America Latina Unida

Mi selecciòn de temas vinculados a Argentina y a la Patria Grande.

El problema de la política – Roberto Caballero


El problema de la política

La pelea de la Argentina con los fondos buitre en la justicia de los Estados Unidos desnudó los límites de la oposición cerril y la apuesta del país corporativo a una presidencia débil a partir de 2015.

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Si algo dejó en evidencia el conflicto activado por los fondos buitre es que la oposición cerril –es decir, la que reduce la política a la pulsión de cazar cleptómanos reales o imaginarios en el zoológico mediático– sólo alcanzó a balbucear “páguenle a Griesa” sin dimensionar las consecuencias de la sumisión a una sentencia lesiva de los intereses del país.

Entre el “capricho ideológico” que hace rato la tiene ensimismada y la “épica antikirchnerista” que amontona como el viento a sus referentes en el córner de la historia donde conviven, desgraciadamente, con banqueros y empresarios en su mayoría cómplices o beneficiarios de la crisis de la deuda, estos opositores –no todos– deambulan por sets televisivos abonando un “sentido común” de las cosas –”hay que pagar como sea”, “la justicia estadounidense es un modelo”, “aunque no la tenga, hay que darle la razón al juez”– que no contempla ninguno de los argumentos del gobierno, como si lo excluyera de la posibilidad de hacer o decir algo correcto.

El suyo es un relato de inmenso vacío. No traduce vocación de poder. Ni ansias de transformación. Desnuda apenas el propósito de administrar a futuro esa especie de consorcio de propietarios inamovibles a través del tiempo, que es como ven al bloque de poder económico. No quieren ser jefes de Estado, sólo gerentes dóciles.

La oposición cerril, la que toma el “sentido común” de las corporaciones, la que cede a su oferta de domesticación, no está comprendiendo que existe otro “sentido común” que se expresa en el kirchnerismo y que, en peleas como las de los buitres, reconecta con aspiraciones populares muy expandidas.
La consultora Poliarquía, que no es oficialista, refleja un crecimiento sostenido de la imagen de Cristina Kirchner por su manejo de la crisis. Una encuesta sobre 1400 casos revela que en junio la valoración positiva era del 35%, la regular del 25%, la negativa del 31% y el 6% no sabía o no contestaba. Un mes después, los números son otros: 47% positiva, un 21% regular, un 25% negativa y los que no saben ni responden llegan al 7 por ciento.

La presidenta tiene antecedentes como buen piloto de tormenta, pero esta vez la rusticidad opositora se la hizo más fácil. Enfrente tuvo dirigentes que reprodujeron, con algunas leves variantes, el discurso de Paul Singer, un especulador que atenta contra el interés nacional por codicia. Es lógico entonces que crezca la imagen presidencial. Pasó cada vez que el kirchnerismo –como esa vez con la fragata Libertad retenida en Ghana– logró instalar en el debate público la cuestión de la soberanía reduciendo la incidencia de otros asuntos que los medios antikirchneristas sobredimensionan, a veces, hasta volúmenes ridículos.

Como si de golpe, el manto de irrealidad que fabrican estas usinas interesadas en erosionar el discurso oficial, cediera ante un sentimiento verdadero y potente que ilumina al conjunto de la sociedad. Nuestro país no será Canadá, tampoco Australia –no todavía–, pero es el único que tenemos, y ante cualquier sensación de ultraje a su autonomía, la figura fuerte de la presidenta aparece como un límite cierto a esas voracidades.

Es fácil advertir también que la dirigencia opositora más perturbada por los focos televisivos rehúye discutir en los términos que propone el oficialismo. Se toma tan en serio lo del país dividido, que cuando la opinión mayoritaria la contradice se refugia en una dialéctica evasiva. En vez de explicar qué harían de distinto para resolver el problema crónico de la deuda y defender en simultáneo la soberanía, tratan primero comprensivamente el punto de vista de Singer & Cía y luego salen monologando de la minería a cielo abierto o el déficit de carne vacuna.

No dialogan con el kirchnerismo. No tienen intención de hablar, aún en situaciones críticas como esta, que lo demandan. Su “sentido común” retacea valor o incumbencia, incluso, a lo que diga un ministro que cosecha aplausos en tribunas internacionales como el G-77, la OEA o la ONU, defendiendo la postura argentina. Quizá porque, de sólo intentarlo, de acudir en solidaria cooperación política, la estrategia digitada por el poder económico que busca la satanización constante de este gobierno, a través de las tapas y zócalos de los medios de comunicación que controlan, se vería mellada. Es sabido: desde la pelea por la 125, al menos, que el oficialismo es presentado en la gran pantalla mediática como una secta de arribistas y rufianes, cuando no como una banda de nostálgicos ideológicos y épicos atolondrados.

Los opositores que atravesaron esta grieta de sentido ficticia, esa zanja de Alsina virtual para reconocer en el kirchnerismo un adversario que lidia con los asuntos de Estado y no un enemigo, se cuentan con los dedos de una mano. El radical Leopoldo Moreau, por caso, se lució al conceder que el tratamiento de la deuda en las gestiones K es un hito democrático, como el Juicio a las Juntas alfonsinista. Eso sí es desafiar el “lugar común” prefabricado para la política por los dueños del poder y del dinero, que no creen en ella. O, mejor dicho, que no creen en cierta política que pueda pensarse por fuera de su influencia determinante.

La oposición cerril, la que toma el “sentido común” de las corporaciones, la que cede a su oferta de domesticación, no está comprendiendo que existe otro “sentido común” que se expresa en el kirchnerismo y que, en peleas como las de los buitres, reconecta con aspiraciones populares muy expandidas.

El escenario preelectoral montado por los medios antikirchneristas es bastante triste para la política. En ninguna de las encuestas conocidas aparece un candidato que supere el 22% de la intención de voto general. Tampoco un kirchnerista puro despega, aunque en este espacio todavía no se conoce cuál será el elegido por su figura más convocante, es decir, la presidenta. El escenario es frustrante. Si se trasladara al 2015, tal como se prefigura hoy, cualquier presidente sería un presidente débil. Sería un festín para las corporaciones.

Cuando un presidente democrático es débil, la democracia entera lo es. Construir mayorías parlamentarias para concretar un proyecto de país distinto, que contradiga relatos y acciones corporativas, no es tarea sencilla. No es para hacer pucheros desde la banca con la muñeca “republiquita”. En estos casos, si la sociedad no empodera al que conduce, el poder queda donde siempre, es decir, del lado conservador del sistema. El kircherismo asumió el desafío, cuando Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada. Logró crecer con una agenda de cambios y transformaciones, en muchos casos radicales, que no se vislumbra hoy en la oferta opositora. También descubrió en el trance lo generosa que puede ser la sociedad cuando las cosas marchan bien y lo mezquina que puede ser cierta política cuando hay que enfrentar a los dueños de casi todo.

La pregunta esencial es si después de una década y monedas kirchnerista, el presidente que surja en 2015, votado en una primera vuelta por el 20 o el 30 % del electorado tendrá la suficiente fortaleza para sostener el universo de derechos sociales, económicos y culturales que se consagraron en esta última década.

El que surge es un escenario hipotético, aunque no improbable, y claramente funcional a los enemigos más encarnizados del tipo de Estado que reconstruyó el kirchnerismo, después de otra década y monedas de neoliberalismo salvaje donde el poder económico hizo y deshizo a su antojo hasta el estallido del 2001. No hay que olvidarse nunca de las secuelas.

La restauración conservadora sueña con archivar la experiencia del kirchnerismo insubordinado entronizando un presidente soso que gerencie la vuelta a un esquema político que, en lo central, no cuestione su renta con planteos populistas.

Después de la anomalía incluyente de los últimos años, sería el retorno a la “normalidad” previa con bolsones de gente que no entran en la bitácora de los derechos. La mayoría de los precandidatos poskirchneristas, al menos por ahora, cumplen con el requisito bastardo de la debilidad. Pero está claro que lo que es una solución para el poder económico, para la política pasa a ser un problema.

La fatiga que un sector de la sociedad manifiesta hacia el oficialismo no se traduce en la elección de un candidato arrasador y exitoso. Tal vez, porque en muchos de los discursos opositores se detecta una prosa corporativa que alude a situaciones ya vividas. En general, bastante extremista. Lo suficiente como para espantar, incluso, a los que se dicen genuinamente antikirchneristas. La prédica de la Sociedad Rural es descarnadamente rentística y sectorial. La del Foro de la Convergencia Empresarial, neoliberal en doctrina. ¿Cómo no percatarse, por ejemplo, que detrás de la airada protesta por la “década depredada” de Miguel Etchevehere, asoma el deseo de recuperar ganancias extraordinarias eliminando las retenciones, es decir, desfinanciando al Estado? ¿Qué proyecto de país pequeño es ese? ¿A quién puede seducir el capricho ideológico de los ruralistas sino a los ruralistas?

El problema no es Etchevehere, que defiende su plata. Pero políticos que dicen lo mismo que él, o que aplaudan su balance chicato sobre la década que pasó, sólo capturan la atención de Etchevehere. No puede ser el discurso de un candidato que aspire a la mayoría. Sí, el de uno que se postule a gerente.

Los del Foro de la Convergencia Empresarial también son una mochila de plomo. Sus integrantes se reunieron en Córdoba para exigirle al Estado que, como solución al gasto excesivo, eche un millón y medio de empleados públicos a la calle. Lo hicieron desde la Fundación Mediterránea que catapultó a Domingo Cavallo al poder en los ’90. Los candidatos que van a sus almuerzos posan alegres comunicando un pasado trágico, el neoliberal.

Como ocurre en la contienda con los buitres, aún los antikirchneristas verdaderos saben diferenciar entre Singer y Cristina. En cuestiones de soberanía territorial o financiera, no hay mucho que discutir de cara a la sociedad. Tampoco cuando la pelea se da de manera nítida, como se dio en este tiempo, entre una economía democrática incluyente y otra corporativa y excluyente. El problema de la vieja política es no querer entender lo primero y mucho menos lo segundo.

Mientras tanto, el poder económico se prepara para ungir a un presidente débil en 2015, que vuelva a introducir en el Estado a los funcionarios dóciles que van a la escuelita del Malba para aprender a decir “Sí, buitre”.

Este es el problema de la política hoy.

La escuelita de Magnetto

Clarín inauguró un ciclo en el Malba –el museo que estaba cerrado el día de la final del mundial para enojo de Beatriz Sarlo– llamado “Democracia y Desarrollo”, bajo la consigna “en todo lo que pensemos puede haber una coincidencia”. A primera vista, es una apuesta del grupo empresario a recuperar parte del legado desarrollista. También una lavada de cara consensual a una marca, la del Grupo Clarín SA, hoy identificada con la antipolítica y el abuso monopólico. Para salir de la situación de debilidad y aislamiento, sus accionistas pensaron este ciclo como la Mesa del Diálogo Argentino que impulsó la Iglesia Católica durante el mandato de Eduardo Duhalde, aunque esta vez el lugar de Bergoglio es ocupado por Héctor Magnetto. Por su tribuna desfilan, con curioso aire de novedad, ex funcionarios, algunos asesores de malos gobiernos y consultores diversos, que repiten los lineamientos neoliberales de los documentos del Foro de la Convergencia Empresarial que reúne a la Sociedad Rural, Clarín, La Nación, Techint, Arcor y la AmCham. Como para que Rogelio Frigerio se revuelque en su tumba. El próximo 12 de agosto, cuando se discuta sobre Vaca Muerta, tienen turno para concurrir el gobernador neuquino Jorge Sapag y los diputados con ansias gerenciales Sergio Massa, Julio Cobos y Hermes Binner. También serán de la partida como asistentes a la escuelita de Magnetto, Juan José Aranguren, de Shell, y Juan Garoby, de YPF.

Los encuentros se televisan por el Canal Metro. Magnetto mismo lo decidió. Pretende ganar así consenso y apoyo político para reiniciar su pelea judicial y no adecuarse a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Otra vez sopa.

El boletín de notas de su escuelita, que refleja el nivel de sumisión de los concurrentes al país corporativo, se reparte todos los días. Con títulos, fotos y epígrafes.
Tiempo Argentino

04/08/2014 Posted by | Economía, General, Justicia, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Uncategorized | , , , , , , , , | Deja un comentario

Los “Salieris” locales de Griesa juegan con fuego – Roberto Caballero


Los “Salieris” locales de Griesa juegan con fuego
Nunca aciertan, pero siempre presagian lo peor. El acoso de Bonelli a Kicillof. El juez irritado que dobló la apuesta y la violación al derecho de los bonistas. ¿Qué pasará mañana?

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Algunos creen haber encontrado en Thomas Griesa al padre colérico que finalmente viene a ponerle límites a las insolencias del kirchnerismo. Es asombroso, pero la figura del juez estadounidense, que se irrita porque debe suspender sus vacaciones ante cada audiencia en la que Argentina defiende su soberanía financiera, adquiere estatura de monumento en vida para los analistas que derraman sus fantasías en los diarios opositores. Todo lo que dice y hace Griesa parece salido de La Biblia. Cuanto peor sea para la Argentina, más acertada y providencial sería su decisión. El anciano magistrado, de 84 años, ocupa en los artículos de Marcelo Bonelli, por ejemplo, el mismo lugar de relevancia que Baltazar Garzón se ganó en la historia de la justicia penal universal. Claro que el andaluz ganó prestigio persiguiendo a dictadores, genocidas y violadores de los Derechos Humanos por todos los rincones del planeta. El neoyorquino próximo a jubilarse no: anda en menesteres menos altruistas. Sería como el negativo con toga de Theodore Kaczynski, el “Unabomber”: a su modo, Griesa también puede hacer estallar el sistema, en su caso, el de reestructuración de deudas soberanas a escala global, usando a la Argentina como víctima propicia. Con países en el mundo cuya relación deuda PBI ronda el 200%, a punto caramelo para la quiebra, ¿cómo se llama eso de exigir, tal como lo hace el magistrado estrella de Bonelli en su fallo y en la interpretación del pari passu decretado por la Cámara de Apelaciones de Nueva York, que los bonos buitres se paguen al 100%, sin quita y sin plazos de gracia, en alineamiento automático con las exigencias de esos mismos especuladores financieros? Jugar con fuego, de mínima.

En realidad, hay otra pregunta más acuciante. ¿Los fondos buitre, marginales dentro del sistema financiero, quieren en verdad su dinero multiplicado? ¿Esto es un problema de avivada y simple usura de tipos audaces? ¿O lo que buscan es quedarse directamente con los países, sus activos y riquezas naturales complicándoles la vida con ayuda de jueces indolentes, cuando no cómplices? Desde su poltrona imperial, Griesa juega el TEG con Paul Singer, desconociendo la última e inestable racionalidad sistémica defendida por el FMI, el gobierno de los Estados Unidos, el de Francia, el de Brasil, el de China, el de Rusia y otros 130 países que se pronunciaron en este pleito a favor de la posición de la República Argentina. “Es plata manchada con sangre”, alertó el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, a la vez que denunció que nuestro país “es obligado a pagar una deuda inmoral e ilegítima”. Para ser más precisos, aunque queda claro que Pérez Esquivel habla de la avaricia de los cobradores y del origen espurio de las acreencias, hoy por hoy, de no haber éxito en la negociación, a nuestro país se lo está obligando a que incumpla los pagos. Porque si Argentina paga a todos a la vez como quiere Griesa, reabre la deuda al infinito y defaultea. Si no paga, ocurre lo mismo. Y si paga, y Griesa boicotea el cobro de los bonistas como lo hizo el viernes, nuestro país corre igual peligro de default.

El gobierno tiene 30 días para negociar un acuerdo con Pollack que contemple el bolsillo de los “demandantes” buitre de Griesa.
Ante este escenario minado, cabe interrogarse qué tiene el juez en la cabeza que en las audiencias se queja porque toda esta discusión le interrumpe las vacaciones. ¿Quiere que todos los acreedores cobren? ¿Busca que lo hagan sólo los buitres? ¿O en verdad pretende llevarse puesto todo el proceso de reestructuración argentino que es mirado en el mundo como un ejemplo posible de salida al problema de la deuda? Esto último suena dramático. Lo es. Pero es lo que va a ocurrir fácticamente si Griesa no se replantea la situación. Nuestro país depositó en fecha en el Banco de Nueva York los casi 1000 millones de dólares destinados a los bonistas que entraron en los canjes. Jorge Lanata vaticinó: “Mi interpretación judicial estricta es que Griesa va a embargar los fondos” para pagarle a los houldouts. Muchos pensaron lo mismo, no sólo él. Griesa se había negado a reponer el stay. La realidad desmintió a todos, incluido a Lanata: el juez imprevistamente ordenó al banco que se abstenga de pagar a los bonistas su dinero y la devuelva al tesoro argentino. “Cualquier intento de pagarles a los bonistas reestructurados sin pagarles a los demandantes es ilegal”, sentenció Griesa. En su jerga, “demandantes” es igual a “fondos buitre”.

¿Puede el juez castigar al 92,4% de los bonistas en su derecho a cobrar en tiempo y forma para beneficiar al 1% que ganó el juicio en Nueva York? Pareciera que sí. ¿Puede el Banco de Nueva York (BONY) retornar el dinero que es de los bonistas, no de la Argentina y tampoco de los buitres? “Simplemente tienen que devolvérsela”, respondió el juez neoyorquino ante la consulta del abogado del BONY. Igualmente, sus abogados estudiaron el caso durante todo el fin de semana. Mañana se sabrá qué concluyeron. Están entre cumplir con el juez o con sus clientes. Vaya dilema. Lo concreto, hasta ahora, es que el Tesoro Nacional ya dio por pagada su obligación, en las cuentas convenidas de aquella plaza, por lo tanto, Argentina no entró en default real. Y tampoco desacató la orden de Griesa, pese a lo que diga Bonelli: hay una negociación abierta con los holdouts, y con un mediador, Daniel Pollack, designado por el propio juez. Argentina honró su compromiso, como había anunciado. Pagó, pero Griesa obstruyó el cobro legal de los bonistas. Decidió poner en duda el derecho de propiedad de unos para garantizar el de los otros. El juez les está escamoteando la plata de los bonistas restructurados en sus propias narices. Los fondos están hoy, domingo, en una suerte de limbo. La de Griesa es una resolución inédita.

Salvo que, aunque el juez jure y perjure que su intención no es que Argentina entre en default, la jugada sea otra y de una envergadura monumental: que nuestro país pague primero a Singer –”los demandantes”– 1350 millones de dólares, después 15 mil millones al resto de los holdouts y, finalmente, por añadidura, producto del antecedente judicial creado, otros 120 mil millones a los holdin que reclamen idéntico tratamiento. En este escenario, todos ganarían, claro, menos la Argentina, que retrocedería al 2001 en materia de deuda. La exitosa quita de dos tercios que el país obtuvo en los dos canjes que impulsaron Néstor y Cristina Kirchner se esfumaría definitivamente si Griesa se sale con la suya.

En resumidas cuentas: si los bonistas no reclaman mañana al banco su plata disponible en las cuentas previstas, si el banco no defiende el derecho de sus clientes a cobrar (“el pago es una disrupción de la orden”, advirtió el juez en la audiencia del viernes), si las negociaciones se estancan y no llevan a ningún lado, y Griesa impone finalmente su capricho con la excusa del pari passu en beneficio de los “demandantes”, es casi una obviedad que nuestro país enfrenta una estrategia coordinada para sepultar su política soberana de desendeudamiento.

“Es lindo pelearse con los holdouts”, sentenció en cámara un irónico Marcelo Bonelli, mientras elevaba a Griesa a la categoría de prócer y al gobierno que evitó 900 embargos de los buitres lo hundía en el descrédito. “Cristina intenta ubicarse como víctima política de un complot internacional y ocultar la responsabilidad de la Casa Rosada por la sucesión de errores estratégicos, displicencia y ausencia de profesionalismo en la negociación que lleva a la Argentina a una nueva crisis externa”, escribió el viernes 27, en el “Panorama Empresario” de Clarín, bajo el título “El Gobierno juega con fuego en el borde de otro default”. Se trata del mismo Bonelli que en 2001 elogió el “blindaje”, el “megacanje” y el “corralito”, y que pocas horas antes del diciembre negro donde murieron 37 personas por la represión aseguró que estaba “todo bajo control”. Todavía puede verse en Youtube el reportaje en el que Fernando De la Rúa justificó sus medidas económicas porque Bonelli, en tiempo real, desde Clarín y Telenoche, las catalogaba de “sensatas”.

¿Será que Bonelli responde hoy a los mismos intereses que defendió hace 13 años? Convendría entonces ser cautelosos con la verdadera intención oculta de sus profecías. El “megacanje” aumentó de un día para otro la deuda en 50 mil millones de dólares y produjo casi 60 millones en pagos a comisionistas. Algunos fueron bancos, y los bancos suelen ser generosos con ciertos consultores y ciertos periodistas. Es difícil escapar a esas generosidades.

¿Los ataques a Axel Kicillof, que está a la cabeza de la estrategia defensiva de la Argentina en todo este litigio, son gratuitos? Escribió Bonelli, el viernes, mientras los abogados del país litigaban en los tribunales neoyorquinos: “Entre los banqueros se sostiene que la información confidencial sobre los abruptos giros de Kicillof fue utilizada por inversores para hacer suculentas utilidades financieras en estas acaloradas jornadas. Las decisiones generan subas y bajas en los títulos que fueron aprovechados por fondos de inversión con fluidos contactos con el Palacio de Hacienda.” Nadie en el mercado, ni siquiera los banqueros y empresarios que están en la antípoda ideológica del ministro de Economía a quien el diario La Nación recibió el día de su designación reprochándole su condición de marxista y nieto de rabino, llegó tan lejos como Bonelli en la búsqueda alucinada de asociarlo con algún manejo turbio. Además de instalar escenarios de cataclismos permanentes, Bonelli hace rato que está empeñado en meter cizaña entre el ministro y Juan Carlos Fábrega, el presidente del Banco Central, el otro jugador del dispositivo económico general que conduce la presidenta. Pero en su artículo del viernes da un salto en calidad e introduce una serie de presuntos detalles improbables cuya finalidad se descuenta, por repetida: que Elisa Carrió o Patricia Bullrich se presenten en la justicia para iniciar alguna causa mediática que distraiga al ministro de los asuntos trascendentes que lo ocupan. El affaire Boudou coopera bastante (ver recuadro). ¿Acaso el manto de sospecha es parte de una operación para neutralizarlo? ¿Buscarán ponerlo nervioso en esta encrucijada clave para el país? ¿Qué tan lejos puede llegar Clarín en su meticuloso trabajo de demolición de la postura nacional? Si esto surgiera de alguna usina de inteligencia privada que procura aislar a los funcionarios de la expectativa social podría llevar como título “Operación Buquebús, parte dos”. Por traslúcida, es torpe. Sirve, de todos modos, advertir el juego en que anda el adversario. Griesa está en Nueva York, pero los fondos buitre no tienen fronteras. Ni diarios, ni periodistas, ni políticos, ni operadores que resistan su fenomenal capacidad de persuasión.

A propósito de esto, el psicoanalista Jorge Alemán escribió en Página/12, el mismo día que Bonelli, el luminoso párrafo que sigue: “A pesar del escepticismo que este panorama infunde, todavía se puede pensar que el presente es injusto, pero la historia es el lugar donde la verdad retorna. Por ello, aquellos sermoneadores de la ética en medios hegemónicos salpicados de sangre, aquellos expertos en economía cómplices de lo peor, que recuerdan siempre las ‘reformas estructurales inevitables’, aquellos custodios de la ‘racionalidad’ que advierten día tras día sobre el demonio populista, aquellas izquierdas pseudo republicanas, pseudo socialistas de las ‘bellas almas’ reunidas que gustan denunciar el carácter prosaico del mundo, que no piensen que la cosa va a ser tan fácil para ellos, porque son muchos los que han tejido una memoria común, que los recordarán en su traición.”

Es poco lo que puede agregarse a una descripción tan acertada. El gobierno tiene 30 días para negociar un acuerdo con Pollack que contemple el bolsillo de los “demandantes” buitre de Griesa. Quizá sea poco tiempo. Pero analistas serios del mercado financiero estadounidense admiten que Argentina estaba 5 a 0 en el resultado, hasta que el país recogió adhesiones internacionales y ordenó el pago a los holdin en el BONY. En concreto, Griesa lo obstruye, aunque tampoco embargó los fondos e insiste con el papel del negociador. ¿Se puede hablar de un empate sobre la hora? Es prematuro, está por verse. Hay que observar un dato positivo: Griesa no embargó la plata como se suponía, Argentina todavía no defaulteó y los buitres no cobraron. Sobre la hora, casi, con una jugada de alto riesgo –el pago según prospecto–, la Argentina consiguió un tiempo de descuento y, tal vez, hasta penales. No hay que tener miedo a negociar y hay que negociar sin miedo, aconseja Aldo Ferrer. A veces, lo impensado puede suceder.

¿Un procesamiento oportuno?

Ariel Lijo es como un Griesa de cabotaje. Cuanto más complica al vicepresidente, más elogios cosecha en la prensa opositora. El procesamiento de Amado Boudou era esperado. Independientemente de su suerte judicial en el caso Ciccone, vale detenerse en la oportunidad que encontró el juez para dictar la medida. Argentina enfrenta un litigio internacional por la deuda donde no hay buenos. El éxito del gobierno es el éxito del país y lo mismo ocurre con su derrota. En medio de la tormenta, acorralar penalmente al segundo en la sucesión presidencial no parece inocuo.

Lijo es el juez que dejó impune las responsabilidades políticas en los asesinatos de Maxi Kosteki y Darío Santillán. Esos crímenes cerraron un ciclo abierto con el neoliberalismo en la Argentina. La Masacre del Puente Pueyrredón fue el epílogo trágico de políticas neoliberales que llevaron a la desocupación, la pobreza y al hiper-endeudamiento del país, con “blindaje”, “megacanje” y “corralito” incluidos, brutal paisaje social y económico cuyas secuelas intentaron ser reparadas desde el 2003 por el kirchnerismo en el gobierno.

En 2001 ese sistema injusto y excluyente estalló. Son varios los analistas que aseguran que la derrota contra los buitres en Nueva York haría retornar al país a aquel tiempo. No resulta extraño que en la previa de una resolución tan importante, el magistrado que concedió el beneficio del archivo de la causa a los responsables del asesinato de los dos militantes sociales se apure para procesar al vice de un gobierno que objetivamente trató, por todos los medios a su alcance, que el reloj de la historia avance y no retroceda. Cuando se analiza la situación en su debido contexto, no se puede ser otra cosa que suspicaz con la decisión de Lijo. Eso no hace más o menos culpable a Boudou en el caso de la imprenta. Simplemente nos hace a todos menos inocentes.
Infonews

30/06/2014 Posted by | Economía, General, Medios de Comunicaciòn, Política Argentina, Politica Internacional, Politica Latinoamerica, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Papel Prensa, Víctor Hugo y el Nunca Más – Roberto Caballero


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La impunidad de los cómplices de la dictadura y sus ataques a la libertad de expresión que proclaman defender.

Por:

Roberto Caballero
Esta semana, en el programa Puerto Cultura, de Canal 9, que conduce el secretario de Cultura, Jorge Coscia, alguien de la tribuna me preguntó cuál era la tapa de Tiempo Argentino que más orgullo me había dado, desde su fundación, el 16 de mayo de 2010.

No lo dudé ni un instante. Dije que la que revelaba que el general Bartolomé Gallino –con poder de mando en los centros clandestinos de detención donde estaban secuestrados los miembros de la familia Graiver– se reunía con los directores de los diarios Clarín y La Nación –Héctor Magnetto y Bartolomé Mitre–, para preparar los interrogatorios sobre Papel Prensa que sufría indefensa Lidia Papaleo de Graiver. Fue tanta la impunidad de la que gozaban en esa época sombría, que tanto Magnetto como Mitre dejaron por escritos editoriales que blanqueaban sus vínculos con el interrogador Gallino: lo señalaban como el hombre de “la Junta Militar” que recibía los supuestos pagos para apropiarse definitivamente de la empresa productora de papel, cimiento de su exponencial desarrollo empresario posterior.

Es el leading case más contundente de la complicidad entre la picana y los resultados contables de dos empresas que renunciaron a la defensa de la libertad de expresión, cuando tanta falta hizo para evitar que una generación de argentinos fuera arrojada a las aguas barrosas del Río de la Plata. Callaron por plata, eludieron la responsabilidad de informar sobre un genocidio para que sus accionistas se convirtieran de millonarios en multimillonarios.

En 27 años, nadie, salvo Tiempo Argentino, se había atrevido a investigar los hechos, a reunir las pruebas que estaban descuartizadas en distintos expedientes judiciales, y menos que menos a armar una tapa así, con documentos exclusivos y notas al pie, una rareza para la prensa gráfica tradicional.

El silencio tiene una explicación. El primer consenso democrático contra el horror fue limitar las acusaciones por genocidio a los militares sanguinarios y no apuntar contra sus mandantes civiles. El segundo, ir apenas contra los jefes uniformados que habían dado las órdenes a sus subordinados. El tercero, en tiempos de Carlos Menem, llevar al paroxismo la Teoría de los Dos Demonios y clausurar la memoria para que aceptáramos la impunidad como un hecho natural e inamovible, de la que el Grupo Clarín SA sacó jugosos dividendos en todas estas décadas.

Tuvo que llegar el kirchnerismo para rescatar definitivamente una verdad que los organismos de Derechos Humanos, desde Madres hasta Abuelas, desde Hijos hasta Ex detenidos, denunciaban casi en soledad desde el primer día: el terrorismo de Estado, que se instauró con el golpe del ’76, vino a implantar un cambio de matriz económica y cultural que garantizara los negocios de los grupos concentrados por medio siglo. Fue de militares y civiles trajeados.

Creo que esa tapa de Tiempo Argentino que desnudó la vergonzosa alianza entre los represores y los empresarios de medios monopólicos, justifica la existencia y la supervivencia de este diario en el kiosco. Lo hace indispensable, necesario.
Clarín y La Nación se convirtieron en el brazo propagandístico de la dictadura, además silenciando una matanza horrorosa e injustificable, la peor y más trágica del Siglo XX en Argentina. Casi tres décadas después, hay libertad para escribirlo con detalle.

Para que la historia sea dicha, como debe ser en una sociedad madura y democrática, de manera completa y sin miedos. Libertad también para que la Secretaría de Derechos Humanos, en los tiempos del Eduardo Luis Duhalde, pidiera a la justicia federal el llamado a indagatoria de Magnetto, Ernestina Noble y Mitre por la supuesta comisión de delitos de lesa humanidad en el despojo accionario de Papel Prensa. La denuncia lleva más de tres años, sin consecuencias para los denunciados.

No fue gratuito, sin embargo. Por denunciar estas maniobras y dilaciones, el Grupo Clarín SA quiso meter preso a fines del año pasado al director fundador de este diario inventando una causa por “incitación a la violencia”. Una torpeza mayúscula, un despropósito de Héctor Magnetto, repudiada incluso por sus propios periodistas. Fue no entender que la democracia argentina no tolera ya las extorsiones, ni las presiones corporativas. No es con el Código Penal que se castiga la opinión de nadie, ni se atemoriza a los que hacemos uso de la libertad de expresión y ejercemos el periodismo sin mordaza. No lo hace el gobierno, tampoco puede hacerlo un grupo empresario. Los que no decimos las cosas que Magnetto quiere escuchar, también tenemos derecho a decirlas.

Ahora le toca recibir el ataque a Víctor Hugo Morales. Como sucede con las jaurías, la arremetida es contra el que aparece aventajando a la manada. Es verdad: Víctor Hugo no ha resignado un segundo en denunciar los negociados del Grupo Clarín SA, antes y después del kirchnerismo, antes y después de la Ley de Medios, antes y después del informe “Papel Prensa, la Verdad” de la Secretaría de Comercio. Ha sido consecuente, enfático y cristalino desde el micrófono. Levantando su voz, incluso, cuando un sector del oficialismo creyó que la pelea contra Magnetto era coyuntural, un simple posicionamiento político, una pelea para la tribuna, una contienda efímera, parte del toma y daca del TEG retórico al que nos tienen acostumbrados los medios hegemónicos.
Pero el uruguayo fue coherente, casi en soledad, y eso lo hace gigante. Solidario con los muchos que dijimos basta. Poniendo su prestigio, su trayectoria, su opinión respetable en juego por una comunicación democrática, sin temor a los magnettos de este país. En todo este tiempo, sus enemigos, los mismos que los nuestros, intentaron despedazarlo. Pretendieron arrastrar por el barro al “barrilete cósmico” que relató el gol a los ingleses de Maradona en el Mundial. De loco suelto que peleaba contra el monopolio, trataron de convertirlo en punta de lanza de una imaginaria conspiración estatal. Como si el antes no hubiera existido. Como si Víctor Hugo hubiera nacido con el kirchnerismo o fuera resultado de la crispación falaz entre “Argen” y “Tina”.

Resulta que Magnetto lo acaba de denunciar por “daños y perjuicios”. Lo citó mediante escribanos furtivos, en medio de la noche, a una mediación, paso previo a la causa judicial. El CEO de Clarín SA se va a llevar una sorpresa mayúscula ese día, el 8 de agosto. Víctor Hugo, seguro, no va a estar solo. Ahí estaremos nosotros. Lo que le pase a él, nos va a tener que pasar a todos, porque ya no le tenemos miedo a Clarín.

Es paradójico. Ni diez años de kirchnerismo pudieron con la justicia corporativa. Víctor Hugo está a un paso de ser enjuiciado por un magnate que hace cuatro años torpedea la Ley de Medios de la democracia, desconociendo sus artículos antimonopólicos. Él no cumple la ley y quiere llevar al banquillo al que se lo señala. El CEO de una compañía que se burla, en democracia, del Poder Ejecutivo, del Parlamento, de la AFSCA, de los dictámenes de un juez de primera instancia, de un fiscal de primera instancia, de un fiscal de Cámara, de la Procuración General, de la Secretaría de Comercio y de la Secretaría de Derechos Humanos, apuesta a que sus jueces amigos, a los que parece manipular, castiguen a un periodista que no se deja domesticar.

El que está acusado de cometer supuestos delitos de lesa humanidad quiere que caiga todo el peso de la ley sobre quien lo denuncia. Es el mundo al revés. El mismo donde parece vivir el juez federal Julián Ercolini, en quien recaló la causa Papel Prensa después de tres años y medio donde sus colegas de La Plata y Capital Federal se fueron pasando el expediente como si fuera una brasa caliente, para no enfrentarse con Héctor Magnetto, por temor a ver estropeada su carrera judicial con denuncias de corrupción desde las páginas de su diario.

Ercolini citó a Lidia Papaleo y, en vez de avanzar y verificar la documentación que acredita el despojo y apropiación bajo situación de tormento tras el Golpe cruento, dilata la causa tratando de averiguar cuánto se le pagaron por las acciones que debió ceder aterrorizada por los dueños de la vida y de la muerte en aquel momento. No se trata de un asunto comercial, en un contexto normal de negociaciones, es la consumación de una vejación imperdonable: Papel Prensa debía quedar en manos de Clarín y La Nación para que dijeran que Videla y Camps eran los salvadores de la Patria. Si citara a indagatoria a Magnetto, a Ernestina de Noble y a Mitre, tendría más claro el panorama. Las cosas ocurren en un contexto histórico. ¿Qué es lo que no sabe o ignora Ercolini sobre lo sucedido entre el 24 de marzo de 1976 y el 30 de octubre de 1983?

No es con el Código Civil y Comercial que se comprende lo ocurrido. Es con el Nunca Más. «

Los de unen se desunen

Después de mucho tiempo, el piso de TN nos enfrentó a una verdad: los de UNEN se desunen. Como si fuera una fotografía del futuro, el debate entre sus integrantes dejó en evidencia que se juntaron para competir con alguna chance en las PASO, pero son el agua y el aceite, el veneno y el antídoto, conviviendo en un armado, en una arquitectura coyuntural, como la vieja Alianza que estalló por los aires en el 2001, o incluso antes. La única certeza es que no se toleran, más allá de las fotos de campaña.

Si en la vida hay que elegir, Lilita eligió a Carrió. Las encuestas que le dan ventaja sobre sus aliados eventuales la convencieron de que son un lastre del cual hay que diferenciarse ya mismo. No se explica, si no, su dureza a la hora de tratarlos o de maltratarlos. ¿Cómo pueden construir algo en común si hoy, en la previa a las elecciones, se acusan mutuamente de corruptos, blandos, autoritarios, personalistas e ineficaces? ¿Alguien imagina qué puede ocurrir si finalmente logran acceder al Parlamento?

Sí, claro: se desunirán. Cada uno seguirá con su proyecto, tan lejos como lo lleve su ego.
Lo realmente curioso es que, tratándose como se tratan, hayan convenido un sistema por el cual, con los resultados en la mano, se dividirán las candidaturas para presentar una lista común. Es decir, saben que no se soportan, que no son lo mismo, pero urgidos por acceder a bancas y sueldos, son capaces de apretarse la nariz y marchar juntos a las elecciones de octubre para probar suerte.

El debate por TN arroja un saldo positivo. Se dejaron ver cómo serán: un espacio de gente que no tiene nada que ver, unidos por el afán de llegar al Congreso, sin acuerdos estratégicos ni ideológicos.
Pero, de todo lo que les pase, claro está, le echarán la culpa al kirchnerismo. Eso sí.

Cortita y al pie

Esta semana se darán a conocer las encuestas definitivas sobre la elección en el mayor distrito del país, la provincia de Buenos Aires. Según quién las pague, dirán que Sergio Massa aventaja a Martín Insaurralde o viceversa. Están los que hablan de un empate técnico, también.

Lo cierto es que en apenas siete días se develará el misterio. Por ahora, para no jugar ingenuamente detrás de las cifras provisionales, hay que decir que se trata de una elección primaria, que las definitivas son en octubre, que se eligen diputados y senadores y no presidentes, y que los dos candidatos con mayores posibilidades son dos intendentes, uno de Tigre, un partido con 380 mil habitantes, y otro de Lomas de Zamora, de casi un millón. El primero se fue del kirchnerismo hace poco, el segundo es kirchnerista ciento por ciento puro.

En el caso de Massa, la estrategia final es sumar referencias antikirchneristas para captarle votos a Francisco De Narváez; y en el caso de Insaurralde, mostrarse todo lo que pueda junto a Daniel Scioli y Cristina Kirchner para dejar en claro que es el único candidato oficialista. El tigrense aspira a obtener una ventaja que lo posicione como la apuesta anti-K en octubre, y el kirchnerismo a mejorar su peor elección, que fue la de 2009, lo cual no parece imposible.

Todo eso, recién, podrá verse cuando las urnas se abran, pero dentro de dos meses.
Infonews

04/08/2013 Posted by | General, Política Argentina, Reflexiones, Sociedad y Cultura, Uncategorized | , , , , , , | Deja un comentario