America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

Contra el nuevo saqueo de la Argentina – Hernan Brienza


Contra el nuevo saqueo de la Argentina
La pendular historia de la deuda argentina y las presiones para llevar al país a una nueva crisis.
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Nota de Tiempo Argentino

Con el paso del tiempo, las cuestiones verdaderamente importantes van tomando su real proporción. Hace poco menos de un año, en la primera entrevista que ofreció la presidenta de la Nación en el ciclo Desde otro lugar, emitido por la TV Pública, Cristina Fernández de Kirchner fue tajante: “Se intenta disciplinar (a los países) no solamente a través de la deuda, sino a través de cómo se quiere administrar el comercio internacional… La deuda externa fue el mayor nido de corrupción desde Bernardino Rivadavia a la década del ’90. Cuando se produjo el golpe de 1976 la deuda argentina era de 6000 millones de dólares, con indicadores económicos muy buenos. Éramos un país industrial y de una economía con una sola moneda… El negocio del mundo financiero internacional es que vos te sigas endeudando, que al banco le pagues más intereses. A partir de la transformación de bancos comerciales en bancos de inversión: el circuito del dinero deja de pasar por la producción para reproducirse, y comienza el negocio de los derivados financieros.”

Hoy, estas palabras, tras el escandaloso comportamiento de la “Injusticia” estadounidense, con el inefable juez de primera instancia Thomas “Buzzard” Griesa, toman una actualidad patente. Sin dudas, la verdadera corrupción en la Argentina es el multimillonario robo de la deuda externa, no sólo por el saqueo que se produce del Estado, sino también de las riquezas y el ahorro de todos los argentinos.

Piense por un momento con qué fortaleza épica negociaría un Mauricio Macri como presidente si hoy dice “hay que ir a sentarse con Griesa y pagar lo que él diga”.
Y no hay que evitar ser ingenuos o malintencionados: no se trata de una cuestión meramente judicial ni de la decisión trastornada de un juez de primera instancia de Estados Unidos, son las cuevas más implacables del orden financiero internacional los que hacen el trabajo sucio para que después recojan los frutos otros sectores económicos.

Con una sola variable, la de la deuda externa, se puede comprender la historia argentina y hacer una división –obviamente esquemática y binaria pero que es útil para mapear política e ideológicamente estos más de 200 años que nos preceden– entre presidencias nacionales y populares y las liberal-conservadoras.

Y la primera conclusión que se podrá establecer es la siguiente: estos últimos –desde Bernardino Rivadavia hasta Fernando de la Rúa endeudaron desvergonzadamente al Estado con organismos financieros de distintas formas–; los primeros, en cambio –desde Manuel Dorrego a Kirchner– comprendieron que no hay posibilidad de llevar adelante un proyecto económico autónomo y sustentable si ese Estado no se libera de las ataduras financieras, verdaderos cepos para el crecimiento de una Nación, impuestas por la toma de deudas realizadas en formas absolutamente irresponsables, cuando no criminales para el futuro de las mayorías argentinas.

Lo interesante de la historia es que detrás de Rivadavia llegaron primero Manuel Dorrego y luego Juan Manuel de Rosas. El primero intentó tomar deuda pública en pesos mediante colectas semiforzosas a los estancieros bonaerenses para cancelar la deuda externa, y el segundo, un poco más radical, decidió directamente desconocer la deuda con la Baring Brothers y no pagarla durante décadas.

El modelo agroexportador –el proceso que comienza con Mitre y concluye con la Década Infame– también es un modelo tomador de deuda permanente y por necesidades estructurales como lo fue el menemismo.

Los desbalances comerciales con Gran Bretaña, producto de las diferencias en los términos de intercambio (exportación de materias primas-importación de productos con valor agregado) y la toma de deudas para saldar esos desequilibrios fueron las principales causas –como bien explica Mario Rapoport en su Historia social, económica y política de la Argentina– de la crisis de 1890, por ejemplo, con síntomas muy similares a los de la crisis de 2001.

El siglo XX también se divide entre desendeudadores como Juan Domingo Perón, quien en 1948 canceló el último pago de deuda estableciendo su celebrada Independencia Económica en la provincia de Tucumán, y los endeudadores, como la dictadura de Pedro Aramburu, que en 1957 logró que Argentina ingresara al circuito de los organismos multilaterales de créditos y tomara la primera deuda con el inefable Fondo Monetario Internacional.

La historia que sigue es bastante conocida: la dictadura militar de Martínez de Hoz –quizás él sea el verdadero cerebro de la dictadura– aumentó la deuda de 7600 millones de dólares a 45 mil millones de dólares, con el agregado de la nacionalización de la deuda privada que realizó el miserable vendepatria –el término apropiado no es reproducible en un diario– de Domingo Cavallo.

Armas, corrupción y negocios privados de las principales empresas fueron los rubros que todos los argentinos debimos pagar con nuestros bolsillos gracias la acción de la dictadura militar.

No es casual entonces que bajo la dirección de Cavallo durante el menemismo y el delarruismo, la deuda externa trepara de 65 mil millones de dólares a 190 mil millones de dólares en apenas una década. Sorprendente.

Y todo para subsidiar las empresas que vaciaban al país aprovechando el retraso cambiario del uno a uno, entre ellas, muchísimas trasnacionales que se llevaban millones de dólares a sus casas matrices. ¿Cómo se logró esto? Sencillo. En la primera etapa, bajo el terrorismo de Estado, la segunda, bajo el terrorismo económico que sufrió el gobierno de Raúl Alfonsín.

Vale la pena recordar qué obtuvo el terrorismo económico a principios de los años noventa. Entre la hiperinflación y las políticas de endeudamiento y sumisión absoluta al FMI, lograron un negocio millonario no sólo para los comisionistas argentinos e internacionales de las constantes renegociaciones sino, sobre todo, poner de rodillas al Estado nacional y por lo tanto a todos los argentinos. ¿Para qué? Fácil. Para quedarse con todas las empresas del Estado. De esa manera los argentinos regalamos a precio vil Entel, Segba, ferrocarriles, Obras Sanitarias, las cajas de jubilación, YPF, Aerolíneas Argentinas, etcétera.

¿De verdad alguien cree que el inefable Griesa toma la decisión que toma porque no le gustó la palabra “extorsión”? Solamente, los muy ignorantes o los muy malintencionados que van en el negocio pueden pensarlo –o algún estúpido periodista que le escribe cartitas genuflexas y sobadoras al juez norteamericano–. Se trata, claro, de acorralar a la Argentina.

¿Por qué es necesario poner al Estado argentino nuevamente de rodillas? Para que negocie, desde un lugar de debilidad como en los años noventa, el tesoro de Vaca Muerta, la fabulosa riqueza minera y la siempre eficiente producción de cereales.

Y como si esto fuera poco para extraer o sustraer las reservas del Banco Central –en el 2002 rondaban los 6000 millones y hoy los 30 mil millones– y sobre todo la capacidad de producción y de consumo que hoy tenemos los argentinos.

¿Le suena muy paranoico? Sepa que 100 mil millones de dólares no es una caja despreciable para ninguna potencia del mundo. Y se sabe, los países desarrollados siempre hacen pagar sus crisis a los países que intentan desarrollarse.

Un párrafo aparte se merece la clase política argentina. ¿Se imagina usted qué podrían hacer con este tema un Sergio Massa, por ejemplo, que fue corriendo siendo jefe de Gabinete a “buchonearle” al embajador de Estados Unidos lo que hacía su propio gobierno?

Piense por un momento con qué fortaleza épica negociaría un Mauricio Macri como presidente si hoy dice “hay que ir a sentarse con Griesa y pagar lo que él diga”. O Jorge Remes Lenicov, que ahora habla de las bondades de la justicia norteamericana olvidándose de la devaluación y la pesificación asimétrica que realizó a favor de las empresas de capital concentrado y monopólicas como Clarín, por ejemplo, robándoles sus ahorros a la mayoría de los argentinos.

¿Se imagina al dubitativo Hermes Binner llevando adelante la negociación? ¿Y Elisa Carrió consultando a las voces que dice escuchar en su cabeza? Ante este panorama, la figura de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner toma su verdadera dimensión.

Por último, el gobierno, sus funcionarios, sus legisladores, sus cuadros, sus militantes tienen un deber irrenunciable: deben salir a explicar a la población con absoluta franqueza la situación económica y política. Argentina y los argentinos no nos merecemos –creo, porque escuchando a algunos comunicadores, políticos y ciudadanos de a pie me hacen dudar– un nuevo saqueo.

Nos costó mucho esfuerzo salir del 2001. Y muchos no queremos volver a no tener Patria.
INFONEWS

29/06/2014 Posted by | Economía, General, Historia, Justicia, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Un ejercicio colectivo de memoria histórica – Roberto Caballero


Publicado el 6 de Noviembre de 2011

 

Por Roberto Caballero

El fracaso de la “corrida bancaria” trajo el recuerdo del “golpe de Estado económico” que sufrió Raúl Alfonsín, el ultimátum de Claudio Escribano a Néstor Kirchner y el lockout agropecuario a Cristina, a sólo cuatro meses de asumir. La quita de subsidios, el escándalo de Duran Barba y la cumbre de la presidenta con Obama en el G-20.

No es para cantar victoria pero sí para alegrarse, al menos por el momento. El último arrebato de los dueños del poder y del dinero para condicionar al gobierno de Cristina Kirchner, tras las contundentes cifras electorales del 23 de octubre, resultó un fracaso.
Luego de la reacción oficial que introdujo mayores controles a la compra de dólares,…

No es para cantar victoria pero sí para alegrarse, al menos por el momento. El último arrebato de los dueños del poder y del dinero para condicionar al gobierno de Cristina Kirchner, tras las contundentes cifras electorales del 23 de octubre, resultó un fracaso.
Luego de la reacción oficial que introdujo mayores controles a la compra de dólares, la “corrida bancaria” alentada por el sector más conservador de la economía y sus diarios acabó cediendo. El viernes 28 de octubre, el Banco Central tuvo que vender U$S 350 millones. Una semana después, el mismo día que la presidenta se reunió con Barack Obama en la cumbre francesa del G-20, se deshizo de apenas U$S 30 millones para contener el precio de la divisa estadounidense, que se mantuvo en $ 4,27 por unidad.
La semana, aunque agitada, tuvo su costado didáctico. Entre otras cosas, porque fue un ejercicio colectivo de memoria histórica. Una vez más, quedó probado que una parte del poder se debate en las urnas y otro tanto en las pizarras de la City. No importa qué tan holgado haya sido el triunfo de Cristina: el establishment se pronuncia todos los días a través del lenguaje duro e implacable de las finanzas y sus derivados. Algunos habrán recordado, seguramente, las denuncias de Raúl Alfonsín sobre el “golpe de estado económico” que aceleró su entrega del mando. Otros, quizá, el ultimátum que José Claudio Escribano le hizo a Néstor Kirchner cuando estrenaba el sillón de Rivadavia. Los más jóvenes, el lockout agropecuario con apoyatura mediática de 2008, a sólo cuatro meses de la primera asunción de Cristina. Salvo en la década de 1990, con Carlos Menem y Domingo Cavallo –dúo que se regodeaba en complacerlo–, el poder económico siempre se las arregló para delimitar su territorio frente a cualquier acechanza democrática. Es cierto, detrás de la fuga de divisas que lastimó las reservas del país, hay de todo: empresarios nacionales que quieren una devaluación, empresarios nacionales y extranjeros que no digieren la reelección, empresarios extranjeros que remiten utilidades al exterior por presión de sus casas matrices y también particulares que eligen el dólar como reserva de valor ante un impreciso cambio de reglas por impacto de la crisis mundial. Nada raro: la habitual fauna especulativa que eufemística y fantasmalmente se hace llamar “los mercados” haciendo de las suyas. Lo novedoso, en la experiencia de la última semana, es que enfrente encontraron un Estado que no se dejó llevar por delante, lo que es muchísimo. El Ejecutivo reaccionó primero con la firma de un decreto por el cual petroleras y mineras deben liquidar de ahora en más sus dividendos en la Argentina. Luego, interviniendo en la compra-venta de dólares, respetando el derecho individual a atesorarse en la moneda estadounidense –parte de una subcultura económica que atraviesa a todas las clases sociales–, pero ralentizando la operatoria por vía de controles fiscales nada laxos, es cierto, pero de indudable cuño legal que despejan dudas sobre la acusaciones de “chavización” del gobierno. Si el éxito de una medida se mide por su grado de eficacia, con sólo mirar los números puede afirmarse que esta fue una decisión acertada.
No fue, sin embargo, la única señal oficial de mando férreo sobre las finanzas. La otra es la quita de subsidios a la luz, el agua y el gas que consumen bancos, financieras, casinos y aeropuertos, entre otros rubros un tanto insólitos, que permitirá un ahorro de $ 600 millones anuales. Si bien el equilibrio fiscal fue siempre una impostura de la derecha empresaria y política, desconocer que el kirchnerismo tiene una visión propia sobre el asunto desde su origen ligada al manejo racional de los recursos desde una perspectiva distributiva, sería ver sólo la parte medio vacía del vaso. La anunciada revisión de las subvenciones estatales a los servicios públicos, con criterios de equidad social y sin traslado a las tarifas, suena a algo más bien difícil de implementar, pero hay que admitir que empezó como debía: quitándoselas a los que no las necesitan. Habrá que ver cómo sigue, sin perder la perspectiva sobre lo hecho por el gobierno en los últimos años y sin atarse a los prejuicios y a la histeria que proponen los diarios hegemónicos.
El frente político, mientras tanto, continúa siendo generoso con el oficialismo. Gran parte del mérito es propio, aunque la oposición aportó lo suyo luego del desconcierto en el que se hundió tras el golpe electoral. El radicalismo analiza reformar su carta orgánica para reinventarse desde las cenizas, el peronismo anti-K agoniza por las deserciones y el macrismo está entrando, paulatinamente, en una fase de descomposición por acumulación de escándalos. El llamado a indagatoria judicial a Duran Barba, gurú y mano derecha de Mauricio Macri, por la campaña sucia contra Daniel Filmus, amenaza con dejar al descubierto un entramado de espionaje que horrorizaría a los periodistas que investigaron el Watergate. Al uso de herramientas tecnológicas enmascaradas como falsas encuestas para manipular la decisión del electorado, hay que sumar la clasificación ideológica de vecinos de Belgrano, Villa Urquiza, Saavedra, Coghlan y Vicente López, en lo que podría constituir ya no una falta a la Ley Electoral sino al Código Penal que castiga la inteligencia interior. La jueza Romilda Servini de Cubría tiene peritajes que complican severamente al consultor ecuatoriano y sus socios; y evidencias muy concretas y preocupantes para el entorno de Macri sobre el financiamiento global de esta operatoria canalla. ¿Se usaron fondos públicos? La respuesta hay que buscarla en la desesperada reacción de Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gabinete PRO, que en el programa A dos voces, que se emite por la señal oficialista (del macrismo) TN, ante una tibia pregunta sobre el caso, abrió grandes los ojos y atinó a decir: “Filmus es un mentiroso, Filmus es un mentiroso”, como si el sentado en el banquillo fuera el senador del FPV y ex candidato a jefe comunal porteño y no él, que firmó los contratos millonarios a favor de empresas ligadas a Duran Barba, a las que dijo no conocer en durante una conferencia de prensa que vio medio país. Casualmente, son las mismas empresas involucradas en la maniobra que intentó asociar al padre de Filmus con Sergio Schoklender. Comentario obligado: causó estupor en la profesión periodística que Clarín omitiera informar en un primer momento sobre el llamado a indagatoria a Duran Barba. Recién lo hizo, en su edición impresa, 48 horas después de producida la noticia que, obviamente, reflejaron todos los medios con un día de anticipación. La revelación de Tiempo Argentino sobre el asesoramiento del ecuatoriano a Clarín en el affaire Papel Prensa quizá explique esta protección antiperiodística, en sintonía con el blindaje mediático que le brindan a Mauricio Macri.
Con la oposición desdibujada, las mayores preocupaciones del kirchnerismo gobernante provienen de sus propios aliados. El mismo día que Cristina Kirchner se reunía con la titular de la Confederación Sindical Mundial, que la elogió por sus políticas públicas en defensa del empleo, Pablo Moyano reclamó airadamente una suba del mínimo no imponible de Ganancias y adelantó una movilización para diciembre del Sindicato de Camioneros. El reclamo es viejo, lo novedoso, en este caso, es que la presidenta había viajado a Cannes junto a Hugo Yaski, de la central alternativa CTA; y Gerardo Martínez, titular de la UOCRA y rival interno de Hugo Moyano, a quien aspira a suceder al frente de la CGT. Hace rato que el diálogo entre el Ejecutivo y el líder camionero padece averías, algunas incomprensibles, agudizadas tras la muerte de Néstor Kirchner. Unos y otros se reprochan cosas, con algo de razón de cada parte. Pero cada vez que Moyano reclamó en público a la presidenta, lejos de arrimar soluciones, se ganó su gélida distancia. No fue una buena estrategia la suya: en todo el proceso que llevó a Cristina a ganar con el 54% de los votos, actuó más como gremialista que como político. El gremialista pelea por su sector, el político por el bien común. Son dos visiones, no necesariamente antagónicas, pero sí distintas. Esto es tan cierto como que los candidatos que se alistan para remplazarlo en la CGT como sindicalista oficial cargan con mochilas oprobiosas: el que no fue informante de los servicios de la dictadura se prestó al remate del patrimonio nacional en los ’90. Ni al gobierno ni a Moyano les fue mal en el pasado, cuando llegaron a entenderse bien. Parecen empeñados, ahora, en remarcar sus diferencias: si Cristina critica al duhaldista “Momo” Venegas porque corta la Ricchieri, Moyano sale a defender la protesta. El tiempo le dará la razón al que se equivoque menos de los dos.
Finalmente, Cristina habló en el G-20 y se reunió con Barack Obama. La relación con los EE UU progresa tal como se preveía: hay acuerdos en las áreas de seguridad y lucha antiterrorista, y no los hay tan fluidos en materia económica; no, al menos, como los que existen con otros países. El discurso de la presidenta, en el que habló del “anarco-capitalismo financiero” y apeló a la inclusión social antes de que los pueblos indignados hagan tronar el escarmiento, a Obama le sonó “apasionado”. En realidad, lo fue. Para los estadounidenses, sin embargo, el calificativo puede no ser tan elogioso como uno supone. Cristina se reveló como una voz poderosa y nítida de los países emergentes. Su llamado a construir un “capitalismo serio”, rodeada de Obama, Merkel, Sarkozy y Cameron, es decir, los mandamases de un capitalismo que lo único que tiene de serio es su propia y aguda crisis, logró el efecto esperado: destacarla del resto y oxigenar un poco a ese club anacrónico de dictadores de las finanzas que insiste con avanzar a paso lento pero firme hacia un verdadero precipicio.  <

Tiempo Argentino

08/11/2011 Posted by | Economía, General, Historia, Medios de Comunicaciòn, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

Argentina: Padre e hijo – Ricardito y el juego de las diferencias


Publicado el 2 de Julio de 2011

Por Ricardo Ragendorfer Periodista.
‘Las nuestras no fueron leyes de impunidad’, gritó. Entonces el auditorio aplaudió nuevamente a rabiar. En ese instante, la diferencia entre aquel hombre y la figura de su padre fue más pronunciada que nunca.

No fue un acto de campaña. Pero sirvió para que el candidato presidencial por el radicalismo, Ricardo Alfonsín, exhibiera su pensamiento profundo en materia de Derechos Humanos, no sin denostar la política contra la impunidad impulsada desde 2003 por el gobierno nacional. Al respecto, con un tono que se esforzaba en sonar como el de su padre, bramaría:
–Ya no convence a nadie el intento de los Kirchner por reescribir la historia mediante su tergiversación.
Esas 17 palabras merecieron una salva de aplausos; entre quienes batían sus palmas resaltaba el ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro, el fiscal federal Carlos Stornelli, el ex embajador menemista Diego Guelar, el ex jefe de la SIDE, Juan Bautista Yofre, y el ex ministro de Defensa en la década del ’90, Vicente Massot. La escena transcurría en el primer piso del Palacio Balcarce, ubicado sobre la Avenida Quintana, durante la presentación del libro autobiográfico La casa está en orden, de Horacio Jaunarena.
–Hicimos lo que había que hacer: juzgar a los máximos responsables, pero establecimos un límite –agregó Alfonsín– se refería a las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida.
Junto a él, Jaunarena corcoveó en señal de asentimiento.
Al fin y al cabo había sido él quien en 1986 y 1987 diseñó esas dos criaturas legales. Por entonces, era ministro de Defensa del gobierno de Raúl Alfonsín. Después ocuparía el mismo cargo bajo las presidencias de Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde. En ambas ocasiones también dejaría su huella. Durante su gestión en el gabinete del ex suegro de Shakira, promovió –aunque sin éxito– la fusión de la Prefectura y la Armada para borrar los límites entre la Defensa Nacional y la Seguridad Interior. Luego, ya como ministro de Duhalde, insistiría con militarizar el orden urbano, no sin dejar de lado la intervención castrense en el conflicto social. A tal efecto, con la colaboración del jefe del Ejército, teniente general Ricardo Brinzoni, propuso crear un superministerio de Defensa y Seguridad que tendría a su cargo la lucha contra la delincuencia callejera, el control de las aduanas y la política migratoria. Jaunarena describió semejante estructura como “una pirámide verdeazul” con una utilidad multidireccional: evitaría la violencia urbana, posibles saqueos y también el desorden sindical. La idea entusiasmó de sobremanera a Duhalde. Pero, tras evaluar el rechazo de otros funcionarios, como el secretario de Seguridad, Juan José Álvarez, decidió archivar el proyecto. Lo cierto es que Jaunarena no es un hombre proclive a darse por vencido; tanto es así que, en junio de 2010, renovó su sueño de restaurar la Doctrina de la Seguridad Nacional y –con el padrinazgo del mismísimo cardenal Jorge Bergoglio– incluyó su viejo proyecto en una especie de manifiesto opositor titulado Contrato Social para el Desarrollo, cuyo patrocinio corrió por cuenta de la llamada Escuela de Posgrado Ciudad Argentina (EPOCA), encabezada por Roberto Dromi.
Ahora, durante la presentación de su libro, un periodista le preguntó si, en el caso de que Alfonsín fuera elegido presidente, él estaría dispuesto a ocupar otra vez la cartera de Defensa. Por respuesta, Jaunarena esbozó una pícara sonrisa.
En tanto, el candidato radical seguía entregado a su arenga.
–Las nuestras no fueron leyes de impunidad–, gritó, sin dejar de sacudir el brazo derecho.
Entonces el auditorio aplaudió nuevamente a rabiar.
En ese instante, la diferencia entre aquel hombre y la figura de su padre fue más pronunciada que nunca.
Lo cierto es que Raúl Alfonsín siempre fue una rara avis en el universo de la UCR. En vísperas al golpe de 1976 –mientras muchos radicales hacían fila para tocar las puertas de los cuarteles–, él fundaba la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos (APDH), junto al rabino Marshall Meyer y Alfredo Bravo, entre otros. Y durante la dictadura alternó la actividad política –en un partido que aportó intendentes y embajadores al régimen– con el ejercicio de la abogacía, pero en su variante más riesgosa: fue defensor de presos políticos, y uno de los pocos dispuestos a firmar hábeas corpus para personas desaparecidas. Ello forjaría su propia percepción de la llamada Guerra sucia. El 13 de diciembre de 1979, en oportunidad del arribo al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Alfonsín emitió el siguiente comunicado: “Argentina está siendo empujada hacia el colapso ético por los partidarios de la violencia de uno y otro signo.” En otras palabras, se refería a una ciudadanía inerme, desprevenida y pacífica que, por razones inexplicables y ajenas a su voluntad, había quedado en medio de un enfrentamiento ideológico entre dos bandos terroristas de distinto signo. Tal lectura –que luego fue simplificada bajo la clasificación de “teoría de los dos demonios”–, constituía una idea errónea de la violencia política que había sacudido al país, puesto que –con o sin organizaciones guerrilleras– el terrorismo de Estado había sido una condición indispensable para instaurar un orden económico que sustituiría el desarrollo industrial por el capitalismo financiero. Así se llegó a las elecciones de 1983. En ese marco, Alfonsín sintonizó las ansias de una sociedad herida, encerrada y carente de libertades básicas. La esperanza generada por su figura se palpaba en las calles. Y la revisión del pasado –a diferencia del discurso de su rival, Italo Luder– fue su carta de triunfo. El resto de la historia ya se sabe.
Y las diferencias entre ese hombre y su hijo, también. <

Tiempo Argentino

02/07/2011 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , | Deja un comentario

Crece la intención de voto a la presidenta y se revitaliza el kirchnerismo


Primera encuesta posterior a la muerte de kirchner

Publicado el 31 de Octubre de 2010

Según Ibarómetro, el 44% de los consultados apoyará a Cristina en las elecciones, y el 62% la cree capaz de seguir liderando la Argentina.

Las pancartas que todavía cuelgan en la Plaza de Mayo en las que se leía “Cristina 2011”, expresan lo que muchos sondeos ya verifican. La presidenta lidera la intención de voto para el próximo año. El jueves por la noche, cuando la mayoría de los argentinos miraba por televisión a otros tantos desfilar frente al féretro del ex presidente Néstor Kirchner, se realizó la primera encuesta de opinión a la que un 44% contestó que si las elecciones fuesen hoy votarían a Cristina Fernández. En tanto, un 62% piensa que la presidenta puede liderar el proyecto de país iniciado por su esposo en 2003.
Así lo reveló una encuesta realizada por la consultora Ibarómetro el jueves 28 en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores. En un muy lejano segundo lugar se ubica Julio Cobos con un 11,8%. También se revela que Cristina cuenta con una imagen positiva de 68,5%.
Con respecto al ex presidente, el 74,6% hace una evaluación positiva de la presidencia, el 58,5% lo considera que es el mejor ex presidente desde la vuelta de la democracia, en segundo lugar se menciona a Raúl Alfonsín (16,1%), y el 67,7% opina que uno de los mejores de la historia argentina.
Las consultoras Nueva Comunicación y OPSM coinciden en que la presidenta es la candidata con mejores chances para el año próximo.
Para Nueva Comunicación, Cristina Fernández lograría el 31,8 % de los votos, seguida por Ricardo Alfonsín con un 15,9 %. Cinco de cada diez encuestados cree que la presidenta superará en forma rápida la pérdida de su esposo y casi seis de cada diez no espera cambios en el rumbo del Gobierno.
Por parte, OPSM, el 35,7% optó por Cristina, secundada Mauricio Macri, con el 19,4% y por Ricardo Alfonsín, con el 16,3%. Esta consultora también revela que Kirchner fue despedido con una imagen positiva del 78%. Casi el 67% de los encuestados consideró que es “probable” o “muy probable” que Fernández sea “capaz” de profundizar su gestión, pese a la ausencia de su marido.
Con respecto a una posible segunda vuelta, la presidenta lograría el 45,3% de los votos frente a Julio Cobos.

Tiempo Argentino<

01/11/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

Argentina – SUPERADORES O RETRÓGRADOS por Orlando Barone



Se estila decir, cuando una gestión o un liderazgo son mejores que los que les antecedieron, que son comparativamente superadores. Por ejemplo se consiente en que esta Corte Suprema es superior a las anteriores. Así cómo que las dos últimas gestiones del llamado kirchnerismo son superadoras respecto de los más recientes peronismos. Sin incluir al fundacional de hace más de medio siglo. En la política argentina es históricamente probado que el peronismo original de Perón fue altamente superador de la década infame y sus secuelas. Y acaso no resista comparaciones por el efecto colosal que produjo. Más cerca en el tiempo se da por sentado que el de Raúl Alfonsín, no importa la discusión del final, fue un liderazgo superador de los que le antecedían de su partido. Excluyendo el de Yrigoyen por razones de época. Se sabe también que el gobierno radical de La Alianza no solo no superaba al de Raúl Alfonsín sino que era inferior y atrasaba en sus bases ideológicas. El peronismo de Isabel fue al peronismo un estigma retardatario, usando una eficiente palabra peronista. El menemismo no pretendió ser superador de ningún peronismo, sino superador por ultrasumisión de cualquier gestión carnal y aquiescente con el poder privatista. El actual peronismo disidente opositor, parece aspirar a empatarle al menemismo en sometimiento y regresión.

Los más recientes radicalismos, expuestos a través de sus oposiciones son también inferiores, no ya al de Alfonsín sino aún más al de Illia. Retroceden a etapas ya superadas y están inaugurando un tipo de herejía con sus propios principios populares. Algunos de estos herejes, que se entrenaron en el partido, son todavía peores.

El socialismo no está en una etapa superadora sino periféricamente subalterna. La izquierda dura no aspira a superarse, porque si se superara debería tener que reaprender la relación entre la práctica política y los actores sociales. Y para esa izquierda de la izquierda la superación que supera continuamente es la de su inocuidad y su fracaso. El friso opositor heterogéneo, y heteroplástico (es decir: injertados de porciones de otras especies) es subalterno del rango de oposición. La sociedad vive en pugna entre lo superador, y lo inferior retrógrado. En medio de esa pugna está esta etapa democrática. Las dos actuales gestiones peronistas son superadoras largamente de sus anteriores más cercanas. Lograron ese estado evolutivo que está ausente en sus adversarios. Porque, que el radicalismo en su afán de poder acepte coparticipar de la reacción del periodismo opositor hegemónico, lo disminuye. Para no contar su enlace con la Mesa de Desenlace que lo aproxima en su retroceso ideológico a épocas en que alentaba o consentía golpes armados. Esta vez a duras penas contenidos en el congreso. Lo cierto es que esta es una etapa de gobierno superadora. No tiene por qué ser la definitiva y ojalá haya superaciones que hoy no están a la vista y en situación de lance. Pero no es poca la virtud de estas dos gestiones peronistas: la de ser superiores a otras del mismo partido y también de las inmediatas anteriores.

Carta abierta leída por Orlando Barone el 16 de Marzo de 2010 en Radio del Plata.

19/03/2010 Posted by | General, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , | Deja un comentario

Que decia Alfonsin de Lilita Carrio?


Las Ultimas Palabras de Alfonsin sobre Carrio

07/05/2009 Posted by | Politica Latinoamerica, Videos | , , , | 2 comentarios

Argentina: a los 82 años, murió ayer el ex- Presidente Raúl Alfonsín


La consagración a la política

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Raúl Alfonsín, el militante tenaz, el político apasionado, el primer presidente tras la dictadura. El recuerdo de un hombre respetado y discutido que dejó su marca en la etapa democrática que se iniciaba en el ’83.

Por Mario Wainfeld

Fue jefe de una tenaz minoría progresista dentro del radicalismo durante añares. Tuvo digna conducta contra la dictadura y rayó alta su presencia en la APDH. Fue congruente con ese pasado cuando llegó a la Casa Rosada. Ganó la mayoría en la UCR y la presidencia en campañas inolvidables, bañado en multitudes. Recuperó el verbo político, se colocó a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, poniendo en el banquillo a las cúpulas militares. Se hizo centro de la política durante un buen trienio, sus adversarios debieron replicarlo para hacerse competitivos. Dos récords se lleva: le cupo ser el primero que batió al peronismo en elecciones presidenciales libres y más tarde el primer mandatario democrático que entregó la banda a un dirigente de otro partido. Acaso como nadie llenó la Plaza dos veces con muchedumbres multipartidarias, en ambas ocasiones las defraudó. Exaltó la democracia con palabras inolvidables, también consagró las “Felices Pascuas”. Cedió ante los carapintadas, firmó las leyes de la impunidad. Coqueteó con la hegemonía, concertó el Pacto de Olivos y la Alianza. Prometió un sistema durable y eficiente, terminó envuelto en la hiperinflación y la anomia. Amaneció peleando contra las corporaciones, más adelante transó con ellas, sin mayor fortuna. La gestión del Estado no fue su fuerte, un síndrome radical: para peor le cayeron tiempos difíciles. Llevó a su partido, la novia de sus ojos, más alto que nunca y acompañó la mayor caída de su historia.

La mera enumeración previa, que se tratará de ampliar y hacer más cartesiana en las líneas que siguen, habla de un personaje de primer rango, en las maduras y en las verdes. No sería serio, ni justo ni interesante pretender describirlo en cuatro palabras o en un título.

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De la primavera al Plan Austral: La campaña del ’83 y su desembarco en el gobierno resultaron sus horas más gloriosas. Sintonizó las ansias de una sociedad herida, encerrada y privada de libertades básicas. Orador formidable y fogoso, enunció las menciones necesarias: la exaltación de la vida, la promesa “con la democracia se come, se educa, se cura”, el reproche a todo tipo de autoritarismo. La ilusión se palpaba en las calles: afiliaciones masivas, concentraciones de decenas o cientos de miles de argentinos esperanzados. Construyó su triunfo interpelando a una mayoría social amplia, ganó hasta en la provincia de Buenos Aires, fue plebiscitado.

Conservó el impulso triunfal hasta fines del ’85, redondeando. Se quiso comer la cancha, plasmar y conducir un tercer movimiento histórico, superador del justicialismo y del radicalismo. “Por cien años más”, coreaban sus partidarios. La reforma constitucional, el traslado de la Capital a Viedma eran parte de esos sueños fundacionales que se fueron diluyendo cuando encontraron resistencia, fuera y dentro de su coalición inicial.

En el primer tramo, dispuso la investigación de la Conadep y el Juicio a las Juntas. Su propósito inicial -que los tribunales militares juzgaran a los represores- fue desbaratado por la solidaridad entre los uniformados. Todavía duraba la buena estrella: ese error de diagnóstico ayudó a que la Cámara Federal tramitara esa causa ejemplar, un hito imborrable.

En su arrebato inicial quiso reformar el régimen sindical, mediante la llamada ley Mucci. Le fue un búmeran, perdió apenas la votación en el Senado y consiguió la reconstitución del peronismo cerrado en defensa de la CGT. Una digresión breve: es tentador buscar un paralelo con lo sucedido décadas después con las retenciones móviles.

A medida que rodaba la gestión de gobierno se fue percibiendo la insuficiencia (si no la pobreza) de su diagnóstico sobre la coyuntura y sus eventuales soluciones. No bastaba el ímpetu democrático para relanzar la economía y abrir las ventanas de las fábricas. El peso de la deuda externa, el ancla del déficit, los cambios estructurales fueron subestimados en campaña y en los pininos de su mandato. Tampoco había noción del fin de un ciclo económico, que (simplificando mucho) corrió entre 1945 y el Rodrigazo de 1975. La pesadilla de la dictadura acaso camufló el final de un modelo que no se podía regenerar, en promedio estimado por radicales, peronistas y desarrollistas. Esa perspectiva angostada no era exclusiva de Alfonsín, de lejos el primus inter pares: era una carencia común de la clase política, frizada largo tiempo, lanzada al ruedo de sopetón por la catástrofe de Malvinas.

Su primer elenco de gobierno fue tropezando con un universo que no entendía del todo. Alfonsín, igualmente, mantenía el centro del ring. Confrontaba con las corporaciones, discutía de cuerpo presente con los que lo rebatían: se encaramó a un púlpito para regañar a un cura, lo refutó a Ronald Reagan en el corazón del imperio. Con el índice en ristre, ceñudo e implacable, reivindicaba ser la izquierda posible. Había que ver lo que decía el establishment sobre él, en aquel olvidado entonces.

La economía se le pialaba, la inflación galopaba. El peronismo renovador se hacía cargo de su innovación republicana, era su victoria pero le restaba originalidad. Saúl Ubaldini empezaba a ocupar las calles. Hubo un cambio de elenco, los compañeros de siempre relevados por técnicos más jóvenes y sintonizados con la época. La narrativa fundacional y ambiciosa, la utopía progresista, fue derivando a un relato “modernizador”. La gobernabilidad, entendida como la limitación de las demandas sociales, ganó terreno. Comenzó a definirse a los reclamos como eventuales desestabilizadores: la democracia se podía poner en riesgo si abundaban los reclamos acerca de cómo se comía, educaba o curaba. Cual un disyuntor que podía saltar si se agregaba mucho voltaje.

Dos años antes de la cita más evocada, en abril de 1985, Alfonsín llamó a una movilización para alertar contra un posible golpe. Fue esa una de las Plazas más colmadas y multicolores de la que se tiene memoria. Un arco político asombroso por lo vasto lo bancó. Nada comentó él del golpe, anunció (y pidió anuencia para) la “economía de guerra”, la defraudación fue grande pero todavía no rompió el hechizo. No fue un golpe de knock out, pero sí una premonición.

El consabido plan de estabilización, el Austral, contó con apoyo sensible de la población y obró los clásicos efectos inmediatos de esos programas. Se frenó en seco la inflación, lo que pareció dar sentido a la nueva moneda. La UCR revalidó en las elecciones parlamentarias de ese año, un canto de cisne inadvertido.

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En caída: Su prospecto de democracia fincaba en la civilidad y los partidos, las corporaciones eran su bestia negra. Contra la Iglesia Católica, mantuvo la lid bastante tiempo: le torcieron el brazo en el Congreso Pedagógico, por mayor organización y militancia. Pero primó sobre el oscurantismo católico cuando promovió y logró la sanción de la Ley de Divorcio, un paso enorme en la secularización y modernización de la sociedad civil.

En su fatal ’87, viró su relación con las corporaciones económicas: no había podido vencerlas, las sumó a su gobierno. Los “capitanes de la industria” lograron puestos dominantes, la cúpula rancia de la CGT se quedó con el Ministerio de Trabajo. Fue un retroceso a pura pérdida: melló su capital simbólico sin compensación pragmática alguna.

En ese devenir, llegó Semana Santa. Otra vez congregó una asistencia masiva, fiel, con decenas de miles de espontáneos, de todo pelaje. Tenía a toda la sociedad y al peronismo remozado a su vera, cedió ante las demandas de los militares amotinados. Una doble duda será perenne. La más obvia, es si estaba forzado a rendirse: su entorno y él mismo siempre porfiaron que sí, que evitaron un mal mayor, que salvaron al sistema democrático. No fue ésa la lectura preponderante, ni la de este diario. Otro interrogante, quizá más táctico pero enorme, es por qué eligió, amén de retroceder, engañar a la multitud que lo vitoreaba y le ponía el cuerpo. Cuatro años atrás estaba un paso por delante del conjunto de la sociedad, el punto óptimo para un líder popular. En las Felices Pascuas, decepcionó.

Jamás se le perdonó el “doble discurso”. La sociedad era, todavía, exigente, menos vencida que en el futuro inminente. Carlos Menem podría, más adelante, confesar que había roto el contrato electoral y ser reelegido.

El discurrir de la economía no lo ayudaba, el peronismo renovador le dio una paliza en las elecciones de 1987. Los años siguientes fueron tremendos, en caída libre. El gobierno se fue amoldando, sin logros palpables, a los dictados de los organismos internacionales de crédito. El contexto internacional no ayudaba, los precios de las materias primas rozaban el piso.

El gobierno perdió identidad, acechado por la malaria, la inflación y la pérdida general de rumbo. Eduardo Angeloz, un competidor interno que no le gustaba ni medio, fue el candidato. Se adelantaron los comicios para ver si se mejoraba el score, Carlos Menem ganó por goleada. Entre la anomia, los saqueos y la hiperinflación fue forzoso adelantar la entrega del mando y dejarle las manos libres para dictar las arrasadoras leyes de Reforma del Estado y de Emergencia económica. No es cuestión de quitarle responsabilidad a ese presidente y a la sociedad que lo acompañó pero el declive del alfonsinismo les hizo el campo orégano.

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Un lugar en el mundo: La política exterior sigue siendo uno de sus buenos legados, en la línea de la autonomía defendida por los gobiernos nacional-populares. Argentina fue eje de una firme presencia regional en la normalización democrática de Nicaragua. Alfonsín cortó de un tajo las veleidades belicistas de militares y dirigentes argentinos dirimiendo los conflictos territoriales con Chile. Sometió a consulta popular no vinculante el tratado por el canal de Beagle, goleó a los falaces nacionalistas o dinosaurios que le hicieron frente.

Puso el cimiento del Mercosur, un proyecto inacabado y formidable, típico del último cuarto de siglo, un giro a favor de la unidad de la región.

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Compañeros y correligionarios: Creyó llevarse puesto al peronismo, cuya capacidad de reconversión y adaptación le fue torciendo la mano. Desistió de su afán hegemonista e innovador y se acomodó al rol de consocio del bipartidismo. Una de las tareas comunes era ocluir el surgimiento de terceras fuerzas, aun al precio de consentir lados oscuros del enemigovio. La provincia de Buenos Aires fue el territorio dilecto de esa transacción compleja, complaciente, llena de canjes lícitos o no tanto, justificada en nombre de la gobernabilidad y de defender la organización partidaria.

Eduardo Duhalde fue el dirigente con el que tuvo más afinidades, en esa provincia y en su difuso pensamiento económico (llamémoslo) desarrollista-productivista. Lo apoyó en su gobierno provisional, al que sumó dos ministros radicales, bien plegados a la corporación militar y a la judicial que regentearon.

Con Carlos Menem cerró el círculo de socio menor del bipartidismo, al suscribir el llamado Pacto de Olivos. Otra vez eligió conceder en un trance complejo. Ese acuerdo es, a ojos del cronista, injustamente criticado por su origen secreto. Las negociaciones políticas suelen iniciarse así, nada hay de escandaloso en ello. En este caso, el producido se sometió al voto popular y la Constituyente. Fue legal y legítimo, el cuestionamiento válido es a su fondo: habilitó la concentración del poder menemista, a cambio de quedar como la oposición de su majestad.

Néstor Kirchner le llamó la atención de entrada, pero siempre le incomodó que no le prodigara deferencia. Si bien se mira, hay mucho más del primer Alfonsín en el primer Kirchner de lo que se suele aceptar en trincheras distintas, hubiera venido bien un reconocimiento del otro. Un punto alto de la injusticia fue cuando el ex presidente omitió mencionarlo en marzo de 2004, en el acto de la recuperación de la ESMA. Su punto de vista está contado con más detalle por el propio Alfonsín, en el reportaje que se publica en esta misma edición.

Luego, acompañó la candidatura de Roberto Lavagna por la UCR: evitar la consunción radical que vio de cerca en 2003 fue su última obsesión. Un peronista a la cabeza de los boinas blancas, el fin de una tradición. Alfonsín ya había consentido un ensayo general, mucho más gravoso para la Argentina, sobrevolado en el párrafo que viene.

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La Alianza: El Frepaso le sacaba ventaja al herido radicalismo, pero tal vez ninguno se bastaba para remover al menemismo en 1999. Carlos “Chacho” Alvarez quiso acortar camino, lo eligió para sugerirle la formación de una coalición política. Alfonsín se prendó más de la idea que su mayor beneficiario inmediato, Fernando de la Rúa. Atisbó en la Alianza una tabla de salvación y, zorro viejo al fin, acaso intuyó la victoria en la interna abierta. Era otra ofrenda en el altar de su partido: él detestaba a De la Rúa a quien siempre clasificó como un pelmazo de derecha, con sagacidad premonitoria.

Atravesó el mandato de De la Rúa con patente incomodidad. Tenía aliados apreciados en el primer gabinete: Federico Storani, José Luis Machinea, el propio Alvarez. Pero lo desazonaba la tonalidad del gobierno, su política claudicante y recesiva. Su influencia era módica y cada vez que hablaba “los mercados” le ladraban y lo acusaban de aumentar el riesgo país, hacer bajar el Merval y exacerbar la inflación. Ninguna de esas variables precisaba su ayuda, pero el rencor del poder económico le calzaba los puntos. Fue apenas ayer, no se rememora ya.

Ante el escándalo de las coimas senatoriales, calló en ejercicio de la solidaridad corporativa. Con los nuevos gabinetes terminó su poca empatía y optó por ser orgánico antes que sincero, un tributo a la flaqueante gobernabilidad que no es sensato censurar.

Adiós: Le cupo ser protagonista y (por un entrañable rato) líder de una etapa aún inconclusa e insatisfactoria. Un referente de primer nivel, en logros, errores, recuperación de derechos y regresiones. Jamás dejó de ser un militante, un hombre consagrado full time a la pasión política, el mejor (con gran margen) entre sus correligionarios. Y no escapó a las carencias de su partido y de su época. Advenían las primaveras democráticas y transcurría, en materia económico social, “la década perdida”. Esas dos referencias ulteriores acaso circunscriban su responsabilidad en los fracasos y su participación en los éxitos, sin anularlos: el tono de época tiene su peso, que en el momento no se termina de pulsar.

¿Cómo se redondea el juicio sobre una figura central? ¿Por las grandes metas que se propuso? ¿Por sus acciones más gloriosas? ¿Por sus peores errores y defecciones? La discusión política suele elegir alguna de esas opciones, lógicas en el fragor pero incompletas.

Digamos que el apabullante relato de su trayectoria se abre a cien interpretaciones o alineamientos, también proporcionales a su entidad.

El cronista votó contra Alfonsín en el ’83, se desayunó bastante pronto de que su victoria era lo mejor que pudo pasarle a la Argentina y lo escribió hace casi 25 años. Lo apoyó en las urnas en la consulta popular sobre el Beagle y le hizo el aguante en la Plaza cuando “la economía de guerra” y las “Felices Pascuas”, padeció el imaginable desencanto ulterior, que lo marcó para siempre. Escribe esta columna con tristeza, sentimiento subjetivo de pérdida y respeto aunque sin renegar de las discrepancias.

El ex presidente se afilió al radicalismo a los 18 años y militó hasta dar el último suspiro. Fue un militante inclaudicable, amén de un dirigente de primer nivel, un presidente ungido por clamor popular, un batallador en el llano o en la cima. La vocación política signó su existencia. Atravesó con entereza su enfermedad y murió en la casa donde siempre vivió. Por si es menester subrayarlo: todas estas referencias son elogios en la escala de valores del cronista. Los políticos democráticos de raza, aun aquellos con los que se disiente o se embronca, le caen mejor que la nueva cosecha de deportistas (fogueados en deportes individuales), empresarios ricos, hijos de empresarios ricos o gentes de la farándula que surfean en la antipolítica en pos de votos, a veces con buena fortuna.

Voló muy alto, sufrió reveses crueles. En los últimos tiempos, cuando flaqueaba su salud, recibió reconocimientos un poco tardíos pero merecidos de sus adversarios políticos. El canibalismo de la lucha política argentina es proverbial, él se ganó una tregua y algo habrá hecho para lograrla.

El cronista no cree en generalidades tales como “el juicio de la historia”. La historia no es un área de consensos, desangelada: es un terreno de disputa, tanto como la política. Y luchadores-emblema como Raúl Alfonsín, como el Cid, como Perón siguen luchando después de muertos. Su legado, su mensaje serán recuperados por otros, con coherencia o sin ella, para bien o para mal. A diferencia del Cid no será ganador en una sola, última batalla: revistará en combates y aun derrotas ulteriores a su partida, tal el sino de los políticos vocacionales e incansables que la siguen peleando cuando sus cuerpos dijeron “basta”.

mwainfeld@pagina12.com.ar

01/04/2009 Posted by | Politica Latinoamerica, Uncategorized | , , , , , | Deja un comentario