America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

EL PANTANO ARGENTINO – EL IRRESISTIBLE DESARROLLO DE LA CRISIS DE GOBERNABILIDAD


POR JORGE BEINSTEIN*

El nuevo año comenzó mal en Argentina, el conflicto causado por el desplazamiento del presidente del Banco Central, Martín Redrado, disparó una grave crisis institucional donde se enfrentan dos bandos que van endureciendo sus posiciones. Por un lado una oposición de derecha cada vez más radicalizada ahora con mayoría en el poder legislativo encabezada por el vicepresidente de la República y que se extiende hacia los núcleos más reaccionarios del poder judicial y de las fuerzas de seguridad (públicas y privadas).


Fachada del Banco Central de la Argentina

Se trata de una fuerza heterogénea, casi caótica, sin grandes proyectos visibles impulsada por los grandes medios de comunicación que operan como una suerte de “partido mediático” extremista, su base social es un agrupamiento muy belicoso de clases medias y altas. En el otro bando encontramos a la presidenta Cristina Kirchner resistiendo desde el Poder Ejecutivo con sus aliados parlamentarios, sindicales y “sociales”, su perfil político es el de un centrismo desarrollista muy contradictorio oscilando entre las capas populares más pobres a las que no se atreve a movilizar con medidas económicas y sociales radicales y los grandes grupos empresarios y otros factores de poder que busca en vano recuperar para recomponer el sistema de gobernabilidad vigente durante la presidencia de Néstor Kirchner.

A este abanico de fuerzas locales es necesario incorporar la intervención de los Estados Unidos que a partir de la llegada de Barak Obama a la Casa Blanca se muestra cada vez más activa en los asuntos internos de Argentina.

Esto debe ser integrado al contexto más amplio de la estrategia imperial de reconquista de América Latina marcada por hechos notorios como el reciente golpe de estado en Honduras, el despliegue de la Cuarta Flota, las bases militares en Colombia y otras actividades menos visibles pero no menos efectivas como la reactivación de su aparato de inteligencia en la región (CIA, DEA, etc.) y la consiguiente expansión de operaciones conspirativas con políticos, militares, empresarios, grupos mafiosos, medios de comunicación, etc.

LA OLA REACCIONARIA

Como es sabido la crisis se desató cuando el presidente del Banco Central decidió no acatar un decreto llamado de “necesidad y urgencia”, con fuerza de ley, que le ordenaba poner una parte de las reservas a la disposición de un fondo publico destinado al pago de deuda externa. De ese modo Redrado (apoyándose en la “autonomía” del Banco impuesta en los años 1990 por el Fondo Monetario Internacional, FMI) desafiaba la legalidad y asumía como propia la reivindicación del conjunto de la derecha: no pagar deuda externa con reservas sino con ingresos fiscales obligando así al gobierno a reducir el gasto público lo que seguramente impactaría de manera negativa sobre el Producto Bruto Interno, el nivel de empleo y seguramente sobre los salarios.

En una primera aproximación, la crisis aparece como una disputa sobre política económica entre neoliberales partidarios del ajuste fiscal y keynesianos partidarios de la expansión del consumo interno, sin embargo la magnitud de la tormenta política en curso obliga a ir más allá del debate económico, no existe proporción entre el volumen de intereses financieros afectados y la extrema virulencia del enfrentamiento. Tampoco se trata de un problema causado por la necesidad de pagar deuda externa ante una situación financiera difícil, por el contrario, el Estado tiene un importante superávit fiscal y la deuda externa representa actualmente cerca del 40 % del Producto Bruto Interno contra un 80 % en 2003 cuando Néstor Kirchner asumió la Presidencia de la República.

Para empezar a entender lo que esta ocurriendo es necesario remontarnos al primer semestre del 2008 cuando estalló el conflicto entre el gobierno y la burguesía rural, en ese caso también la confrontación apareció bajo el aspecto económico: el gobierno intentó establecer impuestos móviles a las exportaciones agrarias, cuyos precios internacionales, en ese momento, subían vertiginosamente, los grandes grupos del agrobusiness se opusieron, aunque estaban ganando mucho dinero pretendían ganar mucho más acaparando la totalidad de esos beneficios extraordinarios. Para sorpresa, tanto del gobierno como de los propias elites agrarias, su protesta fue inmediatamente respaldada por la casi totalidad de los empresarios rurales, incluso por sectores que por su área de especialización o ubicación regional no tenían intereses materiales concretos en el tema, y rápidamente los cortes de ruta, magnificados por los medios de comunicación, arrastraron la adhesión de las clases altas y medias urbanas, estructurándose, de esa manera, una marea social reaccionaria cuya magnitud no tenía precedentes en la historia argentina de los últimos cincuenta años. Para encontrar algo parecido sería necesario remontarnos a 1955 cuando una masiva convergencia conservadora de clases medias apoyó el golpe de militar oligárquico.

La movilización derechista de 2008 estuvo plagada de brotes neofascistas, alusiones racistas a las clases bajas, insultos al “gobierno montonero” (es decir supuestamente controlado por ex guerrilleros marxistas reciclados), etc. Esa ola reaccionaria se prolongó en las elecciones legislativas de 2009 donde la derecha obtuvo la victoria (y la mayoría en el Parlamento), antes y después de ese evento estuvo permanentemente alimentada por los medios de comunicación concentrados. Actualmente es difícil diagnosticar si mantiene o no su nivel de masividad, el conflicto se desarrolla por ahora sin presencias multitudinarias, la gran mayoría de la población observa la situación como a una pelea por arriba entre grupos de poder.

Si evaluamos la trayectoria en los dos últimos años de la confrontación entre una derecha, cada vez más audaz y agresiva, y un gobierno, crecientemente acorralado, no es difícil imaginar un escenario próximo de “golpe de estado”, no siguiendo los viejos esquemas de las intervenciones militares directas, ni siquiera pensando en una réplica del caso hondureño (golpe militar con fachada civil) sino más bien en un abanico de alternativas novedosas donde se combinarían factores tales como la manipulación de mecanismos judiciales, el empleo arrollador del arma mediática, la utilización de instrumentos parlamentarios, la movilización de sectores sociales reaccionarios (cuya amplitud es una incógnita fuerte) incluyendo acciones violentas de grupos civiles dirigidos desde estructuras de seguridad policiales o militares. En este último caso, deberíamos tomar en consideración las posibles intervenciones del aparato de inteligencia norteamericano que dispone actualmente de un importante know how en materia de golpes civiles, como las llamadas revoluciones coloridas o blandas, algunas exitosas como la “naranja” en Ucrania (2004), la que derrocó a Milosevic (Yugoslavia 2000), la de “las rosas” (Georgia 2003), la de “los tulipanes” (Kirguistán 2005), la “del cedro” (Líbano 2005) y otras fracasadas como la “revolución blanca” (Bielorrusia 2006), la “verde” (Irán 2009) o la “revolución twitter” (Moldavia 2009).

En todas esas “revoluciones”, orquestadas por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, las convergencias entre grupos civiles y medios de comunicación golpearon contra gobiernos considerados “indeseables” por el Imperio, tuvieron éxito ante estados sumergidos en crisis profundas, fracasaron cuando las estructuras estatales pudieron resistir y/o cuando las mayorías populares les hicieron frente.

LAS RAÍCES

¿Cuáles son las raíces de esa avalancha derechista?, no puede ser atribuida al descontento de las elites empresarias y de las clases superiores ante drásticas redistribuciones de ingresos en favor de los pobres o a medidas económicas izquierdizantes o estatistas que afecten de manera decisiva los negocios de los grupos dominantes. Por el contrario, la bonanza económica que marcó a los gobiernos de los Kirchner significó grandes beneficios para toda clase de grupos capitalistas: financieros, industriales exportadores o volcados al mercado interno, empresas grandes o pequeñas, etc. Argentina experimentó altas tasas de crecimiento del PBI y enormes superávits fiscales impulsados por exportaciones en vertiginosos ascenso. Y aunque la desocupación se redujo la estructura de distribución del Ingreso Nacional heredada de la era neoliberal no varió de manera significativa. La gobernabilidad política permitió la preservación del sistema que tambaleaba hacia 2001-2002, las estatizaciones decididas durante la presidencia de Cristina Kirchner fueron en realidad medidas destinadas a preservar el funcionamiento del sistema más que a modificarlo, la estatización de la seguridad social privada, por ejemplo, fue precipitada por la crisis financiera global y el agotamiento de una estructura de saqueo de fondos previsionales, la estatización de Aerolíneas Argentinas significó tomar posesión de una empresa totalmente liquidada a punto de desaparecer.

Si alguna presión existe a nivel de las clases altas es hacia una mayor concentración de ingresos y ello debido a su propia dinámica gobernada por el parasitismo financiero global-local que opera como una suerte de núcleo estratégico, central de sus negocios. En ese sentido la resistencia del gobierno a esa tendencia en aras de la gobernabilidad aparece ante dichas elites como un “intervencionismo insoportable”.

Otro factor decisivo es la creciente agresividad de los Estados Unidos acosado por la crisis, sabiendo que el tiempo juega en su contra, que la decadencia de la unipolaridad imperial les puede hacer perder por completo sus tradicionales posiciones de poder en América Latina. En realidad eso ya está empezando a ocurrir a partir del proceso de integración regional, de un Brasil autonomizándose cada vez mas de los Estados Unidos, de la persistencia de la Venezuela chavista, la consolidación de Evo Morales en Bolivia, etc. La Casa Blanca está embarcada en una loca carrera contra el tiempo, extiende las operaciones militares en Asia y Africa heredadas de la era Bush, apadrina el golpe militar en Honduras y otras intervenciones en América Latina. La caída o degradación integral del gobierno kirchnerista sería para los norteamericanos una muy buena noticia, debilitaría a Brasil, reduciría el espacio político de Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Pero existe un fenómeno de primera importancia que probablemente los Kirchner ignoraron y que buena parte de la izquierda y el progresismo subestimaron: el cambio de naturaleza de la burguesía local, cuyos grupos dominantes han pasado a constituir una verdadera lumpen burguesía donde se interconectan redes que vinculan negocios financieros, industriales, agrarios y comerciales con negocios ilegales de todo tipo (prostitución, tráfico de drogas y armas, etc.), empresas de seguridad privada, mafias policiales y judiciales, elites políticas y grandes grupos mediáticos. Es la más importante de las herencias dejadas por la dictadura, consolidada y expandida durante la era Menem.

La política de derechos humanos del gobierno no afectó solo a grupos de viejos militares criminales aislados e ideológicamente derrotados, al golpear a estos grupos estaba desatando una dinámica que dañaba a una de las componentes esenciales de la (lumpen) burguesía argentina realmente existente. Cuando empezamos a desentrañar la trama de grupos mediáticos como “Clarín” o no mediáticos como el grupo Macri aparecen las vinculaciones con negocios provenientes de la última dictadura, personajes clave de las mafias policiales, etc. En esos círculos dominantes la marea creciente de procesos judiciales contra ex represores pudo ser vista, tal vez en su comienzo hacia mediados de la década pasada, como una concesión necesaria al clima izquierdizante heredado de los acontecimientos de 2001-2002 y que mantenida dentro de límites modestos no afectaría la buena marcha de sus negocios. Pero esa marea creció y creció hasta transformarse en una presión insoportable para esas elites.

Finalmente es necesario constatar que así como se desarrolló ese proceso de humanización cultural democratizante también se desarrolló, protagonizado por los grandes medios de comunicación, un contra proceso de carácter autoritario, de criminalización de los pobres, de condena al progresismo que pone a los derechos humanos por encima de todo. En cierto sentido, se trató de una suerte de reivindicación indirecta de la última dictadura realizada por los grandes medios de comunicación, centrada en la necesidad de emplear métodos expeditivos ante la llamada “inseguridad”, la delincuencia social, los desordenes callejeros. La misma encontró un espacio favorable en una porción importante de la población perteneciente a las clases medias y altas muchos de cuyos miembros no se atreven a defender a la vieja y desprestigiada dictadura militar pero que han encontrado un nuevo discurso neofascista que les permite levantar la cabeza.

Esta gente se movilizó en el 2008 en apoyo de la burguesía rural y contra el gobierno “izquierdista”, estuvo a la vanguardia de la victoria electoral de Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires y de los políticos de derecha en las elecciones parlamentarias de 2009.

¿JUGANDO CON FUEGO?

La crisis actual puede llegar a tener serias repercusiones económicas, es lo que esperan muchos de los dirigentes políticos de derecha que sueñan con apoderarse del gobierno en medio del caos y/o de la pasividad popular. La parálisis del Banco Central o su transformación en una trinchera opositora podría desordenar por completo al sistema monetario, degradar al conjunto de la economía lo que sumado a un Tsunami mediático convertiría al gobierno en una presa fácil.

En teoría, existe la posibilidad de que el gobierno acorralado por la derecha busque desesperadamente ampliar su base popular multiplicando medidas de redistribución de ingresos hacia las clases bajas, estatizaciones, etc. La derecha cree cada vez menos en esa posibilidad lo que la hace más audaz, más segura de su impunidad, considera que los Kirchner están demasiado aferrado al “país burgués”, por razones psicológicas, ideológicas y por los intereses que representan y que por sus cabezas no asoma ni siquiera débilmente esa alternativa de ruptura. Una sucesión de hechos concretos parecen darle la razón, después de todo Martín Redrado, fue designado como presidente del Banco Central por Néstor Kirchner y confirmado luego por Cristina Kirchner, ahora ellos “descubren” que es un neoliberal reaccionario mientras buscan reemplazarlo por algún otro neoliberal o buen amigo de los intereses financieros.

También existe la posibilidad de que el caos buscado por la derecha o las medidas económicas que ésta seguramente tomará si conquista el gobierno desate una gigantesca ola de protestas sociales haciendo estallar la gobernabilidad y reinstalando a escala ampliada al fantasma popular de 2001-2002. Pero esa derecha considera cada vez menos probable la concreción de dicha amenaza, está cada vez más convencida de que los medios de comunicación combinados con un sistema de represión puntual, no ostentoso pero enérgico pueden controlar a las clase bajas. Es muy probable que esas elites degradadas, lanzadas en una cruzada irracional, estén atravesando una serie crisis de percepción.

*Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires. jorgebeinstein@gmail.com

ALAI, enero 12 de 2010.

20/01/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Codicia, regulación o capitalismo (Parte I)


lunes 5 de enero de 2009

capitalismo1


Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

El agravamiento de la crisis ya forma parte del paisaje cotidiano. Los informativos invariablemente incluyen el desmoronamiento de algún banco, el desplome de las Bolsas y anuncios de masivos despidos. La intensidad del temblor está a la vista, pero sus causas permanecen en la oscuridad. Las explicaciones neoliberales y keynesianas que ocupan la primera plana, no aportan respuestas significativas.

Desenfreno

Cuándo los bancos comenzaron a desmoronarse los neoliberales se quedaron afónicos y sólo atinaron exigir la protección del estado. Archivaron sus doctrinas de libre competencia y reclamaron el socorro del sistema financiero. Argumentaron que las entidades privadas bombean el dinero requerido por toda la sociedad y deben ser preservadas con los fondos públicos. (1)

Pero si el corazón del capitalismo requiere ese sostén carecen de sentido todas las alabanzas al riesgo y a la competencia, como pilares de una nueva era de ese sistema. La consistencia de esos cimientos se verifica en los momentos críticos y en las áreas estratégicas. Es incongruente postular que las privatizaciones y las desregulaciones son sólo aptas para la prosperidad. Lo importante es registrar su viabilidad en los momentos revulsivos y es evidente que no lograron pasar la prueba.

Los neoliberales desconocieron todas las advertencias del estallido. Ignoraron el descontrol del endeudamiento, los apalancamientos y los colapsos bancarios registrados en numerosos países. Cuando era evidente que estas eclosiones conducían a un vendaval en el centro del sistema reforzaron las supersticiones mercantiles. Asignaron un impacto pasajero a esas conmociones y atribuyeron su irrupción a las rémoras de una “cultura populista”. Esta ceguera expresó los intereses de una elite que ha rivalizado por acaparar los lucros del negocio financiero.

Los neoliberales descubren ahora el costado adverso de esa exacerbada competencia y explican el desmoronamiento de las entidades por la codicia de los banqueros. Pero olvidan cuán absurdo es reclamar moderación en una actividad tan competitiva. La rivalidad que rige al capitalismo exige mayor fiereza en las finanzas. Todos los sermones en boga para restaurar la “ética de los negocios” omiten esa compulsión. (2)

Los economistas ortodoxos han detectado repentinamente las adversas consecuencias de la predisposición al riesgo. Se olvidan de los elogios que propinaron a esa postura, en desmedro del conservadurismo empresario. En el auge enaltecieron las virtudes del aventurero y en la crisis resaltan las ventajas de la cautela. Pero siempre ignoran que los grandes estallidos financieros no obedecen a una u otra conducta individual.

Lo que determina la marcha ascendente o descendente de la acumulación son las propias contradicciones del sistema y no las inclinaciones psicológicas de cada capitalista. Todos los protagonistas de este régimen están forzados a valorizar su inversión con medidas que afectan a sus competidores y no pueden impedir los desequilibrios sistémicos que genera esa actitud.

Algunos economistas galardonados atribuyen la crisis actual a los sofisticados mecanismos de intermediación que alumbraron las finanzas. Destacan que “el mercado no valúa adecuadamente a esos títulos complejos” (3). ¿Pero dónde ha quedado la infinita sabiduría de la oferta y la demanda, en comparación al estrecho horizonte humano de los funcionarios? Si ahora descubren la inoperancia de ese principio en la órbita financiera: ¿Por qué razón esa misma norma debería gobernar al resto de la economía?

La crisis en curso sepulta el mito que asignó a los banqueros (y a sus matemáticos) la cualidad de percibir y gestionar en forma rentable, las señales de riesgo que transmite el mercado. En realidad esos administradores subvaloran las amenazas de colapsos, puesto que participan en un juego que obliga a subir siempre la apuesta. La regla del beneficio creciente les impide evaluar los riesgos involucrados en los préstamos que manejan. Y cuándo esas fallas se corroboran descargan sus traumáticas consecuencias sobre el resto de la sociedad.

Falta de confianza

Algunos neoliberales atribuyen las causas inmediatas del tsunami a los desaciertos de la política monetaria. Estiman que la reducción de las tasas de interés administradas por la Reserva Federal obligó a las entidades a inflar el otorgamiento de préstamos (4). Consideran que la masiva concesión de créditos hipotecarios de baja calidad (subprime) reprodujo la pauta establecida por el gobierno norteamericano, en el manejo de las entidades semi-públicas del sector (Fannie y Freddie) (5).Con este razonamiento exculpan a los bancos de la burbuja inmobiliaria.

Pero en realidad, la objetada disminución de las tasas apuntó a reactivar la economía y a permitir la oleada de préstamos que enriqueció a los financistas. Por eso no cuestionaron en ese momento una política monetaria que, además, no los obligaba a implementar créditos de ninguna índole.

Por otra parte, la caprichosa división de responsabilidades entre funcionarios y banqueros omite la estrecha vinculación que mantienen ambos grupos. Los personajes que llegan a la conducción de la FED o el Tesoro desarrollan su carrera previa en los grandes los bancos y suelen retomar esos cargos cuándo se retiran de la actividad oficial. Lejos de sufrir los rigores de cierta política monetaria, los financistas participan activamente en la fijación de esas orientaciones, a través de distintos comités gubernamentales.

Ante la falta de argumentos los neoliberales recurren a las creencias. Han convertido la confianza en un término mágico, que explica el estallido, la continuidad o la superación de la crisis. Suponen que el desplome financiero irrumpió por la pérdida de esa cualidad y se disipará con su reestablecimiento. El estado de ánimo de los empresarios es visto como la llave maestra del ciclo económico.

Pero en los hechos ambos procesos están conectados por una causalidad inversa. Los capitalistas invierten cuándo avizoran ganancias y sustraen capital en los períodos opuestos. Por esta razón mientras la crisis continúe deteriorando los beneficios, ninguna exhortación transformará la desazón en optimismo. Todas las divagaciones sobre la confianza solamente retratan los diálogos que mantiene la clase dominante con sí misma, en la búsqueda de una luz al final del túnel.

Los voceros más experimentados de las finanzas reconocen que “el capitalismo se encuentra acorralado” por la gravedad del descalabro. Igualmente apuestan a una crisis corta y manejable, que sería coronada con el reestablecimiento pleno de la “economía de mercado” (6). Pero esta expectativa contradice los sombríos diagnósticos que enuncian y choca con cierta pérdida de consenso neoliberal entre las clases dominantes. Hay mucho deseo y poco realismo en la esperanza de un temblor irrelevante o benigno. (7)

Especulación y desregulación

Los keynesianos han desplazado a sus adversarios del escenario mediático. Se atribuyen el mérito de presagiar la crisis, mediante reiterados cuestionamientos a la desregulación financiera. Pero en su mayoría acompañaron las prioridades de la elite bancaria y sólo expusieron objeciones en los últimos años.

Cuándo el establishment aplaudía los atropellos sociales inaugurados por Reagan y Thatcher, Stiglitz presidía el Banco Mundial, Soros se enriquecía especulando contra las monedas europeas y Jeffery Sachs instrumentaba el ajuste de las economías periféricas. Este mismo cambio de bando se registra actualmente en sentido inverso. Greenspan modera el fervor neoliberal y Feldstein promueve el gasto el gasto público. Pero esta flexibilidad para olfatear hacia dónde sopla el viento no es sinónimo de lucidez para caracterizar la crisis.

Una explicación que comparten las dos vertientes de la economía convencional asocia el colapso actual con las “exageradas bonificaciones a los directivos” (8). Este premio a la especulación es condenado, con el mismo vigor que se cuestionan los fraudes perpetrados por personajes como Bernard Madoff. Esas conductas son invariablemente presentadas como excepciones y no como expresiones de la actividad bancaria imperante.

La estafa de Madoff por 50.000 millones de dólares contra poderosas entidades (Santander, BBVA, HSBC, Paribas), a través de una simple pirámide ha sido un episodio más del negocio financiero. Prometía altos rendimientos por inversiones inexistentes, que disfrazaba con la llegada de nuevos clientes. Con esa maniobra extendió a las fortunas de las elites los engaños que caracterizan a la intermediación. Su malversación cayó en desgracia, porque franqueó la permisiva frontera que separa las actividades toleradas de los desbordes ilegales.

En el ambiente de impunidad neoliberal de los últimos años se han consumado todo tipo de fraudes. Sus principales artífices fueron los bancos y las empresas constructoras que montaron la burbuja inmobiliaria. Estos desfalcos se coronaron con los 140.000 millones de dólares que concedió Bush a sus banqueros predilectos, mediante una oscura maniobra de exención impositiva.

Este generalizado reinado de la estafa no debería ocultar que el propio capitalismo genera periódicamente oleadas de especulación para extender el crédito. Esta expansión requiere financistas con habilidades para inventar sofisticados instrumentos de endeudamiento. Cómo estos individuos obtienen ganancias proporcionales a las calesitas que logran montar, siempre tienden a violar las reglas vigentes.

Algunos keynesianos -como Krugman y Samuelson- explican el exceso de especulación por la ausencia de regulaciones y esperan enmendar esta carencia con normas más estrictas (9). Pero estas reglas abundan, en la selva legislativa que manejan los distintos lobbys de banqueros en la trastienda del poder. Esa estructura -y no la abstracta ausencia de reglamentaciones- ha precipitado la crisis. Algunas normas han tendido a delegar en los propios banqueros el manejo consensuado de la operatoria (acuerdos de Basilea) y otras han incentivado una gestión más estrecha con las autoridades (a través de la independencia de los bancos centrales). Pero las entidades nunca han operado en el vacío.

La fantasía de evitar la repetición del crujido financiero con nuevas disposiciones legales ha recobrado fuerza. Pero estas conmociones son inherentes al capitalismo y no existe ninguna forma de impedir su reiteración. El propio sistema genera periódicamente presiones para valorizar el capital y crea anticuerpos para esterilizar las regulaciones precedentes. Esta reacción se verificó, por ejemplo, en el debut del neoliberalismo y volverá a registrarse cuando el capitalismo necesite recomponer la tasa de beneficio.

Si todo el desmadre en curso obedeciera a una falta de supervisión, no habría tanto temor por la evolución futura de las finanzas. Ya existe un amplio consenso para modificar el funcionamiento de los bancos, verificar las operaciones bursátiles y acotar el alcance de las actividades más riesgosas. Pero es obvio que estas iniciativas sólo introducirían correctivos menores.

Los keynesianos idealizan las regulaciones que establecen los estados capitalistas para ordenar el funcionamiento de los mercados financieros. Suponen que estas normas definen la dinámica del negocio bancario, omitiendo que lo esencial es la garantía que aporta el poder público a los distintos papeles en circulación. Lo que permite comercializar estos títulos es la percepción de solidez en el aval estatal. Con este respaldo fluyen las monedas, se colocan los bonos públicos y se intercambian los documentos privados. Cuándo esas garantías fallan las reglamentación pierden relevancia y las crisis asumen la gravedad que se observa en la coyuntura actual.

Los economistas heterodoxos desconocen por completo este problema. Como son cultores del capitalismo y del estado suponen que basta con establecer regulaciones óptimas para favorecer el bien común. El salvataje de los bancos ha refutado categóricamente esa presunción. Pero, además, se abrió una crisis que ha puesto en duda la capacidad del estado para proteger todos los títulos en circulación. Esta vulnerabilidad no depende de una u otra regulación, sino de la propia gravedad y evolución del crack financiero.

Pero lo más llamativo de los últimos meses ha sido el reverencial temor que exhiben todos los keynesianos frente a los financistas. Krugman y Stiglitz han propiciado el salvataje de los bancos sin reparar en costos, ni demandar penalidades. Constatan la “trampa de liquidez” que propagan los bancos -al recibir auxilios estatales que atesoran sin reactivar el crédito-pero no demandan ningún correctivo.

Las estrellas del pensamiento económico actual también notan el escaso impacto que tienen las decrecientes tasas de interés sobre la mejora de la inversión o el consumo. Saben que los bancos aprovechan la baratura de los fondos disponibles para compensar quebrantos, reconvertir su operatoria o adquirir otras entidades. Este bloqueo se podría revertir con medidas de expropiación, pero los nuevos mimados del establishment han archivado cualquier estrategia de eutanasia del rentista.

Los keynesianos pretenden disuadir la especulación sin obstruir la rivalidad por la ganancia. En las crisis enfatizan el primer objetivo y en la prosperidad apuntalan el segundo propósito. Pero siempre ignoran que ambas metas son periódicamente socavadas por la propia reproducción capitalista.

Coordinación y reactivación

Muchos keynesianos atribuyen la propagación global de la crisis a la “escasa coordinación que mantienen los gobiernos”. Especialmente Krugman y Stiglitz resaltan esta carencia (10). Advierten contra la expansión no consensuada del gasto público, las devaluaciones inconsultas y el proteccionismo comercial.

Su reclamo de sincronización refleja el carácter internacionalizado de la crisis. Cómo el temblor sacude a la principal economía del planeta, el contagio hacia Europa y Japón ha sido tan acelerado, como el fracasado desacople de la semiperiferia emergente. Ni siquiera Suiza o el Golfo Pérsico han podido sustraerse de un tsunami financiero, que ya frenó a la locomotora china y amenaza reproducir las conmociones padecidas por América Latina y el Sudeste Asiático.

Este alcance planetario induce a los heterodoxos a buscar remedios en la coordinación. Por eso objetan el salvataje a costa del vecino que predominó al comienzo de la crisis. Especialmente en Europa la brutal disputa entre países por preservar los depósitos bancarios conducía al hundimiento colectivo. El mismo efecto tendía a generar la simultánea política de aumentar (Banco Central Europeo) y reducir (Reserva Federal) las tasas de interés.

Todos los keynesianos aplauden ahora la generalizada adopción del modelo inglés de capitalización bancaria como correctivo de la crisis. Las diferencias de aplicación que separan a los franceses (ingerencia estatal en los directorios) de los norteamericanos (no interferencia en esa gestión) y la presión británico-estadounidense para mantener el libre movimiento de capitales en Nueva York y Londres, no alteran esta búsqueda de una respuesta común al descalabro financiero.

En las propuestas en debate los economistas heterodoxos reivindican las iniciativas tendientes a disminuir la gravitación de los paraísos fiscales, reducir el protagonismo de las calificadoras de riesgo e introducir mecanismos de alerta bancaria. También avalan el recorte de retribuciones a los ejecutivos y la modificación de las normas de funcionamiento bancario global (Basilea II). Pero ninguno de estos cambios es sustancial y su aplicación exige un piso (todavía incierto) del desplome financiero.

El diseño de un “nuevo Bretton Woods” que pregona Stiglitz es más ambicioso, pero flota en el aire (11). Definir un nuevo prestamista internacional de última instancia y establecer los criterios de otra moneda (canasta, multilateral, Bancor) requieren cierta estabilización de la tormenta financiera. Y este compromiso, a su vez, presupone un desenlace de las relaciones de fuerza entre las potencias, que aparecería sobre el final y no en el debut de la crisis.

La indefinición que impera en torno al dólar y el euro es un nítido síntoma de este carácter inicial del temblor. El billete estadounidense se transformó en el refugio espontáneo de todas las clases dominantes del planeta. Pero el descomunal déficit fiscal y comercial norteamericano pone en duda la continuidad de esa tendencia.

El euro también ha brindado protección a los capitales que abandonan las divisas de los países europeos más amenazados (Polonia, Dinamarca, Suecia, Islandia). Pero no se sabe cómo responderá este signo al descalabro de los convenios presupuestarios de Maastrich. Más peligroso aún es el desbordante endeudamiento que registran varios países del Viejo Continente (Italia, Grecia, España).

Todas las convocatorias angelicales a la “coordinación internacional” disfrazan las duras reglas de realpolitik, que imperan en los encuentros oficiales. En la cumbre de noviembre pasado que reunió a 20 presidentes, Estados Unidos exigió un compromiso general con su rescate financiero. Pretende garantizar especialmente la continuada afluencia hacia el Norte de los fondos acumulados por Asia y los países exportadores de petróleo.

Con esta finalidad el “Grupo de 7” fue ampliado a China, Rusia, Brasil, India y Arabia Saudita. La presencia de otros países es un formalismo diplomático, ya que Argentina, Indonesia, México o Turquía figuran en lista de lisiados y no de proveedores de dinero. En las próximas cumbres, Obama intentará continuar esta política de atracción de capitales hacia Estados Unidos.

Todos los mensajes keynesianos para “reformar al FMI” con una “nueva arquitectura financiera” han quedado supeditados a esta prioridad de reconstrucción de los bancos maltrechos. Con la finalidad de relanzar al Fondo como administrador de ese socorro, ya se discute la concesión de atribuciones a los nuevos contribuyentes de capital. Esas iniciativas podrían empalmar también, con el traspaso de acciones de los bancos más quebrados a sus mecenas de Asia o el Mundo Árabe. Pero en cualquier caso el FMI continuará actuando como representante de los acreedores contra los pueblos de la periferia.

Este rol -que no perturba a Stiglitz, ni a Krugman- desmiente las fantasías que exhiben algunos presidentes latinoamericanos en un giro benevolente del FMI. Las expectativas en “préstamos sin condiciones para los más necesitados” han quedado desactivadas por los recientes créditos otorgados a Ucrania o Hungría (y negociados con Islandia y Pakistán). Estos acuerdos incluyen todas las exigencias de ajuste neoliberal.

Los keynesianos viven como un triunfo la aplicación actual de sus orientaciones. Suponen que esta implementación confirma la superioridad de su programa. Pero este giro solo ilustra la afinidad que mantienen con sus adversarios. El FMI y todos los gobiernos conservadores han abrazado las propuestas de reactivación, porque en la crisis las clases dominantes recurren al gasto público para frenar la recesión.

Obama se apresta a lanzar el mayor plan de infraestructura de los últimos 50 años (136.000 millones de dólares). Este mismo tipo de erogaciones instrumentarán los presidentes neoliberales de Europa (170.000 millones de euros) y el mandatario derechista de Japón (255.000 millones de dólares). El propósito común de estas iniciativas es auxiliar a los banqueros e industriales afectados por la debacle financiera.

Los keynesianos aplauden este socorro pero advierten contra su eventual fracaso, si las decisiones se aplican en forma tardía, con instrumentos inadecuados o con dosis reducidas. La obviedad de estos razonamientos salta a la vista. Si las medidas dan resultado confirmarán su conveniencia y si fallan demostrarán su insuficiencia.

Pero la severidad de la crisis induce a los popes de la heterodoxia a reclamar también mayores impuestos a ricos y menores gastos militares (Stiglitz) o el bombeo directo de más dinero oficial, traspasando la intermediación bancaria (Krugman). En comparación a las iniciativas que debaten otros economistas del mismo círculo, estas propuestas sobresalen por su cautela. (12)

Todos los keynesianos esperan el resurgimiento del capitalismo con políticas anticíclicas. Desconocen las limitaciones de estas orientaciones y su escaso impacto fuera de ciertas condiciones. Para comprender lo que está sucediendo hay que recurrir a otras teorías.

Notas:
1) Wolf Martin, “E hora de um resgate abrangente no mercado”, Financial Times-Folha de Sao Paulo, octubre 2008.
2) “Estamos asistiendo al olvido peligroso de los cimientos morales (del capitalismo). El respeto de la palabra empeñada, la santidad de los contratos, el valor del ahorro y… la renuncia a la ganancia instantánea”, Grondona Mariano “El capitalismo, la democracia y la integridad”, La Nación, 21-12-08.
3) Selten Reinhard. “Crear una regulación que no pueda evitarse”, Clarín, 23-11-08.
4) Marx Daniel “La crisis terminó, vendrán más ajustes”, Ámbito Financiero, 19-3-08.
5) Edwars Sebastián, “No temerle al pragmatismo”, Clarín, 26-10-08.
6) The Economist- La Nación, “El capitalismo está acorralado, pero aún sirve”, 18-10-08.
7) Los teóricos de la derecha transmiten este mensaje tranquilizador, afirmando que “un capítulo se cierra…pero son tonterías las tesis del otro es mundo posible y del fin del imperialismo o el capitalismo”, Jorge Castañeda, La Nación, 24-12-08.
8) Phelps Edmund, “Los bancos deberán buscar un nuevo rol”, Clarín, 23-11-08.
9) “Hubo un sistema financiero paralelo, sin las regulaciones tradicionales”, Krugman Paul “El gobierno argentino está haciendo un poco mejor las cosas”, Clarín, 16-12-2008. Krugman Paul, “No llores por mi, Estados Unidos”, New York Times- La República, 18-10.08. Krugman Paul, “Bancos: iliquidez o insolvencia”, New York Times-Clarín, 29-12-07. Krugman Paul, Planes de estímulo débiles y con serios errores”, New York Times-Clarín, 31-1-08. Krguman Paul, “La economía real también necesita un gran rescate”, New York Times-La Nación, 18-10-08. Samuelson Paul, “Mercado no es igual a capitalismo sin regulación”, Clarín, 23-11-08.
10) Krugman Paul “La riesgosa negativa de Alemania”, New York Times-La Nación 17-12-08. Stiglitz Joseph, “Ahora todos somos keynesianos, incluso la derecha”, 10-12-08.
11) Stiglitz Joseph, “El dólar ya no sirve como reserva”, Clarín, 23-11-08.
12) Reich planteó aplicarle la ley de quiebras a los bancos para implementar su reorganización bajo protección judicial (capítulo 11) y Roubini sugirió paralizar las ejecuciones hipotecarias. Reich Robert, “El rescate equivocado”, New York Times-Clarín, 12-12-08. Roubini Nouriel, “La recesión llegó a EEUU y podría durara hasta 2009”, Clarín, 25-1-08.

Argenpres

06/01/2009 Posted by | Politica Internacional, Uncategorized | , , , , , , , , , , | Deja un comentario