido uno de los contados casos de la historia del siglo XX que atravesó la terrible experiencia de la hiperinflación, una experiencia que suele dejar marcas imborrables en el cuerpo social y en lo más profundo del inconsciente colectivo. El recuerdo, siempre paradigmático, de la devastación económica alemana como escalón previo al triunfo del nazismo, nos ofrece una clara muestra de las potenciales consecuencias de vivir un período hiperinflacionario.

Todo se subvierte cuando estalla la economía y los precios entran en una carrera loca hacia el abismo; pero lo que realmente se quiebra no es el orden económico (en general a esos períodos de crisis galopante suelen suceder reacomodamientos en la concentración del capital), sino la trama de la convivencialidad entrelazada con ese otro núcleo insustituible de las sociedades modernas que es la política democrática. El frenesí alucinante de un mercado enajenado se traduce, de inmediato, en el debilitamiento de los lenguajes de la representación y en la pérdida de la legitimidad política allí donde lo que suele emerger es un reclamo de orden y saneamiento autoritario de una sociedad que parece desquiciada por fuerzas que se vuelven, para el común de los mortales, indescifrables, jeroglíficos incomprensibles que amenazan con devorar la vida cotidiana hasta convertirla en una guerra de todos contra todos.

Los procesos de inflación galopante son vividos, por las sociedades, como brutales interrupciones semejantes a catástrofes naturales, aunque con una distancia no menor: a diferencia de esas catástrofes que provienen de la naturaleza, la que genera el desquicio de la economía y amenaza el bolsillo de los ciudadanos es el producto, así se dice desde las usinas mediáticas, de acciones identificables, de políticas y de políticos que son denunciados, muchas veces por los mismos causantes de la inflación a través de un ardid narrativo, como gestores del mal, como los responsables que deben ser removidos del poder para que vuelva la calma y la normalidad. Lo que casi nunca es denunciado como causante de la inflación es el poder económico que suele actuar desde la opacidad y la astucia que lo caracteriza allí donde logra invisibilizar su responsabilidad directa. La terrible experiencia del gobierno de Alfonsín está allí para recordarnos lo que puede hacer el establishment económico para desestabilizar y finalmente destituir a las autoridades democráticas. No hay espectáculo más nauseabundo que ver de qué modo los grandes causantes del aumento desorbitado de precios se muestran ante la opinión pública como simples víctimas de algo que ellos suelen desencadenar para apuntalar sus propios intereses corporativos y garantizar, de ese modo, su absoluto predominio en la disputa por la renta.

Extraño fenómeno psicológico por el cual una crisis económica tiene como una de sus principales consecuencias no la denuncia y el rencor contra los que hegemonizan el poder del capital, los que fijan los precios y se transforman en los beneficiarios de la especulación, sino que el odio suele volcarse hacia la política, en especial cuando esta se despliega como parte de la experiencia democrática (o hacia sectores vulnerables como los extranjeros o las minorías). La desesperación por la caída al vacío se traduce en rechazo de la política y de los políticos para dejar paso, muchas veces, al frenético reclamo de mano dura y orden capaces, según este imaginario, de sanear el desquicio económico producido por la malversación del sistema de partidos. La experiencia de la Alemania de Weimar y su bancarrota están allí como señal ominosa de las respuestas que suele dar el “sentido común” de los ciudadanos ante situaciones de aguda crisis inflacionaria (allí el chivo expiatorio, junto al sistema de partidos propio del orden democrático, serían los judíos). Lo primero que se debilita es la democracia y la idea de lo político como escenario para el procesamiento de los conflictos. Por eso, la inflación siempre se cruza con la política; su núcleo no responde a tecnicismos que sólo pueden descifrar los especialistas, sino que atraviesa la puja decisiva (como la que hoy estamos viviendo) por el modelo de sociedad.

En las últimas tres décadas, la Argentina ha sufrido algunas heridas devastadoras que dejaron sus marcas profundas en el cuerpo social y cultural; nuestro presente, de un modo u otro, todavía sigue atravesado por esas heridas. La primera y más brutal fue, sin dudas, la infligida por la dictadura militar inaugurada en marzo de 1976. El terror de Estado se desplegó con una intensidad inédita en la historia nacional dejando no sólo un saldo de miles de muertos y desaparecidos sino también marcando a fuego, desde la lógica del horror, la vida de nuestra sociedad (las diversas formas de violencia que todavía insisten entre nosotros están aquí como muestra de una persistencia nunca saldada del todo y vuelve imprescindible la profundización, que viene desarrollándose desde 2003, de una genuina política de la memoria asentada en la justicia). La segunda herida, de otras características, fue la producida por la fallida aventura malvinense, una aventura llevada adelante por una dictadura exhausta pero apoyada por una vastísima parte de nuestra sociedad que, una vez consumada la derrota y desplegada la crónica de la vergüenza, buscó, como otras veces, despegarse de sus propias responsabilidades y complicidades para proyectar fuera de sí el mal del engaño, la improvisación y la impunidad que caracterizó la invasión de las islas un 2 de abril de 1982. Bañarse en las aguas puras de la inocencia ha sido una constante de muchos sectores de la sociedad que suelen eludir, rápidamente, sus responsabilidades efectivas.

La tercera herida es la que parece regresar hoy a través de la alarma inflacionaria multiplicada por el aparato mediático y convertida, por ese discurso del engaño, en el centro pecaminoso de un proceso al que se pretende horadar y deslegitimar en lo que tiene de virtuoso; es aquella que se produjo hacia el final del gobierno de Alfonsín y que llevó a nuestro país a contemplar los bordes del abismo hiperinflacionario. De esa experiencia traumática, desoladora y subvertidora del tejido social, emergió el menemismo, la convertibilidad y todas sus consecuencias. Ninguna sociedad sale indemne de una experiencia de esa naturaleza que la deja en estado de absoluta disponibilidad, sin recursos propios, inerte ante el ejercicio de alternativas brutales en su supuesta terapéutica (allí está aquella frase anticipatoria del futuro ministro de la convertibilidad: “Cuanto peor mejor”, dejemos que la hiperinflación se devore toda posibilidad de resistencia social hasta el punto de romper cualquier memoria reivindicatoria de derechos e igualdades tan cara a la historia social argentina). Los efectos de la hiperinflación no se agotan ni desaparecen cuando se sale de ella; todo lo contrario: permanecen en lo más recóndito de las prácticas culturales, se vuelven núcleos que habitan zonas de nuestro inconsciente listos a derramarse sobre nuestra cotidianidad ante cualquier coyuntura en la que los precios comienzan a moverse.

Lo sabe cierta prensa que representa los intereses de la derecha vernácula: el fantasma de la inflación tiene consecuencias políticas directas, su regreso pone en vilo no sólo a los actores sociales y económicos, sino que debilita al poder político, lo somete, de nuevo, al miedo que emerge de ese fantasma profundamente arraigado en los lenguajes del imaginario de época. Junto con el espectro que regresa lo que también se expresa con fuerza es la sospecha, nunca acallada del todo en amplios sectores de nuestra sociedad, de la política y de los políticos como fuente de todos los males y en especial esos que llevan hacia el infierno en el que los precios se desbocan y la vida de todos los días parece entrar en una espiral indetenible que amenaza con arrojarnos al más profundo de los abismos.

Es contra ese discurso de la catástrofe contra el que se deben desplegar las acciones de un gobierno, el que hoy encabeza Cristina, el primero en décadas, que no sólo reabrió el litigio por la igualdad a favor de los débiles y de los incontables, sino que también se plantó con firmeza y decisión ante el eterno chantaje de las corporaciones económicas. En la politización de la economía sigue estando la clave, como lo vio Kirchner, de la profundización de un proyecto más igualitario.

Veintitres

07/12/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios