America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Argentina – El árbol y el bosque


[29/07/2010 | 21:43] La súbita preocupación del autodenominado Grupo A por la justicia social resulta, aparentemente, incomprensible dada su férrea oposición a todas aquellas medidas tomadas por el Poder Ejecutivo tendientes a desmontar la herencia del neoliberal-conservadurismo desde 2003 a esta parte.

Para comprender esta aparente paradoja hay que ir más allá del debate alrededor del objetivo de lograr el 82 por ciento móvil de las jubilaciones.

Hay que mirar el proceso político más general, inscripto en la batalla fundamental del actual período histórico: desandar los caminos empujados a partir de la dictadura genocida desde 1976. La etapa abierta allí fundó un nuevo régimen de acumulación apoyado en el terrorismo de Estado. Como bien denunció Rodolfo Walsh en su Carta Abierta a la Junta Militar, el aniquilamiento masivo contra los cuerpos y el despojo de los bienes y los derechos de los militantes populares tuvo un sentido que trascendía esos crímenes horrendos: “Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Ese plan, instrumentado para la región por golpes de Estado sangrientos en los años setenta, abrió las compuertas para la instalación de los proyectos neoliberal-conservadores, y el año 2001 expresó en nuestro país un agotamiento de ese proyecto de orden social.

¿Qué región y qué país encontró ese fin de ciclo?

Una América Latina desunida, subordinada a los mandatos imperiales de Estados Unidos, que transitó irresponsablemente por las calles de las “relaciones carnales” y la imposición de las fórmulas ruinosas del Consenso de Washington.

La aplicación sistemática de esas fórmulas se expresó en procesos de concentración y extranjerización de la economía, subordinación a los vaivenes del mercado financiero internacional, elevadísimos costos sociales en términos de desigualdad, exclusión, desempleo. Cualquier indicador social revela los efectos catastróficos que ratifican los pronósticos de Rodolfo Walsh.

En términos económicos, el modelo de acumulación se fundó en políticas exportadoras en detrimento del mercado interno, desplegando una economía de servicios -a expensas de una economía productiva- con sus consecuencias en términos del nivel y calidad del empleo.

La privatización de las jubilaciones resultó no sólo un mecanismo fraudulento contra los trabajadores aportantes sino un muy eficaz dispositivo de vaciamiento del Estado, convertido en garante, en última instancia, de administradoras que estimularon irresponsablemente un capitalismo especulativo.

Todo este proceso supuso también una reconfiguración del papel del Estado, asumiendo el rol de garante de negocios del capital transnacional y sus aliados vernáculos, que se apoderaron vía privatizaciones del patrimonio público construido con el esfuerzo de generaciones de argentinos.

Las políticas sociales de vivienda, salud y educación propendieron a procesos de mercantilización y abdicación por parte del Estado nacional en materia de garantías de derechos.

Cuando se impuso la Alianza, en 1999, continuó con la misma política, y muchas de las figuras estelares del denostado (por la Alianza) gobierno menemista integraron las filas del nuevo oficialismo. La figura paradigmática de Domingo Felipe Cavallo es apenas un botón de muestra de los elencos estables de las políticas neoliberal-conservadoras.

Todavía está fresca en la memoria la reducción nominal del trece por ciento de los salarios estatales y las jubilaciones, que avalaron la entonces ministra Patricia Bullrich y el antaño secretario de Desarrollo Social y actual senador, Gerardo Morales.

Los hechos del 19 y 20 de diciembre fueron una suerte de corolario dramático de aquel ciclo.

El desempleo entonces rondaba el 25 por ciento; la pobreza, el 52 (con el agravante de que si tomamos el universo de niños, adolescentes y jóvenes el indicador se ampliaba al 74 por ciento); la desigualdad era inédita y exasperante.

Medidas que construyen

Fue Aristóteles, un gran estudioso de las sociedades de su tiempo, quien definió a la democracia como el gobierno del mayor número de personas a favor de los más débiles de la sociedad.

Las medidas implementadas desde 2003 nos permiten ver una orientación general que va en dirección a la construcción de una sociedad más democrática, en el marco de un proyecto de unidad regional y de articulación Sur-Sur.

La política exterior renunció expresamente a las “relaciones carnales” con Estados Unidos y promovió activamente la unidad de los países de nuestra América. La elección de Néstor Kirchner como secretario general de la Unasur, tal vez, expresa ese reconocimiento unánime de la región.

En el plano institucional del Estado, reconocemos especialmente el cambio de la Corte Suprema. Esta decisión constituyó una valiosa reconstrucción de un instituto que, en los noventa, fue transformado en soporte y garantía de la impunidad y el privilegio como política de Estado.

En un sentido convergente, el impulso a las políticas de memoria, verdad y justicia ha sido fundamental para la aceleración de las causas por genocidio y la tardía, pero muy valorable, aplicación de justicia.

La política económica se reorientó al estímulo de la producción, y esas definiciones generaron más de cinco millones de nuevos puestos de trabajo en los últimos siete años. Lo pendiente -aunque hay avances en esta dirección- es el mejoramiento de la calidad de los empleos, profundizando el concepto de “trabajo decente”.

La distribución del ingreso entre capital y trabajo avanzó en equidad, y la brecha de la desigualdad se redujo, pero de modo limitado. Este punto también constituye una asignatura pendiente, aunque caben reconocer pasos que van en esa dirección.

Y si en algo el Gobierno dio muestras concretas de su voluntad reparadora, fue en las políticas sociales que viene implementando, aun con las contradicciones, tensiones, disputas y dificultades de remontar un escenario devastado por un cuarto de siglo de políticas estatales para la desigualdad y la exclusión.

En el segmento de la niñez, la Asignación Universal por Hijo constituye una medida de las más progresivas y justas de los últimos sesenta años. Es curioso que quienes hoy se rasgan las vestiduras por el 82 por ciento móvil hayan expresado del modo que pudieron su oposición a esta medida.

Las nacionalizaciones promovidas por el gobierno nacional, como Aerolíneas o la recuperación por parte del Estado del sistema previsional, fueron impugnadas por la misma oposición que hoy reclama mejoras en los haberes jubilatorios.

Con relación a nuestros jubilados y pensionados, también la acción de gobierno demostró, hasta hoy, una orientación inequívocamente democratizadora: dos millones cuatrocientos mil nuevos jubilados que no estaban incluidos en el sistema por diversas causas, aumentos progresivos y la sanción de una ley de actualización de haberes.

Proyecto de País

Mientras que el Gobierno avanzó en la dirección correcta -aun con las insuficiencias que fueron señaladas arriba y otras que exceden el sentido de estas líneas, la oposición vociferante resistió cada una de las medidas progresivas sin otras razones que desgastar al Poder Ejecutivo.

El alineamiento con el monopolio mediático, la oposición a las nacionalizaciones, las críticas a la Asignación Universal por Hijo o los gritos desaforados contra la relación con Venezuela constituyen parte de un mismo proyecto restaurador neoliberal. Por este motivo, suena increíble la demanda del 82 por ciento móvil proviniendo de quienes, siendo gobierno, ajustaron, privatizaron, excluyeron; y quienes siendo oposición resisten las medidas gubernamentales que apuntan a fortalecer la justicia social.

El hecho adicional de que los proyectos de actualización del 82 por ciento móvil carezcan, en general, de la explicitación de fuentes de financiamiento sustentables en el tiempo, hacen pensar que el sentido de esta intervención sigue siendo limar al gobierno nacional.

El Bloque Nuevo Encuentro, que integro, coincide con el objetivo de restituir el 82 por ciento, pero para que esto sea posible es preciso instrumentar otras medidas. La restitución de los aportes patronales para las grandes empresas -que el Grupo A, seguramente, no apoyaría- o la continuidad de las retenciones -que, paradójicamente, la oposición derechista apuesta a derogar- son pasos que permitirían avanzar en el sentido planteado. Allí van las ideas de gravar la especulación financiera, el juego, las industrias extractivas que serían fuentes genuinas de financiamiento. En lugar de eso, con una increíble irresponsabilidad, las espadas de la derecha apuestan a desfinanciar al Estado.

Está poco difundido que los ingresos de la Anses se generan con alrededor de un sesenta por ciento de contribución de trabajadores y empleadores, y el cuarenta por ciento restante por ingresos tributarios. El problema, como se ve, es mucho más complejo que una mera consigna de barricada.

En estos años, la Argentina más que duplicó lo que destina de su presupuesto a la previsión social y es el país de América Latina que tiene mayor aporte, en términos de PBI, a la previsión social. Estos son hechos y no palabras.

La discusión en torno al 82 por ciento móvil esconde otras disputas, ocultando intenciones e intereses inconfesables. Esas banderas del privilegio son sostenidas por quienes despliegan toda su energía en un proyecto restaurador cuya aplicación nos devolvería a un pasado inviable.

No seremos cómplices de una estrategia que multiplicó la pobreza y la injusticia social. Por lo que se hizo bien y, fundamentalmente, por lo que falta, nuestras fuerzas se unirán en torno a un proyecto que otorgue dignidad y justicia a todas y todos, sin inadmisible exclusiones ni repugnantes exclusivismos.

Esta nota fue publicada en la Revista Debate el día 24 de julio de 2010.

|| Fuente: (Por: Carlos Heller -DEBATE)

30/07/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

A calzón quitado – Osvaldo Bayer


Desde Bonn, Alemania

Parece que está de moda hablar del hambre de los niños en el mundo. El papa Ratzinger, nuestro cardenal Bergoglio, empresarios del campo y tantos otros. Aquí en Alemania se está discutiendo esto a calzón quitado. Claro, se está ante elecciones nacionales. Entonces, lo que durante los gobiernos estables es un juego de transacciones y entendimientos, cuando se juega el poder, se sale a decir la verdad. Y han salido a la luz las estadísticas oficiales y los estudios de organizaciones empresarias, religiosas, obreras, etcétera.

Sí, aunque nadie lo crea, Alemania, una especie de diamante del sistema, uno de los países mejor organizados dentro del capitalismo, presenta un cuadro actual que va dejando una vez más desnudo a ese sistema. Lo bueno para la información es que, dada la disputa, surge la verdad. Fuentes informáticas del sistema sacan a la luz la verdad ante una vidriera de lujo que esconde lo que realmente sucede en el patio interior. Por ejemplo, la revista Stern –no por cierto izquierdista– publica un estudio titulado “¿Qué hacer contra la desigualdad?”, con su subtítulo “Dos terceras partes de la población alemana no poseen casi nada mientras que apenas una décima parte posee el 60 por ciento de la riqueza”. Y “Nuestra sociedad se divide cada vez más entre los ricos cada vez más ricos y los que no tienen nada”.

De acuerdo con la definición del gobierno, se considera pobre a quien gana menos del 60 por ciento de lo que se necesita para mantener un hogar medio, y al soltero que gana menos de 781 euros por mes. Debido a eso, el Instituto para la Investigación de la Economía señala que el 18 por ciento de los hogares alemanes está debajo de ese nivel, mientras que el gobierno sostiene que sólo es el 13 por ciento. La pobreza aquí es más común entre las mujeres solas que crían a sus hijos que entre hombres, y más entre jóvenes y niños que entre ancianos. Y se ha comprobado que a aquel que cae en la pobreza le cuesta mucho poder salir de ella.

Es que la llamada crisis mundial fue aprovechada por los más diestros en manejar el poder. Por ejemplo, está desapareciendo el clásico “lugar de trabajo” y va siendo reemplazado por trabajadores por hora, por trabajo de horario limitado, por trabajo por contrato, por trabajo sin salario básico y por el desmantelamiento paso a paso del derecho de indemnización por despido. Es decir, el sistema se aprovecha de la crisis que ha producido por sí mismo para alcanzar una nueva era de capitalismo más profundo. Es decir, la crisis va ahondando el neoliberalismo asocial. Que, claro, para los defensores del sistema, puede dar un gran empujón hacia adelante a la economía. La receta de siempre. La Oficina de Estadísticas de Alemania ha dado a conocer la información que los llamados empleados y obreros “atípicos”, es decir, los que no tienen un empleo fijo, han aumentado de 5,3 a 7,7 millones. Y ya se ha llegado a que esos “atípicos” representen el 22 por ciento de todos los que trabajan. El mismo estudio admite que el riesgo de caer en la pobreza de esos trabajadores “atípicos” es del 14 por ciento.

Si ése es el panorama que nos presenta el sistema capitalista central, podemos ponernos a pensar qué ocurre con los llamados “países subdesarrollados”.

Por ejemplo, el continente africano está siendo devorado poco a poco por la avidez del capital de los países industrializados. Se trata en su mayor parte de multinacionales, de bancos y de gobiernos. Compran los mejores campos, en especial con arroyos o fuentes de agua. Ya se han comprado alrededor de 20 millones de hectáreas. Este nuevo procedimiento ha sido llamado “neocolonialismo” o, en inglés, land grabbing. Son dedicados al cultivo de alimentos básicos que se exportan a los respectivos países. Es decir, que se les quita esa tierra a los habitantes africanos, que justamente cultivaban allí sus alimentos. La ministra alemana para el Desarrollo, Heidemarie Wieczorek-Zeul, ha denunciado esto señalando que “en Madagascar, una empresa de Corea del Sur compró 1,3 millón de hectáreas para el cultivo de maíz. Por su parte, China ha adquirido 2,8 millones de hectáreas de la República del Congo, para dedicarlas a combustibles agrarios. Arabia Saudita ha hecho lo mismo con 500 mil hectáreas en Tanzania”. Y agregó: “Los más perjudicados con estas compras son las poblaciones que tienen que luchar contra el hambre”. También se aseguran los derechos sobre el agua y todo se convierte además de land grabbing en water grabbing. Todo esto provoca la emigración de las poblaciones autóctonas, ya que esas empresas traen trabajadores de sus propios países, o de otros, e imponen procedimientos mecánicos de producción. Se ha comprobado que se eliminaron grandes superficies boscosas y de plantas que las poblaciones empleaban como medicinales. Es decir, que toda esta nueva acción trae consigo problemas ecológicos. Todo esto invita a que Naciones Unidas tome en sus manos, desde ya, con toda energía, el problema del desequilibrio ecológico y la defensa de los pobladores autóctonos.

Aquí nace la pregunta: ¿cómo es posible que, ante estos exabruptos del capitalismo cada vez más ávido, no haya una reacción mundial de aquellas instituciones que se atribuyen la razón y la sapiencia de saber el origen y el destino final del hombre? Por ejemplo, las iglesias. Elijamos a Roma. El Papa hizo conocer un documento en el cual se llamaba la atención sobre el hambre en el mundo y la obligación de todas las sociedades de combatirlo. Pero no basta con palabras, con declaraciones o con la firma de un documento. ¿Por qué no inicia una acción por la cual visite a cada uno de los verdaderos dueños de la tierra y le señale que todo lo que hace va creando, tarde o temprano, violencia; y que lo único que vale, para la historia, es aquello que se haga para cuidar la vida y así eliminar violencia? Porque el germen de toda violencia es, siempre, la desigualdad.

Umberto Eco acaba de escribir una nota donde señala que una publicación le pidió que escribiera un artículo sobre la libertad de prensa. Y él se negó, porque a la libertad de prensa hay que aplicarla y no defenderla. Y Berlusconi está allí porque el pueblo lo vota, a pesar de que es alguien a quien no le interesan los problemas del Estado sino sólo quiere satisfacer sus necesidades personales. Dice Eco que el pueblo italiano vota a ese personaje. Y que a su artículo lo leerían sólo aquellos que conocen el peligro que es Berlusconi para la verdadera democracia, pero no salen a la calle. Mientras, Berlusconi maneja la televisión y otros medios. ¿Es democracia eso? Y como sátira pone que, en 1931, Mussolini obligó a todos los profesores universitarios a jurar obediencia a su gobierno. A los profesores universitarios, nada menos. De 1200 profesores sólo se negaron doce a la orden del dictador, el uno por ciento, y fueron inmediatamente destituidos de sus cátedras. (Algunos de esos que juraron fidelidad a Mussolini, en la posguerra se presentaron como figuras del movimiento antifascista. Pero quienes quedaron para la historia fueron aquellos doce que no aceptaron rebajarse ante el dictador.) Ellos –escribe Umberto Eco– salvaron el honor de la universidad.

Y termina Eco: “Por eso a veces debemos negarnos, aunque con ello no tengamos mucha influencia. Pero por lo menos las generaciones venideras sabrán que hubo algunos que se negaron a ser serviles al sistema”.

Y por todo eso se les llama democracias a países donde los políticos son elegidos por el papelito en las urnas cada dos años, mientras los verdaderos dueños del poder aumentan cada vez más sus fortunas, que no es otra cosa que aumentar su poder. Un ejemplo: el estado alemán de Hessen acaba de publicar estadísticas que señalan el crecimiento de los millonarios. En el año 2002 eran 1626, en 2009 esa cifra ha crecido a 1860. Justamente en el primer cuatrimestre, 125 empresas cerraron sólo en la región renana, con el consiguiente despido de sus trabajadores. Entre las empresas que cerraron están tres de renombre: Karstadt, Woolworth y Adessa. En esa región, informa el General Anzeiger de Bonn, cierran un promedio de diez empresas por semana. Al mismo tiempo llegó al Parlamento la denuncia de que la primera ministra Angela Merkel le hizo una fiesta para su cumpleaños al presidente del Deutsche Bank, el famoso Ackermann, el ejecutivo que más dinero ha ganado hasta ahora en su cargo: más de 12 millones de euros por año. La primera ministra le señaló a Ackermann que podía invitar a la fiesta a treinta de sus amigos. Así se hizo. Todos los gastos corrieron por cuenta del Estado, es decir que lo pagaron los ciudadanos que pagan impuestos. Una anécdota, sí, pero que muestra que allí donde hay dinero poco vale la ética.

Karl Doemens escribe en el Frankfurter Rundschau con ironía: “Por supuesto que el cumpleaños-party en homenaje al poco sufrido Josef Ackermann junto a sus treinta amigos conservadores no le debe haber caído muy bien a un obrero desocupado de Opel. Por supuesto no pretendemos que la jefa de gobierno invite al jefe del Banco Alemán con un servicio de pizza. Pero este cumpleaños-party deja en la boca un gustito amargo”.

Como pocas veces, en Europa se sufre el aumento de la desocupación entre los jóvenes. Uno de cada cinco europeos de menos de 25 años está buscando actualmente una ocupación. La ILO pronostica que este año el aumento de los desocupados va a ser de 30 millones, es decir que se va a llegar a una cifra mundial de 240 millones de gente sin trabajo. En España, la situación se ha vuelto dramática: uno de cada tres jóvenes está sin trabajo.

Aquí, en Alemania, ha comenzado a actuar un Partido de la Juventud, que lleva el nombre de “Peto” que, traducido del latín, significa: “Yo exijo”. Fue fundado por cinco estudiantes. En las elecciones comunales en Monheim, “Peto” presenta como candidato a burgomaestre a un joven de 27 años. Prometen gobernar para los jóvenes y para quienes quedaron jóvenes y se sienten jóvenes. Ojalá que exijan y logren por lo menos eliminar para siempre los niveles de pobreza y que cada joven tenga trabajo.

Página 12

//

29/08/2009 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , , , | 1 comentario

Los pobres también lloran


25-08-2009

trabajo al sol

Jorge Majfud

Alai-amlatina

San Sebastián Nopalera, un pequeño pueblo de la Sierra de Oaxaca, sur de México, tiene cinco mil habitantes registrados pero allí sólo viven la mitad. Las tierras que antes daban café ahora a duras penas dan maíz y no hay brazos para sacarles más. Sus habitantes, casi todos mujeres y niños, sobreviven de la ayuda que envían sus hombres de las plantaciones de Estados Unidos.Como en una guerra entre dos países, cada año cien o doscientos migrantes vuelvan a Oaxaca en cofres funerarios. Los trabajos para los cuales están destinados son casi tan mortales como el cruce de la frontera.

Pero no son mujeres todas las que se quedan ni son hombres todos los que se van. Como su hermano, un día María Isabel Vásquez Jiménez decidió irse al otro lado con la promesa de ayudar a su madre viuda y volver en tres años con el capital suficiente para iniciar un pequeño negocio.

El 11 de febrero de 2009 la joven de 17 años salió de su pueblo y contactó un coyote en Putla de Guerrero que la ayudó a cruzar la frontera norte. Tres meses después, el 11 de mayo, encontró trabajo en un viñedo de la West Coast Grape Farming Company, cerca de Modesto, Califorina.

Como María, los indígenas mexicanos que casi no hablan español en California son los hispanos que se dedican a la pizca, a pizcar, palabras que, como tantas otras miles del spanglish, fueron creadas con el material sustantivo del inglés —pick up, recoger— y moldeadas por la conjugación del castellano.

Quizás nunca podamos imaginar los miedos de María al dejar su pueblo con tan pocos años y tan poco conocimiento del mundo exterior, sus nervios al llegar a Putla para contactar a un coyote, el vértigo y el cansancio de su paso por la ilegalidad. Quizás fue feliz alguno de los tres días que trabajó en la pizca. Casi sin dudas debió ser feliz descansando al lado de su novio, Florentino Bautista, otro inmigrante sin papeles con quien vivía y planeaba casarse antes de regresar a México en tres años.

Pero algo salió mal. El 14 de mayo el termómetro marcó casi cuarenta grados centígrados a la sombra. Después de nueve horas bajo el sol despiojando retoños de las vides, María se sintió mareada. Tambaleándose, caminó hacia su novio y antes de llegar se desplomó.

Florentino pidió ayuda y trató de reanimarla. El encargado le dijo que no se preocupara. Esos desmayos eran algo normal.

—Aplícale un poco de alcohol y se le pasa—, le dijo

Pero María seguía inconsciente.

La pusieron en la camioneta que llevaba a la cuadrilla a sus casas y esperaron la hora de salida. Los paños de agua fría y las fricciones de alcohol no dieron resultado y el conductor de la camioneta decidió llevarla a un médico. María hervía de fiebre en los brazos asustados de su compañero. En el camino, Florentino recibió la llamada del encargado del viñedo, Raúl Martínez, recordándole que su novia era menor de edad, por lo cual en su declaración debía decir que se había desmayado haciendo ejercicio para mantenerse en forma.

Llegaron a la clínica a las 5:15. Cuando los médicos contactaron que María tenía más temperatura de la que puede soportar un ser humano, la derivaron de urgencia al Lodi Memorial Hospital.

Dos días después, María y su hijo de dos meses en el vientre murieron de insolación. El informe médico menciona un paro cardíaco.

Su novio, Florentino, no ha vuelto a trabajar. Tampoco ha recibido ninguna llamada en su celular. Pero el fiscal de distrito, James Willett, ha acusado a María De Los Ángeles Colunga, propietaria de la compañía de trabajo, a Elías Armenta, director de seguridad y al supervisor Raúl Martínez por no haber provisto a los trabajadores de sombra y agua, por no poseer asistencia en caso de insolación y por mentir en el proceso.

El gobierno de México, como es su costumbre, manifestó su preocupación por las injustas condiciones en que trabajan los mexicanos en Estados Unidos. También el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, lamentó la muerte de María.

Al igual que María, alguna vez en su juventud Schwarzenegger fue un inmigrante ilegal, aunque su esfuerzo y sudor lo dejó en un gimnasio de Santa Monica, no en los campos de producción agrícola. El mundo lo conoce como el actor que en 1984 dio vida al cyborg The Terminator, el hombre-máquina enviado por las máquinas inteligentes del 2029 al año 1984 con el objetivo de terminar con la resistencia de los humanos eliminando al futuro líder guerrillero antes de nacer. En su remake hollywoodense de Herodes, la casi invencible máquina es derrotada por la pareja de humanos y la madre del futuro rebelde, Sarah —Sarai—, logra huir. Finalmente aparece meses después en México. En una gasolinera, un niño mexicano le toma la fotografía que viajará por el tiempo normal hasta las manos de su hijo y luego de su padre. John, el líder rebelde, podía haber sido un mexicano, hijo de una inmigrante ilegal huyendo de su propia tierra. Hoy tendría veinticinco años y probablemente estaría cruzando la frontera. Pero si su madre hubiese sido una mexicana pobre, como María, quizás hubiese tenido que enfrentar una pesadilla peor que la del cyborg y el futuro rebelde jamás hubiese nacido.

El miércoles 27 de mayo de 2009, el cuerpo de María salió de la iglesia católica de St. Anne de Lodi, California. El viernes 29 pasó por Asunción Nochixtlán en un ataúd blanco y, después de seis horas de camino, llegó a su pueblo en la sierra. Su humilde dormitorio fue la capilla ardiente. En la cabecera pusieron esa foto que se la ve sonriendo, poco antes de partir. Más abajo, la corona de flores y una nueva deuda para la madre.

Sepultaron a María y a su retoño vestida de novia, de madre novia. No tuvo misa, porque el pueblo no tenía párroco y ninguno pudo llegar hasta la capilla del pueblo.

En el dormitorio vacío de María quedó Jovita Margarita Jiménez Bautista, mirando la fotografía sonriente de su hija. Su madre viuda, o como se llame. Porque en español hay nombres para un hijo que pierde a una madre, para una madre que pierde a su esposo, pero no hay nombre para una madre que pierde a una hija. Seguramente en ningún idioma hay un nombre para tanto dolor y tanta injusticia.

– Jorge Majfud, PhD, Lincoln University, School of Humanities, Department of Foreign Languages and Literatures. www.majfud.50megs.comhttp://escritos.us

Más información: http://alainet.org RSS: http://alainet.org/rss.phtml ______________________________ ________ Agencia Latinoamericana de Informacion email: info@alainet.org

25/08/2009 Posted by | Uncategorized | , , , , , , , , , | Deja un comentario

Argentina – CARTA ABIERTA / 6, de intelectuales y artistas


En la esquina de Defensa e Independencia

“Campo y Cáritas. Soja y comedor popular. Para que ese enlace sea fructífero y económico debe prescindir de lo que es visto como poder coercitivo y expoliador: el Estado”, plantea el espacio de intelectuales y artistas Carta Abierta en su último documento, que se presenta este sábado, a las 11.30, en Defensa e Independencia.

No somos mujeres y hombres del escándalo, nuestras conciencias no son saltimbanquis de la alarma. Al contrario: los hechos graves como el de la pobreza de amplios sectores de la población nos atañen. La pobreza atañe al fondo último de nuestros compromisos, la idea de igualdad, nuestras antiguas y recientes militancias. Nos compete, nos atraviesa. Por eso podemos decir: no nos escandaliza. El escándalo es gesto espectacular y ademán avieso. El rostro de los pobres se vuelve superficie de inscripción de llamados evangélicos, sacralidades disponibles, obsceno plano televisivo y objeto de malversación política. Nos atañen tanto las vidas dañadas por la miseria como su circulación en un imaginario que las despoja de creación, potencia y libertad.

Un presidente que desguazó las anteriores tramas sociales pudo decir “pobres habrá siempre” mientras creaba las condiciones para un inédito hundimiento de los salarios y los empleos. La conmoción del 2001 hizo visibles a contingentes de desocupados que habían encontrado en su exclusión el ímpetu para un descubrimiento de sus propias facultades organizativas y políticas. El gobierno iniciado en 2003 pensó al trabajo como una vía de recuperación de la dignidad para los desposeídos. Expansión del empleo y paritarias fueron las llaves precisas y, a la vez, el horizonte deseado. Detenido el ciclo, en la tormenta del mundo, la pobreza se hizo tópico de lo irresuelto. También, núcleo rutilante de una confrontación que es necesario deshojar.

En una iglesia de Liniers, en los palacios vaticanos, en los palcos ruralistas y en los grandes medios se agitan hilos que provienen del mismo ovillo. Ovillo que es idea: es posible aunar la mayor riqueza –dada por la propiedad privada de ciertos recursos– con la asistencia caritativa a los más pobres. Campo y Cáritas. Soja y comedor popular. Para que ese enlace sea fructífero y económico debe prescindir de lo que es visto como poder coercitivo y expoliador: el Estado. Y también del enlace de la cuestión de la pobreza con los temas de la justicia y la igualdad. Pobres habrá siempre, para atenderlos está Cáritas. La limosna es la vía celeste para unos y la sobrevivencia menoscabada para otros. Contra ella es necesario volver a situar la defensa de lo público, el engarce de la cuestión social con otros modos de la justicia y la apuesta no a la victimización de lo popular sino a su recreación política.

¿La justicia pendiente del presente no está ligada a la justicia respecto de un pasado criminal? ¿No está la deuda social impaga vinculada con una renovada reflexión sobre las condiciones de una redistribución del ingreso que afecte no sólo a los trabajadores en blanco? ¿Es posible encarar medidas imprescindibles, como un plan orientado a la resolución de las necesidades alimentarias de la población, que tenga alcance nacional y solidez nutricional, sin herramientas impositivas y recaudatorias? Sin retenciones hay limosna. Con retenciones: debate público y politización.

Decir eso suena a mala palabra: ¡quiénes son los extraviados que en el contexto de un ataque masivo a la política reclaman mayor politización! Nosotros: en la intersección, ya lo decimos, de Defensa e Independencia. En otras esquinas priman otros tonos: la indignación y la sospecha. El hombre típico de Corrientes y Esmeralda es hoy alguien que sospecha. Alguien que ve, tras los discursos y los valores de la política, una razón oscura que sería su verdadero sentido. Una razón material, crematística, que funcionaría como hilo explicativo de toda conducta pública. ¡Quién les paga!, es el grito de guerra en una Argentina con una larga devastación de las conductas políticas. Contemporáneo a ese sentimiento está el de la indignación, el ademán del usuario enojado, del ciudadano reclamante, del movilero agitado en persecuciones varias, del periodista de piso que frunce el ceño. ¡Hasta cuándo!, resuena como eco. Entre la sospecha y la indignación se sumerge la vida política del país. Quizás el ejemplo más claro de esto es la mutación de la condición del lector en gritón de los diarios digitales: ya no es el que acude a un encuentro con lo desconocido –que le exige no poca disposición amorosa para comprender– sino el que lee como excusa para el rezongo o la suspicacia insidiosa. Es el rumor mismo, la pasión arraigada en los subsuelos de los modos de vida que agrieta los cimientos mismos de lo público. Alimentados por una larga historia de desalientos y exacciones. Recreados como fábula moral en las usinas mediáticas. La nueva derecha vive en esos relatos y hace de ellos santo y seña.

Hoy esos ríos profundos de la vida contemporánea minan las bases de la gobernabilidad. Lo hacen ahora con el gobierno nacional. Lo harán luego contra otras representaciones. Lo que en su momento llamamos destituyente es eso: una articulación y un impulso, una organización de sentimientos difusos para dirigirlos, sin pausa y sin errancia, contra un objetivo determinado. Por eso los jefes de ese movimiento no son hombres de la política, aunque ellos pretendan usufructuar sus resultados inmediatos. En el fondo se intuyen las futuras víctimas si no logran pactar con ese sordo rumor. Nadie es creíble, nadie está firme. Parecen a salvo aquellos que se escudan en el reconocimiento directo de las razones mercantiles: los que declaman sus historias empresarias, los que piensan la política como un momento más de la expansión de los negocios. Bajo sospecha quedan aquellos que intentan recurrir a los discursos ideológicos o a las tradiciones políticas. Los que confiesan se convierten en testigos protegidos del juicio al entero sistema partidario.

¿Puede reconstituirse lo público en un tembladeral animado por esas fuerzas sentimentales y anímicas? ¿Puede reconstituirse lo público amenazado por la sensibilidad del miedo, la sospecha y la indignación? ¿Qué política podrá sustraerse de esa atmósfera en la que se reclama el reino desembozado de los intereses privados, porque finalmente serían los únicos sinceros?

Una elección parlamentaria ha transcurrido hace algunas semanas. Los resultados fueron adversos para el proyecto que desde estas cartas acompañamos. En cierto sentido, las advertencias que recorrían los escritos anteriores fueron confirmadas: crecieron electoralmente los adalides de la restauración conservadora, fueron ungidos los que debaten en sus gabinetes cerrados si apurar el paso hasta la caída o dejar llegar las cosas –el Gobierno exánime– hasta el 2011. El triunfo de Unión PRO en la provincia de Buenos Aires, con un candidato que exhibe como méritos una caudalosa fortuna y destrezas televisivas, pone en evidencia la articulación política de los rasgos profundos de la época: el llamado a la desnuda presencia de las razones mercantiles como latir vital de la actividad pública y la mediatización de la política, convertida en mero apéndice de ficciones publicitarias que toman inspiraciones épicas –en una época que sin embargo pretenden disciplinada por las grandes fuerzas corporativas económicas– y se basan en idealizaciones de la vida popular –cuando estamos en un tiempo en que lo popular resiste dificultosamente la segmentación brutal de las experiencias colectivas–. Esos rasgos no los inventó la derecha. A lo sumo, sus políticos y publicistas son los que más descarnadamente, sin culpa y sin velos, los incorporan y expanden y por ello pueden recibir los mejores dividendos. Los que se mueven como peces en el agua en la sociedad del espectáculo.

La elección de junio hizo visible la debilidad en la construcción de otra escena para la política. De una escena en la que las fuerzas provengan de la militancia popular y no de las mediciones de rating, en la que los candidatos y funcionarios se elijan menos por la opinión pública y más por sus compromisos persistentes, en la que los diálogos tengan menos de representación de roles que de apertura a problemas, en la que el voto se dirima por la defensa de las condiciones reales de vida y no por la presión de los conjurados mediáticos. ¿No serían éstos menos eficaces en su monserga destituyente si estuvieran menos impagas las deudas sociales? Al Gobierno lo atacan los jefes agromediáticos por sus aciertos y no por sus errores. Pero en las urnas perdió también por sus traspiés, sus titubeos, sus debilidades. En manos de un electorado que parece más tomado por el desánimo o la apatía que por el entusiasta abrazo a las consignas de derecha.

La restauración conservadora está en curso y en ella se unifican poderes corporativos –el empresariado nucleado en AEA, la airada mesa de enlace, el bloque mediático y algunos políticos–. Sin embargo no puede pavonearse de legitimidad por el resultado electoral. Porque no está mellada la capacidad gubernamental y porque en los cuartos oscuros también fueron ungidas representaciones parlamentarias que arrojan a la escena problemas que necesitan de ser tratados en pos de una sociedad más equitativa y justa.

Si el proceso abierto en el 2003 estuviera cerrado, si sólo quedase la organización de una retirada ordenada, el gesto de la crítica sería intento de autoexclusión de la derrota. Una precaria salvación. Por el contrario, si hay que mencionar errores es en función de otra hipótesis: la de que hay un núcleo de valores fundamentales de este proceso que es necesario no sólo defender sino expandir en los próximos dos años. Y que se defienden y se expanden si hay capacidad de reinventar a la vez políticas de gobierno y de impulso de las autónomas voluntades militantes. Si hay capacidad de pensar como interlocutores no a las corporaciones con sus poderes de veto y sus agitadas amenazas sino a los argentinos de a pie: a esos que tienen el poder de su reunión, su fuerza y su voluntad.

Las urnas hablaron, pero su mensaje no tiene por qué ser aquel que los personeros de la destitución creen escuchar. Al contrario, muchos leyeron en ellas el llamado a un activismo renovado, capaz de procurar ámbitos de encuentro, creación de ideas en común, imaginativas defensas de lo público. En algunos lugares el nombre de Carta Abierta bautizó esas experiencias que cavan el presente no sólo para atrincherarse en la prioritaria defensa de un gobierno legítimo sino también para encontrar los destellos de una política renacida. En muchas ciudades los hombres se reúnen en Defensa e Independencia. Quizá porque esa esquina siempre esté en el núcleo más íntimo de nuestras búsquedas.

No venimos aquí, al púlpito de la esquina, a presentar la cartilla para la reconstrucción de una militancia popular. Por el contrario: venimos a decir que estamos perplejos y asombrados. Que a la vez que hay indicios de la posibilidad cierta de una catástrofe conservadora, hay un énfasis del Gobierno en no retroceder en sus decisiones fundamentales y los hay también de una múltiple voluntad colectiva. Podríamos decir: falta la construcción. Nos privamos de hacerlo, para que quede el vacío ruidoso de aquello que no sabemos ni qué sería ni cómo se hace. Apenas intuimos, y que valga como susurro, que mucho de pasión por el presente, de donación a los entusiasmos de lo que viene y de renuncia a las rigideces del pasado, serán actitudes necesarias.

¿Estamos pidiendo más a un gobierno cuya existencia está, sin dudas, amenazada? ¿Estamos concurriendo a la conjura de las exigencias que pueden alterar la vida institucional? ¿Es tiempo de solicitar, una vez más, profundización de los cambios, o sólo se trata de apegarnos a los hechos, a un realismo de la continuidad, para evitar lo peor: la desestabilización, el ascenso brusco de las derechas, el triunfo de las más radicales presiones corporativas, el escenario hondureño? El Gobierno está sitiado. Por una confluencia que quizás nadie pueda detener. En el sitio conjuga gestos defensivos, audacias inesperadas y perseverantes compromisos. Entre estos últimos, la actitud de condena frente al golpe en Honduras ante la indiferencia de muchos e incluso la crítica obtusa ante la decisión de la Presidenta de ir al lugar de los hechos para dejar claro que la recuperación democrática en ese país no sólo reclama la acción de las cancillerías o de las instancias diplomáticas internacionales. Honduras nos atañe. Habla de nosotros. Como Argentina habla de Bolivia. Y Bolivia de Venezuela. Y Venezuela de Ecuador. Destinos cruzados y necesidades mutuas en un contexto signado por la expansión de la presencia estadounidense en Colombia de un modo que remeda, amenazante, las viejas prácticas imperiales.

En cuanto a la actitud que el gobierno de Cristina Fernández debiera tener en esta situación amenazada, algunos prescriben concesiones ante grupos de presión; otros, la defensa de las políticas económicas sostenidas. Si solicitamos más, es porque consideramos que esa defensa sólo puede desplegarse sobre la constitución de un horizonte político, sobre el hallazgo colectivo de un proyecto que exceda y desborde la actualidad, sobre el sueño común de reinvención de lo público. Sin esa dimensión utópica, sin esa perspectiva que reinscriba los hechos cotidianos en un relato que los excede y potencia, no hay renovación de las posibilidades gubernamentales pero tampoco de las políticas populares. La idea de cambio fue, publicitariamente, capturada por las derechas mientras el Gobierno hizo campañas de reivindicación de lo hecho. Pero la política no es el cierre sobre el presente, salvo que se resigne a devenir administración de lo dado. Es desde las fuerzas que efectivamente han transformado mucho en este país y en estos años, desde las fuerzas que han puesto en discusión razones profundas de la transformación social, que se debe recuperar la invocación al cambio. El llamado a la construcción de una sociedad emancipada de sus grilletes y reparadora de sus injusticias.

Se hizo, es cierto. Defendemos lo hecho. Pero lo que pende es fundamental: la reposición de las instituciones estatales en las condiciones de producción contemporáneas, el planteo de un sistema impositivo que tenga un carácter progresivo o desplegar nuevas regulaciones al capital financiero, son algunas. Otras ya las hemos mencionado. Insistimos: no como gestores de un balance de una empresa en quiebra. Sino como trabajadores de su recuperación. La nación está en juego. Y las vísperas del Bicentenario podrían ser ocasión de una apuesta imaginativa que desborde los fastos conmemorativos y los rituales previsibles. De una apuesta que incluya los temas postergados de la emancipación, como la relación entre la nación y las comunidades culturales y étnicas que la precedieron. La reivindicación de los pueblos originarios presupone una profunda invitación a poner en cuestión los fundamentos culturales que nos cobijan, no para abandonar los que nos son comunes sino para que nos sean comunes los que surjan de nuevas revisiones históricas.

La idea de que es necesario reabrir las posibilidades de la historia no puede escindirse de la emergencia renovada de organizaciones populares. ¿A quién le habla el Gobierno cuando habla?, es una pregunta que si notoriamente está vinculada con los estilos comunicacionales dice también sobre cuestiones estratégicas. Porque a la escena de las presiones de las corporaciones patronales sólo se la combate con una escena de escucha y conversación con los partidos políticos populares y con los movimientos sociales. Y a la escena de los titiriteros mediáticos se la confronta no sólo con medios públicos –que son necesarios–, no sólo con la democratización que supone una ley de servicios audiovisuales –que es urgente e imprescindible–, sino también con una escena política autonomizada de la lógica mediática. Incluso, la que ocurra en los esfuerzos últimos que realicemos para que nuestra propia conciencia vuelva a albergar la noción básica de autonomía crítica, ética de convicción y templadas responsabilidades para reconstruir un sentido de verdad ante las derechas que, en el vaciadero de los conceptos, se revisten con los viejos temas de las izquierdas. No es que las ideologías hayan desaparecido, sino que se las modula como una más de las mercancías que se le ofrecen al consumidor.

Alguna vez dijimos que a las acciones de este gobierno, incluso a algunas de las más relevantes, les faltaba lo previo: una cierta elaboración en la cual se inscribieran con la fuerza necesaria, pero también su enhebramiento con un entramado de voluntades y activismo, capaz de proponer temas, de situar problemas, de hacer y defender políticas. No se trata sólo del horizonte político futuro. Incluso la institucionalidad gubernamental requiere, para sustentarse sin graves cesiones a los poderes corporativos –que encuentran hoy en el empresariado más concentrado un programa completo de transformación de la economía argentina–, de una revitalización de las organizaciones populares.

Eso que falta es necesario para preservar los aspectos más profundos y relevantes de estos años. Para preservar y expandir la política de derechos humanos; la integración regional; los derechos laborales; decisiones soberanas respecto de los organismos financieros internacionales; instituciones de defensa alejadas de las doctrinas de la represión; la inversión de recursos en ciencia y técnica. Preservar y expandir es, también, ir más allá de una concepción economicista que sitúa al crecimiento como estrategia rectora última. La crisis mundial dejó interrumpido ese camino de expansión de la inversión, empleo y mercado interno. La idea de distribución de la riqueza vino asociada no sólo a un retintineo promisorio sino a la efectiva reactivación de la economía. La crisis afecta ese despliegue, que quizá tenía núcleos internos que lo volvían ciego ante ciertas situaciones de exclusión y desigualdad social.

El debate sobre las asignaciones familiares a trabajadores informales o a desocupados, la idea de ingreso universal de ciudadanía, los planes diferenciados para atender situaciones de pobreza, fueron postergados en función de una perspectiva economicista. La ausencia de políticas reparatorias que atenuaran las desigualdades dentro del interior del mundo laboral aligeró como palabras al viento aquellas que nombraban las efectivas medidas de justicia existentes. ¿No tuvieron relación los resultados electorales con esa ausencia? Porque no hay metáfora más errónea que la de traición, que supone a los votantes como seres arrastrados a una decisión cuyo sentido ignoran. Hay, en todo caso, un disgusto, una necesidad, una crítica, que benefició, especialmente, a los dirigentes surgidos de las falanges restauradoras y los gabinetes fantochescos que inventan políticos por encargo. Lamentamos esa decisión emanada de las urnas. Pero no serán las explicaciones consoladoras las que permitan revertirla.

La reversión es posible, pero requiere un modo novedoso de tratar lo público. De volver a considerar lo público. Está en juego eso en la política nacional pero también en la ciudad de Buenos Aires, en esta ciudad con sus plazas en las que se leen estas cartas, con sus edificios sanitarios amenazados por operaciones inmobiliarias, con sus parapoliciales que desalojan espacios comunitarios, con sus jefes de policía que surgen de las más tenebrosas historias de encubrimientos y exacciones. Medidas que pretenden hacer campo raso de lo heterogéneo y de la ciudad laboratorio de la nueva derecha. Nuestra calle, aquí, es Resistencia.

El jefe de Gobierno de esta ciudad es un empresario. Como tal, parece menos enjuiciable que los hombres de la política. Ante el banquillo del juicio que la sociedad mediática encara, se lo presume inocente. Quizá no del todo, pero sí más que aquellos que hablan más de política que de negocios. Por eso, puede reírse de las combinaciones entre tintorerías y prostíbulos en los barrios pobres de la ciudad. Ha ordenado desalojar huertas y expulsar hombres y mujeres sin techo. Ha burlado a los docentes y a los trabajadores de la salud. Ha imaginado desalojar los antiguos neuropsiquiátricos, menos por un libertarismo antimanicomial que por la valorización de los terrenos. Ha nombrado un jefe de policía en cuyo nombre se anuncia la acentuación de estrategias represivas y de funcionamientos corruptos. Perdiendo votos, sin embargo ha ganado las elecciones. Quizá porque en figuras así se condensan las fuerzas anímicas del miedo, la sospecha y la indignación.

No es un problema de los porteños. En Nueva York les pagan a los desocupados un pasaje de ida para privar de su miseria a la ciudad. Pero ésta es nuestra ciudad: en ella debemos disputar cada esquina, cada barrio, cada discurso y cada idea. Contra esa articulación reaccionaria es necesario situar una agenda de recuperación de lo público: del espacio, de las conversaciones, de las políticas, de las instituciones, de los recursos naturales, de las facultades humanas. El mercado, sabemos, es capaz de apropiarse y gestionar todo eso, bajo la lógica de la ganancia y el rendimiento comercial. Y hay políticas estatales que se subordinan a la obediencia de esa lógica. Incluso, algunas políticas nacionales, como la que regula la minería, en la que prima la explotación inmediata antes que el resguardo de los derechos comunitarios. Recuperar lo público es poner en cuestión esos criterios, situarlos en el marco de una discusión que no debe aceptar para sí los límites de lo ya dado, sino que debe constituir el horizonte utópico y realizable de lo por venir.

Hay mucho que preservar y hay mucho por hacer. Aunque minado por la sospecha y la indignación existe un terreno en el que eso se dirime: la política. Las diversas tradiciones ideológicas que han puesto el acento en lo popular y sus potencias tienen ante sí un desafío mayúsculo: el de considerar su confluencia sin exclusiones, su situación sin mezquindades y el futuro con inédita imaginación.

Aquí en esta esquina somos una suerte de conjurados. En defensa de un conjunto de políticas desplegadas desde el 2003 y del derecho del Gobierno a perseverar en ese camino y con la independencia de criterio que nos dan nuestras propias experiencias, valores, ideas. Nuestro llamado al coraje colectivo contra el operativo derrumbe no resuena en el eco de los espacios vacíos. Al contrario, rebota en los cuerpos, se ahínca en los sueños, se intercambia en la reflexión común. Por eso creemos que no se puede hablar de derrota ni de victoria ni nos está dado el tono de la certeza. Sí saber que lo que sucede nos atañe. Y por eso no nos escandaliza.

Página 12

20/08/2009 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

El “escándalo de la pobreza” y la dádiva de la caridad


ricardo foster

19-08-2009 /

Ricardo Forster

// La pobreza. Desde hace algunos días se ha instalado en el país una suerte de discusión alrededor de esa palabra que viene de muy lejos y que ha recorrido casi toda la historia y la geografía de la humanidad. Palabra de alcances bíblicos que ha dejado una estela sin la cual resulta casi imposible pensar sueños y pesadillas, aventuras y frustraciones, esperanzas y dolores, martirios y traiciones. Estuvo en la boca de los profetas del Antiguo Testamento; recorrió la lucha de las innumerables rebeliones de campesinos contra los poderes feudales; se inscribió en las tradiciones de socialistas y anarquistas y se metió de cuajo en los diversos movimientos que en el interior de la Iglesia católica latinoamericana se lanzaron a la búsqueda del rostro de los pobres como verdadero mensaje del Evangelio de Jesús. Estuvo en los ideales políticos de las luchas revolucionarias que sacudieron los dominios colonialistas. Se inscribió en la consigna que galvanizó a las masas campesinas del 17 ruso: “pan, paz y tierra”.
Pero también se convirtió en uno de los recursos clave de las múltiples pastorales cristianas que tendieron a reivindicar al pobre en su condición de cordero de Dios y destinado a la redención al final de los tiempos, una redención por fuera de la historia y como gracia de la bondad divina. Emergió en los discursos de una Iglesia que tendió a naturalizar la pobreza al mismo tiempo que garantizaba la inocencia de los pobres como aquellos que aceptaban pacífica y resignadamente el poder del César o el poder de cualquier otro soberano a lo largo de la historia. Una Iglesia que supo con extraordinaria astucia apelar a las fuentes de una retórica que transformó la pobreza en una figura recurrente y desactivada como núcleo de rebelión e insubordinación.
Pobreza y resignación se volvieron términos intercambiables. Pobreza y naturaleza humana se inscribieron, también, en un nuevo esencialismo que desdibujaba las causas y los causantes de la miseria de los muchos, de los incontables de la historia, para simplemente plegarla, a la pobreza, en el interior de la inmodificable monotonía de las sociedades humanas.
Inmodificable y permanente, la pobreza se instaló como un dato constitutivo de nuestras vidas. Nacimos con ella y moriremos con ella. Tal vez sea posible, misericordiosa y filantrópicamente, morigerarla aliviando con la caridad –la de los ricos– el sufrimiento de aquellos que no tuvieron la inmensa suerte de nacer en hogares privilegiados. Caridad y escándalo como palabras extraídas de la cantera de reservas teológicas que guardan los textos sagrados y que siempre pueden venir a explicitar nuestra angustia ante los inescrutables designios de Dios. Nos escandaliza la pobreza, como quien se siente desbordado e impotente ante un fenómeno de la naturaleza o ante una maldad inexplicable que parece acontecer más allá de toda significación. Jeroglífico indescifrable en el que no podemos descubrir sus modos de desplegarse en el interior de nuestras sociedades. Es un más allá de la injusticia y de la desigualdad; se inscribe en un orden distinto al de la apropiación, por unos pocos, de la mayor parte de la riqueza producida por el conjunto de los miembros de una sociedad. No hay detrás de ella un sistema socioeconómico que multiplica exponencialmente su inmenso daño mientras la retórica, eclesiástica y de la otra (la de los poderes dominantes que conocen al dedillo los vericuetos del lenguaje hipócrita y mistificador), insiste con la necesidad de combatir a la pobreza mitigando el sufrimiento de los pobres. Organizan colectas; multiplican los actos de caridad y vuelven a escandalizarse porque sigue lloviendo “pobreza” sobre nuestras sociedades sin que logremos explicarnos por qué, o quiénes o cómo ese mal endémico continúa atormentando a la mayoría de los seres humanos.
¿Resulta extravagante imaginar un proyecto político que reúna en un mismo arco a los críticos del intervencionismo estatal, a los recolectores gozosos de la renta que dadivosamente les ofrece la pampa húmeda con una organización como Cáritas? ¿Es ajena a su retórica antiestatalista el sueño de una patria integralmente cultivada de soja que permita atender, con las formas y los modos intachables de la caridad, la necesidad de los pobres? El Estado, mal del demonio, rémora de un orden político anacrónico y dominado todavía por los restos tumefactos del populismo, debe servir pura y exclusivamente para garantizar la libre circulación de las mercancías, de las riquezas y de las personas que, eso sí, tengan sus papeles en regla. De los pobres debería encargarse Cáritas, porque eso es más claro que el agua, la política y los políticos, cuando hablan o se ocupan de ellos, es sólo para corromperlos y para acumular pingües beneficios. Pura corrupción. De los ricos filántropos será el reino de los cielos (la imagen de Bill Gates donando gran parte de su fortuna es el núcleo ideal de esa caridad que los grandes triunfadores de la historia, los causantes de una miseria creciente en la mayor parte del planeta, están dispuestos a ofrecer en señal de su inmensa misericordia mientras, eso sí, siguen multiplicando las formas económicas que expanden esa misma pobreza que los escandaliza). Dadivosidad, caridad, filantropía son todas palabras que pronunciadas por los poderosos de ayer y de hoy, por los dueños del capital y de la tierra, de los conocimientos y de las tecnologías, no significan otra cosa que la perpetuación de ese escándalo que los escandaliza allí, donde el sistema que profundiza las causas de la desigualdad sigue siendo absolutamente sostenido en medio de tanto altruismo desinteresado.
Entre nosotros, el inefable De Angeli lo expresó sin mediaciones y con la impunidad de una ignorancia que se sabe amparada por los poderes corporativos: que los dejen producir tranquilos, que los dejen comerciar sin retenciones sus cereales y sus carnes que ellos se van a encargar de los sueldos de maestros y de médicos. Son ricos y generosos y no tienen nada que ver con esos relatos bíblicos que nos hacían quedar tan mal (¿recuerda, estimado lector, aquello de que será más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los cielos?).
Época que requiere de un giro de la retórica eclesial allí donde la riqueza dejó de ser, para los lenguajes emanados de los grandes medios de comunicación, el verdadero escándalo que nos relataban los profetas, los evangelios y que llegó hasta el Concilio Vaticano II; época en la que un político es siempre sospechoso mientras que un empresario aparece como ejemplo de virtud. Una época atravesada de lado a lado por la simbología del capital y del consumo en la que la pobreza es un accidente de la naturaleza que viene a afear el disfrute de los ricos. Una época que cosifica a los pobres transformándolos en un número, en una cifra abstracta en el interior de estadísticas que nada dicen ni explican a la hora de preguntarnos por qué y cómo se ha multiplicado la injusticia y la desigualdad. En fin, una época que glorifica el éxito empresarial y la multiplicación de los millones embolsados por empresarios convertidos en ejemplos paradigmáticos de la nueva moral reinante y que, en un giro inversamente proporcional, denuncia cualquier proyecto político que intente torcer la fatalidad de la pobreza abriendo las compuertas de una distribución más justa de la riqueza. Una época, en definitiva, que ama los monopolios privados y que lanza a los fuegos del infierno a cualquiera que se atreva a defender el papel del Estado a la hora de buscar modificar las profundas injusticias del capitalismo. ¿No será ése el escándalo silenciado por el Papa y los medios de comunicación?

Página12

20/08/2009 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , , , , , , | Deja un comentario