America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Ernesto Laclau: “Es el mejor momento de la Argentina que he conocido”


Agencia Latina de Noticias.

“Económicamente, la situación es sólida; por supuesto que habrá coletazos de la crisis internacional, pero serán menores; sin dudas, hoy día, la economía argentina no es tan dependiente de las inversiones extranjeras”, aseguró.

11/11/2011 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , | Deja un comentario

Un buen análisis político latinoamericano- Ernesto Laclau: “Puede haber Congresos con una voluntad antidemocrática”


Por:  Alejandra Rodríguez y Exequiel Siddig

esiddig@miradasalsur.com

Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo, defiende la necesidad de presidencialismos fuertes en Latinoamérica. Se declara partidario de la reelección indefinida.

Hace una década, América del Sur comenzaba el largo e inexorable periplo de tocar fondo, una serie de crisis que detonarían jornadas de crispación antineoliberal masiva. Los ejemplos son conocidos. El 26 de febrero de 1989, el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez, conchabado con el FMI y su paquete económico, subía el 30% del precio de la nafta. Esta decisión desembocaría, tres días más tarde, en el llamado “Caracazo”. De este y otros ajustes anteriores, surgiría diez años más tarde la “Revolución Bolivariana”.
En Bolivia, la “Guerra del Gas”, la privatización del agua y el atosigamiento anticocacolero del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada parirían, en enero de 2006, al primer presidente aymara y el primer Estado del mundo constitucionalmente plurinacional.
En Ecuador, la traición electoral del presidente Lucio Gutiérrez al Partido de Unidad Plurinacional Pachakutik llevaría a la presidencia, en 2007, a un cuadro formado en Harvard pero con la mirada puesta en la reivindicación nacionalista de una economía totalmente dolarizada.
A los liderazgos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, los críticos conservadores los han acusado de abrevar en la tradición populista latinoamericana, un régimen con una presunta tendencia autoritaria. Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, así como el de Fernando Lugo, son atacados con los mismos argumentos. “Pero la amenaza real a la democracia viene de la oligarquía neoliberal”, tercia Ernesto Laclau, uno de los más reconocidos politólogos argentinos, profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra, donde reside.
Vino a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Universidad de San Martín, un instituto creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario. Sin embargo, su presencia en el país tiene una intención política definida. Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo como la panacea de las nuevas democracias en Latinoamérica, Laclau redobla la apuesta y defiende la necesidad de presidencialismos fuertes.
“Un proceso de democratización como el que han experimentado Venezuela y Bolivia serían impensables sin la figura de Chávez y de Evo”, dice en su casa, cerca de Plaza San Martín, antes de regresar a su cátedra en Colchester, Inglaterra. “Para las democracias latinoamericanas, soy partidario de la reelección presidencial indefinida. No en el sentido de que vayan a elegirse presidentes de por vida, sino de que éstos puedan presentarse a elecciones una y otra vez. Porque cuando la voluntad colectiva de cambio se ha aglutinado alrededor de ciertos significantes, imágenes y nombres, la discontinuidad de ese proceso puede llevar a la reconstrucción del viejo régimen sobre la base de diluir el poder en una serie de comités y corporaciones de distinto tipo”.

–¿Pueden existir Congresos antidemocráticos hoy en América Latina?
–¿Con una voluntad antidemocrática? Sí, claro que puede haber.
–¿Y en el caso del Congreso argentino actual?
–La oposición fue demasiado estúpida para hacer pleno uso de las posibilidades que se le plantearon. Pero, evidentemente, la tendencia a transformar el Congreso en una forma de coartar la acción del Poder Ejecutivo se movía en una dirección corporativa antidemocrática.
–¿En qué ocasiones, por ejemplo?
–En muchas circunstancias. Una fue intentar tomar por asalto todas las comisiones del Congreso, aprovechando una mayoría circunstancial e ignorando la proporción de los votos que el pueblo había expresado en las elecciones.

En su ya clásico libro La razón populista, Laclau intentaba alejarse de la percepción eurocéntrica del populismo como un régimen político tendiente a menguar los valores de la democracia representativa. “El populismo es simplemente un modo de construir lo político”, escribía. Se trata de un discurso que divide a la sociedad e interpela a los de abajo, confrontándolos con los que detentan el poder. En el populismo, hay “una dicotomización del espacio público”, aunque no tiene un signo político determinado. Puede ser de izquierda o de derecha. Para Laclau, “populistas fueron tanto el fascismo italiano como el maoísmo”.
Desde su perspectiva, la imprecisión del vocablo ayudó a su ninguneo tanto en la teoría como en la retórica política. En principio, el populismo no se asemeja al entramado de relaciones clientelísticas que compran una identificación basada en la oportunidad (lo que en mal criollo equivaldría a “van por el chori y la coca”). Tampoco cabe la acusación de que se trata de un sistema de manipulación de masas bajo la apelación a los “bajos instintos” de la comunidad no letrada.
Finalmente, es falso pensar que el populismo erige un liderazgo demagógico que traiciona la voluntad popular. En este punto, y como precisó en su conferencia “Populismo y democracia” , en el Hotel Bauen el 5 de mayo último, Laclau piensa con Derrida que no hay un modelo puro al que el representante se deba ceñir, sino que hay sólo representación. “Es una relación doble, que va del representado al representante y viceversa. Algo cambia en el proceso: el político elabora un discurso para equiparar la demanda de un grupo al interés nacional y, al mismo tiempo, ese discurso altera la identidad de ese grupo”.

El ejemplo del peronismo. Para explicar su teoría sobre el populismo, Laclau recurre al peronismo. En el régimen oligárquico argentino previo a la crisis del ’30, las demandas sociales se abastecían individualmente a través de un esquema de punteros políticos, caudillos y congresales (“doctores”), de modo que no existiera identificación de las demandas de los diferentes grupos entre sí (“lógica de la diferencia”).
La cultura de la resistencia creada a causa de las demandas no satisfechas de los migrantes internos de las décadas del ’30-’40, crearon entre sí una “lógica de la equivalencia”, en el sentido que las demandas se identificaron en su orfandad estatal. “El peronismo tenía un discurso puramente equivalencial”, afirma Laclau. “La gente ya no necesitaba el favor personal de un puntero para acceder al médico, porque la organización social nueva había construido un hospital sindical.”
En definitiva, el populismo laclausiano tiene tres dimensiones: la integración de una multiplicidad de demandas en una “cadena equivalencial”; la formulación de una frontera interna que divide el campo social en arriba/abajo; y la consolidación de la cadena equivalencial en una identidad popular que excede la simple suma de los lazos solidarios entre las demandas.

–A la luz de los procesos de crisis económica y reconfiguración del campo popular en lo que va del siglo en América Latina, ¿qué sistema político conviene a la región?
–Hoy América Latina se debate entre el camino de las democracias nacional-populares y la parlamentarización del poder con el objetivo de imposibilitar llevar a cabo los cambios sociales. En la experiencia democrática de las masas latinoamericanas hay, por un lado, una tendencia administrativista, oligárquica o tecnocrática, que consiste en diluir el poder en una serie de instituciones corporativas. Por otro lado, una tendencia populista que lleva a la consolidación del poder alrededor de ciertos centros. Ahora, esos centros tienen como punto importante de referencia la concentración en ciertas figuras. Eso puede tener una dirección de derecha o de izquierda. El gaullismo en Francia, la V República, hubiera sido impensable sin la concentración simbólica de una nueva figura: De Gaulle. O sea, que no es una cuestión de la ideología del régimen, sino de la existencia de un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos. En América Latina, se da una combinación bastante sana entre un institucionalismo reafirmado –porque ya no hay regímenes que estén invocando la destrucción de las instituciones del Estado liberal; es decir, nadie está proponiendo la derogación de la división de poderes– y el momento de un Poder Ejecutivo fuerte con fuertes identificaciones colectivas.
–¿Hay diferencias en la apelación a “los de abajo” entre el gobierno de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández? Por ejemplo, Libres del Sur o Barrios de Pie son movimientos sociales que alguna vez formaron parte de la “transversalidad” kirchnerista, pero hoy están por fuera del dispositivo de poder estatal.
–Hay que retomar una perspectiva histórica. En la Argentina, después de la crisis del 2001, hubo una enorme expansión horizontal de la protesta social: las fábricas recuperadas, los piqueteros y toda esa serie de fenómenos similares. La limitación de toda esa onda expansiva de la protesta social –que lanzó a la esfera pública a grupos que nunca habían participado de ella– fue que no logró traducir sus efectos al nivel político. El lema era “que se vayan todos”. Pero decir que se vayan todos, implica que siempre se va a quedar alguno.
–¿Por qué?
–Porque el poder como tal no puede desaparecer. Y si ese uno no ha sido elegido por el campo popular, posiblemente no va a seguir una orientación de tipo popular. De modo que llegamos a las elecciones de 2003 con una bajísima participación ciudadana en el sistema político. Las cosas salieron bien porque, por esos avatares impredecibles de la política peronista, el que fue elegido fue Kirchner. Pero si hubiesen sido elegidos De La Sota o Reutemann, no quiero pensar dónde estaríamos ahora. Todas las posibilidades de ajuste económico hubiesen sido implementadas, la protesta popular hubiese sido acallada de una forma u otra. Kirchner tuvo la virtud de darse cuenta de que toda esa expansión horizontal tenía que complementarse con una penetración vertical de efectos en el nivel del sistema político. Y tuvo una política de incorporación de sectores en ese sentido. Esa política, muy lejos de haber triunfado totalmente, es una cierta dirección en la cual el proceso comenzó a moverse. Esa combinación entre expansión horizontal e integración vertical es lo que define finalmente la calidad de un sistema democrático.
–¿Cuáles son los bordes del “campo popular”, cómo se constituye? ¿El peón ganadero que vota una opción de derecha como De Narváez compone el campo popular? ¿Y el taxista que celebra la xenofobia radial de González Oro? ¿Y el politólogo progre que no tiene militancia en una organización social?
–¿Cómo decirlo a priori? Eso es imposible. Lo seguro es que cualquier política de constitución del campo popular tiene que actuar sobre esos sectores. Para ganarlos. Finalmente, toda la movilización del campo en el 2008 fue una movilización contrahegemónica, que consiguió que muchas demandas populares, que debieron ser parte del campo popular, se situaran en la vereda de enfrente. Ahora hay que reconquistar ese espacio, es decisivo. El campo popular no es una entidad que se pueda definir platónicamente en abstracto; el campo popular es un área expansiva o regresiva. En mi teoría, he tratado no sólo de hablar de “significantes vacíos” (sin significados taxativos), que implica el campo popular, sino de “significantes flotantes”, porque muchas demandas democráticas pueden ser reabsorbidas por un polo reaccionario.
–¿Es por eso que el populismo no es una ideología?
–Claro. Insisto en esto: el populismo es una forma de construcción de la política sobre la base de la dicotomización del espacio social. Eso se puede hacer desde las ideologías más diversas. El fascismo absorbió demandas democráticas en una onda expansiva que era profundamente antidemocrática. El nazismo hizo lo mismo en Alemania. Siempre hay una cierta área de indiferencia política sobre la cual la acción va a ser necesaria. Es exactamente lo que Gramsci denominaba una “guerra de posición”, en la cual las trincheras se van desplazando constantemente de un punto al otro.
–Respecto del reclamo por la “inseguridad”, le pido una reflexión. Hagamos un itinerario caprichoso. Comienza, tal vez, a partir de las primeras tomas de rehenes con De la Rúa, y con la vocación mediática de “vender” una imagen de Buenos Aires como una ciudad bogotizada. Comienza a presentarse a “los delincuentes” como el enemigo interno contra un “nosotros” trabajador y honrado. Luego aparece Juan Carlos Blumberg y la modificación de la ley para bajar la edad de imputación de los delitos. Continúa con la reacción de este gobierno, con el ministro Aníbal Fernández discerniendo entre “inseguridad” y “sensación de inseguridad”. Hoy, finalmente, es una demanda instalada en todos los sectores de la política.
–El discurso sobre la inseguridad es un típico discurso por el que el espacio de la derecha se va reconfigurando. En el caso Blumberg, fue una burbuja que explotó, porque trataron de hacer olas en una dirección política de derecha, en la cual las cadenas equivalenciales que trataban de formar eran imposibles. Simplemente, la gente no se la creyó y, después de un tiempo, se encontraron aislados, a tal punto que Blumberg ha desaparecido como fenómeno político. El significante de la inseguridad es típicamente “flotante” porque, por un lado, hay demandas reales alrededor de la seguridad (que tienen que ser parte de una política progresista de Estado), pero por otro, esa demanda es tan fluida que puede ser articulada como un elemento que organice el discurso conservador de la derecha, que insiste en la represión. Y que quiere extender la idea de inseguridad sobre fenómenos que la exceden, como los piqueteros o los asambleístas de Gualeguaychú. El típico discurso de lo que en inglés se conoce como law and order .
–En este retorno de lo político, ¿cree que las generaciones post dictadura en la Argentina descubrieron la política, finalmente?
–Por supuesto. De hecho, la situación es mucho mejor ahora que hace 10 años. Es el momento de politización mayor. La participación política juvenil es visible, hay lenguajes políticos nuevos. Ahora, cuando doy conferencias, encuentro un esfuerzo en los auditorios juveniles por ligar la discusión teórica a problemas concretos que están experimentando. Hace 15 años, la gente se quedaba en un nivel teórico abstracto y la relación con la política concreta no existía. Hoy todo el mundo discute acerca del kirchnerismo, hasta qué punto es la izquierda o no lo es. Sin dudas vivimos un momento mucho más vivo, que me recuerda a los años ’60.

HOBSBAWN, EL MENTOR
El acervo intelectual del profesor Ernesto Laclau abreva en aguas intelectuales tan eclécticas como el posmarxismo gramsciano, la deconstrucción à la Derrida y el psicoanálisis de Jacques Lacan. Su primera obra, Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo (1978), ya descubría su universo de temas. Con su esposa, Chantal Mouffe, escribió un clásico de la ciencia política, Hegemonía y estrategia socialista (1985), del que Ricardo Forster y otros celebraron sus 25 años en la última Feria del Libro.
Formado en la UBA durante los primeros ’60, Laclau militó en la izquierda nacional con Jorge Abelardo Ramos y dirigió el semanario del partido Lucha Obrera. El responsable de su mudanza a Inglaterra fue uno de los más prestigiosos historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn.
“En el ’66, después de graduarme, obtuve mi primer cargo en la Universidad de Tucumán, con tan buena suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía. No fue un golpe terriblemente represivo pero, de todos modos, mil profesores universitarios quedaron afuera; yo fui uno de ellos. De modo que volví a Buenos Aires a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era Hobsbawn. A él le gustó mi trabajo y me preguntó si quería que me ayudara a conseguir una beca en la Universidad de Oxford para hacer mi doctorado. Le dije que sí. Jamás había pensado en ir a estudiar a Inglaterra. Estuve en Oxford desde 1969 hasta el ’72. Ese año estuve por volver a la Argentina, pero en el ’73 conseguí un fellowship en la Universidad de Essex. Después, la situación política se deterioró y ya no pude volver al país.”

Miradas al Sur

17/06/2010 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Destino sudamericano



Por Néstor Leone

El desafío de Néstor Kirchner al frente de la Unasur. Proyección internacional y estrategia política con sello propio

Sabe que el desafío es grande y que las miradas estarán más atentas que de costumbre para evaluar con minuciosidad su desempeño y juzgar de manera terminante mucho más sus errores que sus eventuales aciertos. Y esto, tanto puertas adentro como más allá de nuestras fronteras. Quienes lo frecuentan o estuvieron en las últimas horas a su lado, corroboran esta impresión y señalan que se lo ve entusiasta. Quizá como pocas veces antes. Entusiasta e hiperactivo, hilvanando ideas, desechando otras. Leyendo mucho. Elaborando, en definitiva, una idea acabada de cómo será su vida política como primer secretario general en la historia de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).
Pero en lo que acuerdan todos, por sobre cualquier otro aspecto, es en que Néstor Kirchner concibe su designación como una gran oportunidad, más que como un desafío. Y que, como tal, piensa asumirla. Oportunidad para el país, que podrá rebatir con mayor proyección política el sistemático aislamiento que le endilgan y, a su vez, podrá ser protagonista clave del proceso de integración en ciernes.
Y, claro, oportunidad para él, que podrá tirar por la borda buena parte de los argumentos que resuenan como elementos casi inescindible de su personalidad. Por ejemplo, que es incapaz de generar consensos, que es renuente al diálogo si no puede imponer sus ideas o que desiste de construir instituciones sólidas. O, más aún, que tiene poco apego a las cuestiones internacionales. Ahí mismo, en ese cruce de reproches, está el secreto del cargo que ya desempeña.
El voto unánime de todos los presidentes de Sudamérica, en ese sentido, resulta un aval
inédito. Y, no menos importante, le ofrece un escenario privilegiado para mirar su futuro en clave geopolítica y abstraerse de las reyertas menores de la coyuntura local. O, lo que es mejor aún, le permite mirarlas “desde arriba”. Su idea de relanzar el Banco del Sur o de formar un observatorio que promueva el debate le dará espacio para mostrar la densidad política de su iniciativa. La necesidad de crear la superestructura que hace falta y de consolidar las que ya existen, pondrá a prueba sus dotes de gestor. O, si se quiere, de estadista.

PROYECCIÓN
En el entorno de Kirchner no andan con vueltas. Son conscientes de que el presidente uruguayo, José Mujica, fue decisivo en la elección. Y lo admiten abiertamente, con buena cuota de gratitud. La negativa de su antecesor, Tabaré Vázquez, conflicto ambiental mediante, había retrasado el acto que permitía convertir en un hecho la moción presentada, en octubre de 2008, por el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, su principal impulsor. Que se hubiese repetido la negativa oriental, en forma de veto o de abstención, hubiera desactivado para siempre la posibilidad. Entre otras cosas, porque la condición de gobiernos como el de Colombia o el de Perú era que la decisión fuese unánime. De ahí las presiones opositoras sobre “el Pepe”, a ambas orillas del Plata, que operaban poniendo en dudas un voto que nunca lo estuvo (“inesperado respaldo”, titularon varios medios). Y de ahí, también, cierto compromiso de parte del gobierno argentino para reestablecer el vínculo normal entre ambos países, puente Gualeguaychú-Fray Bentos incluido.

Pero si la designación tuvo en Correa su principal promotor y en Mujica su condición necesaria, no hubiese sido posible sin el espaldarazo de Luiz Inácio Lula da Silva. El líder del PT está convencido de que la presencia de Kirchner es funcional a su estrategia de liderazgo extrarregional, que tiene a la alianza con Rusia, India y China como telón de fondo y la idea de ocupar una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU como aspiración de máxima.
Bien acorde con sus genes políticos, apenas fue elegido, Kirchner ya elaboró en su cabeza la impronta que le dará a su gestión y parte del itinerario político que recorrerá. Aunque, claro, a su lado aseguran que todo está en gestión y nada puede darse como cerrado. Por lo pronto, ya eligió dónde situar sus oficinas, dado que la Unasur todavía no tiene edificio propio y no hay disposiciones estatutarias que le exijan trasladarse a Quito, la ciudad considerada sede de la entidad. Estarán ubicadas en el petit hotel de Carlos Pellegrini y Arenales, en la Ciudad de Buenos Aires, donde funcionó el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Desde ahí y acompañado de una serie de funcionarios, entre los que se menciona a Juan Manuel Abal Medina, lanzará sus primeras iniciativas e intentará coordinar la ardua tarea que tiene por delante.

Por ejemplo, deberá lograr que los ocho
países que todavía no han ratificado el Tratado Constitutivo del bloque en sus parlamentos nacionales lo hagan sin tanta dilación. Entre ellos, se cuenta a la Argentina. Y, como mandato no menos distante, deberá dotar a la entidad de las instituciones de las que todavía carece. Ágiles, flexibles y eficaces, en la medida de lo posible. En el mientras tanto, se prueba el traje de árbitro paciente, dispuesto a contener las diferencias ideológicas, mediar en las tensiones políticas y acercar posiciones cuando se presenten las consabidas asimetrías económicas.
Pero lo cierto es que Kirchner ya madura varias ideas propias para darle su sello. Entre ellas, darle vida a un observatorio temático, donde los derechos humanos, la cuestión indígena, los medios de comunicación y las políticas de desarrollo tengan debido lugar. La propuesta en danza, todavía en pañales, es que cada país pueda designar a sus mejores intelectuales para convertir al espacio en un verdadero foro de pensamiento. Se barajan varios nombres posibles y alguno ya fue tentado, aunque la sugerencia de Kirchner es que la idea todavía quede bajo llave. Eso sí, admitió que le gustaría mucho que la integrase el teórico político Ernesto Laclau. Para las cuestiones más políticas, en tanto, se mencionan a Rafael Follonier, actual Coordinador de Asuntos Técnicos de la Unidad Presidencial, por sus fuertes lazos con casi todos los gobiernos latinoamericanos, a Carlos Chacho Álvarez y el ex canciller, Rafael Bielsa.

Por otro lado, son varios quienes admiten que el relanzamiento del Banco del Sur, tantas veces proclamado y nunca en funciones, será otro de sus caballitos de batalla. Quizá, no con ese nombre, debido a que quedó preso de la exuberancia chavista de la que varios presidentes escapan. Pero sí con muchos de sus objetivos originales. Por ejemplo, financiar el desarrollo equilibrado de la región, favorecer la inversión productiva, promover la estabilidad macroeconómica y, sobre todo, lograr la mayor autonomía posible respecto de los centros financieros internacionales. La imposibilidad de agilizar la entrega de los doscientos millones de dólares, colectados por los gobiernos de la Unión para ser destinados a Haití y las víctimas del terremoto, debido a la ausencia de mediaciones financieras comunes, habla de esas necesidades.

SUPRANACIONAL
La Unasur, como tal, no tiene un largo camino recorrido. Pero sí arrastra un intenso itinerario de sueños integracionistas largamente compartidos como persistemente frustrados. Así se puede mencionar el ideal bolivariano de crear la “nación de repúblicas” o la invocación “arielista” de José Enrique Rodó. O los claros avances que significaron la Comunidad Andina de Naciones o el Mercosur, más concretos y tangentes. Los orígenes de la Unión pueden rastrearse en la primera Cumbre Sudamericana, convocada en el año 2000, en Brasilia. Y puede darse como fecha de nacimiento al 9 de diciembre de 2004, cuando la peruana e incaica ciudad de Cusco fue testigo de las primeras formalidades suscriptas. Entonces, se la llamaba Confederación Sudamericana de Naciones y tenía a Brasil, consciente de que su proyección internacional dependía del liderazgo que tuviese sobre sus vecinos, como principal aglutinador. Y ya tenía como valor extra el hecho inédito que significaba la participación de Guyana y Surinam, ex colonias de Gran Bretaña y Holanda, en un esquema de integración regional.

Con el tiempo, la sinergia fue consolidándose y las desconfianzas erosionándose. Así, la Unión se convirtió en garante inestimable de la continuidad democrática. Y esto, a pesar de no contar con las instituciones necesarias. De esta manera, se cuenta, por ejemplo, el ahogo del intento de golpe de Estado en Bolivia, el aislamiento al golpe que sí se produjo en Honduras, la distensión de las relaciones entre Colombia y Venezuela, el condicionamiento al acuerdo militar entre Bogotá y Washington y la búsqueda de una posición mancomunada sobre la situación de Haití o Chile, después de sus terremotos. Todo lo cual, por cierto, habla de su aceptación como herramienta de resolución política y, sobre todo, como instrumento de soberanía política. Más aún si se tiene en cuenta que muchos de estos problemas los dirimió, por primera vez en la historia, evitando que interviniera Estados Unidos o en contra de sus intereses.
Pero, donde más esperanzas ponen los líderes de la región y Kirchner, en particular, es en las cuestiones de defensa y de infraestructura. Para la primera, la Unasur ya tiene un Consejo de Defensa Sudamericano, al que se piensa darle más relieve. En sus orígenes fue una iniciativa también impulsada por Brasil, que no logró el necesario consenso, por no contar con la aprobación del presidente Álvaro Uribe, de Colombia. Al trabajar sobre la necesidad que significa contar con una estrategia común en un subcontinente con vastas reservas de recursos naturales, se pretende lograr la unanimidad necesaria.

En cuanto a la cuestión de infraestructura, está en marcha un Consejo de Planificación y Obras Públicas. Según pudo saberse, este organismo tiene previsto asegurar créditos a tasas convenientes y ya cuenta con cien obras catalogadas como necesarias para el desarrollo de la región. Además, pretende asegurar la conectividad de toda la región, ya fuere a través de caminos, rutas aéreas, hidrovías o gasoductos. En este punto, la cuestión energética asume un rol fundamental, a tal punto que se pone como objetivo de mediano plazo dar certidumbre a la provisión de los principales recursos.

LÓGICA LOCAL
Es evidente, la asunción de Kirchner como secretario de la Unasur también tiene su anclaje en la política local. El rápido rechazo opositor a la designación así lo demuestra, desde la desmesura de Elisa Carrió al considerar “una tragedia” el hecho, hasta el anticipo de más de un bloque de que denegará la licencia a su cargo de diputado nacional que el ex presidente todavía no pidió formalmente. O, claro, el pedido del vicepresidente Julio Cobos para que Kirchner “honre el cargo” y deje la diputación.
En tiendas kirchneristas, tanto la designación como las repercusiones se toman como datos positivos. Y así se los procesan. Por ejemplo, sostienen que esto demuestra que la Argentina, contrariamente a lo que sostiene la oposición y ciertos medios, sí tiene inserción virtuosa en el mundo. Y, a su vez, creen que la posición de privilegio que tendrá Kirchner le permitirá codearse con lo más granado del mundo de las grandes decisiones y mostrar en el exterior los aspectos más exitosos de la experiencia argentina. Sobre todo, en momentos en que las recetas del ajuste tienden a reverdecer y Europa no logra salir de su penumbra.

La Cumbre Unión Europea-América Latina y el Caribe, de la que será protagonista la semana próxima (ver aparte), inaugurando su rol de secretario de la Unasur, será el primer escenario de lujo que tendrá. Una gira por varios países de la región, todavía en gestión, los otros mojones de un itinerario que, muy a su pesar, lo alejará un poco de la vorágine política local, de la cual es tan devoto. Es cierto, a mediados del año próximo, estará otra vez recorriendo rutas de cabotaje y, muy posiblemente, sin las luces del cargo continental. Su posible candidatura presidencial, cada vez más firme, le impedirá seguir ocupando el cargo, que dejará vacante para que otro ex presidente latinoamericano tome su posta. Pero, seguramente, para esa época la experiencia habrá dado algunos frutos. Los del mayor reconocimiento y proyección internacional, esperan en Olivos. Los del hombre del diálogo y consenso, piensan los más osados.

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La Unasur, La Nación y el “no sujeto”
Luego de machacar con el supuesto estado de aislamiento del país y de intentar convertir en sentido común el (no menos supuesto) retroceso de la presencia argentina en el orden internacional, el diario
La Nación mostró en las últimas semanas su desazón por la elección de Néstor Kirchner como secretario general de la Unasur, el principal órgano supranacional de la región.
La curiosa operación discursiva se llevó a cabo a través de una serie de notas editoriales y varios artículos de opinión de sus principales plumas. Uno de ellos, bajo el sugestivo título “Kirchner, réquiem para la Unasur”, fue publicado el lunes 5 de abril y argumentaba en contra de la decisión que los presidentes miembros estaban por tomar, a partir de ciertas características de la personalidad del santacruceño. “Pocos ex presidentes han hecho menos méritos para ser honrados con un cargo en un organismo internacional que Néstor Kirchner”, empezaba la nota, a modo de síntesis de lo que vendría líneas más abajo.
El miércoles 5 de mayo, fue Mariano Grondona quien se explayó sobre la sinrazón de la medida. “El enigma de Unasur” fue el nombre del artículo, y lo enigmático no era sólo la designación del ex presidente, sino también la potencialidad del organismo, al que redujo sólo a un sello de goma. De ahí la pregunta que enhebraba su posición: “¿Cuánto les costaba entonces ‘ceder’ a la Argentina sólo un sello de goma?”, sostenía.
Pero ninguno de los artículos citados u otros publicados por La Nación sobre el tema desnudó tanto la raíz profunda de la apreciación del diario sobre la integración regional como “Kirchner y la Unasur”, el editorial del 28 de abril último. Allí, el matutino fundado por Bartolomé Mitre concluye, terminante, que América del Sur “no es un sujeto histórico”, sino “apenas” un sujeto geográfico o una mera espacialidad.

El debut en la cumbre de España
El ex presidente Néstor Kirchner estrenará su cargo como secretario general de la Unasur en un debut más que significativo y en el que se han puesto muchas expectativas.
Será el lunes 17, cuando dé comienzo la VI Cumbre Unión Europea-América Latina y el Caribe, calificada por el gobierno español como el encuentro más importante de su presidencia pro tempore del bloque europeo. La reunión se celebrará en Madrid y congregará a 60 jefes y jefas de Estado -33 latinoamericanos o caribeños y 27 europeos-, que representan a más de mil millones de ciudadanos.
La magnitud del encuentro estará dada porque supondrá “un salto cualitativo en las relaciones entre los dos grandes bloques hacia una asociación estratégica”, según resaltó el embajador de España en la Argentina, Rafael Estrella, en un encuentro con la prensa, el miércoles 12.
En palabras de Estrella, la cumbre tendrá como “uno de sus ejes centrales el afianzamiento y profundización de los lazos comerciales, así como la creación de un fondo de unos 130 millones de euros para financiamiento de inversiones en proyectos de infraestructuras en América Latina”.
Otra de las novedades destacadas será la formalización de la reapertura de las negociaciones entre la UE y el Mercosur (la Argentina tiene la presidencia pro tempore), estancadas desde hace más de seis años.

DEBATE

17/05/2010 Posted by | General, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Argentina: “Perder no es el fin del mundo”


Ernesto Laclau

Ernesto Lacau

Foto: Pablo Stubrin.

04-06-2009 /

Asegura que el kirchnerismo no hará una mala elección aunque advierte que le falta definir un proyecto de país. Cuestiona a la oposición y dispara: “Después de las elecciones, empieza una lucha para ganar más espacios progresistas”.

Por Luz LaiciHay que decirlo: la política, en ocasiones, aburre. O provoca hasta el hartazgo. En un año que se preveía proselitista, el adelantamiento de las elecciones generó un estallido de peleas, declaraciones y simbología cruzada que, para el común de los mortales, expulsa un grito de basta y la necesidad de algo de cordura que pocas veces llega. Repasemos la lista: candidaturas testimoniales, impugnaciones, huevazos, chacareros frenéticos, presos que buscan saltar al Congreso, tilinguería, neoliberales desesperados por esquivar al Estado, empresarios con dedo acusador, manifestaciones por doquier, el caos o la nada. Y, claro, no nos olvidemos de Marcelo Tinelli y sus caricaturescos dirigentes que, de paso, aparecen en una fiesta con modelitos que bailan contentas y ligeras de ropa, como si el tiempo nos hubiera llevado de nuevo a los noventa. Sin escalas.

Pero… a quién culpar. ¿Cómo no relegar esas cuestiones a un segundo plano si, en el camino, hay que llegar a fin de mes o ver cómo se hace para mantener a los chicos en la escuela, con la paranoia de la gripe porcina dando vueltas? La reflexión de doña Rosa, además, no tarda en llegar: “Encima siempre son los mismos”.

Sin embargo, para Ernesto Laclau –uno de los intelectuales argentinos más reconocidos en el mundo, egresado de la UBA, profesor de la Universidad de Essex, donde llegó invitado por Eric Hobsbawn, coautor de Hegemonía y estrategia socialista y reciente director honorífico del Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas, de la UNSAM–, la respuesta se encuentra en lo profundo: “Todavía falta definir un proyecto de país”. Y aunque su definición parezca filosófica, cobra mayor sentido como una apelación al compromiso. “El panorama no es tan malo –afirma–. Hay que comprender que todas las medidas económicas que tomó el Gobierno fueron positivas. Como la estatización del sistema de capitalización jubilatorio. (Carlos) Menem y (Domingo) Cavallo construyeron un mecanismo que generó un déficit fiscal mayúsculo, cubierto con endeudamiento interno. Una especie de suicidio similar al impuesto por Martínez de Hoz, que estranguló a la industria. Releo esa historia y pienso que tuvimos criminales económicos y políticos que operaron para destruir el país. Hoy, por el contrario, eso está cambiando”.

–En su último libro, La razón populista, se mostró optimista porque “los pueblos latinoamericanos afirman con éxito su lucha emancipatoria”. ¿Considera al kirchnerismo como el motor del cambio en la Argentina?

–El kirchnerismo introdujo un poco de sentido común en el manejo de los factores económicos. La idea de una redistribución de la renta sobre la base de la famosa resolución 125 o la estatización del sistema jubilatorio fueron medidas de buen sentido. Y el pago de la deuda al FMI rompió la dependencia argentina.

–Menciona a las retenciones pero ese proyecto no logró avanzar en el Congreso…

–Pero eso no quita que lo que exigieron los ruralistas haya sido una cosa irracional. El actual gobierno quiso redistribuir el ingreso.

–Algunos movimientos sociales que apoyaban al kirchnerismo se alejaron por considerar que la redistribución era una cuenta pendiente. ¿Coincide con esta afirmación?

–Los movimientos sociales tienen razón: el Gobierno no fue demasiado lejos en ese campo. Pero la cuestión es ver cuál es la alternativa política, de carácter global, que estos movimientos presentan. No digo que sea el caso de Libres del Sur o Martín Sabbatella, que es un político honesto y progresista. Pero si empiezan a moverse por fuera de un espacio nacional popular como el kirchnerismo, pueden ser cooptados por la derecha. De hecho, (Raúl) Castells apoyó la movilización del campo, con protofascistas como Alfredo De Ángeli y la Argentina oligárquica que trataba de reagruparse. Ahora, si el Gobierno deja que se aparten demasiado, también estará perdiendo.

–¿Cómo analiza en este espacio la actitud del vicepresidente Julio Cobos?

–Cobos es un error histórico. Es un imbécil que ni sabe de qué lado sopla el viento. No creo que de ahí vaya a brotar la hierba.

–Aunque se perfile como uno de los referentes del radicalismo…

–Pero no creo que tenga futuro político. En el radicalismo lo volvieron a aceptar pero lo desprecian por buenos motivos y no creo que lo tomen muy en serio ni Gerardo Morales ni los históricos, como Ricardo Alfonsín. Pero tampoco veo a figuras de la derecha que se perfilen como grandes referentes. (Mauricio) Macri es una desilusión porque está encerrado en su propia cáscara. Y (Elisa) Carrió es una oportunista tal que a esta altura nadie la toma en serio. La única persona con cierta respetabilidad es Gabriela Michetti, pero no tiene volumen para ser líder histórica de un reagrupamiento.

–Al Gobierno le falta profundizar medidas y la oposición no perfila candidatos serios. ¿Somos un país inmaduro?

–No somos una democracia tan joven. Lo que pasa es que no hay un discurso opositor fuerte y el Gobierno, que sí es  coherente, no consiguió plasmar su discurso en una interpelación de masas eficaz. Estamos en el limbo. Lo preocupante es que el espectro político se desgrane y la gente pierda entusiasmo.

–¿Por qué?

–Porque si dejan de interesarse en lo político, lo que llega no es el caos sino la indiferencia.

–¿La presidenta no plasma ese discurso?

–Cristina es la única que podría plasmarlo. Sus políticas son objetivamente buenas pero tiene que dar un paso más, plasmar el discurso en un proyecto de país. Hoy la gente no conoce cuáles son las propuestas globales.

–¿Cuál es el motivo?

–Los medios de comunicación, por ejemplo, no aportan o lo hacen de forma negativa. Cada semana, por ejemplo, (Joaquín) Morales Solá mantiene un discurso frenético en contra de lo que se opone y La Nación presenta una ofensiva ideológica inequívoca. Pero ese discurso de la derecha todavía no está interpelando a la gente fuertemente. Tampoco el kirchnerismo.

–¿Y cómo revierten los K esta cuestión?

–Con un equilibrio que el kirchnerismo todavía no alcanzó. El tema está en que, por un lado, tiene que confiar en las viejas formas del aparato, como los señores del conurbano que fueron menemistas, duhaldistas y ahora son kirchneristas, para que el proyecto político sea viable. Y, por el otro, ciertas fuerzas que pertenecían a la experiencia histórica de la apertura kirchnerista como Barrios de Pie o Sabbatella se están abriendo del modelo. Si todo el proceso queda referido al PJ, el proyecto no tendrá viabilidad futura. Del mismo modo que si pasa a ser sólo ideológico. El discurso político que he desarrollado va más en el sentido de la transversalidad del Frente para la Victoria que en el sentido pejotista. Pero alcanzar esa estabilidad entre ambos definirá la posibilidad de la democracia argentina en los próximos años.

–Y a corto plazo, después del 28 de junio, ¿cómo vislumbra el panorama?

–Como un rompecabezas, con una situación nacional heterogénea. Pero no creo que vaya a ser una debacle para el Gobierno, que seguramente obtenga más del 30 por ciento de los votos. Perder la mayoría en el Congreso no es el fin del mundo. Al contrario, ahí empieza una guerra de posiciones, en el sentido gramsciano, para ganar más espacios progresistas. Acá cuestionan las candidaturas testimoniales cuando con ellas intentan mostrarle al país cuál es el proyecto de cambio. Es como el tema de la reelección indefinida. La cuestionan pero siempre puede haber otro candidato. Lo que sucede es que el sistema institucional siempre es corporativo e intenta mantener el statu quo. Pasó con el yrigoyenismo y el antipersonalismo de Alvear, a través del cual se reconstituía la derecha. Pasó con la oposición a Perón, porque los  conservadores no querían que predominara la voluntad popular. Cuando a mí me hablan de antipersonalismo, de oposición a la reelección y todo este tipo de cosas, saco el revólver porque lo que tratan de organizar a través de estos lemas es la traición nacional.

–¿Y quiénes representan hoy esa traición?

–¿Querés que te diga los nombres? Macri, Carrió, Cobos, Gerardo Morales, Stolbizer. La lista todavía es larga.

Veintitres

12/06/2009 Posted by | Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , , , , , , | Deja un comentario