America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Diego: “Por las Abuelas, todo”


Domingo 6 de Junio de 2010.

Estela de Carlotto

Por: Eduardo Anguita

eanguita@miradasalsur.com

Estela de Carlotto llegará a Johannesburgo el domingo 13, un día después del partido con Nigeria. Se verá con Desmond Tutú y quizás con Mandela. Visitará a la Selección Argentina.

Diego Maradona tenía 17 años en el Mundial 78 y, aunque no pudo jugar aquella vez, supo años después lo que había sido el pacto de sangre por silencio de los grandes grupos editoriales con la dictadura militar. Estela Barnes de Carlotto tenía por entonces 47 y hacía meses que casi no podía dormir: meses antes de que se viviera la euforia de la copa del mundo, su hija Laura había sido secuestrada en La Plata en noviembre de 1977. Con los años, el Equipo Argentino de Antropología Forense pudo identificar sus restos tras haber sido torturada en el centro clandestino de detención La Cacha y también pudo confirmar que los asesinos esperaron a que Laura tuviera a su hijo para matarla. En 1980, Estela viajó a Brasil junto a otros familiares de desaparecidos en oportunidad de la visita del papa Juan Pablo II a ese país. Allí conoció a Alcira Ríos, una abogada que había sobrevivido a los tormentos en La Cacha, que vivía fuera del país y con el retorno de la democracia fue durante años abogada de Abuelas. Alcira, en aquel primer encuentro con Estela, creía que Laura también había sobrevivido. Fue Estela quien le confirmó que no sabía nada sobre su paradero.
Pasados unos años más, en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, los antropólogos lograron identificar los restos de Laura y con la ayuda de un gran científico norteamericano, Clide Snow, pudieron determinar el momento exacto del asesinato de Laura y también del nacimiento de su hijo al que había bautizado Guido, al igual que su padre, un hombre extraordinario que pasó su vida junto a Estela y sus otros tres hijos. Laura había tenido su parto el 26 de junio de 1978, un día después exactamente de que la Selección argentina ganara la final con Holanda. Los encargados del campo de concentración la dejaron vivir un mes más y la asesinaron. Desde entonces, Estela no sólo busca a Guido sino que se convirtió en la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Snow pudo obtener información de restos de la pelvis de Laura. El científico, con un humanismo impresionante, le dijo a Estela: “Los huesos de Laura nos hablan”.
Es difícil ponerse en el lugar de una mujer, madre y abuela a la vez, que confirma lo peor y se queda con lo mejor. Pudo enterrar los restos de Laura y consagrarse no sólo a la búsqueda de Guido sino que, con su personalidad tan amorosa como determinada, ayudó a la restitución de identidad de muchísimos otros nietos. Por estos días, Estela es la figura viva que, junto a otras tantas abuelas, constituyen el orgullo argentino de que el próximo Premio Nobel de la Paz 2010 puede ser para este ejemplo extraordinario de lucha por los derechos humanos.

Diego y Estela. Por el tiempo en que Estela confirmaba que debía buscar a Guido, Diego Maradona era el mejor jugador de fútbol de mundo y era el capitán de la Selección que ganaba el Mundial de México. Con los años y las alternativas vividas, el Diez mostró un compromiso sincero con las causas populares. Hace un tiempo, algunos allegados a Estela y amigos de Diego le hicieron llegar la idea de que la Selección Nacional tuviera un cartel de apoyo a la candidatura de Abuelas al Nobel, no dudó un instante: “Por las Abuelas de Plaza de Mayo, todo”. El crack lleva en su ADN no sólo una precisión inexplicable sobre el fútbol sino un compromiso con las causas justas a toda prueba. Así, el 24 de mayo se estrenó ese cartel. Fue durante el amistoso Argentina-Canadá jugado en el Monumental, en el marco de los festejos del Bicentenario. El cartel está ahora en el lugar de la concentración del equipo nacional.
Un viaje hacia el pasado puede resultar vertiginoso: en 1978, a metros del Monumental, estaba la Esma, uno de los campos de concentración más crueles de la dictadura. Treinta y dos años después, la selección está en el país que logró vencer el régimen racista donde iban de cacería José Martínez de Hoz y Albano Harguindeguy y tienen el cartel de las Abuelas. Además, esos dos cazadores y pilares del período más negro de la historia argentina, están presos a disposición de jueces de la Constitución.
El próximo 30 de octubre, Diego cumplirá 50 años. Unos días antes, el 22 más precisamente, Estela soplará 80 velitas. Mucho antes de esto, Diego y Estela se verán en Johannesburgo. Será el domingo 13, un día después del partido de la selección argentina contra su par nigeriana. Ese mismo domingo, Estela participará de la inauguración del stand que la Argentina, al igual que el resto de las naciones que juegan el Mundial, tendrá en la ciudad epicentro del torneo. El lunes 14, Estela firmará un acuerdo de cooperación con organismos defensores de derechos humanos sudafricanos y se reunirá con dirigentes de la Fundación Nelson Mandela. El martes 15, Estela verá al obispo Desmond Tutu, una de las figuras centrales de la llegada del fin del esclavismo en Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz 1984. Ese mismo día, Estela visitará el memorial a los jóvenes estudiantes asesinados en Soweto en 1976. Esa ciudad era un inmenso gueto donde los sudafricanos negros podían vivir segregados de Johannesburgo. Debe su nombre al desprecio racista: S.W.T. son las siglas en inglés de South West Town, que significa al sudoeste de la ciudad, porque efectivamente el sistema racista la había enclavado a 25 kilómetros de “la ciudad”. Allí vivían –y viven– cerca de un millón de personas. Los racistas consideraban que, a esa distancia, estaban lo suficientemente lejos como para no contaminar “la ciudad” y lo suficientemente cerca como para trasladarse y trabajar sin derechos y por casi nada. Además, los racistas obligaban a los chicos a estudiar en afrikáans, el idioma de los boers, constituida en una raza superior designada por ellos mismos. En 1976, las protestas estudiantiles reclamando estudiar en sus propios idiomas terminaron en un baño de sangre. Las placas de bronce de las víctimas son difíciles de ver sin estallar en llanto. Están los nombres de los chicos y al lado las fechas de nacimiento y de muerte. La mayoría tenía entre 13 y 16 años al momento de ser asesinados por la policía racista.
Es probable que Estela pueda visitar a Nelson Mandela. Depende del estado de salud de ese hombre que es, además, la expresión viva de que los seres humanos pueden ser mejores que cualquier imagen deificada. Mandela cumplirá el próximo 18 de julio, una semana después de que termine el mundial, 92 años. Tras 27 años de cárcel, condujo al país a un sistema integrado de razas, creencias e ideas políticas. En 1993 fue consagrado Premio Nobel de la Paz y un año después era el presidente de todos los sudafricanos. Hoy es el custodio de esa increíble integración racial. En 1995, apenas a un año de asumir la presidencia, le tocó pilotear otro mundial, el de rugby, que en aquella Sudáfrica era el deporte de los blancos. Su gran capacidad le permitió franquearse la amistad de los jugadores, especialmente la del capitán del equipo, François Piennar, quien había sido educado en el apartheid y a quien la historia le regaló ese momento histórico porque su equipo se consagraba campeón. Piennar dijo entonces que el jugador decisivo para ganar la final contra los poderosos All Blacks de Nueva Zelanda había sido Nelson Mandela, quien vestía la camiseta sudafricana y, con mucha discreción, visitaba las concentraciones previas a los partidos. Quien está atento a la posible visita de Estela a Mandela es Diego. Desde ya, el Diez no quiere quedarse fuera de esa reunión.
i el genial Julio Cortázar, tan comprometido con los derechos humanos, hubiera estado vivo con la oportunidad de buscarle un título al relato de ese encuentro sin duda habría puesto: “Estela, Diego y Nelson, enormísimos cronopios”

Diagonales

Miradas al Sur

08/06/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Nelson Mandela, 46664 Pájaros de libertad


Cristina Castello

En el atardecer del 2 de febrero de 1990, pudo respirar de nuevo a corazón abierto, después de haber sufrido 27 años de cárcel, acusado de ser Inocente. Nelson Mandela comenzó por tratar de cambiar su aldea para poder cambiar el mundo (Gandhi dixit). Había empeñado su vida en la lucha contra el apartheid, que segregaba a la población negra de Sudáfrica y la obligaba a vivir de manera infrahumana. Por cierto que para aquel régimen discriminatorio esto fue suficiente para considerarlo un «terrorista».

La respuesta del gobierno sudafricano ―hambriento de injusticia y de la mano de la CIA yanqui― al intento ininterrumpido y heroico de terminar con la exclusión, fue una cifra. Una cifra atroz.

46664.

46664 fue el número de prisionero que selló a Mandela tras las rejas, primero en la mazmorra de Robben Island y luego en la de Pollsmoor.

Pero también fueron 46664 las palomas que surcaron el cielo hace veinte años, el día de la liberación del pájaro de la libertad, el 2 de febrero de 1990.

Mandela había abierto sus ojos a la vida el 18 de julio de 1918 en Umtata, Sudáfrica, hijo del jefe de la tribu de los Tembu, quien lo bautizó Rolihlahla. Después de la educación primaria en una escuela de misioneros británicos, hizo el bachillerato en artes y luego la carrera de abogado. A los 24 años se inició en la política, durante su tiempo estudiantil en Johannesburgo y se incorporó al Congreso Nacional Africano. (ANC). Desde allí, con otros jóvenes, se dio a la tarea de rescatar de la exclusión a millones de trabajadores casi esclavos, a campesinos de zonas rurales y a profesionales.

Portar sangre negra en las venas, era ―y es, aún― un estigma y una condena, para un mundo sin piedad. Pero nuestro hombre soñaba con la emancipación.

Mandela ama la música de Händel y de Tchaikovski y su vida inspiró a no pocos músicos, que convirtieron su itinerario de piel negra y albas interiores, en canción. Él ama la escritura, los libros y el cine: su propia historia fue llevada a la pantalla, en «Invictus», flamante filme de Clint Eastwood, protagonizado por Morgan Freeman y Matt Damon. Ama los atardeceres, amó a sus tres esposas, con la última de las cuales ― Graça Machel― se casó cuando tenía 80 años. «Quiero al ser humano. Es un símbolo, no un santo», dijo ella de su marido.

Sí. Mandela es un ícono de la paz y de la entereza para enfrentar la adversidad, y un emblema de la resistencia ante la menor posibilidad de renunciar a sus principios, aunque eso lo haya sumido en más y más años de prisión.

Pájaros del amor

«En prisión uno está frente a frente con el paso del tiempo. No hay nada más aterrador», había escrito Mandela en su celda, que es hoy un sitio de atracción turística. ¿El morbo no tiene límites, como parece tenerlos la memoria?

Después de los primeros años de prisión, nuestro hombre no era para los jóvenes, más que una referencia, un recuerdo vago, sólo una mención. La conciencia pública no guardaba con interés su nombre ni su lucha: era un candidato para el olvido. Pero estaba Winnie.

Winnie fue su segunda esposa, después de Evelyn ―su amor de juventud― con la cual estuvo casado en el período 1944-1950 y con quien tuvo cuatro hijos. A Winnie, una trabajadora social ―un huracán de pasión― la desposó en 1958 y la pareja tuvo dos bebés.

Inteligente, bella, infatigable, tomó la antorcha, a pesar del odio y las persecuciones de la policía. Fue varias veces arrestada, se convirtió en un símbolo de la resistencia y fue conocida entre la población negra, como Madre de la Nación. Fue tal su fuerza y tan potentes sus convicciones que, con el tiempo, surgió como una figura en sí misma, más allá de Mandela.

Se separaron en 1996. La pasionaria sudafricana se habría rodeado de un grupo violento, en resistencia por la cárcel de su amado, y por las masacres con que el Poder causaba millares de muertos; la cometida en Soweto, es un «ejemplo» del horror que el hombre puede causar al hombre.

El grupo de Winnie fue implicado en acusaciones de asesinato, secuestro y violación; y ella misma, en 1991 fue juzgada por el supuesto asesinato de un escolar. No fue condenada. El hombre de los pájaros de libertad la acompañó en todo momento, pero luego ambos anunciaron el fin del matrimonio. Fue entonces Zinzi, una de las hijas el matrimonio, quien escoltó y representó muchas veces a su padre en el extranjero. Él había sido elegido presidente de su país en 1994, cargo que mantuvo hasta 1999.

Pájaro de la paz

«Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática, en la que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal para el que he vivido. Es un ideal por el que espero vivir, y si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir».

Con esta declaración de principios, Nelson Mandela cerró su alegato ante la justicia en 1961. Las supuestas «causas» de su detención y acusación de alta traición, había sido su resistencia frente al apartheid. Con aquellas palabras, desafiaba al Tribunal a condenarlo a la pena de muerte. El público lloraba en los palcos; las Naciones Unidas habían impuesto sanciones contra Sudáfrica y la resistencia contra la ignominia era cada vez mayor, pero el líder sostuvo en palabras la actitud de toda una vida, con la serenidad de la verdad, con esos valores que lo mantuvieron erguido, cuando todo zozobraba.

Y siguió ese camino. En 1985, cuando llevaba 25 años de cárcel, resultaba una molestia para el gobierno sudafricano, a causa de la presión internacional. Entonces, le ofreció la liberación, con ciertas condiciones. Entonces, Mandela ―a través de una carta que leyó su hija Zini― esgrimió de nuevo su esencia incorruptible. Rechazó dejar las rejas, hasta que toda la población negra alcanzara sus derechos.

Fue una conducta que le valió cinco años más de prisión. En 1988, en el estadio Wembley de Londres, miles más miles de personas celebraron su setenta cumpleaños, en un concierto que vieron millones de personas en todo el mundo. «Te saludamos Nelson Mandela. Y queremos verte a ti y a los otros prisioneros políticos en libertad», bramó la voz del cantante Harry Belafonte y su voz estremeció al Poder.

El día del vuelo de las 46664 palomas, cuando las calles recuperaron los pasos del hombre de piel azabache para transitar la libertad, él habló de reconciliación. ¿Reconciliación con el opresor? Mandela explicó la necesidad de evitar una masacre: «si no, la única sangre que correría sería la del hombre negro», sentenció.

Es curioso, el líder había dicho siempre que el enemigo era la supremacía blanca y, sin embargo, hasta el blanquísimo ex-presidente Pik W. Botha, uno de los responsables de sus 27 años de cárcel, pensó que su víctima era la única esperanza hacia una salida pacífica.

En 1948, el Partido Nacional había ganado las elecciones, donde sólo los blancos tenían permitido votar, y empezó a instalar el apartheid. Y casi hasta los finales del siglo XX, el Poder en Sudáfrica provino de ese partido y de la Iglesia Reformista Holandesa. En aquel año, entre otros códigos que deberían ser extraños a la naturaleza humana, se establecieron una serie de normas, como la Ley de Clasificación Racial, la Ley de Matrimonios mixtos, que prohibía las uniones entre personas de diferentes razas y la Ley de Áreas, que confinaba a los negros a vivir en zonas delimitadas.

Por cierto, estos horrores no existen ya, en la evidencia cotidiana, sino disfrazados de democracia; y hay otros horrores: siempre hay más. ¿Pudo Mandela cambiar su aldea, su África del Sud? ¿La idea de reconciliación fue una idea o es una realidad? Todo parece indicar que fue sólo un sueño.

Este hombre ejemplar dejó un surco; él es una huella y una antorcha, pero la historia enseña que tratar de negociar con el enemigo en el Poder, aunque sea con la más sana intención, sólo lleva al influencismo. A creer que, dentro de las filas del enemigo, se podrá influenciar, sin pensar que siempre es el enemigo quien decide sobre la vida de las personas. Hoy gobierna Jacob Zuma, negro y en representación de negros y mestizos. Pero, ¿gobierna para los excluidos, por la justicia y la igualdad, tan caros a Mandela?

¿Pájaros libres?

En 2004 Nelson Mandela se retiró de la vida pública. «No me llamen, yo los llamaré», dijo. De cualquier manera, continúa trabajando por la paz, como gran estadista y se dedica muy especialmente a combatir el SIDA, desde hace mucho; su hijo ― Makgatho― murió a causa de esa enfermedad en 2005, a los 54 años, y son más del 20% las personas que la padecen en las tierras sudafricanas.

Hoy, a pesar del sacrificio de 27 años de prisión de Mandiba― así lo llaman, con ese título honorario que daban los ancianos de su tribu― el dolor recorre los senderos de su país. La pobreza aumenta en progresión geométrica, según las cifras oficiales hay un 26% de desempleados, que en realidad es del 40%. La lucha contra el apartheid parecía ganada y, de hecho, el apartheid no existe en lo formal; y los adeptos al gobierno, y en particular el Partido Comunista, afirman que están dispuestos a «matar o morir» por Zuma.

En los hechos, la clase dirigente es la misma del capitalismo del apartheid. Un hombre de raza negra gobierna, sí. Pero sigue tutelando a una minoría. Más del 43% de la población vive con menos de 22 euros por mes; y ya desde 1994 las tierras están distribuidas con cifras que cuentan la verdadera historia: el 3,6 por ciento de ellas es para los negros; y más del 80% para los blancos.

Para mantener el sistema, estas políticas aseguran la perpetuación del capitalismo del apartheid. Dicho sin máscara: garantizan la súper explotación de la población negra y refuerzan los obstáculos para la constitución de una nación unida y soberana.

9855 días de `prisión, 27 años de 46669 pájaros sin libertad. Y ahora, ¿qué?

El carnaval del mundo engaña tanto….*

*Juan de Dios Peza

Cristina Castello es poeta y periodista, bilingüe (español-francés) y vive entre Buenos Aires y París.

Argenpress cultural

14/02/2010 Posted by | General, Historia, Politica Internacional, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , | 2 comentarios

El sueño indestructible de un mundo mejor


25-07-2009

Alain Gresh

Le Monde diplomatique

Traducido para Rebelión por Caty R.

El fondo del aire es rojo (1). Durante dos decenios, desde las sierras de América Latina a los arrozales de Asia, pasando por las montañas del norte de África, el mismo huracán parecía llevarse el viejo orden colonial y la dominación económica del Norte. En 1956, con una carcajada épica, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser anunciaba la nacionalización de la Compañía del Canal de Suez. En Los Aures (montes del este del Atlas, N. de T.), los independentistas argelinos se levantaban para acabar con el estatuto de «departamento francés» impuesto a Argelia. Después de su triunfo en La Habana, Ernesto Che Guevara, el «guerrillero heroico», partía hacia otros combates antiimperialistas, del Congo a Bolivia. En Indochina, el pueblo vietnamita resistía a los bombardeos masivos del «bastión del mundo libre». En las lejanas montañas de Dhofar de la península Arábiga, los insurgentes liberaban a las tribus y a las mujeres de una opresión milenaria bajo la bandera del marxismo-leninismo.

En el mismo corazón de Europa y Estados Unidos, estudiantes y obreros se rebelaban contra el viejo mundo en nombre de un socialismo renovado. Reunidos en 1973 en Argel, los líderes de los países no alineados anunciaban su voluntad de instaurar un «nuevo orden económico internacional» basado en la recuperación de sus riquezas naturales, y los Estados petroleros daban ejemplo con la nacionalización del oro negro. «The times they are A-changin» (Los tiempos están cambiando), cantaba Bob Dylan…

La percepción de las elecciones como un instrumento de dominación

Apuntalados por el apoyo de la URSS, esos movimientos, muy diferentes entre sí, también denunciaban la burocratización del poder en Moscú, su escasa militancia o su elección de la «coexistencia pacífica» con Washington que asimilaban a la defensa del statu quo. Sin embargo, más allá de su diversidad, todos se proclamaban revolucionarios. Querían derrocar el viejo orden social, interno e internacional, por todos los medios, incluida la violencia armada o el golpe de Estado. Se despreciaban las «democracias burguesas» y las elecciones se percibían como una herramienta de dominación de los opresores.

Nadie ha expresado mejor la esencia de esa época que Jean-Paul Sartre. En su famoso prólogo de 1961 (2) del libro de Frantz Fanon Los condenados de la tierra, escribía que la violencia del colonizado «No es una absurda tempestad ni la resurrección de instintos salvajes, ni siquiera un efecto del resentimiento: es el propio hombre que se recompone (…). El colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono por las armas». Y el filósofo añadía que ese «hijo de la violencia» saca «en ella a cada momento su humanidad: nosotros nos hicimos hombres a su costa, él se hace hombre a costa nuestra. Otro hombre mejor».

Veinte, treinta años después, ese discurso se volvió inaudible, la más mínima esperanza de un cambio del orden social se resumía como una voluntad totalitaria, el ideal de igualdad se identificaba con el archipiélago Gulag. Por todas partes asistimos al triunfo del dinero y el individualismo. Estamos «condenados a vivir, según la expresión del historiador francés François Furet, en el mundo en el que vivimos», a no soñar más con los Lendemains qui chantent («mañanas que cantan», título de la autobiografía de Gabriel Péri, héroe de la resistencia francesa fusilado por los alemanes, N. de T.). Y si nos asalta la mala conciencia por la miseria que persiste, podemos unirnos a los paladines del humanitarismo dispuestos a aliviar a las víctimas de las catástrofes, de las guerras, de las dictaduras, como las señoras caritativas de antaño que consolaban a los pobres manteniéndolos siempre al resguardo de la propaganda de los «rojos». Los Médicos sin Fronteras han reemplazado a las Brigadas Internacionales, la caridad ha sustituido a la solidaridad. En cuanto a la utilización de la violencia, está totalmente desacreditada, reducida al terrorismo; sólo la violencia estatal de Occidente conserva su legitimidad.

¿Cómo es posible que semejante revolución –mejor dicho, contrarrevolución- haya sido posible en un lapso de tiempo tan corto? Han contribuido varios factores. Lejos de salir totalmente debilitado por su derrota en Indochina, Estados Unidos consiguió una recuperación tanto más espectacular porque la Unión Soviética se hundía en un interminable estancamiento político, cultural e ideológico, del que da testimonio, en 1968, el aplastamiento de «La Primavera de Praga» y de la esperanza de «un socialismo con rostro humano». Con una batalla en todos los frentes, Washington consiguió imponer un orden económico difundido por las instituciones financieras mundiales, desacreditar el «modelo socialista», agotar a la URSS en los dudosos combates en Afganistán o en la carrera armamentista, y asegurarse la colaboración de las nuevas élites surgidas de la lucha anticolonial.

Pero esta contrarrevolución también nació de un desencanto proporcional a las esperanzas mesiánicas del nacimiento del «hombre nuevo» que Sartre había deseado. Ciertamente Fanon, entre otros, había dado la voz de alarma sobre el riesgo de la usurpación de la revolución y denunció a los que cubrían sus pieles negras con máscaras blancas. Pero la realidad superó sus peores pesadillas. Las élites que se habían declarado dentro del «socialismo científico», desde Etiopía a Angola pasando por Congo Brazzaville, se reclasificaron sin remordimientos junto al orden liberal y capitalista. Por todas partes se crearon nuevas clases, a veces tan rapaces como los antiguos colonos.

En el terreno político, el descrédito de la «democracia burguesa» desembocó en una democracia que de popular sólo tenía el nombre y cuya única «justificación» era el probado carácter dictatorial de los países aliados de Occidente, desde Indonesia al Zaire. La larga lucha armada no sólo no desembocó en la derrota del enemigo –y de sus numerosos aliados de los sectores coloniales cultos-. Además contribuyó a silenciar todas las voces disidentes: cualquier crítica se asimilaba a la traición en tiempos de guerra.

En Argelia, el Frente de Liberación Nacional (FLN) procedió a la eliminación no sólo de las fuerzas exteriores, sino también de todos los opositores internos, incluso de la organización. Esos métodos autoritarios se prolongaron mucho más allá de la independencia. En América Latina, la instauración de salvajes dictaduras militares en los años 70 demostró que la «democracia burguesa» y las «libertades formales» también tenían algunas ventajas, lo que ya sospechaban los pueblos de la Europa del Este.

La desaparición de la URSS y el «campo socialista», el triunfo del liberalismo, la dominación exclusiva del Norte sobre el orden internacional, el recurso a las elecciones más o menos libres, desde Europa del Este a América Latina pasando por África, parecían inaugurar una nueva era. Los Objetivos del Milenio para el Desarrollo, adoptados por las Naciones Unidas en el año 2000, manifestaban una promesa de reducción de la pobreza, de ampliación del acceso a la educación y la sanidad, de igualdad de los sexos.

En ese contexto nuevo, las fuerzas revolucionarias debieron revisar sus discursos, sus estrategias y sus prácticas. Puesto que la mitología de la lucha armada («Crear dos, tres… numerosos Vietnam», lanzó el Che Guevara) revelaba también un romanticismo abstracto. Sólo después de múltiples debates internos, el Partido de los Trabajadores vietnamitas en Hanoi decidió, a finales de 1963, responder por la vía militar, en el sur del país, a la escalada estadounidense, consciente del precio que debería pagar su pueblo por aquella elección (3).

Al reflexionar sobre la experiencia pasada, Nelson Mandela aceptó entablar un diálogo con el poder en Sudáfrica y favorecer un compromiso que garantizase suficientemente los derechos de los blancos para evitar el éxodo que habían conocido Angola, Mozambique e igualmente, aunque en condiciones muy distintas, Argelia –y también para responder a las exigencias de las potencias occidentales que acaparaban totalmente el escenario económico a principios de los años 90-. Ese acuerdo tenía un precio: la lucha contra las profundas desigualdades sociales, que afectan en primer lugar a los negros, pasó a un segundo plano.

El subcomandante Marcos, en Chiapas, criticó la apología de la «violencia revolucionaria» que había dominado en los años 70: «Nosotros no queremos imponer nuestras soluciones por la fuerza, queremos la creación de un espacio democrático. Contemplamos las luchas armadas no en el sentido clásico de las guerrillas anteriores, es decir, como única vía y única verdad todopoderosa alrededor de la cual todo se organiza. Lo que es decisivo en una guerra no es el enfrentamiento militar sino la política que está en juego en ese enfrentamiento. No fuimos a la guerra para matar o que nos maten. Fuimos a la guerra para que nos escuchen (4)». Pero la revolución zapatista todavía sigue más en un estado potencial que de realidad.

Por otra parte, las luchas armadas se extinguieron con el fin de la Guerra Fría, bien sea en Centroamérica o en Irlanda del Norte. Incluso en Palestina, los Acuerdos de Oslo de 1993 parecían abrir por fin el camino de la paz. Permanecieron algunos residuos en Sri Lanka o en el País Vasco español, «modelos» muy poco atractivos para la mayoría de las fuerzas revolucionarias.

Sin embargo, todas las ilusiones sobre el «fin de la historia», la extinción de las desigualdades y la miseria, el nuevo orden mundial internacional, se borraron ante el fracaso de los políticos liberales y las aventuradas estrategias de Estados Unidos. La afirmación de China y la India en el escenario internacional abrió márgenes de maniobra a los países del Sur. De nuevo se plantea el problema del «cambio» del orden social interno y del orden político internacional, incluso si éste ya no lleva el nombre de «socialismo científico», sino una mezcla explosiva de esperanzas milenarias, de afirmaciones de nacionalismos culturales y políticos, de un nacionalismo cultural y político, de igualitarismo basado en las tradiciones indígenas o religiosas.

El descrédito golpea a la violencia armada

América Latina, que ha padecido durante muchos años la «medicina» liberal, ha inaugurado esta nueva etapa con la llegada al poder de movimientos decididos a transformar profundamente la situación y dar pan a los más pobres y a los excluidos, en primer lugar a los indios. Y el enfrentamiento directo con los poderes establecidos se hace respetando el veredicto de las urnas. La violencia armada ya no está en el orden del día.

En Oriente Próximo se trata menos del cuestionamiento del orden social que de la intervención militar extranjera, en primer lugar la de Washington. La lucha armada, que a menudo se lleva a cabo en nombre del Islam, bien sea por Hamás o por Hezbolá, y ampliamente apoyada por las opiniones públicas, tiene éxito. En cambio Al Qaeda, red internacional sin implantación local, sólo debe su relativa popularidad a su capacidad de «llevar el golpe» a Estados Unidos. En Asia, finalmente, la protesta por las desigualdades se combina, a veces de manera contradictoria, con una capacidad de los gobernantes de movilizar a sus opiniones en torno a la defensa de una soberanía escarnecida durante mucho tiempo y a un nuevo cuestionamiento del orden internacional.

Más allá de la diversidad de las situaciones, está claro que el período de «estabilidad» que prevaleció durante los 90 y principios de los años 2000 se acaba. Es difícil saber hacia qué revoluciones nos dirigimos; pero, a pesar de todo, el sueño de un mundo mejor, un sueño tan antiguo como la humanidad, pero cuyos contornos son profundamente diferentes a los de los años 60, está de vuelta…

(1) Chris Marker, Le fond de l’air est rouge, documental, 240 minutos, 1977.

(2) Revisión de Jean-Paul Sartre, Situations V. Colonialisme et néo-colonialisme, Gallimard, París, 1964.

(3) William J. Duiker, Ho Chi Minh A Life, Hyperion, Nueva York, 2001, especialmente la página 534 y siguientes.

(4) «Entrevista a Marcos» por los enviados de La Jornada, 4-7 de febrero de 1994. http://palabra.ezln.org.mx/

Texto original en francés:

http://www.monde-diplomatique.fr/2009/05/GRESH/17059

25/07/2009 Posted by | General, Historia, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , | Deja un comentario