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El Partido Judicial entró en operaciones – Roberto Caballero


El Partido Judicial entró en operaciones

Luego de la marcha del 18F, se acelera el uso por goteo de causas judiciales para asediar al gobierno nacional y a sus funcionarios. La confesión de Laura Alonso y las comparaciones odiosas del diario La Nación.
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Si el kirchnerismo no hubiera mantenido las mayorías parlamentarias en octubre de 2013, el Parlamento Nacional estaría discutiendo hoy la manera de llevar a juicio político a Cristina Kirchner, como confesó el miércoles 18F la diputada del PRO, Laura Alonso: “Soy de las personas que creen que hay que poner en estudio el pedido de juicio político contra el canciller y hay que poner en estudio la posibilidad de un pedido de juicio político contra la presidenta”, dijo el día de la marcha de los paraguas, quizá envalentonada por la cantidad de gente convocada.

La apertura del proceso destituyente en el Congreso del que habló Alonso, referente local de Vital Voices Global Partnership, ONG financiada por la Fundación Paul Singer, titular del litigante contra Argentina NML Capital Limited en el juzgado de Thomas Griesa, tiene destino de fracaso en el recinto legislativo, pero adquiere trámite sumarísimo en la tapa de los diarios hegemónicos y en los tribunales del Partido Judicial amotinado contra el gobierno.

A nadie escapa que el turbulento escenario abierto con la denuncia de Alberto Nisman, se vio todavía más alterado tras la muerte dudosa del fiscal, el 18 de enero. Desde entonces, tanto Alonso como su socia Patricia Bullrich, trataron de involucrar al gobierno en el hecho, abonando la tesis de un crimen de Estado que, según la evidencia recogida hasta el momento, se aleja un poco más cada día.

“Aunque la muerte de Nisman haya sido trágica y conmovedora, esto no hace más digerible su labor en la causa AMIA, ni exime a sus actos del juicio y la crítica de los muchos que contemplan azorados los capítulos de esta historia dramática”.
La irrupción en escena de una testigo, Natalia Fernández, que dijo en el diario del Grupo Clarín SA lo que después rectificó prolijamente en el expediente que instruye bajo múltiples presiones la fiscal Viviana Fein, no fue obra del azar.

El objetivo, precisamente, fue desautorizar la pesquisa de Fein, que aún hoy está convencida de que no intervinieron terceras personas en el departamento de Le Parc; y en lo posible arrastrar el expediente al fuero federal con otra carátula, que extienda en el tiempo la idea del asesinato y el desgaste institucional que provoca.

Pero el abogado de Fernández, Sebastián Smoler, tocó timbre cuando lo mandaron a espiar: es el apoderado, desde 2012, del partido “Unión por Todos”, el de Bullrich, socia del macrismo.

En su momento, Smoler fue el redactor de la acción de amparo que la propia Bullrich presentó contra el paquete de leyes que el Poder Ejecutivo envió al Congreso para democratizar la justicia, punto de inicio de la rebelión judicial.

La mesera Fernández figura en el padrón con domicilio en Venezuela 628, en Monserrat, donde tiene sede un local del PRO
Smoler, el abogado de Bullrich y de la testigo que se desinfló (y se desinfló en serio, porque Clarín, luego de haber hecho una tapa con sus supuestas revelaciones, no publicó absolutamente nada el viernes 20, cuando se supo que ella las había rectificado, y recién lo hizo ayer en su página13), es el mismo que estampó su firma debajo de aquella presentación. Y el que, desde su Twitter, ataca seguido a la presidenta, a quien llamó “imbécil” cuando se torció el tobillo, “patética” en innumerables ocasiones y calificó de “persona con evidentes problemas psiquiátricos” cada vez que pudo.

Quizá no quiera decir nada. Tal vez, sí. Su representada, la mesera Fernández de fama fugaz en la tapa de Clarín y sus licencias no adecuadas a la ley, figura en el padrón electoral con un domicilio, Venezuela 628, que no es el suyo, el particular, sino que pertenece a un edificio, levantado justo en el cruce con la calle Perú, en el barrio de Monserrat, donde tiene su sede un local del PRO, regenteado por el senador Diego Santilli, del mismo partido que Alonso, la socia de Bullrich en la trama. ¿Causalidad o trampa del destino? Los hechos son fácticos, las interpretaciones son libres.

Bullrich y Alonso son las diputadas opositoras que venían coordinando con Nisman de manera promiscua (el cruce de llamados telefónicos ya admitido entre todos ellos es una extraña versión de la independencia de poderes de la que nadie parece tomar cuenta) la presentación en el Congreso donde se iba a utilizar el dictamen inconsistente del fiscal para lanzar la ofensiva final contra la presidenta. ¿Quizá buscando número para forzar su juicio político? La propia Alonso reconoció ante los medios, después de declarar ante la fiscal Fein: “Nos reunimos a principios del año pasado (2014). Hablamos sobre el Memorándum de Entendimiento con Irán y yo le dije: ‘No me des detalles de la denuncia porque no me quiero enterar.’ Le pregunté si luego de que él presentará la denuncia, yo debía pedirle el juicio político a la presidenta, y ‘Nisman me dijo que sí.'” Siempre según Alonso, Nisman estaba interesado por su rol institucional como vicepresidenta de la Comisión de Juicio Político porque, como le dijo, “Cristina había ordenado todo.”

El cadáver de Nisman podrá haber sido investido de un halo heroico por la multitud antikirchnerista que se movilizó bajo la lluvia del miércoles pasado, pero en vida fue el fiscal que acudía a recibir órdenes de la Embajada de los Estados Unidos, se encontraba a coordinar acciones con Roger Noriega, el ex secretario de George Bush para la región, y proveía letra al fondo buitre de Singer en su pelea con el país para cobrar sus bonos basura.

La catarata de fallos adversos y llamados a indagatoria no es casual. Es una operación por goteo que puede y va a terminar mal.
Todo esto está más acreditado que su denuncia por encubrimiento que, de tan floja en su probanza, no pudo siquiera ser suscripta en su totalidad por Gerardo Pollicita, el fiscal que tomó la posta y ahora rehuyó la invitación de tres comisiones parlamentarias para que explique dónde está el presunto delito que imputa a Cristina Kirchner. La excusación de Pollicita, de todos modos, tiene sentido: como la denuncia presupone que el Memorándum con Irán es parte constitutiva de la ilegalidad reprochada, ¿cómo les explica a los diputados y senadores que la presidenta es imputable y ellos, que lo votaron, no lo son?

Sorprende el pedido que Bullrich hizo para anular la citación de Pollicita. Sobre todo, sus argumentos: “Los jueces y fiscales deben ser libres de cualquier interferencia o apariencia de interferencia por parte de otros poderes.” Cuando ella lo citó a la comisión de Legislación Penal, ¿no interfería?

Aunque la muerte de Nisman haya sido trágica y conmovedora, esto no hace más digerible su labor en la causa AMIA, ni exime a sus actos del juicio y la crítica de los muchos que contemplan azorados los capítulos de esta historia dramática.

La intención de desatar una crisis política con el dictamen, operatoria de la cual Nisman fue protagonista consciente según las charlas que mantenía con Bullrich y Alonso hasta horas antes de su muerte, es tan repudiable como el uso de su cadáver para golpear contra las instituciones de la democracia.

Los protagonistas de la maniobra están claros. Las relaciones entre sí son públicas. La finalidad, conocida ahora por boca de Alonso, era evidente: una presidenta acusada de encubrir el mayor atentado de la historia argentina era pasible de ser juzgada, si encima después se la señala como responsable del asesinato del fiscal que la acusaba, pierde las mayorías parlamentarias y, sin ellas, puede ser removida. Tanto ella como Bullrich trabajaron durante todo este mes para convertir el caso Nisman en una causal de destitución. El aval a la jugada del aparato de agitación y propaganda del Grupo Clarín SA vino por añadidura. Era obvio.

No les salió, es verdad, pero sí lograron generar el clima para una gran marcha que, en vez de ir a pedir “justicia” al Palacio de Tribunales, se plantó en la Plaza de Mayo con exigencias diversas hacia la Casa Rosada.

Encabezada por un grupo de oficiales de segunda jerarquía del Partido Judicial, en guerra solapada contra el gobierno, la movilización tuvo su primer efecto el viernes, cuando la Sala I de la Cámara Federal, integrada por Eduardo Farah, Jorge Ballesteros y Eduardo Freiler, confirmó el procesamiento del vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, por la causa Ciccone. El segundo en la línea de sucesión presidencial.

La legitimación callejera finalmente habilitó a los tres camaristas a ceder al pedido que Jorge Lanata les hizo el año pasado, cuando por Radio Mitre mandó a escrachar a sus hijos en la escuela si no avanzaban contra el vice.

Los mismos camaristas respaldaron al juez Claudio Bonadio por su actuación en la causa Hotesur. Se trata de la empresa familiar de la presidenta. El magistrado ya allanó la AFIP buscando las declaraciones juradas de Cristina y de sus hijos, entre ellas, la de Máximo Kirchner, jefe de La Cámpora; y la Inspección General de Justicia procurándose la carpeta societaria. En tribunales dicen que las indagatorias son inminentes. ¿Acaso es un reaseguro por si Daniel Rafecas, el juez que recibió la denuncia de Nisman-Pollicita por encubrimiento, decide archivarla? ¿O será para mantener un doble acoso sobre la jefa de Estado?

Durante la misma jornada, el juez Luis Rodríguez citó a indagatoria nada menos que a la procuradora del Tesoro, Angelina Abbona, la abogada del Estado nacional, en el marco de un expediente que tiene como rehén a Mariano Recalde, referente de La Cámpora y titular de Aerolíneas Argentinas, acusado por el presunto delito de “administración fraudulenta”. También Rodríguez había llamado antes a indagatoria a José “Pepe” Sbattella, titular de la UIF por informar datos financieros que el Grupo Clarín SA no quería que se divulgaran.

Y el mismo día, la Cámara Nacional en lo Civil y Comercial Federal (más conocida como la cámara Miami, algunos de cuyos integrantes viajaban a congresos de la fundación CERTAL, de la que el fiscal Ricardo Sáenz es secretario general), confirmó el fallo de primera instancia del juez Horacio Alfonso que suspendió el proceso de adecuación de oficio del Grupo Clarín SA.

No había registro de una corporación que volviera a desafiar el poder democrático y a sus funcionarios con tanta saña y poder de fuego simbólico y material.
A esto se deben sumar el fallo del juez en lo contencioso administrativo Pablo Cayssials, titular del Juzgado 9, que hace dos semanas le concedió al Grupo Clarín SA otra cautelar, por el mismo tema de la adecuación de oficio, en este caso a pedido de Julio Blanck, Nelson Castro, Jorge Fernández Díaz, Jorge Lanata, Alfredo Leuco, Marcelo Longobardi, Joaquín Morales Solá, Magdalena Ruiz Guiñazú y Eduardo van der Kooy, bajo el argumento de que la adecuación del oligopolio, validada por la Corte Suprema en su fallo definitivo por la constitucionalidad de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, constituye un riesgo para la libertad de expresión. Un contrasentido jurídico. ¿Cómo el funcionamiento de un oligopolio de la comunicación, que acalla voces por definición, va a ser la garantía de la libertad de expresión a preservar? Bueno, eso dice la cautelar.

La catarata de fallos adversos y llamados a indagatoria no es casual. Es una operación por goteo que puede y va a terminar mal. Desde que el gobierno lanzó el paquete de siete leyes para democratizar el Poder Judicial, las distintas corrientes de la judicatura más conservadora se abroquelaron en un frente único cada vez más agresivo y temerario. Son los mismos que amenazan con activar 300 causas que tienen a medio centenar de funcionarios en la mira de sus procedimientos discrecionales. Lo dice Adrián Ventura, en su nota “La Justicia llevó al gobierno a un paso más hacia el abismo”, del viernes 20. ¿Cuáles fueron los factores que cambiaron el escenario? Según él, “son tres: las duras críticas de la presidenta sobre los jueces, el manoseo de los fiscales hecho por la procuradora y los cambios de operadores dentro de la SIDE, que le sacaron al gobierno eficacia en la Justicia”.

Quizá la palabra golpismo remita a otra cosa en la memoria de los argentinos. Pero desde los tiempos en que el Ejército era un “partido de gobierno” que se salteaba la más elemental voluntad popular para imponer dictaduras y mandar a la cárcel, al destierro o a la tumba a los militantes políticos, no había registro de una corporación que volviera a desafiar el poder democrático y a sus funcionarios con tanta saña y poder de fuego simbólico y material. Además, contando con el silencio del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti.

El discurso es el mismo: la República, la libertad, la justicia y el combate contra la corrupción. La defensa de valores tan sagrados siempre justifica en el imaginario la excepcionalidad o el salteo de las reglas. Por eso, aunque algunos quieran devanarse los sesos buscando una nueva palabra, destituyente sigue siendo la mejor calificación para definir el alzamiento del Partido Judicial contra el gobierno kirchnerista que se vive por estas horas. ¿Cómo no pensar que el intento fracasado en el Legislativo prosigue con esta revuelta tribunalicia?

En este contexto, la última operación de sentido que lanzó el diario La Nación mete miedo. Dos de sus columnistas, el mismo jueves 19, asociaron al kirchnerismo –mayoría política del país por voluntad popular, con dominio del Ejecutivo, robustez parlamentaria en ambas Cámaras y más del 60 por ciento de las gobernaciones provinciales–, con el MTP que copó el Regimiento de La Tablada en 1989.

La rusticidad analítica de un columnista puede llevarlo a comparar lo incomparable. Ocurre que, en este caso, los que compartían la misma alucinación eran dos y en la misma edición.

¿Por qué La Nación trató de vincular a los violentos atacantes de un cuartel con un movimiento democrático que llegó al poder por elecciones limpias? ¿En qué se basan los columnistas del diario para sostener que el kirchnerismo tomó por asalto el Estado y debe ser echado de cualquier forma?

El asalto a La Tablada dejó muertos, torturados y desaparecidos a manos del Ejército. Estos últimos, delitos que Alberto Nisman dejó impunes, cosa que se puede verificar en el archivo, obedeciendo las órdenes de los mismos sectores de Inteligencia que fueron desplazados de la SI en diciembre. Tal vez ahora no sea con artillería y fósforo, como ocurrió en 1989. ¿Quizá lo intenten usando expedientes y citaciones judiciales?

El problema lo tienen los que ven en el kirchnerismo al MTP y confunden un gobierno constitucional con un grupo armado a ser reducido por la fuerza. De miradas tan distorsionadas, al estilo fubista de Sabsay, sólo pueden surgir apreciaciones delirantes de la realidad.

Pero, no por eso, menos peligrosas.

Cuidemos a los jóvenes

Máximo Kirchner asomó con su discurso en Argentinos Juniors a la primera plana de la política. Coronó así el lento proceso de construcción de La Cámpora, una de las organizaciones kirchneristas, la de impronta más juvenil en todo el espacio del FPV. El estadio desbordaba cuando el hijo de dos presidentes constitucionales se hizo escuchar. Habló emocionado, no dijo nada violento, no hizo más que agradecer a su militancia y hasta se emocionó recordando a su padre. Fue demasiado para el país conservador. Máximo Kirchner traía una novedad irritante para la vieja política: después de Néstor y Cristina, otro Kirchner llenaba un estadio en la Capital Federal y le hablaba a toda la sociedad.

Desde entonces, el juez Claudio Bonadío, quien ya sonaba como candidato a procurador de un eventual gobierno massista, lo puso en la mira. Bonadío allanó la AFIP en busca de su declaración jurada por la causa Hotesur. Es un secreto a voces en Tribunales y sets televisivos opositores que el juez intentará citarlo a su juzgado en breve. Si así fuera, el proceso de demonización mediática de la juventud kirchnerista entrará en una nueva fase: la del ataque del Partido Judicial, que coseche lo que el oligopolio sembró con odio durante todos estos años. El problema no es el lavado, hay 4040 cuentas en Suiza, entre ellas, la de los dueños y accionistas de Cablevisión, que nadie busca. Tampoco los cargos: la causa Papel Prensa, donde se investigan delitos de lesa humanidad –los más graves que puedan cometerse– y la presunta participación de Héctor Magnetto, Ernestina Herrera de Noble y Bartolomé Mitre en ellos, duerme el sueño eterno en un juzgado federal cuyo titular, Julián Ercolini, fue ubicado por el diario La Nación junto al palco el 18F, a metros de Vicente Massot, director del procesista La Nueva Provincia. La lista de la impunidad garantizada a los poderosos de verdad, los que trascienden todos los gobiernos, es interminable.

El problema es que la derecha no puede con su instinto: siempre devora a los jóvenes. Así, la democracia del futuro vive amenazada. Y la de ahora también.

INFONEWS

22/02/2015 Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Una presidenta entre dos poderes judiciales. Fondos buitre y constitucionalidad de la Ley de Medios.


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28–08–2013 /
Una presidenta entre dos poderes judiciales. Fondos buitre y constitucionalidad de la Ley de Medios.

Por Roberto Caballero

Una presidenta constitucional en ejercicio, elegida democráticamente por el voto popular, es desafiada por dos poderes judiciales, el de Estados Unidos y el de su propio país, para forzarla a tomar decisiones que no quiere ni puede tomar.

Es decir, estos dos poderes intervienen directa o indirectamente en la gobernabilidad del país, pero gracias a la supremacía comunicacional de los medios concentrados, el tema transita el debate público de modo intrascendente.

Lo terrible, lo irremediable, lo que es abordado como un complejo asunto de Estado, es que la empresa chilena LAN debe desalojar un hangar del Aeroparque y hace pucheros.

Vamos de vuelta.

La justicia neoyorquina le exige al gobierno argentino que pague a los fondos buitre barriendo con las consecuencias positivas de un canje de deuda exitoso que reactivó la economía, la producción, el empleo, el salario, las jubilaciones y además generó divisas para cumplir con los bonistas, y no pasa nada. O no pasa mucho.

O, de última, se dice que es una complicación que el kirchnerismo cosecha por ineptitud o testarudez, o por ambas cosas. Eso es todo lo que pasa, según los editorialistas antikirchneristas.

Veamos lo otro. La justicia local le dice al gobierno que las leyes que impulsa y son votadas por mayoría en el Congreso están viciadas de inconstitucionalidad –basta ver la licuación de la reforma que intentó el Ejecutivo–, entrometiéndose en asuntos de legislación como si el Palacio de Tribunales fuera el de Versalles, y no pasa nada.

O no pasa mucho. O, de última, se señala que es lo que el kirchnerismo recoge por ser satánicamente autoritario en su ADN. Eso es todo lo que pasa, según los opinadores del establishment.

Nadie se pregunta, sin embargo, dos cuestiones centrales, que parecen sepultadas por las toneladas de antikirchnerismo bovino que desparrama la prensa dominante.

¿Dónde queda la soberanía nacional? ¿En Times Square?
¿Y la soberanía popular? ¿En Talcahuano y Lavalle?

El gobierno tendrá aciertos y errores. Cada uno puede elegir qué lado de la balanza hace pesar más en su evaluación.

Pero las decisiones que permitieron una década de reconstrucción las tomó en Buenos Aires y no en Washington; y todas y cada una de ellas fueron validadas por el voto popular en elecciones libres y democráticas. Cristina Kirchner encarna entonces la soberanía nacional y popular, guste más o guste menos lo que hace o dice.

Esta idea de que todo lo que hace el kirchnerismo está pésimo y cualquier crítica se ajusta a una verdad incontrastable para poder lapidarlo, es una mala idea que no sólo conspira contra el oficialismo: lo hace contra todo el sistema institucional.

El que hay, el que pudo recomponerse después de 2001. Tiene un tufillo electoral que trata de manera liviana cuestiones bien trascendentes.

Vamos otra vez. En un fallo de claro corte político, un tribunal de justicia de los Estados Unidos acaba de descargar sobre los argentinos, los kirchneristas y los no kirchneristas, un estigma aborrecible: somos “deudores recalcitrantes” después de haber pagado religiosamente miles de millones de dólares de deuda externa durante diez años, con el esfuerzo que sabemos, al 93% de los acreedores que confiaron en la reactivación del país.

Puso en un pie de igualdad a esos acreedores y a los “fondos buitre” que litigan contra la Argentina y exigen que se les pague el valor nominal de los bonos que compraron a precio de remate.

¿Alguien se preguntó qué sucedería si el fallo de la Cámara fuera avalado por la Corte Suprema de los Estados Unidos?

El 93% que aceptó una quita del 75% del valor de sus bonos, volverían a reclamarlo. Y Argentina quebraría su economía una vez más. No por culpa del kirchnerismo: sería una decisión tomada bien lejos de la Casa Rosada.

Por eso no se entiende qué critican los opositores como Martín Redrado, Alfonso Prat-Gay y Carlos Melconian que antes del 2003 apoyaron a Domingo Cavallo en su política de superendeudamiento, antesala del default que todavía pagamos. ¿Qué cátedra quieren dar ahora? ¿Desde qué púlpito? ¿A qué costo social?

¿No comprenden, acaso, que si se llevan puesto al gobierno con la ayuda de la justicia estadounidense y los fondos buitre se llevan también puesta la economía nacional?

También se puede ganar elecciones sin dañar al país. ¿O no es la idea?

Preocupa también el antikirchnerismo latente de algunos de los jueces de la Corte Suprema nacional. Sus últimos acuerdos corrieron el límite de convivencia esperable y atendible entre los poderes.

Esta Corte que ayudó a integrar Néstor Kirchner, dejando en el pasado a la Corte adicta del menemismo, no puede ceder al pavoneo opositor en esta encrucijada histórica.

Con un frente externo complicado, no es de lo más aconsejable que algunos supremos jueguen a ver quién llega más lejos en una pulseada institucional.

Esa es una factura que tarde o temprano todos vamos a tener que pagar, porque acá no hay ganadores y los perdedores se cuentan de a millones.

El máximo tribunal del país también debe tener oídos para aquellos poderes democráticos, aunque estén presididos por opciones políticas que no son de su agrado; y no sólo para la Sociedad Rural y la Asociación Empresaria Argentina (AEA).

Hoy, a las 10 de la mañana, cuando se inicie la audiencia pública convocada para tratar la constitucionalidad de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, se habrán cumplido casi cuatro años de dilaciones judiciales que, en los hechos, se transformaron en una política de sostenimiento de los grupos concentrados de la comunicación, específicamente, del más agresivo a la hora de mantener su posición dominante en el mercado, el Grupo Clarín SA.

Todo este debate estuvo atravesado por los argumentos envenenados del litigante que, precisamente, comanda el armado de la agenda pública de medios en nuestro país desde una formidable y cuestionada capacidad de instalación.

El daño producido a la autoridad del Estado democrático por vía de la justicia cautelar fue y es inconmensurable.

Ha sido una mochila pesadísima de trasladar para los funcionarios y personas con intervención en la esfera de la opinión pública que vieron a lo largo de todos estos años cómo su honra era arrojada a los perros para neutralizar su eficacia e influencia, ahogando o etiquetando las voces disidentes del relato único que impuso Héctor Magnetto.

Los supremos deben saber que ese poder dañino que el Grupo Clarín SA desparramó sobre todos los que osaron desafiarlo, va a volverse recargado si se decide la inconstitucionalidad de los artículos antimonopólicos de la Ley de Medios de la Democracia.

Y no pueden ignorar que más temprano que tarde ese mismo poder que durante cuatro años de demoras judiciales ayudaron a incrementar va a dejar de acariciar sus trayectorias inmaculadas y va a desatar un proceso fulminante de desacreditación cuando ya no necesite de sus fallos amigables.

En 30 años de democracia, hubo 73 proyectos de ley para democratizar la comunicación. Todos fracasaron, menos este. De los autores de los proyectos anteriores quedó poco y nada en el tintero, la mayoría de ellos fueron eyectados de la actividad política, enviados al ostracismo por la trituradora de los medios concentrados.

Es un listado histórico del que la Corte no puede deslindarse. La sociedad no espera un fallo político, kirchnerista o antikirchnerista, espera que los supremos, después de tres décadas de ejercicio democrático, refuercen la idea de que la igualdad ante la ley no es puro grupo.

Esto ocurre en un contexto. No son días fáciles. El frente externo se complica. El interno, se enrarece. Los profetas de fin de ciclo se ceban. Son capaces de darle la razón a la justicia de New York o al Grupo Clarín SA con tal de complicar las políticas de gobierno.

Pero Cristina Kirchner no está sola, porque no llegó sola hasta acá. Hay millones de personas que no quieren perder lo ganado y, mucho menos, la realidad de precipicio que ofrece la Argentina del pasado revestida de novedad.

Los millones silenciosos son los dueños de la soberanía amenazada. Habrá que escuchar qué dicen cuando se pronuncien.

Infonews

29/08/2013 Posted by | General, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , | Deja un comentario