America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Teoría y práctica en la política económica peronista


Por

Eric Calcagno, senador de la Nación

politica@miradasalsur.com

El senador Eric Calcagno sostiene que no debe temerse la discusión por el poder. (TELAM)

Quizás haya que reconocer, junto con los múltiples críticos de los movimientos populares, que las políticas económicas de los gobiernos peronistas se han caracterizado mucho más por el avance en el campo de lo concreto, la modificación –para bien o para mal– de las estructuras materiales de la sociedad argentina, que por una teorización sistemática y acabada de objetivos e instrumentos en cada momento histórico. Tal vez porque en el peronismo ha primado siempre la cultura del resultado: no decimos “¿qué hacer?”, sino que lo hacemos. Habrá que rastrear tal vez en los orígenes fundacionales: un general busca ganar batallas, no comentarlas. Nuestro General las ganaba, y casi todas: la política, la económica, la social, la cultural… aunque no siempre en el mismo momento. Ojalá sea designio de la propia historia, que nos configura al mismo tiempo que la transformamos, que ésta sea la oportunidad para que los herederos del General podamos establecer nuestra política en las medidas económicas que hagan una sociedad más justa, que no admitirá retrocesos si los valores que defendemos están incorporados al acervo cultural común.
Es mejor construir sobre las bases materiales de la producción, la distribución, el consumo, entendidas como facetas de una misma unidad, para nada lineales ni separadas, que lanzar sobre el papel los principales ejes de la economía, lo cual en el proyecto nacional aparece como un ejercicio necesario pero limitado. Debe –quizás– entenderse lo que sigue como un punto de partida, como un estado de situación en un momento dado de la historia argentina; jamás como un comentario, ojalá como una guía, con la esperanza que la reflexión sirva para análisis de los intelectuales e inspiración de los cuadros, tanto como para arsenal de los militantes.

Estrategia económica realista. No debe amedrentar, ni al escribiente ni al lector, hablar de poder. De eso se trata. Cómo se obtiene, cómo se utiliza, qué se hace, son algunos de los elementos que permiten distinguir entre dictaduras y democracias, entre oligarquías y proyectos populares. El sistema de acumulación de poder llama a la estrategia, y de ella nos vamos a ocupar en primer término.
En efecto, la estrategia consiste en la conducción y la realización de un modelo por los mejores medios; recibe su inspiración y sus fines de la política, y se apoya sobre la habilidad táctica. Debe combinar todos los elementos del poder para lograr sus fines y tener una clara noción de la realidad y de la relación de fuerzas que se enfrenta. De lo contrario, podemos naufragar en un idealismo que no es más que considerar las personas y las cosas, así como las relaciones que las regulan, cómo queremos que sean más que cómo son. Es lo que Freud llamaba una ilusión: un error con deseo.
Desde el punto de vista nacional y popular, la elaboración de una estrategia económica debe estar tan alejada de la quimera como del conformismo: hay demasiadas cosas en juego. La enunciación de quimeras pertenece al género de la política o economía-ficción, loable en cuanto aspiración y a veces admirable como literatura, pero ineficaz como concreción; en sentido inverso, proyectar la continuidad lisa y llana de un presente que aún tiene rasgos de injusticia, es prueba de mediocridad, servilismo o complicidad. Ni la quimera ni la continuidad constituyen una estrategia económica aceptable. Con esa perspectiva, la estrategia es la carta de navegación que permite arribar al puerto deseado; pero no sólo es necesario un rumbo, sino también los medios que permitan llegar.
El Proyecto Nacional en ejecución parte de la base de que es posible aplicar una estrategia de defensa del interés nacional y del bienestar popular; no es demagogia ni mitología, sino realismo político. Pretender que se adopten políticas que defiendan los intereses de la Nación y de su población, no representa un desvarío voluntarista. Sólo que para que se realice deben cumplirse varios requisitos.
Una estrategia económica nacional debe comenzar por una estrategia del poder. Para que deje de ser una abstracción académica y se convierta en un instrumento de acción, es indispensable que el gobierno elabore y aplique un Proyecto Nacional y ejerza potestad o influencia sobre ciertas áreas clave de la economía. Las relaciones entre política y economía, en nuestros días, rememoran la polémica clásica del siglo XVII donde brillaron Pascal y Spinoza, acerca de la fuerza y de la justicia. Una justicia sin fuerza es impotente; una fuerza sin justicia es tiránica, decían ellos; un proyecto nacional sin una política económica efectiva no es viable; una economía sin proyecto nacional es la crisis permanente.
El primer ámbito es el de la economía real. En cuanto a su funcionamiento, es indispensable el ejercicio de la potestad estatal sobre los servicios públicos, que implica, según los casos y la evaluación que se haga, mayor supervisión, control, regulación o propiedad. También debe compatibilizarse la acción empresaria extranjera con el interés nacional argentino, mediante políticas crediticias, monetarias, arancelarias, fiscales y de regulación. Al mismo tiempo, el Gobierno Nacional deberá afirmar su autoridad sobre el sector financiero y, en particular, sobre el Banco Central. Ya se realizó una reforma fundamental que fue la estatización del sistema jubilatorio. Estas reformas son las que habilitan la recuperación de un Estado capaz de ser el instrumento de transformación económica.
Es importante aclarar este punto, ya que aquellos que predican “estados mínimos” son los que más introdujeron al Estado en la vida social argentina, ya sea con la violencia sin límites del gobierno militar, ya sea con la aplicación terminal de la convertibilidad. Nosotros consideramos que al carecer los movimientos políticos nacionales y populares de rentas financieras o agrarias propias, ni aceptar ser los socios locales y menores de imperios empresarios, es el Estado el único instrumento de transformación económica que tenemos, así como son las elecciones el único modo de acceso al gobierno político del Estado que deseamos.

Estado y gobierno. En el Proyecto Nacional, encaramos el doble desafío, entonces, de transformar el instrumento de cambio al mismo tiempo que transformamos la sociedad. Debe perfeccionarse su funcionamiento, que adolece de graves deficiencias, sobre todo después de la ola neoliberal (1976-2001). Vemos que no se trata entonces de una situación ideal del Estado, que a todos sirve por igual, sino que en su misma conformación histórica, en sus atribuciones y en sus funciones –y en la modalidad como las ejerce– nos va la política. El Estado siempre interviene, jamás es neutro –jamás lo fue–. Reconocer este hecho no significa partidizarlo, pero tampoco ignorarlo. Con la oleada neoliberal habían desaparecido las empresas públicas y ministerios, como obras públicas o planificación. Sin prospectiva, un Estado (más aún: una empresa) es ciego. En esa acción política de primera magnitud la estrategia es la recuperación de la soberanía, que, a su vez, es posible por el desligamiento del Fondo Monetario Internacional (FMI) realizado en diciembre de 2005, así como por la política de desendeudamiento. El FMI ya no dicta más nuestra política económica.
El Estado tiene como función la salvaguarda de los bienes permanentes de una Nación, que, entre otros, son la defensa de la soberanía nacional, el mantenimiento de la democracia, la vigencia del orden dentro del derecho, el desarrollo económico y la justicia social. A su vez, el Gobierno debe asegurar el cumplimiento de esos objetivos, para lo cual administra y hace política. Más aún: hay que crear política donde antes no la había. Plantear la política es plantear los problemas: ninguna injusticia es más duradera que la que permanece en silencio (de allí la importancia de los medios de comunicación…). Reconocer y resolver un problema no es ser conflictivo, sino ejercer los derechos políticos ciudadanos, desde la militancia, y conducir el Estado en esa dirección cuando se ejerce el liderazgo. Aparicio Saravia decía: “la Patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”.

29/07/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Argentina: Derrota del oficialismo en las elecciones legislativas. El modelo y los modales


10/7/2009

x Jorge Sanmartino

La restauración del reinado del FMI, el retraso salarial, los despidos, serán arduas faenas que ni la oposición ni un futuro gobierno de derechas lograrán fácilmente

Para algunos analistas la gente no votó contra el modelo, sino contra los modales. Sobre esa base, algunos dirigentes del PJ reclaman que se “democratice” el poder con los gobernadores que ganaron. La oposición de derecha afirma que los modales son parte del modelo, aunque ella misma se esconda detrás de las formas para no revelar su contenido. Existe confusión sobre las causas de la derrota.

El ciclo kirchnerista entró en su ocaso desde la crisis de las retenciones y las elecciones del 28 de junio afirmaron y aceleraron la tendencia. Los ganadores que pasaron de pantalla, entre ellas Reuteman, Macri y Cobos, y juegan la del 2011, son todas variantes de derecha. Pero también existió un voto a su izquierda, representado por el de Pino Solanas en Capital, Sabattella en Provincia de Buenos Aires, y la izquierda en tercer lugar. Los próximos dos años serán escenarios de fuertes disputas de poder, de reacomodamientos y de fuertes desafíos para los movimientos populares, en sintonía con la polarización política y la crisis económica que presenciamos en América Latina.

La burguesía nacional y sus mentores

El desgajamiento y la pérdida de poder del elenco de gobierno, comenzó con la crisis del campo. Una derecha dividida, desorientada y debilitada encontró en la burguesía agraria, moderna, dinámica, y fundamental para el tipo de acumulación capitalista vigente, al aportar el grueso de las divisas que ingresan al país, a los voceros más conspicuos para taladrar la muralla que en aquella época, que parece una eternidad, se mostraba inquebrantable. Lo hizo incluso con los métodos de las clases subalternas: con piquetes, manifestaciones masivas, cacerolazos. Ya había dicho hace tiempo el investigador marxista Nicos Poulantzas que las clases sociales no se forman mirándose a sí mismas en el espejo sino en la confrontación, relación y comunicación con las clases enemigas. La burguesía agraria, acompañada por la pequeña burguesía rural, logró desarticular el poder oficial no sólo por los errores del Poder Ejecutivo, no sólo por el papel espectacular, extraordinario de los medios de comunicación (que de ninguna manera se debería subestimar), sino porque constituyen un pilar sobresaliente del tipo de economía exportadora que la Argentina reproduce, al igual que los otros países de la región, como parte de la división internacional del trabajo, en la que participa como exportadora de agroalimentos de bajo valor agregado para mercados como los asiáticos que, a su vez, participan en este mundo globalizado como proveedores industriales de bienes de consumo masivo.

De la soja viven provincias enteras y para el 2010 se prevé que la siempre total del yuyo verde ascienda al 70% de toda la agricultura nacional. Este esquema hace de la Argentina una país económicamente frágil y dependiente y sólo una radical modificación del esquema de poder, de la estrategia política industrial y de servicios, y de una poderosa base social que la sostenga, podría modificar de raíz esta tendencia que el “automatismo económico” del mercado impone por su propia lógica y penetra en los poros más profundos de la sociedad, hasta calar hondo incluso en los valores y el espíritu de una época. La burguesía agraria, si descontamos a ciertos sectores de la banca, y un grupo muy reducido de industrias, como las automotrices, Techint y pocas más, constituyen el factor más dinámico de la burguesía nacional, aquella que el peronismo en el poder se empecinó en levantar de sus cenizas para que eche a andar. La UIA, al denunciar en época de crisis la “chavización” del gobierno, demostró que no aspira ser el “estandarte de la patria” ni el sujeto social de la salvación nacional, como pretendían Néstor y Cristina, sino una capa semi parasitaria que vivió al calor de los subsidios y que exige defender sus posiciones aún a costa de su propio programa.

Porque al exigir hoy una fuerte devaluación del peso (en definitiva ahí radica el núcleo de la disputa y el affaire Chávez), se consideran naturales aliadas de la burguesía agraria para enfrentar juntas las demandas salariales y la caída de las ganancias. Pero los industriales lo hacen a costa de su propio pellejo, pues una fuerte devaluación encarece los precios de los alimentos y disminuye el consumo popular, la esencia de la producción nacional según los mejores manuales peronistas. Pero todo eso es teoría. Es que la Argentina de hoy no es la de los años 70, ni siquiera de los 80. Ahora domina claramente el capital concentrado, orientado a la exportación de la producción y a la explotación de los recursos naturales, como la siderurgia y los alimentos o el petróleo, mientras la producción de bienes de capital sigue siendo marginal.

Fue el poder real, económico, cultural y social que esta burguesía posee la que, junto con las tradiciones políticas de amplios sectores de las clases medias urbanas, le dio un eco decisivo al “reclamo del campo” y la que cimentó el triunfo electoral de todas las variantes que se opusieron a la resolución 125. La burguesía nacional no está muerta, sólo que no es nacional y popular como se la imaginan algunos trasnochados de la morada oficial. El gobierno cayó preso de sus propias contradicciones. Lejos de apostar a medidas radicales para afianzar social, económica y políticamente a su base social popular, apostó por lo que creía eran sus aliados naturales: la burguesía nacional concentrada (agraria e industrial) y el aparato del PJ. Apostó y perdió. Por eso se simplifica demasiado cuando se habla de “lo que se hizo” y “lo que falta”, pues lo que falta no es el producto de una carencia, sino de un exceso, es decir del carácter de clase de toda una política y unos objetivos de colaboración de clases que hoy, mejor dicho, ya en el conflicto con el campo, comienza su eclipse.

El matrimonio presidencial no se parece a Chávez ni a Evo Morales, no posee las cualidades de la “izquierda carnívora”, ni se propuso democratizar la democracia convocando a una asamblea constituyente, a pesar que la derecha aviva el fantasma “populista”. Fue útil a la clase capitalista cuando cumplió el papel de bombero de la crisis social desatada en el 2001, pero inútil como vehículo de sus propios intereses. Se puede objetar que entre el gobierno y la oposición no había discusión de fondo, porque, en última instancia, el kirchnerismo jamás propuso cambios de fondo. Pero en política los matices cuentan, y mucho. No se trata de embellecer o disfrazar a nadie. La feroz disputa que se propusieron las cámaras patronales contra el “neodesarrollismo” oficial, quizá no constituya una “guerra de modelos” (habría primero que ponerse de acuerdo en lo que significa esta palabra tan poco “científica” en las ciencias sociales), pero, cómo llamarlo, si responde a “matices” que a los actores del drama parecían importarles mucho. A confesión de partes revelo de pruebas. Pero, si la burguesía ganó tanta plata durante estos 6 años, ¿por qué motivo “serrucha” el poder del gobierno?, ¿por qué mata a la “gallina de los huevos de oro”? En mi opinión, porque a pesar de todo, no lo sienten como su gobierno. Nunca pudieron entrar a la Casa Rosada desfilando por aquellas alfombras rojas como lo hicieron en épocas doradas. Nunca dejaron de sufrir los arbitrajes del ministerio de Trabajo, que antes era una oficina patronal y ahora había que fatigarla.

En definitiva, tuvieron que negociar con una fuerza sindical a la que se habían desacostumbrado y que creían más muerta que el tiranosaurio rex. Después de más de 15 años de puro capitalismo, después de haberle torcido el brazo a un desahuciado y mendicante Alfonsín, después de haber entregado su alma al diablo y volverse diablo al fin, los capitalistas nativos no soportaron siquiera tibias regulaciones estatales ni suaves distribuciones de renta. Los portavoces del “modelo neodesarrollista” creían en un angelical equilibrio entre las ganancias, las rentas y los ingresos. Qué tiernos. Defendieron, bajo métodos capitalistas, el mandato popular de seguir creando empleos y recuperar, aunque lentamente, el salario, algo que desde comienzos del 2008 se le hizo muy difícil. Algunas de las medidas tomadas fueron un reconocimiento a la exigencia social que encabezaron los piqueteros desde las luchas contra el menemismo. Y las retenciones móviles fueron una de ellas, por los motivos que hayan sido. Por eso fue correcto defender la resolución 125 a pesar de todas las críticas que podía y debía hacerse al elenco presidencial (y por eso fue ¡ay!, tan equivocada la postura de Pino Solanas y Claudio Lozano al votar contra la 125, hecho que quizá, ojalá, hayan meditado y rectificado, aunque no lo digan en público): el más evidente, haber fomentado, él mismo, el modelo de acumulación sojero-petrolero.

Hoy, aquí, se hizo evidente que entre el neodesarrollismo light y pejotizado de la pareja presidencial y la pulsión al beneficio puro y sin mediaciones regulativas de la clase capitalista, había tanta distancia como la que se evidenció en el terremoto político que la Argentina vive desde el voto “no positivo” del teniente general don Cleto Cobos y que dividió, como en la época de Perón, a las mejores familias. No se trató, estoy convencido, de que Néstor Kirchner se haya enredado con el cable del teléfono, ni de que haya “chocado la calesita”. Para una clase capitalista exaltada y acostumbrada a los triunfos, eran más que matices. No discutamos más si fue el modelo o los modales. Los Kirchner creyeron resolver el tema como se hace en la estancia. Se equivocaron, porque quisieron ser capataces cuando debían ser, para el establishment, simples peones. No pudieron ser lo primero y no quisieron ser lo segundo. Y se fueron hundiendo, sin pena ni gloria, llevando con ellos los consejos demodé de un folletito doctrinario que no se consigue ni en las viejas bibliotecas: “La comunidad organizada”.

El consenso y la democracia que pregona la derecha

Un componente cultural indiscutible anida en el rencor de buena parte del establishment y la cúpula del poder social, hasta el lapsus de considerar al elenco dirigente como un reciclado de montoneros trasnochados a los que había, sí o sí, que derrotar. ¿La idea del consenso no comenzará a hacerse presente de nuevo en el pedido de amnistía, para “no avivar los odios del pasado”? El intelectual orgánico de la carpa menemista, pero también de una legión de hombres de la caverna, el Clown Jorge Asís, o el filósofo del golpe militar Mariano Grondona, no pierden un segundo. La simbología derechista es producida en cantidades industriales en la prensa y la web y distribuida y consumida diariamente. Que las clases dominantes no se resignan a perder ni una parcela de su poder, aun incluso bajo los gobiernos más moderados de la región, lo demuestra la sorda lucha de la inmensa mayoría de las corporaciones empresario-mediáticas en todos los países de la región.

En Honduras fue depuesto Zelaya, un liberal que se deslizó peligrosamente hacia el ALBA y comenzó a mirar con cariño a Chávez y sus contratos petroleros, que afectó negocios de empresas como la Shell y ESSO. Fue un golpe apoyado por las corporaciones, la Iglesia, las élites económicas y culturales y la totalidad de los grandes medios de comunicación. Al coro de golpistas se le ha unido la CNN con fervor inusitado. Pero otro tanto ocurre en Venezuela, Bolivia e incluso en Paraguay, Brasil o Ecuador. Los medios de comunicación se han vuelto un arma poderosa de los sectores más reaccionarios y un instrumento de agitación para las elites y las nuevas clases medias altas. Aquí también, el kirchnerismo es víctima de su propio enredo. El proyecto de ley de radiodifusión irritó a los barones de la multimedia, pero llega demasiado tarde, como en aquellas novelas que, para darle dramatismo, el héroe acude a destiempo, y claro, al final el drama se vuelve comedia. Su fuerza parlamentaria quedó irremediablemente menguada y es poco probable que prospere.

Aún así, ni el dinero de De Narváez (que existe), ni la saturación de la corporación mediática (que existe), ni la “traición” (¿traición?) de los intendentes (que parece no existir) explican de por sí una derrota que se veía venir (incluso si Kichner hubiera ganado por poco en Buenos Aires). Prevalecieron, como se viene diciendo, varios factores que lo explican. La batalla ideológica es una, de importancia fundamental, porque la derecha no triunfó sobre un gobierno que hizo de este país un jardín de rosas sino sobre la impotencia y los límites del neodesarrollismo.

La Iglesia, las patronales y la oposición de derecha ganaron a la opinión pública en torno al “consenso”, que se volvió en todo el continente, un eufemismo de la sumisión al status quo neoliberal. Vargas Llosa y toda la runfla reaccionaria del continente vienen machacando contra el “autoritarismo” y la “falta de consenso” de los gobiernos “populistas” como el de Chávez o Evo Morales. A ella se acaba de sumar hace pocos meses nuestra querida burguesía nacional, la que supimos conseguir. Bajo la denuncia de “autoritarismo” las derechas del continente han apelado al golpe militar (Venezuela 2002), al paro petrolero y la asfixia económica (Venezuela 2003 y 2004), al sabotaje autonomista (Bolivia hasta el día de hoy), a la presión política y económica (Ecuador), y al golpe militar (Honduras), con el visto bueno o la indiferencia de las administraciones norteamericanas. Hoy, aquí, no hizo falta. Su triunfo fue haber revestido de manera exitosa el lenguaje de la guerra de clases y la revancha social y política, bajo el suave manto de la “libertad de expresión”, la “democracia” y el “consenso”.

El paro agrario y el corte de rutas, la presión económica de la UIA a favor de la devaluación, la campaña permanente de los medios de comunicación, la espoliación demagógica de mayor seguridad, fueron utilizados en los dos últimos años bajo la impronta de la “institucionalidad”, el “diálogo” y en “repudio a la soberbia”. A falta de una defensa digna de ese nombre, la derecha cosechó a favor de su discurso más del 60% de las opiniones. El resultado electoral no hace más que certificar un hecho. Ganaron la batalla porque las armas del gobierno fueron pálidos recuerdos de “un tiempo mejor”, destellos apenas poetizados de “un país feliz” con “empresarios nacionales” como “Don Carlo” y trabajadores orgullosos a imagen de Moyano.

Para poder neutralizar el vendaval de la derecha, hacía falta una movilización social y política de grandes mayorías populares que el kirchnerismo, convocado para poner orden y pacificar el país, nunca incentivó. Al sacar al movimiento popular de la calle, selló al mismo tiempo su propia suerte. El mito de la “falta de consenso”, basado en una campaña “republicana” inclusos por aquellos que siguen hoy alabando a Onganía o defendiendo al menemismo, o que pedían hasta hace poco tiempo mano dura contra los piqueteros, ha derramado su ideología incluso entre los sectores populares del conurbano. El decisionismo kirchnerista (en verdad un pálido e irreconocible boceto de lo que entendía Carl Schmitt) fue lindo para sacar a la gente de la calle y poner orden en el país, pero es horrorosamente autoritario para establecer impuestos sobre la renta extraordinaria…

La parodia del pan radicalismo y del PRO fue eficaz en franjas pobres porque el declive de los índices económicos desde principios del 2008 comenzó a sentirse en el bolsillo de los sectores más humildes. Quizá no de los asalariados formales y sindicalizados, que votaron masivamente al gobierno, pero sí entre los sectores más desprotegidos.

La recomposición del radicalismo luego del desastre de De La Rua, el triunfo de todas las vertientes pro ruralistas del peronismo y de la “nueva política” de Francisco billetera De Narváez, constituyen un triunfo, mediado, no conclusivo, relativizado, pero triunfo al fin de una derecha revanchista, antipopular, que intentará revertir las pocas conquistas democráticas, sociales y políticas que se han logrado desde el 2001 a esta parte. Pero una cosas es querer y otra poder. Es dudoso que amplios sectores populares hayan votado un programa conservador a conciencia. Se trató, para ellos, más de modales que de modelo. La restauración del reinado del FMI, el ajuste fiscal, el retraso salarial, los despidos, el aumento de los precios a consecuencia de la eliminación de las retenciones, serán arduas faenas que ni las bancadas de la oposición ni un futuro gobierno de derechas lograrán fácilmente. Por algo hablaron más de los modales que del modelo, y en ese acto de deliberado ocultamiento está el homenaje que el vicio le rinde a la virtud.

[*] Sociólogo, integrante del EDI (Economistas de Izquierda), de la Asociación Gramsciana y de la Corriente Praxis.


La Haine

10/07/2009 Posted by | Uncategorized | , , , , | Deja un comentario

La hora de los movimientos populares


jueves 26 de marzo de 2009

movpopu

Ángel Guerra Cabrera (especial para ARGENPRESS.info)

La nave del capitalismo marcha ciegamente hacia el naufragio sin que sus tripulantes atinen a sortear los escollos de sus contradicciones más allá de las recetas clásicas, que ya no funcionan. Producen vértigo las cifras de dinero inyectadas al sistema financiero de las economías centrales, conducentes a un despojo inaudito de grandes contingentes humanos pero incapaces hasta ahora de reanimar al paciente.

El crédito no fluye, continúan las quiebras, el desempleo bate marcas, mientras millones pierden el techo, carecen de atención médica y ven evaporarse sus fondos de retiro. Es más, los vaticinios de los economistas serios del sistema, con apenas presencia, por cierto, en sus medios masivos, auguran el fracaso de los planes de rescate de la administración Obama y sus pares europeos por considerarlos tibios, no encaminados a la raíz de los problemas y probablemente llamados a profundizar la crisis económica. Por cada mes perdido en tomar las medidas necesarias, advierte el Nobel Paul Krugman, se pierden 600 000 puestos de trabajo sólo en Estados Unidos.

No hay que ser economista para comprender las desastrosas consecuencias de la severa contracción de las principales economías capitalistas y su impacto sobre los países subdesarrollados, incluidos, por supuesto, los latinoamericanos, dependientes de aquellas. En su último reporte, el Banco Mundial y el FMI, que han ajustado varias veces a la baja sus estimaciones, anuncian que en 2009 el PIB de América Latina y el Caribe caerá hasta en 2 por ciento, ocasionando seis millones más de pobres y casi tres millones más de desempleados. Las vitales remesas caen, como también la inversión extranjera y los precios de las materias primas, que aportan dos tercios de los ingresos por exportaciones. Esta tragedia se suma a la ya crítica situación creada por las políticas neoliberales: una agricultura desprotegida y arrasada para dedicarla a la exportación o a los agrocombustibles, una industria desmantelada y un tejido social desgarrado por la emigración masiva, el trabajo precario e informal, pobreza, miseria, depredación ecológica y redes de protección social pulverizadas, todo en nombre del dios mercado.

La OIT, el Banco Mundial y el FMI prevén la perdida de los modestos avances logrados en el abatimiento de la pobreza y el desempleo gracias a la subida de precios de las materias primas de los últimos cinco años, ahora derrumbados. De la reunión del G20 no puede esperarse nada favorable a los pueblos puesto que allí llevarán la batuta sus mismos verdugos, los salvadores de las grandes corporaciones. No he leído un trabajo de un solo investigador respetable que comparta el optimista vaticinio de una recuperación económica en 2010 anunciada por algunos banqueros centrales.

Pero si en algún momento se reanudara el crecimiento, será a costa de una concentración oligopólica de capitales sin precedente, de nuevos Irak, Afganistán y Palestina; de la criminalización de la protesta social y el pensamiento alternativo en sociedades militarizadas, de la superexplotación y el sufrimiento sin par de las grandes mayorías. Continuaría el derroche de recursos, la depredación ecológica y el patrón energético contaminante que arrastran a la extinción de nuestra especie en fecha no lejana.

Es la hora de que los movimientos populares se fortalezcan, adopten estrategias novedosas y alianzas amplias y flexibles, de hacer pedagogía política con los tangibles efectos de la crisis en círculos de estudio de base. En ellos es muy útil discutir los problemas cotidianos y relacionarlos con todo el entramado de la dominación capitalista y de la crisis para elaborar planes de trasformación social.

Es la hora de la solidaridad planetaria urgente y en ninguna parte del mundo como en América Latina y el Caribe existe una experiencia política acumulada para proponerse proyectos antineoliberales y anticapitalistas a escala local, nacional e internacional. Del Bravo a la Patagonia, además de un conjunto único de gobiernos populares y progresistas, existen fuerzas fogueadas ya en la lucha de trabajadores, indígenas, campesinos, mujeres, estudiantes, pequeños empresarios, profesionistas y desempleados, que podrían dar un memorable ejemplo a sus hermanos de otras latitudes de unidad y organización desde abajo en la lucha por la liberación, la democracia radical y el socialismo. Mañana será tarde.

Publicado por ARGENPRESS

27/03/2009 Posted by | Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , , , | Deja un comentario